viernes, 15 de julio de 2011

MARENCO: EL ERROR DE UNA ELECCION

El turismo es mi debilidad, mejor dicho, nuestra debilidad. A lo largo de los últimos años hemos recorrido el País en busca de sol, lujo, calor, mar o montaña; hemos descubierto parajes insólitos, playas inhabitadas o bosques primarios apenas si transitados por los propios lugareños; hemos vivido en albergues, cabinas u hoteles, pero siempre, o casi siempre, hemos compaginado lo placentero con lo erótico, lo normal con lo provocativo, lo abúlico con la excitación que produce el intentar forzar las normas de esta sociedad decadente y permisiva.
Sonia es una mujer maravillosa. Con el paso de los años nuestras mentes han sincronizado de tal forma que aún sin hablarnos nos compenetramos. Ella sabe lo que me gusta y sin decirlo lo realiza, lo fuerza. A ambos nos agrada lo mismo, sin embargo, es ella, quien pone los ingredientes necesarios para conseguirlo. Nuestros viajes turísticos son, en consecuencia, una mezcla irracional de belleza, erotismo, lujo, provocación, incitación y lujuria, un coctel explosivo que pocas veces falla. En ello influye una adecuada planificación, un estar al día de la evolución hotelera y un estudio detallado de lo que cada lugar puede dar de si. Hay veces, no obstante, que este encaje de bolillos, este castillo de naipes, se desmorona y lo que, en un principio, consideramos excelente, luego le realidad lo convierte el algo vulgar e inadecuado a nuestros gustos.
Marenco era, en opinión de quienes lo conocían, un lugar privilegiado de la naturaleza. Construido sobre el borde Norte del Parque Nacional de Corcovado, volcado hacia el Pacífico e inserto en el extremo de un bosque primario, presentaba todos los ingredientes para poder pasar en él un largo y agradable fin de semana. Sonia solicito la reserva con meses de antelación, preparo el viaje con esmero y ambos imaginamos lo que haríamos en aquel paraje alejado de la civilización, al que solo podía accederse por barca.
La cabina asignada debió ser magnífica en su inauguración, pero tras 10 años de uso, abuso y escaso mantenimiento, tenía ahora un aire destartalado, de total abandono; solo la paradisíaca visión del bosque y el mar, a través de la malla metálica que hacía las veces de cristal, daba al recinto un cierto sabor tropical. Dos camas matrimoniales, una mesa y un servicio sanitario, indigno de un hotel de tal categoría, completaban un cuadro surrealista en el que chocaba la belleza de lo exterior con la pobreza y el mal gusto del interior. Si el viaje, por una carretera descarnada y con múltiples deslizamientos, había sido horroroso, la visión de la cabina no aporto nada a mejorar nuestro estado de ánimo. Hacía calor, sudábamos, estábamos sucios y cansados
La ducha, en otros tiempos cargada de tipismo, consistía en un tubo metálico del que surgía un potente chorro de agua incontrolado. Nos desnudamos, bajo la atenta mirada del paisaje agreste que nos rodeaba, deshicimos la bolsa de viaje y Sonia se metió en el baño. Oí el golpeteo del agua, escuche sus peticiones y sugerencias, la vi aparecer, como siempre, con la toalla arrollada a modo de turbante sobre la cabeza, y así desnudita salio al porche a sentir sobre su piel el aire caliente de la tarde, sabiendo que nadie osaría profanar su intimidad. Entre en la ducha mientras ella seguía recibiendo las caricias del sol, ordenaba la ropa, lucia al mundo su belleza morena. Al yo salir y ella sustituirme para terminar su aseo, me encontré, de repente, con la mirada atenta de dos jovencitos que, desde la puerta, contemplaban absortos todo cuanto allí ocurría. "Quieren algo, dijeron ante mi sorpresa.", "Nada, gracias" respondí, procurando que la toalla anudada a mi cintura no cayera violentamente. "Pueden retirarse". No sabía cuanto tiempo llevaban allí pero estaba seguro que nos habían visto desnudos y que se habían excitado mucho más viéndola a ella que a mí.
