sábado, 23 de abril de 2011

EL REGALO DE HULDA

Soy una mujer detallista, siempre lo he sido. Pese a que mi familia considera el regalo solo como una obligación social conectada invariablemente a ciertos días fijos del calendario, para mí, desde muy niña, fue algo diferente, fue una manifestación de cariño, un acto de gratitud, amor o recuerdo. Hoy, pasados los años, aquella actitud infantil se ha acrecentado, puede decirse que, en mi fuero interno, la he institucionalizado
Hay regalos, como los que me hacía de niña mi madre, que están ligados a fechas concretas: cumpleaños, santos, aniversarios, fiestas religiosas, otros, a sentimientos y algunos a deberes. Hay, por otro lado, dentro del gran abanico de obsequios, los que tienden a cubrir una necesidad. Quien no ha regalado un pequeño electrodoméstico o una prenda de vestir. Otros, complementan los sentimientos hacia amigos, parientes o seres queridos y por último, algunos se sitúan en el marco puramente humano de las relaciones laborales. Es el pequeño recuerdo, el detalle sin valor.
Finalmente, desde mi modesto punto de vista, hay regalos útiles y regalos inútiles pero bellos. Estos últimos están, por lo general, unidos al amor. Hay obsequios que se dan para el goce de dos personas y que normalmente nadie los contemplará. Son aquellos como el picardías diminuto y transparente, las braguitas sexys, minúsculas y con puntillas o las batas de seda vaporosas y traslucidas, que recibimos las mujeres para el disfrute del hombre que nos las regala, pero que desearíamos, en muchas ocasiones, poderlas lucir en sociedad.
Cuantas veces he deseado, como se ve en las películas, desayunar en un hotel cubierta exclusivamente con ese leve batín semitransparente que todo lo muestra y todo lo tapa, o recibir al botones o al servicio ataviada con el grácil picardías que realza al máximo mis encantos naturales. Son aquellos bellos regalos que siempre se mantienen guardados, que se utilizan una o dos veces en la vida y que solo sirven para crear a su alrededor ilusiones y deseos imposibles.
Las Navidades son fechas ideales para poder practicar el hermoso deporte del regalo. Yo, como la madre de un amigo mío, estoy más atenta a lo que he de entregar que a lo que voy a recibir. Paso el mes anterior evaluando lo más idóneo para cada persona, comprándolo, empaquetándolo con esmero, escribiendo notas cariñosas. Mas tarde, cuando recibo los míos, apenas si los miro, los agradezco y almaceno, para, días mas tarde, olvidarme de ellos. Lo mío, en aquellos momentos, es analizar las reacciones de los agasajados, sentir que he acertado, comprobar que cada cual ha recibido, en mi opinión, lo que más le sugestiona.
"De parte de Hulda", dijo mi hija entregándome un pequeño paquete y una tarjeta, muchos días después de Navidad. Lo abrí y, para mi sorpresa y la de ella, unas mallas negras y un par de ligueros rojos surgieron entre los pliegues del envoltorio. “Que los disfrutes y que seas muy feliz en 1995" rezaba la tarjeta en la que un orondo Papa Noel surcaba los cielos nórdicos en un trineo arrastrado por alces. “Que cosas tiene Hulda" comente con mi hija intentando explicarle la utilidad de tan atrevido regalo. Era uno de aquellos presentes bellos e inútiles impropios de ser lucidos en público por muy hermosos y sugerentes que fueran. Rehice el paquete y lo guarde en el armario. "Algún día, como dice Hulda, tal vez lo disfrute" comente para mi.
Por primera vez en mi vida iba hacer un largo viaje sin apenas equipaje. Después de muchísimos años había decidido comprarme en España todo mi vestuario aprovechando las grandes rebajas que allí se promueven en verano. Salvo algo de ropa interior, tres blusas, una falda y un par de pantaloncillos, la maleta aparecía como mi nevera a finales de mes: totalmente vacía. Fue entonces y casi por azar cuando observe aquel lejano regalo de Hulda e instintivamente lo coloque en mi equipaje junto a algunos presentes útiles: café, semillas de marañón, una pantaloneta de deportes, colonia; e inútiles: un trípode para fotos, unos abrecartas y dos rascadores. Así, unas mallas y un trípode cruzaron el Atlántico desde San José a Oviedo. También, como suele ocurrir con este tipo de regalos, pasaron los primeros 15 días de mi estancia en Asturias olvidados en uno de los armarios de casa.
Ayer, con tristeza y un poquito de enfado, celebramos o mejor dicho, certificamos nuestra despedida. Faltaban poco para mi partida y decidimos ofrecernos una cena regada con cava, en la que, a la luz de las velas, el salmón, el caviar y los langostinos, fueran nuestros únicos invitados. Las frías burbujas disiparon nuestra melancolía. Comíamos, hablábamos, brindábamos y preparábamos el próximo encuentro.
“Hagámonos fotos y de paso estrenas el trípode que te regale, pues da la impresión de no haberte gustado nada", comente. Mientras abría la segunda botella José Luis cargo las cámaras, armo el trípode y lo coloco en uno de extremos de la estancia de modo que el campo visual del objetivo abarcase la totalidad del recinto en el que nos encontrábamos.

Juntos, comiendo, bebiendo, brindando. Con inusitada precisión la máquina, como un fotógrafo frío, impersonal y silencioso, nos iba inmortalizando. De las tomas iniciales, reflejo continuado de una celebración, pasamos a otra mas íntimas, menos recatadas. Nadie podía evitar que nos besáramos, nos acariciáramos y que la cámara, fiel testigo de todo, lo fuera perpetuando. Siempre he dicho que el sentirse observado por la lente de un objetivo, es algo que activa la sexualidad, mas aun, cuando no hay nadie en el entorno que nos intimide o coarte. Así los besos fueron mas cálidos y osados, las caricias mas íntimas, los pudores desaparecieron. Mis pechos afloraron bajo la blusa, luego esta desapareció a la par que la camisa y los pantalones de José Luis. El clic repetido de la máquina y los destellos azulados de los flases inmortalizaron sus labios en mis pechos, mi boca sobre su sexo endurecido y vibrante, nuestros cuerpos desnudos entrelazados por la pasión y la excitación del momento. Estas tomas, captadas al calor del cava y en base a un regalo aparentemente inútil y deseado, nos excitaron al máximo. “Ponte las mallas que te regalo Hulda" dijo José Luis queriendo recrearse con adornos atípicos y sugerentes.
Me enfunde en aquellos leotardos negros, ceñí sobre los muslos los ligueros rojos y medio me cubrí los pechos con un deshabille de seda negro semitransparente. Luego me recosté sobre el sofá, me aposente sobre los sillones isabelinos del salón, pose vestida exclusivamente con las mallas: de frente, boca abajo, recostada. Veía los destellos de la cámara y mi libido crecía. Fue una noche memorable, maravillosa e irrepetible. Impresionamos los tres carretes que teníamos y, olvidándonos del trípode, la ropa, el cava y la comida, terminamos nuestra pequeña orgía de sexo sobre la cama.
Hoy, pasados los días, tengo las fotos en mis manos. Es una serie que va desde lo recatado del principio de la cena hasta los desnudos eróticos sobre la cama, pasando por semidesnudos enmarcados en ambientes mas propios de una película de Emmanuel que de una apacible velada en Oviedo. De entre todas entresaco las que aparezco con las mallas que Hulda me regalo y que pensé que nunca utilizaría. Son ocho magnificas tomas. Unas pudorosas, otras cargadas de erotismo, algunas rayando lo pornográfico. En las primeras cubro mis pechos con el deshabille de seda negro, en las siguientes tal prenda ha desaparecido y los muestro libres contrastando mis negros pezones con el rojo vivo de los ligueros. En algunas mi pubis medio asoma entre mis piernas y en otras es mi culito quien muestra su redondez y dureza. La inexistencia de las bragas bajo los mallas hace que mis formas, mas que imaginarse, se aprecien en su autentica dimensión; sin lugar a dudas me gustan. Las contemplo y me acuerdo de la nota de Hulda: " Que las disfrutes". Ahora la comprendo. Parece mentira. Da la impresión que sabía lo que terminaríamos haciendo, como las utilizaríamos y como gozaríamos con ellas. Por mi mente cruza la idea de enviárselas, de agradecerles, con las fotos, el regalo, de hacerle saber que acertó con plenamente.
Hulda, la buena de Hulda. Se alegrará de verlas o se escandalizará. Se las enviaré todas o solo aquellas en las que aparezco correctamente vestida. Bien pensado ella me ha visto desnuda en múltiples ocasiones, hemos dormido juntas, utilizado a veces el mismo baño, tomado saunas, solas y en compañía, conoce mis amores, mis romances, mis gustos, mi cuerpo. Es nórdica y no tiene perjuicios. Voy a enviárselas todas. Que me observe así, vistiendo su hermoso regalo, como deseé que me viera cuando me las tomé. Tal vez se anime algún día y nos tomemos otra serie las dos juntas luciendo idénticos atuendos y riéndonos de nuestros cuerpos ajados. ¿Habrá querido con su regalo incitarme a ello?
Pienso que, con el tiempo, sería excitante que ella participase en una sesión como la que José Luis y yo tuvimos. Entonces todos podríamos ser a la vez fotógrafos y modelos. Con ella como compañera, José Luis y yo tendríamos a alguien que nos plasmase haciendo el amor, gozando, penetrándonos, corriéndonos de gusto. Creo que Hulda participaría encantada. Sin duda al comprarme el regalo y al escribir la nota lo pensó, lo idealizó, lo imaginó, lo deseó.
Se las remitiré todas. Las decentes, las eróticas y las pornográficas. Irán con un mensaje subliminal de invitación a que participe con nosotros en el juego perverso del erotismo. “Querida Hulda, le escribiré, te agradezco el regalo de Navidad. Admira lo bien que me queda e imagina, por las fotos, lo que hemos gozado. Fue, tal como decías, algo maravilloso. Quiero pensar que tú también has tenido idénticas experiencias y esperamos, José Luis y yo, que algún día podamos disfrutarlas en unión. Ambos te enviamos muchísimos recuerdos y confiamos vernos pronto bien en tu país, en Oviedo o en Costa Rica. Guarda para nosotras el secreto."
Mañana le enviaré las fotos con la carta y dejaré España. Estos 15 días han quedado en el recuerdo, en las fotos y en muchas noches de amor. Aquel regalo bello pero inútil, regresa conmigo. El trípode, desencadenante de la noche de placer, queda en Oviedo. El testimonio de lo vivido vuela hacia Suecia. La ilusión de una nueva aventura prohibida y erótica salió de Asturias vía Copenhague con destino último en San José. Durante meses esperaré noticias de mi amiga y sobre todo aguardaré con ansias el nuevo regalo que sin duda me enviara para las Navidades de 1995.