Frescos y nerviosos por la inesperada aparición, caímos en la cama. La luz entraba a raudales y nuestros cuerpos se entremezclaron con fuerza. ¡Cuanto tiempo sin hacer el amor, sin gozar de nuestros sentidos! Fue una ceremonia larga, a veces apacible, a veces agresiva. Mis manos buscaban sus pechos, su sexo, su clítoris, su culito. Mis dedos se perdían en su boca, en su vagina. Sus labios se fundían con mi pene. Nos acoplábamos y desacoplábamos contemplados por un cielo azul, por una vegetación exuberante. Nos sentíamos libres, contentos. Por momentos creí ver la sombra de quienes momentos antes vigilaban nuestra puerta. Los imagine contemplar, ahora, como gozábamos, como llevábamos hasta el límite el placer sexual. Explote en su interior y caí rendido a su lado. Siguió su boca en mi sexo queriéndolo reavivar, absorbiendo de él las últimas gotas de semen. Volví a acariciarla. Busque su mano y, junto a la mía, se hundieron en su vagina. Ambas acariciaban, se juntaban, penetraban. Ambas querían conseguir, de nuevo, que su cuerpo vibrara, se inundara. Quedamos rendidos en la cama cuando el sol iniciaba su descenso sobre el horizonte, cuando el cielo cambiaba su tonalidad azul por la rojiza del atardecer.
Fue el momento hermoso preámbulo de una desilusión. En el bar no había hielo, ni tónicas, ni limones ni nada. La cena se servia, obligatoriamente, a las seis y había que alquilar linternas para circular por el recinto hotelero, pues la corriente producida por un generador portátil, se cortaba a las 8, por último las excursiones del próximo día se habían planificado para un grupo de turistas cuyo único deseo era el de no andar, justo lo contrario que nosotros, que anhelábamos hacer un recorrido de 20 kilómetros hasta llegar a Playa Llorona, en pleno corazón de la Península de Osa. Tras discutir con el gerente, explicándole las condiciones del paquete turístico adquirido en San José, negarnos a abonar el impuesto por el uso de las linternas y comer un desabrido plato de arroz con carne, conseguimos que nos adjudicaran un guía
A la luz de una vela, sin hielo, sin limón y medio desnudos nos sentamos en el porche a disfrutar de la quietud de la noche, del ambiente, de nuestro amor. La luna iluminaba el cielo recortando las copas de los árboles y cientos de luciérnagas aparecían y desaparecían intermitentemente. La poca ropa que nos cubría cayo a nuestros pies, sentimos el frescor de la noche, el gusto de lo imprevisto. Oímos el murmullo de las aves, el ruido agudo del bosque animado. Una grata excitación nos envolvió. De nuevo el placer cambiaba los malos presagios anteriores por la incierta aventura del futuro. La cama nos tomo de nuevo y sobre ella nuestros cuerpos volvieron a poseerse. Ninguna entrada era prohibida, ningún deseo insatisfecho. Nos amamos sobre el lecho, de pie en el porche ofreciéndole a la luna nuestros gritos de placer, nuestros sexos vibrantes. Al amparo de ella nos dormimos empapados de semen, de sudor, de deseo.

Consuelo, la guía asignada, tenía 25 años y había ascendido de pinche de cocina a "mesera", para pasar, por último, tras un año de estudios en San José, a guía ecológica. Morena, alta, de pelo negro rizado, sin apenas pecho, era la encargada de los itinerarios largos, y aunque, según nos dijo, hacía más de 40 días que no transitaba por aquella ruta interior no tendría ningún problema en orientarse, en especial en la última parte del camino cubierta por un deslizamiento reciente. Discreta, silenciosa y rápida, no tenía otra preocupación que la posible aparición de manadas de cerdos salvajes que, en su huida descontrolada, pudieran arrollarnos. En mi fuero interno estaba convencido de que no encontraríamos ni cerdos ni dantas ni serpientes ni nada.