miércoles, 6 de abril de 2011

NO ME ARREPIENTO

De nuevo vuelvo a estar sobre la arena negra de la playa de "Sablon de Bayas". Otra vez el sol acaricia mi cuerpo en esta zona nudista de la costa asturiana. Tumbada boca abajo contemplo el ambiente apacible que me rodea y espero que José Luis, de rodillas a mi lado, empiece a distribuirme crema solar por la espalda. Hace apenas unos minutos yo misma la extendí por los brazos, las piernas, el pecho, el estómago. He sentido idéntico gusto que hace un año al ir desnudándome en publico, al ordenar luego la ropa, al sentarme en la arena y aplicar en mi cuerpo la leche bronceadora. Ahora aguardo con impaciencia que él me la de por detrás. Se, pues lo hemos hablado muchas veces, que al hacerlo jugara con mi cuerpo, que sus manos serán instrumentos de placer. Siento una agradable contracción en la boca del estómago e instintivamente separo las piernas. Espero, mientras contemplo el sexo flácido de un hombre situado a pocos metros de mí y la escasa mata de pelo púbico de la mujer que le acompaña, que empiece. Ambos están tumbados exponiendo a mi mirada sus dormidos atributos sexuales.
Un reguero de crema se extiende por mi espalda, su frío contacto estimula mi epidermis. La siento descender sobre mi cintura, mis glúteos, mis muslos. Cierro los ojos cuando un nuevo chorro me cae, de improviso, sobre el ano. Lo esperaba. Quería que allí, sobre todo allí, fuera la crema. Mi trasero se rellena de una sustancia gelatinosa, tibia y resbaladiza que fluye hacia mi sexo empapándolo, lubrificándolo. Abro más las piernas, elevo el culito y me relajo.
Sus manos me masajean distribuyéndola homogéneamente; bajan desde el cuello hasta los pies, por un lateral, por el otro. Las siento por el interior de los muslos, sobre los glúteos, se mueven con suavidad sobre mi cuerpo. Mi estómago sigue en tensión. Lo que debería ser un acto mecánico e impersonal no lo es, pero desconozco cuando se desencadenará. Vuelvo a elevar mi culo, tapizado aun por esa capa de crema blanquecina y me acomodo las manos bajo la barbilla. Contemplo el sexo de la mujer ligeramente abierto, veo su raja vaginal apenas encubierta, su clítoris abultado. Me excito. Las manos ascienden por mis piernas; una rodea un glúteo y se apoya sobre el coxis, la otra, me abandona. Se que esta sobre mi, me esponjo. Baja de repente hacia mi sexo, lo acaricia, sube hasta mi ano. Noto la suave sensación de la crema, los dedos friccionando mi negra cavidad. Miro su sexo, esta ligeramente empalmado. Nadie nos mira. Cierro los ojos cuando un dedo se hunde en la profundidad de mí ser. Me esta sodomizando en publico, como yo quería, como deseaba. Su índice entra y sale de mí con mimo. Mi vagina se inunda de líquidos y empiezo a jadear. Abro mas las piernas, quiero sentirme invadida por completo. Uno en el culo, dos en la vagina y el meñique sobre el clítoris. Su mano armoniosamente me masturba bajo el sol.

Abro los ojos. Veo el mar, la arena, los bañistas paseando a lo lejos. La pareja próxima a nosotros esta ahora boca abajo mostrándome la redondez de sus culos. José Luis sigue entrando y saliendo de mi cuerpo. Sus falanges me perforan llevándome hasta un estado de felicidad física absoluta. Jadeo..., me corro. Una serie de espasmos agitan mis piernas. Noto las palpitaciones de mi ano y mi vagina sobre esos dedos que, poco a poco, abandonan la gruta dorada. "Gracias" susurro. Al hacerlo veo su pene pidiéndome ser devorado pero sabiendo que esa posibilidad, allí, es imposible. Le miro levantarse y dirigirse al mar a refrescarse. Una apacible relajación me invade. Duermo al amparo del sol, bajo su calor protector. Siento entre las piernas la humedad gratificante de mi sexo. Mi estómago esta completamente relajado.
Lo que ayer le propuse en la playa, lo va ha ejecutar. Cuando sobre la arena sentí sus dedos en mi cuerpo pensé en mi aseo personal matutino, en como me recorte los pelitos del pubis y en la idea de afeitármelos, mejor dicho, de que el me los afeitara al igual que se afeita la barba. Entonces se lo pedí y ahora lo va a efectuar.
Estoy desnuda, atada sobre la cama. Tengo los pies amarrados a las patas del somier, para mantener así mis piernas abiertas y las manos enlazadas al cabecero. Bajo mi cuerpo ha extendido la toalla y ha colocado en la mesilla de noche las tijeras, la rasuradora, la crema de afeitar, un cuenco con agua caliente y un frasquito de colonia. Le observo mientra se desnuda. Tiene el pene caído, pequeño. Esta nervioso. Entre mis piernas, contemplo la mata de pelo que me cubre el sexo, ese tapiz oscuro que dentro de poco habrá desaparecido.
Se acomoda a mi lado. Me acaricia suavemente el pelo que va a eliminar y roza apenas mi clítoris al hacerlo. Con el peine lo va desenmarañando mientras con las tijeras lo recorta. Siento caer pelitos entre mis piernas. Lentamente la masa negra va clarificándose. Lo que antes era tupido es ahora un campo erizado. Deja las tijeras y una blanca capa de espuma se extiende por mi sexo. Mi clítoris se contrae y, como en la playa, se me endurece el estómago. La maquinilla inicia su recorrido desde las ingles eliminando, a la vez, la espuma y el pelo. Es agradable sentir el frío del acero en la piel, ver como, bajo la espuma, surge la carne blanquecina, cierro los ojos mientras continua su labor. Al abrirlos mi sexo esta casi rasurado, ha eliminado la totalidad del pelo y lo esta lavando para culminar luego el afeitado de los bordes. De nuevo la espuma me cubre y otra vez la maquinilla, con mimo, borra todo vestigio capilar. Veo a José Luis centrarse en la tarea, siento el filo de la cuchilla sobre esa zona tan sensible y un hormigueo me recorre el estómago. Ha terminado. El agua tibia me limpia. Mi coño queda liso, rasurado, impúdico. José Luis lo seca, lo acaricia, lo besa. Retira el instrumental y me contempla con lujuria. Toma el frasco de colonia y con ella fricciona la zona recién afeitada. Siento un calor y una picazón enorme. La piel reacciona, desearía rascarme pero mis ligaduras lo impiden. Veo como empieza a excitarse. Si hasta entonces su sexo había permanecido inerte ahora se despierta. El fuego que arde entre mis piernas va remitiendo, el dolor se transforma en placer. Su mano no solo fricciona la zona afeitada sino que juega con mi clítoris, mi vagina, mi culito. En mi posición soy incapaz de hacer nada. Se vuelca y con su sexo empalmado me acaricia. Ahora, sin el pelo protector, veo nítidamente como golpetea mi botón de placer. Su carne y la mía se confunden. Me pellizca el clítoris, se introduce en mi vagina, me penetra por el culo. Estoy totalmente abierta de piernas y todos mis orificios son para su goce, para nuestro placer.
Esta sobre mi clítoris. Una y otra vez lo golpea con su pene. No puedo más. Me corro. Cuando no han concluido aun las contracciones de mi sexo el suyo me perfora. Como un émbolo lo veo subir y bajar. Sus brazos le flexionan el cuerpo haciéndolo entrar y salir de mí sin ninguna consideración. Es maravilloso sentirse poseída sin poder hacer nada por evitarlo. Su cara se transfigura, las ballestas que le sustentaban flaquean derrumbándose sobre mi. El semen se mezcla con mi flujo, la colonia y algo de espuma de afeitar.
Otra vez el sol sobre mi cuerpo. Torimbia es una cala preciosa de muy difícil acceso ubicada al oeste de Llanes. La bajada ha sido horrible y peligrosa. Dos veces me caí y mil recrimine a José Luis su desmedida afición por ir a playas nudistas. En ellas, la llegada es, por lo general, complicada, aunque luego, como esta, sean maravillosas. La arena es blanca y el mar transparente. Tras mi enfado inicial empiezo a tranquilizarme. Al contrario que el Playón de Bayas, es una concha recoleta y limpia, pero, al igual que aquella, los bañistas son escasos distribuyéndose, sin agobios, sobre la franja arenosa. Al nuestro lado un matrimonio con dos hijos, a la espalda el monte, en frente del mar.
Me embadurno con loción antisolar y me tumbo en la arena. Parezco mas desnuda que nunca. Miro entre mis piernas y veo mi rajita, mi clítoris achocolatado. Ayer lo afeite y ahora lo presento en publico. Vuelvo a percibir ese hormigueo típico de lo prohibido. No solo estoy desnuda sino que mi coño aparece rasurado ofreciendo mi sexo nítido para la observación de los paseantes. José Luis me anima a caminar. Creo que, como yo, quiere que me luzca ante la gente. Recorremos la orilla. Muy morena, casi india, y entre el color de mi piel y el afeitado de mi sexo soy el punto de atención de todos los nudistas. Estoy orgullosa. Constato que las miradas de los hombres se orientan hacia el centro de mis piernas, casi noto sus ojos en mi clítoris. Entramos en el agua, nos detenemos, nos fotografiamos. Los bañistas que nos cruzan se detienen a verme.
Regresamos. Los ojos del hombre de nuestra derecha están fijos en mi sexo. Lo se. Vuelvo a esparcirme crema sobre el cuerpo y ahora me protejo con ella la zona afeitada. Esta suave, húmeda en su centro. Me masturbo, meto mi dedo en la vagina y allí lo mantengo. Se que soy observada pero no me importa. José Luis a mi lado, ignora mi maldad. Se levanta y parte hacia la mar. Me tumbo y espero. El macho de mi lado no deja de observarme. Presiento que su mujer y sus hijos están al margen de lo que sucede. Me levanto, contemplo el nadar acompasado de José Luis, su salida del agua, su llegada junto a mí. Tomo la crema y otra vez me embadurno. Repito todos y cada uno de los movimientos anteriores. Se que me miran. Mis manos se deslizan sobre mis hombros, mi cintura, mis pechos; bajan hasta mi vientre y se pierden entre mis piernas. El tibio Monte de Venus las atrae como un imán. Esta caliente, untoso, lo protejo con crema. Me acaricio el clítoris y se endurece. Meto los dedos en la vagina, rozo los labios mayores, me recreo en el dulce deporte de la masturbación. Me estoy excitando en público para un solo observador que ni siquiera conozco, se que, como yo, estará gozando y que mantendrá para el su placer. Me encuentro mas desnuda que nunca exhibiéndome impúdicamente, como actuando en una especie de espectáculo pornográfico. Se que al final nadie aplaudirá pero esto es algo que, en mis noches de insomnio, soñé con realizar, no así, en una playa como esta, sino en una cabina de sexo vivo, con publico expectante tras las ventanas de observación. Mis dedos siguen trabajando con precisión, mis piernas se relajan y una serie de espasmos en cascada recorren mi cuerpo. Noto la humedad viscosa de mi flujo y caigo de espaldas dejando mi raja, crecida, abierta y palpitante, al amparo del sol, bajo la atenta y lujuriosa mirada del anónimo turista que no ha perdido detalle de mi buen hacer.
El coño me arde. Entre el afeitado y la sesión de sol de la mañana, toda mi zona baja esta en carne viva. El incipiente pelo, la erosión de la arena y el roce de la ropa interior han hecho que ahora, tras la ducha, sienta una horrible picazón. José Luis me dio una fricción con colonia que si bien al principio me escoció, luego apaciguo mis terminaciones nerviosas. Para colmo, tengo muchísima hambre. Con mi afición a desayunar fuerte y no almorzar, a las 8 de la noche mi organismo demanda comida. Me visto, o mejor dicho, me medio visto con una amplia camiseta sin nada por debajo, para evitar mas rozaduras y salimos a cenar. Llanes es un pueblecito del oriente asturiano con un prometedor desarrollo turístico. Su apogeo coincide con la ultima semana de Julio y la primera quincena de Agosto, razón por la cual en estos momentos las aglomeraciones son pequeñas. Hay gente, si, pero no molesta. Paseamos, bebemos sidra, comemos pulpo, calamares, queso; recorremos chiringuitos, bares, sidrerías. Recibo entre las piernas la brisa marina del Cantábrico e instintivamente las abro para aplacar sus picores. Mis pechos bailotean libres bajo el vestido y el sentirme de nuevo observada, ahora por la oscura coloración de mi piel, hace que camine alegre, excitada. Si no fuera por el malestar de mi coño haría el amor nada mas llegar al hotel. Seria, sin duda, otra bacanal de sexo y perversión, pero en mi estado es imposible.
Mi deseo es mas fuerte que mi lógica, mejor dicho, es mas sabio y busca para el lo mejor. Hoy José Luis no me penetrara, pero haremos el amor. Lo haremos muy rico, como ambos sabemos. Desnudo sobre la cama empiezo a excitarlo. No le ato, como el hizo conmigo, pero le pido que no ofrezca resistencia a nada de lo que le haga. Con la lengua recorro su anatomía: su pecho, su tripita, su pene, que chupo y agrando. Le doy la vuelta. Contemplo embelesada su culo, quiero sodomizarlo. Le ensalivo el ano e intento meter por el mis dedos, la lubrificación es insuficiente. Tomo su crema hidratante antisolar y la aplico en su orificio. Ahora si, mi dedo se hunde en su cuerpo hasta los nudillos. Noto la rugosidad de su esfínter, la consistencia de su contenido. Me giro hacia su polla y la introduzco en mi boca. Así, con su sexo en mi garganta y mis dedos en su culo inicio una sesión de felación y enculamiento que termina cuando un chorro tibio de semen se mezcla con mi saliva. Lo dejo y uno mi boca con la suya fundiéndonos en un beso largo, sensual, erótico en el que ambos gozamos del agridulce sabor de su semen.
Queda rendido. Yo sigo muy caliente. Mi coño vuelve a escocerme y mi vagina se encabrita. Con muchísima suavidad aplaco mi furor. Mi clítoris se dulcifica mientras un estado de total placidez me envuelve.
No me arrepiento de nada, pienso. Ni de haberme afeitado el sexo, con los picores que me ha ocasionado, ni de masturbarme en publico, ni de haber permitido que me sodomizara en la playa. Estoy feliz. En poco tiempo mi pelo habrá vuelto a crecer y será suave y sedoso como antes. Habré tenido la experiencia de un afeitado, no como el que tuve durante el parto de mi hijo, sino para obtener del placer. Lo he lucido, enseñado. Me lo he fotografiado y quedará así, para siempre, constancia del hecho. Tal vez algún día vuelva hacerlo, seguro que lo haré. Entonces tendré a la mano polvos de talco y me rasuraré diariamente para evitar este picor. No, no me arrepiento de nada.
Hoy percibo de nuevo la suavidad del nuevo pelo, añoro, no obstante, los días en los que me lo afeite, pues entonces tenía un peluquero que me lo cuidaba y ahora, para mi desgracia, no lo tengo, debiendo ser mi propia mano quien lo "chinee".

viernes, 1 de abril de 2011

INTERMEDIO

Cuando empecé a redactar estas fantasías no había leído a la poetisa nicaragüense Ana María Rodas que, en plena Revolución Sandinista, escribía “Hago el amor y después lo cuento”, ni tampoco la última novela de Vargas Llosa en la que dice “Escribir lo no vivido para hacerse la idea de haberlo vivido es, uno mas, de los caminos de la
imaginación para crear nuestras fantasías”.


Ahora, al entrar en la primera parte de las mismas, en las que idealizo los años más estables de la relación musa-escritor, no se si decantarme por la poetisa o por Premio Nobel.
Sin duda, como expuse en el Preámbulo, al llegar al final-principio estará claro que yo seré mucho más viejo y podré, sin problemas, parodiar a Martín Amis y decir “En la vida nadie inventa nada, todo sucede normalmente”, todo, hasta nuestras vivencias y fantasías

viernes, 25 de marzo de 2011

EL EMBAJADOR

Hace un mes que partí de Santo Domingo y aun me falta otro para regresar. Parece, por fin, que la serie borrascas, que de forma ininterrumpida han convertido mi país en cenagal, se han retirado, luciendo el sol en todo su apogeo. Mi llegada a San José fue triste. Deje a José Luis casi instalado y me reencontré, al llegar, con los mismos problemas que tenía: La Galería de Arte, más que andar se arrastraba, el proyecto constructivo de la emisora de radio estaba pendiente de la compra de determinados terrenos y quienes financiaron mi “carro” intentaban por todos los medios que les cancelase la deuda.
Hoy, segundo domingo de octubre, sola en mi jardín, veo brillar el sol mientras bebo una ginebra con tónica y recuerdo los días pasados en Santo Domingo.
Quien iba a decirme, hace apenas un año, que mi vida enlazaría con ese pequeño y renegrido país caribeño. “Por dicha” José Luis me esperaba en la zona internacional y todo ese trámite engorroso de llegar a un aeropuerto extraño y tener luego que salir de él, se redujo como por encanto. Bueno, por encanto y con dinero, pues hubo que pagar a todos cuantos se cruzaron en nuestro camino: policías, aduaneros, maleteros, transportistas y un largo etcétera de pedigüeños profesionales. Solo sus abrazos y sus besos amortiguaron el calor seco y pegajoso que empapaba mi cuerpo de sudor, solo sus caricias hicieron que el destartalado taxi que nos traslado al hotel, pareciera una carroza.
El hotel Embajador, era otra cosa. Por una serie de casualidades ligadas al proyecto que él dirigía nuestro cuarto estaba ubicada en la planta ejecutiva, razón por la cual, los procedimientos de inscripción y recepción, mas que reducidos fueron nulos. “Mañana, dijo José Luis, cualquiera de los secretarios de planta, los cumplimentaran.
La habitación, la ducha y la cama fueron hitos gloriosos en una desenfrenada carrera hacia el sexo. Ya, durante el itinerario en taxi, nos habíamos masturbado. Locos de pasión habíamos gozado de nuestros cuerpos al amparo de la noche. Sobre el asiento posterior nos besamos, sentí sus dedos penetrándome bajo la braga, abrí mi blusa para que gozara de mis pechos, extraje su sexo y lo engullí en la boca hasta sentir su semen correr por la garganta. Éramos dos locos amantes gozando en un taxi que recorría la oscura autopista de Duarte. Me recreaba con su sexo ante la presencia de un taxista anónimo y ajeno a nuestros juegos. Sentía mis pechos libres y nada me importaba; solo amar, sentir y ser amada.
Sobre la cama nuestros cuerpos se reencontraron. Sentí su lengua, sus dedos, su carne. Me corrí y se corrió. Dormimos desnudos sobre un revoltijo de sabanas y almohadas.