Los primeros kilómetros discurrieron por el litoral marino, alternándose suelos de arena y roca en proporciones similares. Luego el camino entro zona de quebradas con constantes subidas y bajadas, ríos de montaña y alternancia de bosques primarios y secundarios. La excursión era preciosa. El cielo azul se filtraba entre las copas de las enormes secuoyas y cientos de plantas arborescentes mostraban gigantescas raíces colgantes. El suelo, típico de la alteración meteórica, lo formaban arcillas rojas muy plásticas y resbaladizas. El calor, en cuanto debíamos afrontar tramos de subida, hacia que nuestras frentes se perlaran de sudor y nuestras camisetas se empaparan por completo. Me caí varias veces, mis manos se llenaros de sangre y espinas y mis pantalones, al igual que mis zapatillas, tomaron el color rojizo del terreno. Dos horas y media después de transitar entre árboles y ríos, de descender, a pelo, sobre el talud suelto del deslizamiento, llegamos a Playa Llorona, una extensión de 17 Km. de arena blanca sobre la que morían infinidad de olas. En su extremo septentrional negras formaciones de rocas volcánicas conformaban una pequeña calita que, a través de un arco natural, daba paso a la gran playa de Corcovado. Por indicación de Consuelo fuimos hacia ella, a disfrutar de una gran caída de agua que, desde la parte alta de la montaña, se precipitaba sobre la playa. Era el punto último de la excursión. Debido a nuestro ritmo de marcha habíamos hecho el trayecto total en la mitad del tiempo normalmente utilizado y teníamos, en consecuencia, toda la mañana para disfrutarla. Dejamos las mochilas a la sombra y nos dirigimos a la cascada
** “Sonia se despojo de la camisa y del pantalón y entro bajo el chorro cristalino. Vi como el agua envolvía su cuerpo, como alzaba los brazos intentando contener su fuerza de caída, como abría y cerraba las manos, como, con total desinhibición, se desprendía de la parte superior de su bañador para que el agua enfriara sus pechos, endureciera sus pezones. Vi como, con igual desparpajo, se despojaba por completo del mismo ofreciendo su cuerpo desnudo al envite del agua. "No te preocupes Consuelo, dijo dirigiéndose a la guía, somos nudistas y no nos importa bañarnos así, ni que nos vean."Consuelo, empapada de sudor, contemplaba incrédula la escena dejando traslucir un rictus de envidia en su mirada. Yo la observaba queriendo adivinar si se desnudaría o no, si, al igual que Sonia, ofrecería su cuerpo desnudo a la cascada. Sonia seguía bajo el agua, espléndida, excitante. "Vamos José Luis, ven". No lo dude. Me desprendí del bañador y entre bajo el chorro. Sentí el agua dulce en mi piel, en mi boca, en mis manos. La note descender por mi pecho, mis piernas, mi sexo. Vi a Consuelo indecisa mirándonos. Supe que seria incapaz de desnudarse, de refrescarse, de eliminar de si el polvo y el sudor del camino. Nos daba lo mismo. Éramos felices. Salimos de la cascada y fuimos hacia el mar. El agua salada del Pacífico nos acogió. Sentí sus pezones en mi pecho, acaricie, bajo el agua, su culito, excite su clítoris, hundí mis dedos en su vagina, note la presión de su mano en mi pene y así continuamos hasta que uno y otro alcanzamos el orgasmo.
Al salir Consuelo había preparado el almuerzo y una vez secos y vestidos la acompañamos a comer. En sus pupilas aun bailaban nuestros cuerpos y en su mente la duda de no haber hecho ella lo mismo.” **
Si todo hubiera sucedido así habría sido magnifico, pero Marenco estaba maldito y el baño en la playa fue simplemente eso, un baño rápido y recatado, sin desnudos, ni provocaciones, ni sexo. Regresamos, pese a todo, contentos y salvo los últimos kilómetros, hechos sobre la rasa litoral inundada por la marea alta, la excursión pudo considerarse como aceptable. Sonia y yo hubiéramos deseado que fuera como la pensamos, como la soñamos, pero no fue posible.
El robo de nuestros billeteros puso la guinda amarga a la jornada. Se creo una situación difícil que nos enfrento al personal del hotel y a los anónimos ladrones acostumbrados a delinquir y a no ser denunciados. El mal trago lo mitigamos con otra noche de placer, de copas nocturnas, ahora ya con hielo, y con la ofrenda repetida de nuestros cuerpos a los dioses de la noche a quienes obsequiamos con nuestro amor sobre el suelo de la terraza, sintiendo en la piel la brisa nocturna y viendo, a nuestro alrededor, el bullir humano de las cabinas del entorno.
Un mal desayuno y el retraso en la salida de la lancha, nos permitió recorrer las calitas arenosas que circundaban la zona de embarque. Estábamos solos y nuestros deseos se hicieron entonces realidad. Paseamos desnudos por la playa, nos fotografiamos, gozamos de nuestros cuerpos, fuimos felices.