Medio en sueños vi como la claridad caribeña inundaba la habitación, note el hueco dejado por José Luis y me estire con pereza gozando de mi primer día sin tener que hacer nada específico. Quería “perecear” un poco mas a fin de eliminar de mi cualquier brizna de cansancio.
.- Buenos días. Oí decir a alguien a los pies de la cama. Abrí los ojos. De pie, a medio camino entre la ventana y el lecho una mujer, entrada en años, me observaba de la forma más natural del mundo.
.- Puedo hacer la habitación. Dijo sin inmutarse.
Me despeje por completo. Me encontraba desnuda sobre la cama. Vi a la sirvienta recoger, mecánicamente, parte de las almohadas esparcidas por el suelo y balbuceando un
.- No, espere un ratito.
Me cubrí pudorosamente mientras ella se retiraba. Ignoraba cuando entro ni cuanto tiempo se había recreado con la imagen de mi cuerpo, pero estaba claro que para ella, entrar en una habitación y encontrarse con alguien desnudo sobre la cama, debía ser algo normal, o tal vez lo fuese para todos los sirvientes de aquella peculiar planta de ejecutivos del hotel.
Mis días en La Republica Dominicana, fueron una mezcla continua de trabajo y placer. Debíamos encontrar una vivienda en la que pasar los próximos cuatro años, quería conocer las galerías de arte locales y me interesaba ver el autentico nivel de vida de la población. Salimos, viajamos, paseamos por los barrios antiguos. Al final de cada día, en el hotel, el aire acondicionado nos invitaba a recrearnos con mil juegos de amor. Eran días maravillosos en los que el sexo y el trabajo se entremezclaban.
Muchas tardes huíamos del bullicio callejero y nos atrincherábamos en la habitación. En ella, entre gin-tonic y gin-tonic, planificábamos el futuro, discutíamos el presente y nos amábamos. Era, el nuestro, un amor sencillo, continuado, sin altibajos. Un amor salpicado por un sexo malicioso fruto de nuestra desmedida imaginación, de nuestro querer excitarnos excitando, a su vez, a quienes nos rodeaban.
El primero en caer fue el encargado del servicio nocturno de comidas. Pedimos unas verduras y el camarero, al llegar, encontró a José Luis medio desnudo en la cama y a mí, con un camisón medio transparente, recibiéndolo en la puerta. Nos excitamos muchísimos viendo como nos observaba, en especial a mi y a mi leve vestuario. Para mi desgracia no traía, entre mi ropa algo más picante y vaporoso, en que se combinara, a partes iguales el erotismo y el pudor.
El segundo fue aun mejor, al menos para mí. Cada tarde, Ulises, el camarero de la planta ejecutiva, nos traía a la habitación, un cubo de hielo y una bandeja de canapés (“boquitas” en mi país y “picaditas” en este). Era una costumbre que iniciamos desde el primer día de mi llegada. Con ello podíamos estar más tiempo juntos, evitábamos el gasto de la cena y podíamos andar desnudos por la habitación. Por lo general era después de recibir el hielo y las “picaditas” cuando las ropas desaparecían. Aquel día, sin saber a ciencia cierta el porqué, nos olvidamos de pedir a Ulises nuestro consabido aperitivo. Estábamos desnudos viendo la televisión cuando se presento con la bandeja de siempre. José Luis, al oír llamar a la puerta se puso un pantaloncillo y salio abrirle, yo, agarre una camiseta y me la puse. Al hacerlo confíe que fuera de talla grande y poderme tapar así hasta las rodillas, pero desgraciadamente no lo era. La camiseta apenas si me llegaba a la cintura dejando con ello al descubierto mi culo y mi coñito. Me empotré cuanto pude en el sillón, cerré las piernas y cubrí el sexo pudorosamente con las manos.
Ulises se presento esbozando su sonrisa de siempre. Cruzo la habitación y se planto ante mí depositando la bandeja en la mesa. Estaba totalmente excitada. Sentía el roce del tapizado en mis nalgas, mis piernas al aire y mi sexo exclusivamente cubierto por mis manos. Escuche a Ulises hablar con José Luis con sus ojos sobre mí intentando descubrir lo poco que me tapaba la ropa. No se si consciente, o inconscientemente, iba demorando su servicio.
.- Les sirvo las copas.
Oí que decía mientras abría las tónicas. El ruido del líquido al caer en los vasos se mezclo, de nuevo, con su voz.
.- ¿Están a su gusto?
José Luis tomo la suya y yo la mía. Al hacerlo mis manos abandonaron el hueco de las piernas. Las cerré con fuerza. Los ojillos de Ulises se centraron, ahora, en los pelillos negros que surgían entre ambas y con el mismo tono de voz se retiro diciendo, al cerrar la puerta,
.- Que lo disfruten.
Claro que lo disfrutamos, pero no con las copas. Nos poseímos violentamente mientras el hielo se derretía en los vasos y la película de la televisión concluyera sin que conociéramos su final.
Fue algo salvaje. Estaba muy excitada. Al levantarme del sillón mi sexo chorreaba. Poco mas y me corro delante de Ulises. Sobre la cama, con José Luis en mi interior, imagine escenas imposibles. Deseaba ir al SPA del hotel y pasearme totalmente desnuda por la sauna, bañarme en el jacuzzi. Soñaba con que nos fotografiasen haciendo el amor, con que nos vieran mientras gozábamos y gozábamos con nuestros cuerpos. No se quien apago la luz ni pulso el interruptor del “off” de la televisión, se, eso si, que el amanecer fue maravilloso.
Los técnicos que hasta entonces habían acompañado a José Luis partieron hacia Madrid. Quedamos solos en el hotel con cuatro días para disfrutarlos exclusivamente los dos. Habíamos elegido ya la casa y nos dedicábamos a conocer el país, a recorrer sus mercados, a comprar cuadros y artesanías y a efectuar algunos contactos socio-comerciales. Las noches seguían siendo para el amor. Nos recluíamos en el cuarto y dejábamos pasar las horas entre caricias y orgasmos. Esta pasión ininterrumpida nos llevo, como en otras tantas ocasiones, a excitarnos provocando, y, como de costumbre, aquellos que nos rodeaban. Creo que fue José Luis quien hizo detonar nuestra maldad. Durante mi última noche empecé hacer el equipaje. Había llevado demasiada ropa y, encima, inadecuada para el clima local. Más de la mitad de mis vestidos habían dormido el sueño de los justos en perchas y cajones. De entre lo no utilizado una mini camisa blanca, a juego con un vestido azul, adquirido todo ello en España el verano pasado, despertó la curiosidad de José Luis. “Póntelo” dijo, “Pero sin nada por debajo”. Estaba claro que la prenda fue diseñada para llevarla como complemento. Carecía de botones y su forma se asemejaba a una especie de chal. Era, sin duda, para acompañar a cualquier traje veraniego. No podría decirse que cubierta solo con ella, estuviese mal, pero si estaba ligeramente indecente. Por la amplitud de las mangas y por la inexistencia de cierres, al utilizarla sin ropa interior, mis pechos quedaban casi al descubierto. Cualquier movimiento, bien al levantar los brazos, bien al extenderlos, condicionaría que la prenda se abriera y mis pechitos surgieran al exterior. José Luis quiso que me la pusiese así y a mí, como siempre, no me molestó, más bien me produjo un regusto cómplice y malicioso.
Vestida con un pantaloncillo corto y aquella especie de chal sobre los hombros llamamos al restaurante chino del hotel para que nos subieran la cena a la habitación. Estaba excitada. José Luis deseaba que me mantuviese con la camisola parcialmente abierta insinuando lo que casi sin duda se veía. Quería y no quería hacerlo. El tiempo de espera fue tenso. José Luis me entreabría la camisa y yo me la cerraba. No se el porque pero de repente me sentí incomoda. Llamaron a la puerta y apareció el consabido camarero empujando un carrito con la cena solicitada. De nuevo en el sillón lo vi ante mí distribuyendo lo pedido sobre la mesa. José Luis a mi espalda, contemplaba la escena. El mozo no dejaba de mirarme. Intuía que bajo la camisola no llevaba nada. Separe los brazos del cuerpo y note como se abría. Desde el cuello a la cintura mi cuerpo surgió diáfano, desnudo y visible. Contemple como ordenaba los platos y como ofrecía a José Luis la nota para que se la firmara, mientras sus ojos no se apartaban de mi descomunal escote. Moví ligeramente un brazo y uno de mis pezones afloro a la luz. Su negra aureola destacó violentamente contra la blancura de la tela. El camarero recogió la nota y, sin dejar de mirarme, salio del recinto.
De nuevo la comida se enfrío en los platos. Otra vez el apetito sexual fue superior al biológico. El provocar, como lo habíamos hecho, nos excito al máximo. Nuestras mentes avivaron nuestros sexos y un cúmulo de fantasías brotaron en la noche. Lo soñamos todo: Ser vistos, ser deseados, ser fotografiados, ser envidiados. Suspiramos por una sauna imposible, con tomas de video irrealizable, con un espectador ocasional a los pies de la cama.
Agotados y contentos caímos sobre los platillos chinos a base de arroz y tallarines. Por la mañana aun quedaba en nuestros labios el sabor a soja y a semen ligeramente entremezclados y se humedecía mi entrepierna al recordar los ojos del camarero fijo en la abertura de la camisa, sobre la aureola de mi pezón.
Sentada en el jardín veo como mi gin-tónic casi ha desaparecido mientras sol de San José empieza a calentarme. Muevo el vaso sobre mi piel y siento como un hormigueo de placer me contrae el estomago. Apoyo el cristal en mis pezones y estos se endurecen. Lo coloco entre las tetas y recuerdo la mirada fija de aquel camarero de Santo Domingo. Lo bajo hasta encajarlo en mi sexo. Está húmedo, viscoso. Rememoro los ojos de Ulises sobre estos pelitos, ahora cubiertos por el cristal. Lo deposito en el césped y empiezo acariciarme el clítoris. Abro por completo las piernas y siento chorrear mi vagina. Mis dedos entran y salen dándome placer. Me masturbo pensando de nuevo en el hotel El Embajador. Pronto regresaré y otra vez la aventura del sexo nos atrapará. De nuevo luciré medio desnuda, haremos el amor en otro taxi, nos excitaremos en el SPA, nos fotografiaran haciendo el amor. Sueño despierta pensando en lo que hicimos y en lo que, otra vez, haremos, mientras me invaden las primeras sacudidas de un orgasmo tibio, violento, caliente. Quedo medio desnuda y rendida sobre la hamaca. El sol de mi tierra me contempla y prepara para el placer, para el goce, para la lujuria compartida con José Luis.

viernes, 18 de marzo de 2011

EL SERVICIO, EXCELENTE



” ¿Qué les pareció el hotel?, ¿Les gusto la playa? ¿Qué tal el servicio? El gerente-recepcionista intentaba establecer, sin éxito, una conversación coherente mientras efectuábamos el viaje de regreso desde la Isla de Cayo Levantado a la Península de Samana. Todo muy bien, pensé para mis adentros, recordando los días pasados en aquella isla del Caribe, pero el servicio, justo era reconocerlo, había sido excelente.





Cuatro días antes José Luis y yo tomamos esa misma motora y bajo un sol de justicia recorrimos el trayecto en sentido contrario y, como por encanto, nos vimos transportados a un viejo hotel, hoy en remodelación, que la Cadena Occidental tenía alquilado al Gobierno de la Republica. En contraposición al resto de los centros turísticos de alto nivel de Santo Domingo, Cayo Levantado poseía el encanto de lo antiguo y su correspondiente incomodidad. Carecía, como era de esperar, de las ventajas con que la moderna tecnología hotelera dota a sus establecimientos, pero esto lo suplía con un trato personalizado y un servicio atento y solicito a todo tipo de sugerencias.


Nuestra habitación era muy amplia, con un gran ventanal de madera, una terracita enmarcada por buganvillas y jacintos, un cuarto de baño destartalado, con múltiples humedades y una especie de área de descanso en la que, por un capricho de un lúdico arquitecto, se mezclaban: un jacuzzi, circundado por una barandilla de ratán, junto a un servicio de bar conformado por una nevera, una mesita baja y dos taburetes, todo a juego con la barandilla. La cama matrimonial, de amplias dimensiones, se interponía entre el jacuzzi y la terraza. En el techo, y en difícil convivencia, un silencioso ventilador junto a la estridente rejilla metálica del aire acondicionado, artilugios ambos que, por aquello de la crisis energética, únicamente funcionaban a partir de las 3,00 de la tarde.
Llegamos a las 2,00. El calor, sofocante, apenas si nos dejo disfrutar de las bondades del recinto ni de sus vistas sobre el acantilado marino; deseábamos ducharnos, ponernos los trajes de baño y bajar a la playa.
Otra de las peculiaridades del hotel era su ubicación. No se levantaba sobre la costa sino que, para llegar al mar, había que recorrer como unos dos kilómetros por un camino bordeado de árboles milenarios. Las posibles incomodidades del viaje: el calor y la caminata, se diluían ante la belleza de la calita en la que terminaba. Sobre una explanada enmarcada por palmeras se contorneaba una cinta arenosa blanquecina cubierta por hamacas azules y amarillas. Muy poca gente, todos extranjeros, se entremezclaban entre el agua, el sol y dos bares del hotel que ofrecían a los huéspedes todo tipo de bebidas.
Con el sol acariciando mi cuerpo y el murmullo de las olas de fondo, me desconecte de la realidad. En unos instantes huyeron de mi mente las últimas semanas en Costa Rica atiborradas de problemas, trabajo y mal tiempo, se disipo el cansancio del viaje, la tensión por lo desconocido y apenas si me di cuenta cuando desaparecieron los bañistas y el sol se oculto bajo la línea del horizonte.
La luminosidad del amanecer unido a lo copioso del desayuno lograron revivir en mí el gozo por el placer. Tenía la piel tersa, la mente despejada y ese regusto en el estomago ante la carga erótica que dimanaba del lugar.
Siempre nos pasa lo mismo. El primer día somos los primeros en todo. Al llegar a la playa solo las ordenadas filas de hamacas circundaban el litoral marino. Ni turistas, ni vendedores ni, por aquello de no madrugar en el trópico, el encargado de suministrar las toallas estaba en su lugar de trabajo. Nada nos importó. Recorrimos el laberinto de tumbonas y elegimos dos, algo apartadas del resto y sombreadas por un enorme cocotero. Siguiendo la actual moda europea me despoje de la parte superior del bikini, me embadurne el cuerpo, y en especial los pechos, de crema bronceadora y me abandone al sol.
.- Buenos días, soy del servicio del hotel, desea que le haga unas trencitas.
Abrí los ojos. José Luis, fiel a su costumbre me había dejado sola y estaba paseando por la playa. Junto a mí, un joven mulato, como de unos 25 años, bajito y sonriente, me mostraba una especie de álbum con muchas de sus especialidades mientras hablaba y hablaba sin parar.
Las tumbonas que me rodeaban, antes vacías, se veían parcialmente ocupadas y la playa era un constante ir y venir de gente. El peluquero ambulante, al servicio del hotel, seguía enumerándome sus habilidades, los diferentes tipos de peinados, lo bien que, cualquiera de ellos, me quedaría y cuanto me resaltaría la belleza de mi piel morena.
.- Una prueba, solo una prueba para que se dé una idea de cómo le quedará. Además, todo es cortesía del hotel, solo admito su propina
No sé si acepte o no, pero ya lo tenía sentado a mi espalda y sus manos empezaban el laborioso proceso de trenzarme la melena, mi corta melena negra. Quien al principio fue un torrente de palabrería se transformó, tijeras y peine en mano, en un experto en el arte del peinado. Notaba como sus dedos, con delicada paciencia, iban cuadriculándome la el cuero cabelludo, trenzando luego, con inusitada rapidez, cada bloque de cabellos.
Mi sopor inicial desapareció. Sentada en el extremo de la hamaca, con el pecho al descubierto y con un moreno a mis espaldas, contemplaba el mar, casi inmóvil, y estaba, sin saber la razón, relajada, caliente y expectante.
José Luis caminaba por la arena, los turistas rezagados iban tomando posesión de algunas de las hamacas vacías y Daniel, así se llamaba el muchacho, empezaba a contarme su vida mientras sus dedos continuaban desenredándome el pelo, estirándolo, trenzándolo. Cada cierto tiempo me rodeaba al cuello o las orejas para resaltar el efecto del trenzado o bien se ubicaba frente a mí para tener una idea global de su obra. Si saber el motivo me fui excitando y mis pezones se endurecieron convirtiéndose en dos botones negros y turgentes.
.- Le va gustando como queda. Le oí a mis espaldas a la par que una de sus manos descansaba sobre mi hombro y sus dedos morían en la parte alta de mi pecho izquierdo.
.- Bastante. Conteste, más pendiente en ese momento de aquella mano olvidada que del resultado de su obra.
Termino la parte alta. Su trabajo se centraba ahora alrededor de las orejas, en la nuca, en el nacimiento del cuello. Las nuevas trencitas empezaron a cosquillearme la piel y mi grado de excitación subió de nuevo. Se detuvo y otra vez su mano descanso sobre mi hombro. Mis pezones, otra vez se contrajeron al sentir sobre mi carne aquellos dedos extraños. Consciente de mi maldad me eleve bruscamente y al hacerlo, su palma descendió hasta cubrirme el pecho. Fue un movimiento rápido, casi fugaz. Nos excusamos y él continuó. Deseaba que lo que había sido un roce efímero se prolongara, que aquellas manos anónimas volvieran a descansar sobre mis tetas, que las rozaran apenas, que las activaran. No fue así. Termino, y ante la irónica mirada de José Luis que, desde hacía un rato, estaba con nosotros, se despidió, me dio las gracias por la generosa propina y alabo la pulcritud del peinado y lo bien que me quedaba.
Ardía de deseo. Tumbada boca abajo gozaba con el masaje que José Luis me daba al distribuir la crema solar sobre mi espalda. Sus dedos, con entera impunidad, iban desde las cervicales a los tobillos. Con la parte inferior del bikini arrollado e insertado entre los glúteos y mis senos al descubierto, mi osada pareja inicio sobre mí un ritual intermedio entre masaje y masturbación. Mis carnes iban siendo acariciadas, estrujadas, violadas. Sus dedos, aparentemente cándidos, bucearon bajo mi arrugado bañador hasta encontrar la entrada de mi culo y el se perdieron. Me corrí de gusto bajo el sol tropical rodeada de rubios alemanes que dormitaban plácidamente ajenos a lo que a su lado sucedía.
Un día de playa, y más como aquel, resulta agotador. A las cinco, en la habitación, estábamos rendidos. Calientes por el sol y excitados por todo lo que nos había, me había, ocurrido. El aire acondicionado y una ducha fría nos transportaron de nuevo a la realidad de acomodados turistas, bueno, eso y la peculiar meteorología local que nos sorprendió con un aguacero de inusitada violencia. El panorama azul y verde de la mañana se transformo en un gris plomizo y una cortina de viento y agua nos dejo encarcelados en la habitación. Prisioneros sí, pero de lujo. Supimos entonces de la presencia del jacuzzi y su utilidad.
Mientras me desnudaba José Luis llamó al servicio del bar para que nos trajeran unas ginebras con tónica con mucho hielo y algo de picar. Coloco una mesita auxiliar al borde de la tina y separo las sillas que la rodeaban. Me introduje en el agua y me relaje. Totalmente desnudo observaba las burbujas de agua que surgían entre mis piernas y notaba como cientos de chorros me golpeaban o mejor, friccionaban, espalda, pies y cintura. Instintivamente me acaricie el sexo y el pecho, estaba feliz.
Un par de golpes en la puerta y la aparición de un camarero arrastrando un carrito con todo lo pedido me sobresaltó. José Luis, tan cortado como yo, se retiro dejándolo pasar. Sentí el impulso inicial de cubrirme con algo, pero, ante la inutilidad de tal acción, me mantuve sentada en el jacuzzi exhibiendo, al solicito empleado, todo el esplendor de mi anatomía. No se inmuto. Como si fuese una estatua de piedra se planto ante mí y con pasmosa lentitud fue llenando los vasos con ginebra, puso el hielo, el limón, distribuyo las “boquitas” en la mesa; luego, como si nada ocurriera y mi indumentaria fuese la correcta, tomo uno de los vasos y me lo ofreció.
Sabía que me miraba, que se moría de gusto viéndome desnuda ante la presencia de mi compañero. Vi su sexo abultado bajo el pantalón y eso me excito tanto o más que el sentirme observada. Medio me levante a tomar el vaso que me ofrecía, dando así una mejor visión de todo mi cuerpo. Roce mis dedos con los suyos y con una sonrisa llena de maldad dije
.- Puede retirarse, muchas gracias por todo
Lo que siguió fue pura orgía. José Luis se desnudo y se metió en el agua. Sus manos, su boca, su pene me buscaron. Ambos ardíamos. Me encontré penetrada, acariciada, mordida. Mi vagina albergaba indistinta mente dedos, lengua, sexo. Con la boca chupaba su miembro, duro y mojado, que entraba y salía de otros orificios de mi cuerpo. El agua formaba grandes charcos en el suelo y las ginebras se calentaban en los vasos.
Fue un acto de amor memorable. A su término, mojados, exhaustos y aun lujuriosos, nos sentamos en la terraza para que la lluvia, ya muy persistente, terminase de enfriarnos, de lavarnos, de acariciarnos con sus manos suaves y desconocidas.
La mañana, la tarde y la noche siguientes fueron remansos de paz, de tranquilidad absoluta. Volvimos a la playa, tome el sol, bebimos mucho ron con limón y hielo, lucí mis pechitos ante quienes quisieron verlos, pasee por la arena, nade en el mar.
Lo malo de mis viajes a la Republica Dominicana es que son muy cortos. Son largos fines de semana en lugares paradisíacos que terminan, por lo general, en un domingo triste.
La última noche nos regalo una luna llena rojiza que emulaba, hasta casi superar, los cientos de farolitos, que la dirección del hotel había distribuido sobre la explanada lateral en la que, por ser sábado, se servía la cena. Por azar compartimos mesa con una rubia alemana que apenas si hablaba el castellano y que, en su muy aceptable inglés, me contó el porqué de su viaje y lo agradable del lugar. Tras los postres, como un rebaño de ovejas, nos dirigimos al porche en donde una banda musical y media docena de animadores al servicio del hotel, se empeñaban en alegrar la vida de los turistas. Envié a José Luis a la pista con la teutona y me quede mirando.
.- ¿Bailas?
Oí a mi espalda, a la par que uno de los animadores me tomaba de la mano y me arrastraba al centro de la fiesta. Sería una mentirosa si dijera que no me apetecía bailar, e injusta si no admitiese que mi pareja era un excelente bailarín. Un merengue, otro, una salsa, una cumbia, otro merengue. Mi cuerpo rezumaba sudor, la camisa se me adhería a la piel mientras unas manos extrañas danzaban, a la vez, sobre mi espalda. Tan pronto giraba a su alrededor como me encontraba pegada a él clavando mis tetitas, hoy sin sujetador que las protegiera, contra su pecho.
Sin duda era un profesional del sexo pues creyéndome sola, al final de uno de aquellos maratonianos merengues, me pregunto:
.- ¿Quieres que subamos a tu habitación?
Su sugerencia me agrado, no por él, sino por mí y José Luis, a quien veía a lo lejos arrastrando aquella mole germana con la que apenas si podía comunicarse.
.- Bien vayamos, conteste.
Cuál no sería su sorpresa cuando al pasar junto a José Luis lo tome del brazo diciéndole
.- Vamos cariño, hoy tenemos un espectador de excepción.

Mi acompañante apenas si reaccionó. Como un perrito faldero nos siguió hasta el cuarto incapaz de comprender el nuevo giro que tomaba su recién iniciada aventura erótica.
Ni encendimos la luz. La luna lo iluminaba todo. Era como un foco gigantesco encargado de poner las luces y las sombras que daba, a veces la visión, y a veces la eliminaba.
Ante su mirada atónita José Luis y yo caímos abrazados en la cama mientras nuestras manos se esforzaban en la dulce tarea de desnudarnos. Lo miraba incrédulo contemplando como dos personas se arrancaban la ropa, como yacían desnudos para él, como se besaban, se chupaban, se poseían.
.- Desnúdate, le dije, y como un obediente estudiante fue despojándose de la ropa. Sentada sobre el sexo erecto de José Luis, vi su cuerpo moreno, hermoso, sin apenas grasa. Su pene aún caído su pecho sin vello. Era incapaz de hacer nada.
.- Mastúrbate, volví a decirle. Cada minuto que pasaba crecía su excitación. Ante el estábamos haciendo el amor y yo le ordenaba que se auto complaciera.
Caí de espaldas. José Luis se volcó sobre mí. Se sexo en mis entrañas y nuestras lenguas enredadas. Lo aparte ligeramente imaginando la escena. Estaba poseída por un hombre y enfrente, otro, se acariciaba, gozaba para mí.
.- Acércate, le pedí.
José Luis seguía penetrándome dejando libre la parte superior de mi cuerpo, yo miraba a nuestro espectador que, totalmente empalmado, nos observaba desde el lateral de la cama. José Luis metía y sacaba su sexo de mi vagina excitándome al máximo, haciendo que por momentos perdiera consciencia de la realidad que vivía.
.- Acaríciame las tetas, le rogué.
Sentí de inmediato sus manos en los pechos. Estaban golosas de carne, de placer, de mí. Busque su pene. Lo encontré duro, negro, caliente. Como por instinto los tres iniciamos un movimiento erótico casi perfecto. José Luis entraba y salía de mí, yo masturbaba a nuestro desconocido amigo y él me masajeaba los pechos, me pellizcaba los pezones balanceaba su cuerpo friccionando su sexo contra mi mano. Esta y mi vagina se inundaron de semen casi al mismo tiempo y una rápida e incontrolada cascada de orgasmos me hizo chillar de placer.
Sin decir nada, como llego, desapareció. Se vistió en silencio y salió sin hacer ruido. Nosotros, abrazados, nos dormimos.Si, el servicio del hotel ha sido excelente, tanto el personal de peluquería, como el del bar y el de animación. Ofrecí al gerente-recepcionista mi más amplia y agradecida sonrisa mientras le comentaba
.- Créalo, volveremos muy pronto, téngalo por seguro.

viernes, 11 de marzo de 2011

UN MASAJE EN BOCA CHICA

Tras un año de viajar regularmente a la Republica Dominicana y visitar, si no todas, muchas de sus playas, seguía sin conocer la mas popular, la mas urbana y la mas próxima a Santo Domingo.
Boca Chica es para los dominicanos, su playa emblemática, el germen del que nació su floreciente sector turístico; para el mundo es uno de los centros sexuales más renombrados de la isla. Nunca lo creí. La promiscuidad esta aquí generalizada y pensé que era casi ilógico que se concentrara en un sitio en particular. La playa, por ser una de las pocas de dominio público, tenía entonces escaso desarrollo hotelero y como, en nuestras anteriores excursiones, siempre las planificamos para una o dos noches de descanso, habían pasado más de 12 meses y aún no la conocíamos.
Ahora era diferente. Al hilo de la exposición de Pintura Contemporánea Costarricense, montada e inaugurada en esas fechas, nos acompañaban dos de los pintores del Grupo Bocaraca y parecía poco correcto, ir nosotros a un sitio y ellos a otro; por ello los cuatro: José Luis, Manguita, Pedro y yo, aprovechamos el domingo para tomar el sol en Boca Chica.
No tenía una idea clara de lo que iba a encontrarme. Estaba claro que no era como alguna de las playas visitadas hasta entonces y en las que el orden y la limpieza sobresalían por encima de todo. Ni como las de mi hermoso país Costa Rica donde el desarrollo ecológico y medioambientalista condicionaban su escasa utilización masiva. Todos pensábamos, cuando decidimos su elección, en pasar un día apacible, rodeados de la clase media local y con más o menos comodidades en función siempre de los “pesos” que quisiéramos gastarnos.
Nada más llegar me di cuenta lo equivocada que estaba. Un número indeterminado, pero masivo, de jóvenes rodearon el vehículo intentando aparcarlo en uno de los muchos lugares disponibles. Cuando lo hicimos, el más espabilado se ofreció a cuidarlo el resto del día por el módico precio de 20 “pesos”; casi por encanto una legión de vendedores ambulantes nos rodearon ofreciéndonos cuadros, collares, figuras, restaurantes….A empujones y de mal humor llegamos a la playa y allí, el acoso mercantilista se centuplico.
El sol caía de plano y el recorrido por la playa podría considerarse como inenarrable. “Coma aquí una autentica paella valenciana”, “Les ofrezco tumbonas con sombra”, “Quiere una…”, cientos de sugerencias se nos insinuaban de forma reiterada y continua. Estábamos agobiados. Deseábamos sentarnos y que aquella marabunta humana se olvidara de nosotros. Según avanzábamos los ofrecimientos crecían. Solo José Luis parecía ignorarlos. Indiferente al sol y escupiendo violentos insultos, en el más castizo madrileño, se contentaba con observar. “Fíjate” me dijo, “aquí te hacen unas trencitas, te dan un masaje o te pintan un cuadro en vivo y en directo”, al parecer en Boca Chica todo era posible y todo y todos se ofrecían, se compraban o se vendían.
Por fin nos sentamos. Tras reñir con un montón de teóricos guías de playa elegimos un restaurante en el que se compaginaba: sombra, comida y tumbonas, tanto a la orilla del mar como próximas al establecimiento.
José Luis, inquieto como siempre, salió a pasear. Manguita, Pedro y yo pedimos cervezas e intentamos relajarnos. Fue inútil. De nuevo entro en juego el mercadeo local, aunque ahora, con un nuevo matiz, el erótico. Nos ofrecían jovencitas, jovencitos, morenos, rubias, parejas o tríos. La oferta de carne estaba en su máximo apogeo. El futuro cliente podía palpar, sobar, observar a la posible mercancía sin que esta se inmutase. A mi lado un estadounidense tanteaba el coño de una morenita y un poco más lejos, otra masajeaba, a plena luz del día, a un rubio alemán seboso, sentada plácidamente entre sus piernas y centrando su labor al máximo en al aparato genital. Así era todo. Pase dos horas absorta en aquel comercio humano, o mejor inhumano, hecho con la mayor impunidad posible.
La comida “Por dicha” Fue buena. Ensalada de camarones con aguacate regados con cerveza fría y amenizados por las confidencias de un grupo de “trabajadoras del amor “que, en la mesa de al lado, hablaban de su vida, de su mala vida.
Supe de su precio, muy bajo, del número de servicios diarios, de su régimen de comidas. Charlaban de su profesión como si fueran abogados o ingenieros y analizaban su obra o su caso. Si lo visto hasta ahora me había deprimido, lo que escuchaba me asombró.
Entre anécdota y anécdota terminamos de comer. Mis tres acompañantes salieron a pasear y yo me tumbe a dormir en una de las hamacas protegidas por una enorme sombrilla.
.- Le apetece un masaje.
Lo oí de lejos. Intentaba desconectarme del lugar. El hecho de estar cerca del restaurante, lejos de la orilla, me hacía sentirme solitaria entre aquel alboroto de bañistas, vendedores y músicos. Tanto José Luis, que nadaba indiferente sobre un mar intensamente azul, como Pedro y Manguita que, en un alarde de valentía, buscaban carne fresca, varonil y bronceada, con la que poder recrear la mirada, me habían abandonado.
.- No gracias dije mecánicamente. A lo largo de toda la mañana nos habían ofrecido de todo y siempre contestamos con igual indiferencia..- No sea así señora, seguro que se relajara.Por el rabillo del ojo vi como el joven mulato acercaba una silla e, indiferente a mi repuesta, se sentaba a mi lado.
.- No, gracias, repetí.
Tumbada boca abajo, caliente por el sol y con los efectos de la digestión en mi cabeza, solo deseaba abandonarme, no pensar, no discutir.
.- Déjeme hacerle una trencita, escuche mientras una mano se perdía por mi pelo y unos dedos, agiles y finos, iniciaban el lento proceso de separar, peinar y trenzar un mechón de mi cabello. No se la razón, pero no dije nada, le deje hacer. Me encontraba muy bien y no me desagradaba que aquel desconocido me acariciara el cuero cabelludo..- Ya termine, quiere que sigaEstaba muy cómoda y no tenía ganas de discutir. Mi silencio debió confundirlo, o asimilarlo, con un sí rotundo pues de repente, sus manos, cubiertas por una sustancia aceitosa, se posaron en mis hombros.
Mi subconsciente acepto la iniciativa del anónimo masajista y todo mi cuerpo se distendió. Aquel si, no dicho ni querido, pero de alguna forma transmitido, hizo que sus manos iniciasen una serie de movimientos de frotación sobre mi cuello y mi nuca. Como en sueños las sentí descender sobre los brazos, concentrarse en los omoplatos, subir y bajar por la espalda, presionar los músculos, separar las fibras. Ni él, y mucho menos yo, teníamos prisa. Durante mucho tiempo la parte superior de mi cuerpo fue lubrificada, estrujada, golpeada. En ese tiempo, me olvide de todo y mi mente floto bajo el cielo caribeño: cálido, sensual, hechizado.
Las manos untuosas fueron descendiendo. Sentí como el aceite iba extendiéndose sobre la piel hasta llegar a la cintura. Sin preguntar ni consultar sus acciones, desabrocho la parte superior del bikini dejando libre toda la extensión de mi espalda. No lo esperaba, ni me preocupo. Era normal que la parte superior del bañador dificultara su trabajo y que por ello la eliminara. De nuevo me adormile.
La columna, los músculos que la rodean, las vertebras, la piel, todo era delicadamente friccionado, modelado. Mi espalda era su territorio virgen donde aplicaba técnicas de relajación, terapias de descanso, roces de placer. De nuevo se detuvo el tiempo y, otra vez mi cuerpo se abandono. No pensaba, no oía, no veía, solo sentía.
Aquel rodillo de bienestar avanzo hacia mis extremidades inferiores. El aceite, estancado en la cintura, empezó a fluir por los muslos, los glúteos, las piernas. Se fue extendiendo con suavidad, con mimo, con calor. Todas las sensaciones vividas hasta ahora en la espalda, se desplazaron hacia las piernas. Sin tener una conciencia cierta del porque, note un regusto sexual que me contrajo el estomago y humedeció ligeramente mi vagina. Como ya hizo antes en la espalda, el masajista empezó a eliminar parte de la braguita del bikini que dificultaba su labor. Sin pedir permiso, consciente de lo que hacía, bajo hasta un límite insospechado el borde superior de la tanga y luego, con idéntica parsimonia, arrollo los laterales acoplándolos en la raja de los glúteos. Como final me alzo levemente el vientre y empujo el borde anterior del bikini hasta el inicio de mi coñito. Estas serie de manipulaciones, hechas con primor y aparente indiferencia, me despejaron.
Quede prácticamente desnuda en una playa pública y muy concurrida, con un masajista sentado a mis pies y con la indiferencia total de la gente que, a mí alrededor, tomaba el sol o charlaba animadamente. Mi bikini se había reducido a una cinta de tela que se encajaba en mis nalgas y otra que rodeaba la cintura a la altura del pubis.
El aceite discurrió entre las piernas que, en un movimiento instintivo, separe al máximo. Empapo los muslos, se detuvo en las ingles y dejo mi piel brillante y preparada para todo.
Empezó por los glúteos. Los amaso, arrollo, palmoteo. Los dedos llegaban hasta el borde del bañador, superándolo a veces, rozando el botón negro del ano, abierta ya de placer. Siguió por los muslos. Subían y bajaban por su interior acariciando la piel, presionando la carne. Iban desde la corva de la rodilla hasta la unión sagrada de los muslos deteniéndose allí para reiniciar el recorrido inverso. En cada parada sus dedos quedaban más cerca de mi clítoris, mojado y sensible. Eran roces robados pero conscientes, caricias premeditadas. En cada pasada de aquellas manos yo abría más y más las piernas enseñando mi coñito chorreante y ansioso de placer.
El tiempo se detuvo. Pensé que el masaje zonal se prolongaría indefinidamente, pero me confundí. Fue alejándose de mi centro neurálgico concentrándose ahora en las piernas, en los pies. De nuevo me relaje. La fricción de los gemelos, de los dedos y de los tobillos me tranquilizo. Sus manos volaban de una pierna a la otra, sobre cada uno de mis dedos, bajo la planta de los pies. Fueron subiendo por el cuerpo hasta detenerse en los hombros y, como desde muy lejos, escuche..- Señora, por favor, dese la vuelta.Apenas si me di cuenta que tenía la parte superior del bikini desabrochada y la inferior arrollada y reducida a la mínima expresión. Cerrando los brazos contra el cuerpo evite que al girar cayera el sujetador, pero me fue imposible recolocarme la braguita. Fue, de cualquier modo, un ejercicio estéril. El masajista, una vez boca arriba, se despreocupo de mi atuendo e empezó a cubrirme de aceite. Al segundo pase y con un suave “lo siento” eliminó las cazoletas que cubrían mis pechos arrollando, a continuación, mas aun, la telilla que me protegía el pubis.
Quede prácticamente desnuda sobre la tumbona. No puedo decir que tal hecho me preocupara. En otras ocasiones había estado así en otras playas, pero siempre fui yo quien se despojo de bañador. Ahora era un masajista desconocido quien me desnudaba en público, aunque bien pensado ese público que nos rodeaba, prestaba muy escasa atención al proceso, a mi cuerpo y a las manipulaciones del moreno.
El fuego interior, que empezaba a morir, volvió a reavivarse. Sin sentir aun sus manos en mi cuerpo, los pezones se endurecieron y la vagina se humedeció. Como si me leyera la mente sus dedos se concentraron en mí. Friccionaron los hombros, los brazos, el cuello. Bajaron por el canal de mis pechos y descansaron sobre el estomago al que circundaron una y mil veces. Subían y bajaban rodeando apenas mis tetitas haciendo círculos sobre el abdomen, pellizcándome y arrollando la piel, golpeándola, arañándola levemente. Los seguía mentalmente intentando predecir cual sería su próximo movimiento. Ascendieron, bordearon la redondez de mis senos, abarcándolos casi por completo, remarcaron la negra aureola de los pezones y los presionaron con mimo, produciéndome, al hacerlo, un desgarro de placer. Descendieron luego hacia el ombligo, hacia el pelo púbico que afloraba bajo el tanga.

Hubiera deseado que, aquella mano, como el pececito del merengue de Juan Luis Guerra, hiciera burbujas de amor en mi pecera, pero solo paso sobre ella distribuyendo mas aceite sobre las piernas. El masaje se iniciaba en la parte baja del estomago, se alargaba hasta las caderas, descendía por los muslos y se remontaba por los aductores muriendo justo en las puertas de mi sexo. Eran roces insinuantes y huidizos. Cada vez que sus dedos llegaban a las ingles, un flujo de placer me invadía. El silencioso terapeuta trabajaba con esmero. Rodeaba, presionaba, se posaba sobre mi Monte de Venus sin prisas ni violencias, y en cada roce, mi excitación crecía. Sus dedos, cada vez más osados, fluían por el interior de los muslos para morir, una y otra vez, junto a la grieta de mi coño. Sin lugar a dudas deberían haber notado la gratificante viscosidad de mi flujo, pues cada vez iban mas lejos en su recorrido ascendente demorándose más allí antes de iniciar el inverso.
Mi mente, en esos momentos, solo estaba pendiente de hasta donde llegarían y si al final, serian capaces de hundirse en mi vagina. Pero no, los sentí recorrer la totalidad de mi cuerpo para desprenderse de él de forma casi violenta.
.- La señora está servida, le oí decir mientras su mano descansaba descaradamente en mi sexo y una sonrisa maligna arrugaba sus labios.
.- Son 150 pesos, esto último es regalo de la casa dijo aun con sus dedos en el interior del bikini.
Los sentía moverse bajo el arrugado bañador acariciándome el clítoris, mientras yo, con una lentitud infinita, le pagaba por el valor de sus servicios. Se levanto y con un “Gracias. Espero que le haya gustado y otro día se repita”, desapareció tan misteriosamente como había aparecido.
Quede ofuscada. Me di la vuelta e intente tranquilizarme. Ni José Luis ni mis amigos daban señales de vida. Mire el reloj. El mal llamado masaje erótico se había prolongado por más de una hora. Me reacomodé el bikini y espere. Pedro y Manguita aparecieron comiendo una jugosa ración de cerdo asado y solicitando automáticamente dos cervezas heladas. José Luis llego mas tarde. Se había recorrido varias veces la playa y estaba asombrado de sus peculiaridades. “Es fácil” nos dijo, “que al darte un masaje, te masturben como complemento”, y a continuación explicaba como se lo habían hecho a un turista a pocos metros de nosotros y sin ningún tipo de recato. “Si es muy fácil” respondí pensando en el que yo misma acababa de recibir.
En mi subconsciente, enterrada en ese baúl de recuerdos que todos atesoramos, quedaría Boca Chica como una playa extraña, erótica, mercantilista y populachera. La recordaría como un lugar donde todo es negociable, hasta el sexo, como un espacio en el que puede aparecer un morenito que te de un masaje y que además, te caliente y te masturbe sin cruzar contigo ni una sola palabra. La visualizaría como algo atípico en donde me habían dado el más peculiar de los masajes recibidos hasta entonces.

jueves, 17 de febrero de 2011

REINA CUMAYASA

Regresamos. Sin haberlo hablado con anterioridad, casi por instinto. En la despedida de la Republica Dominicana, volvimos al hotel Reina Cumayasa. Como muchas cosas en nuestra vida, lo encontramos por azar. Un establecimiento de alto estanding, alejado de los circuitos turísticos y prácticamente vacío. Ubicado en la desembocadura de un río, el hotel constituía la primera edificación de un gran complejo marítimo financiado por un consorcio alemán. Actualmente solo existía un bloque principal que albergaba los servicios generales y otro, próximo al litoral fluvial, con 25 habitaciones magníficamente decoradas, con servicios de minibar, aire acondicionado, jacuzzi y terraza.
En la primera visita nos asignaron la suite nº 215 y, como huéspedes exclusivos, disfrutamos de un servicio rápido y particularizado. Hasta el gerente y el administrador financiero, ambos mallorquines, vinieron a saludarnos. La playita fue entonces casi privada, igual que la piscina y el restaurante. Aquel antiguo fin de semana estuvo envuelto en un halo mágico de sensualidad y confort.
Por eso volvimos. Solicitamos la misma habitación, de tan gratos recuerdos y la fuerza de la costumbre nos arrastró a repetir lo ya realizado: ir a la playa, pasear por los alrededores, cenar a la luz de la velas, descansar. De nuevo estábamos inmersos en el embrujo de aquel hotel peculiar.
La mañana del segundo día era impropia del verano caribeño. El cielo azul y la carencia total de brisa nos empujo, nada mas terminar el desayuno, a la playa. Mandamos traer dos tumbonas y nos las situaron en la única zona sombreada del arenal. Volvíamos a estar solos. José Luis, fiel a sus manías deportivas, se lanzó al agua perdiéndose, casi de inmediato, de mi vista. Yo me adormecí al tibio calor del sol.
.- Buenos días, ¿podemos poner nuestras hamacas junto a las suyas?
Me sobresalte viendo una pareja que, seguida por uno de los mozos del servicio, se colocaba a mi lado. Hasta ese momento nadie había aparecido por allí y consideraba el lugar como algo propio.
Di mi asentimiento y mire con curiosidad a los intrusos. El rondaría los 45 años. Alto, rubio, de ojos azules. Ella, algo más joven. Morena, de formas abundantes y con una cara insípida en la que resaltaban sus grandes ojos grises. Se presentaron, en un perfecto castellano, por parte de la mujer, como Erick y Carmen y tras ello empezó a contarme su vida. Hija de un emigrante español, refugiado político en los tiempos duros del franquismo, era el fruto del matrimonio de su padre con una noruega. Allí se crío y se caso años mas tarde. Erick, ingeniero agrónomo, en un español mas que aceptable, dijo encontrarse en Dominicana por razones de salud, ya que debía pasar los fríos inviernos de su país en un lugares de clima mas benigno.
El tiempo hizo que mi amistad con ella se fuese consolidado. Hablamos de la isla, del carácter difícil del dominicano, de Noruega, en donde vive mi amiga Loyda. Erick leía a ratos, paseaba o centraba su mirada en la línea azul del horizonte. Al llegar José Luis nos invitaron a unos roncitos con limón y continuamos a la sombra de los árboles con una charla generalista e intrascendente. Era una suerte, pensé para mi, encontrar una pareja así con la que poder hablar o callar sin que existan problemas lingüísticos y en la que cada uno hace lo que desea sin estar obligados a guardar determinados formalismos. Las horas transcurrían entre los paseos de los hombres, nuestra deslavazada conversación y algún roncito perdido para aplacar la sed.
Fuera de la sombra el calor y la luminosidad iban en aumento. Carmen, José Luis y yo nos zambullimos en el agua ante la mirada de Erick que, por prescripción médica prefirió no bañarse. José Luis anuncio que volvía a nadar y desapareció. Carmen y yo sacamos las hamacas al sol, bajamos los respaldos y nos tumbamos. Estaba inquieta. Miraba al noruego, su porte, su cara, su pelo, e intentaba descifrar el porque de su comportamiento, ausente en ocasiones y otras atento y servicial. Lo vi levantarse y empezar a extender crema bronceadora en el cuerpo de su compañera. Espíe como sus manos se deslizaban sobre su espalda, sus hombros, sus piernas. Sentí un poco de envidia y desee, por un instante, estar en su lugar. Un ligero escalofrío me recorrió el estomago y cerré los ojos.
.- Sonia, le oí decir, ¿quieres que te ponga crema?
Fue como si me hubiese leído la mente. Cabecee afirmativamente y más que relajarme me electrice. Deseaba sentir sus manos sobre mi piel, estaba nerviosa y excitada. Se apoyaron en los hombros y con mucha suavidad fue embadurnándome de crema. Me masajeo los brazos, la espalda, la cintura. Notaba, cada vez que llegaba al elástico del bikini, como lo levantaba para pasar los dedos por debajo. Hubiera deseado quitármelo y ofrecerle mi cuerpo desnudo, pero por pudor o falta de comunicación, no lo hice. Desplazo, eso si, el cintillo de la braguita para evitar que la crema lo manchara. Al avanzar por las piernas las abrí casi por instinto. Sentía sus dedos ir desde los tobillos a las nalgas, caer luego hacia el interior de los muslos, subir y bajar hasta detenerse justo al lado de mi sexo, húmedo ya en demasía. Inconcientemente baje mis manos hasta la braguita del bikini arrollándolo e introduciéndomelo en la raja del culo, dejando así totalmente al descubierto los glúteos. Algo de comunicación debía haber entre ambos pues sin decir nada empezó a distribuir aceite sobre ellos durante un periodo de tiempo que me pareció eterno. Daba la impresión que esas redondeces lo tenían fascinado. Entreabrí los ojos. Carmen, a nuestro lado, seguía despreocupada y feliz. Sus manos volaban sobre mis muslos, rozaban mi sexo, lo golpeabas suavemente, se demoraban sobre mi trasero desnudo. Sentí, o creí sentir, sus dedos muy cerca de la tela, por debajo de la tela, casi en la hendidura entre los glúteos, casi acariciándome el ano.
.- Ya esta bien, dijo de pronto refiriéndose a ambas, ahora a tomar el sol mientras yo subo a la habitación.
Así, con este escueto comentario partió hacía el hotel. Quede húmeda, caliente, incapaz de relajarme. Solo pensaba en Erick, en sus manos sobre mi cuerpo, en porque no arriesgó mas. Yo nada le hubiera dicho, le habría dejado hacer. Llego José Luis y me calme. Siempre, en los momentos más delicados, desaparecía. Se sentó entre nosotras y empezó hablar del agua, de su claridad, su transparencia, la temperatura tan agradable. Estaba nerviosa. Me senté en la hamaca y le pedí que fuera por bebidas y tabaco. Al irse me desabroche la parte superior del bikini y deje al aire mis pechitos. Hubiera preferirlo hacerlo antes, en presencia de Erick, pero no tuve valor.
.- No te bronceas el pecho, pregunte a Carmen, solo con la idea maligna de que, si lo hacia, debería que verlo también José Luis, a quien tanto le gustan estas cosas. Su suave negativa me dio a entender que tenía perdida la batalla.
Ardía. Recogimos las cosas y nos fuimos. Por fortuna ni los clientes ni el personal del servicio pudieron contemplar como, a medida que subíamos las escaleras, íbamos desprendiéndonos de los bañadores. Llegamos totalmente desnudos, en un estado de excitación tal que caímos en la cama y allí nos poseímos como si hiciera cien años que no hacíamos el amor. No hubo, en aquella posesión, ni cariño ni delicadeza, solo sexo, embestidas de cuerpo contra cuerpo, lujuria desbordada, ansias de exhibicionismo. La puerta estaba abierta pero nadie participo visualmente de nuestra orgia. Dormimos envueltos en semen y sudor.
El descanso y el frescor de la tarde me tranquilizaron. Tras la ducha y la correspondiente hidratación corporal, nos ceñimos a la cintura sendos pareos y salimos a la terraza a contemplar uno más de los bellos atardeceres caribeños.

.- ¿Podemos pasar?
Oímos sus voces y casi al instante vimos a Carmen y Erick entrar en la habitación. José Luis se levanto a recibirles y yo apenas si tuve tiempo de subirme el pareo y atármelo por encima del pecho.
.- No os molestéis, decía Erick, es una visita informal. Carmen y yo pensábamos invitaros a tomar una copa y una cena fría a modo de fiesta sorpresa.
Yo era la mas sorprendida viéndolos avanzar seguidos por un camarero con un carrito en el que había ron, ginebra, vino, cervezas y abundantes “boquitas”.
.- Perdonad nuestro atuendo, estábamos viendo la puesta de sol desde la terraza.
.- No hay problemas, dijo Carmen acomodándose en el sofá.
Me encontraba desnuda bajo el pareo e intentaba por todos los medios que la raja lateral del mismo no se abriese más de lo estrictamente necesario. Tras la primera impresión, mientras José Luis y Erick se dedicaban a servir los “tragos”, observe con detalle a los recién llegados. Iban elegantes, como salidos de la ducha. Ella, con una minifalda que se continuaba, por delante, con un peto fruncido, anudado al cuello, dejaba al aire la espalda y resaltaba bajo la tela la perfecta volumetría de sus pechos. El, en pantalón corto y camisa, tenía el aspecto del clásico turista nórdico: alto, atlético y bronceado.
El pareo de José Luis se abría, esporádicamente y de forma escandalosa, por el lateral, dejando al descubierto toda la extensión de su pierna. Yo hacía ímprobos esfuerzos por mantener el mío correctamente cerrado. Era una estupidez total ya que estaba envuelta por completo, siendo prácticamente imposible, salvo que yo lo forzara, que se abriese en cualquier momento.
Nos sentamos en la terraza. Ellos en un sofá de mimbre biplaza y nosotros, en frente, en dos sillones. Igual que por la mañana, la tirantez inicial fue disipándose con la primera copa. Otra vez los países fueron el tema de conversación: Noruega, España, Republica Dominicana, Costa Rica, La Comunidad Europea. Al levantarse los hombres para rellenar los vasos observe, con asombro, que la modosita de Carmen no solo no llevaba sujetador, sino que, al moverse en el sofá y abrir descuidadamente las piernas, pude comprobar que tampoco llevaba braguitas, iba, como yo, totalmente desnuda por debajo. Me excite muchísimo. Si yo acababa de darme cuenta seguro que José Luis, mucho mas observador, haría rato que se habría enterado.
Los nervios hicieron que me levantara y fuera a preguntárselo. Como no, el hacía ya mucho rato que había visto los pelitos negros del coño de nuestra invitada, pero, como siempre se había callado como un “puta”.
Me sentí engañada. Todo el rato sufriendo por mantener el pareo lo más decentemente posible y ella enseñando sus partes intimas sin el menor recato. Había anochecido. Fui al interior de la habitación y encendí una serie de lámparas con las que dar a la reunión un ambiente intimista y sensorial. La noche trajo el calor y el calor lo fuimos combatiendo con bebida. Los vasos se vaciaban y los hombres, solícitos, los rellenaban. Los acompañé para estirar las piernas y al volver a sentarme lo hice ya sin ningún miramiento, más bien con espíritu provocador. Al acomodarme abrí el lateral del pareo y saque una de mis piernas, cruzándola sobre la otra. Si Carmen iba sin nada quería indicarle que yo no le iba a la zaga. Dejaba ver una larga franja de mi cuerpo, desde el pie hasta el inicio del pecho. Nadie presto atención, o mas bien si, pues Carmen abrió las piernas y volvió a enseñarnos su coñito.

La escasa luz evitaba que la escena fuese escabrosa o de mal gusto. Éramos dos parejas charlando y bebiendo. No había maldad, solo flotaba en el aire una desinhibición total favorecida por el calor, el alcohol y la poca luz. Siempre me sucede lo mismo, me coloco mal. La conversación decaía y los cuerpos se iban juntando. Carmen y Erick hablaban abrazados sobre el sofá; nosotros, cogidos de la mano, asentíamos a los hechos con la cabeza. No importó que, en un determinado momento, Erick, alegando calor, se despojase de la camisa, ni que mi pareo, ya excesivamente abierto, dejase ver buena parte de mi morena anatomía. No importo tampoco que el noruego, preso de una debilidad erótica, soltara el nudo de las cintas que sostenían el peto del vestido de Carmen y este resbalara dejando al descubierto sus blanquísimos pechos. Fue un segundo delicado superado por Erick con esmero.
.-Estamos entre amigos, no os importa, dijo terminando su trago y levantándose a por otro.
Carmen se acomodo el peto a la cintura y se reclino en el sofá. No había ni pudor ni malicia era una noche mágica en un hotel encantado. Al regresar Erick con las copas y para evitar tiranteces, deshice la atadura del pareo y me lo ceñí a la cintura.
.- Así estamos las dos iguales, dije mostrando mis tetitas negras y algo caídas en comparación con las de la española.
La reunión se animó. Bebíamos, hablábamos y comíamos sin tener en cuenta nuestro estado de desnudez. Tampoco nos importo cuando Erick se levanto de repente y abriendo la puerta dio entrada a un camarero que traía más hielo y más “boquitas”. El pobre debió quedarse boquiabierto al ver a dos clientas importantes con los pechos al aire bebiendo y riéndose, y a las que parecía no importarles que las vieran así.
El alcohol empezó a pasar factura. La conversación decayó. Erick se abalanzó sobre Carmen y empezó abrazarla, acariciarla, besarla. Nunca me gusto permanecer de mirona. Tome a José Luis de la mano y nos fuimos a la cama. Como por la mañana estaba excitadísima, pero a la vez, muy intrigada. Miraba continuamente hacia la terraza para saber como se comportaban nuestros amigos, no deseaba cometer algún acto del que luego tuviera que arrepentirme. Volaron los pareos justo cuando la faldita de Carmen y los pantalones del nórdico desaparecieron.
No lo pensé más. Viéndolos acostados en el sofá me olvide de todo. Bueno del todo no. José Luis estaba volcado sobre mi sexo acariciándomelo con la lengua, jugueteando con mi clítoris y mi vagina. Cerré los ojos y me dedique a gozar. Tan pronto tenía su pene en mi boca como sentía sus dedos en las entrañas de mi cuerpo. Estábamos en esa fase de calentamiento previa a la penetración en la que la mente se nubla y los actos ya no tienen fronteras definidas. Me volteo y se dedico de lleno a mi culito. Su lengua pugnaba por introducirse en el ano, lo ensalivaba, lo agrandaba. Uno de sus dedos me penetró por delante y otro por detrás, moviéndose ambos con un ritmo frenético. Me deshacía. Se ladeo sobre mi cuerpo y empezó a besarme los pechos.
Entonces los vi. Allí, a los pies de la cama Erick y Carmen, totalmente desnudos, contemplaban absortos como nos revolcábamos. Carmen, blanca y maciza, se masturbaba acariciándose con una mano el clítoris y con la otra los senos. Erick, con el sexo totalmente flácido, nos miraba. Ante mi extrañeza Carmen, mediante un leve movimiento de cabeza, indico que continuáramos. No lo entendí. No sabía si ellos habían ya concluido si querían participar, o si solo deseaban
observarnos. José Luis, por su posición, no veía nada y seguía excitándome, acariciándome el sexo, pellizcándome los pezones. Vivíamos un estado de total inhibición.
.-Venir, les dije pensando que era lo que deseaban. Pero no.
Carmen, inmóvil, seguía masturbándose. Erick se nos acercó y durante un segundo me acaricio los pechos. Deseaba que continuara, que avanzara hasta mi sexo, quería apretar su pene e introducírmelo en la boca, soñaba gozar con dos hombres a la vez mientras la mujer de uno de ellos nos observaba. Pero no, el nórdico se levanto y regreso a su sitio. Su sexo seguía flácido, colgaba sin vida entre las piernas.
Di la vuelta y cabalgue sobre José Luis dándoles la espalda. Me olvide de ellos. Notaba un pene en la vagina mientras unas manos me sobaban los pechos. Me tumbe sobre él rozando con mis pezones los suyos. Me enderece e inicie un movimiento violento de subidas y bajadas.
De golpe otras manos se cerraron sobre mis tetas y, con timidez, empezaron a tocármelas, acariciándomelas con delicadeza. Descendieron luego hasta el ombligo llegando al inicio del vello púbico hasta casi rozarme el clítoris. Tuve un escalofrío de placer. Por fin había entrado en el juego, por fin estaba con dos hombres. Tumbada sobre José Luis percibía otras manos descender por mi espalda hasta detenerse en mi culito. Estaba fuera de si. Por mi posición ofrecía mi grupa hermosa y abierta. Muy despacito, aquellos dedos que por la mañana me habían aceitado con pudor avanzaban ahora con decisión en busca de la entrada negra del placer posterior. Los sentí cuando se detuvieron sobre el ano. Mi esfínter se relajo y sus dedos lo invadieron. Era poseída por delante y por detrás y el placer me cubrió por entera. Una cascada de orgasmos me sacudió al notar el semen de José Luis en la vagina y los apéndices de Erick entrando y saliendo de mi culo. Caí rendida, pero lo suficientemente lúcida para ver que el sexo de Erick seguía como al principio, muerto entre las piernas. Carmen al pie de la cama palpitaba de gusto, sus manos en la vagina y los ojos en blanco.
Por estar en compañía, el descanso subsiguiente al ardor, se acortó. Con los pareos de nuevo en la cintura Nos reunimos en la terraza, ya casi amanecía. Ella, como yo con sus magníficos pechos al aire. Por fin habló. Supimos del problema del hombre: un envenenamiento de agroquímicos, de su impotencia permanente, de sus depresiones, de su millonaria indemnización, de su deseo de querer y no poder. Conocimos las frustraciones de Carmen, su rechazo, consciente o inconsciente, al sexo, su goce solitario, su dedicación al esposo. Nos enteramos que todo el montaje de la mañana y de la tarde había sido idea suya: el traje, excesivamente provocativo, la ausencia de ropa interior, el mostrar su sexo desnudo, la caída del peto. Todo lo había estudiado con detalle ante la idea, entonces hipotética, que nosotros, como así lo hicimos, entráramos en su juego. Erick gozaba creando situaciones delicadas aunque el no pudiera participar. Nos lo agradecieron. La velada había tenido un alto contenido erótico y en ella, nosotros sin saberlo, fuimos los actores principales. Terminamos las copas y nos despedimos.
Un mozo del servicio nos despertó con un gran ramo de rosas para mí. En una nota la pareja nos volvía a dar las gracias por la noche anterior, nos indicaba su dirección en Noruega y hacia votos por que, en algún otro hotel de otro país tropical, volviéramos a encontrarnos.
La despedida fue triste. Dejábamos definitivamente la Republica Dominicana, pero siempre recordaríamos esa experiencia vivida: irrepetible y extraña. En mi cabeza aun flotaba el momento en el que Erick introdujo su dedo en mi culo y el orgasmo subsiguiente que me sobrevino. Pensándolo otra vez se me humedecía la vagina y se me erizaba el vello.
Tal vez volvamos a encontrarnos o quizás los visitemos en Noruega pensé al dejar atrás Reina Cumayasa, donde tan buenos momentos habíamos disfrutado.