"No queremos mas "ticos" en Marenco", dijo el encargado de la cocina, al despedirnos. Efectivamente, haríamos lo posible por que nadie volviera allí. Sin duda el Parque Nacional de Corcovado, tenía un encanto especial, pero aquel hotel, bueno o muy bueno en su tiempo, había sido una completa desilusión, un lunar en nuestro turismo erótico-ecológico, algo a olvidar, o mas bien, algo a superar. Salimos para no volver, pero nos quedo la impronta del regreso, la idea de gozar, algún día, de lo que no pudimos gozar: desayunar gallo pinto con huevos, tomar gin-tónica fríos con limón, bañarnos desnudos en compañía de Consuelo, amarnos a la luz de la luna. Marenco había sido un error, un error elegido con premeditación, un error costoso, un error que debería, a la larga, dar pie a un viaje maravilloso, uno más de los muchos que habíamos hecho y de los muchos que aun nos quedaban por hacer.

domingo, 10 de julio de 2011

PASION TRAS LOS CRISTALES

Es una visión maravillosa, sus cuerpos son un cántico a la sensualidad, al placer, a la vida. A mi derecha, en la cama que hasta hace unos segundos compartíamos, Sonia aparece tumbada boca arriba mostrando sus pechitos menudos, coronados por enormes pezones negros, su piel oscura, su pelo púvico resguardando un sexo caliente y húmedo, sus pies pequeños y cuadrados, su cara risueña. Adriana y Mariquita, en la cama contigua, duermen, como Sonia, desnudas. Adriana, apoyándose sobre su flanco izquierdo, es la expresión de la abundancia de la carne. Pechos exuberantes, caderas anchas, piernas largas, piel aceitunada, brillante. Mariquita, a su lado, muestra una espalda lisa, un culito redondo y respingón, una cintura estrecha y entre sus piernas asoma la vitalidad de su sexo, mas claro, mas en consonancia con su piel rosada. Las contemplo extasiado: dormidas, abandonadas, felices tras una noche de pasión, de amor, de lujuria.
Realmente aquello de " la planificación esta hecha para no cumplirse " podría aplicarse perfectamente a nuestro caso. Hacía apenas 24 horas que salíamos de La Fortuna con la idea de pasar unos días a la orilla del mar y ahora, por una serie de imponderables del destino, volvíamos a ella. La única razón fue la buena voluntad de Mariquita que consiguió, en uno de sus negocios familiares, alojamiento para tres días.
El complejo turístico del Guacamayo lo constituían 8 cabinas adosadas situadas en la parte posterior de la residencia familiar. Si por dentro podían considerarse como aceptables, la vista hacia el exterior moría, a pocos metros, contra una pared blanca e irregular, dando, al pequeño pasillo de acceso, la apariencia de un callejón barriobajero. Un baño amplio, una pequeña nevera, una cama matrimonial, una cómoda con espejo y una mesita, componían un conjunto coquetón y pueblerino. Claramente el interior era mucho mejor que el exterior. Si a esto uníamos la adversa climatología reinante y el cansancio acumulado, no fue extraño que la primera noche la pasáramos enclaustrados, oyendo el constante repiqueteo de la lluvia y los gritos esporádicos de la familia que ocupaba la cabaña contigua.
Como finalizó la noche continúo la mañana. Una lluvia insistente y un calor seco, impropio de la estación, mantenían nuestros cuerpos húmedos y sudorosos. Deje a Sonia mi sitio en la ducha, me puse un pantaloncillo guatemalteco y me acomode en la mesa pensando que podríamos hacer a lo largo del día.
.- Hola, como estáis, como habéis dormido.
Adriana, prima de Mariquita y encargada del mantenimiento de las cabinas, apareció, como un ciclón, por la puerta. La cerró y se sentó conmigo.
.- Tienes un cigarrillo, dijo, no te molesta que lo fume aquí, mi tío me tiene prohibido fumar.
Si, había cigarrillos y no me importaba que se sentara conmigo. La habíamos conocido anteriormente y era lo que podía considerarse como una hembra espectacular. Muy morena, de ojos negros, alta, con poca cintura, y con unos pechos grandes y redondos. Fumaba despacio, paladeando cada chupada, alargando el humo en sus pulmones. Sentada a mi vera dejaba entrever sus senos cubiertos por un sujetador y una camiseta incapaces, entre ambos, de abarcarlos perfectamente. Mientras hablaba a gritos con Sonia, yo me concentraba en ellos. Los imaginaba libres, sólidos, coronados por pezones duros como el acero. Estaba tan abstraído que apenas si me fije cuando ella salió de la ducha. Como siempre que venia de allí iba completamente desnuda con una toalla, a modo de turbante, anudada en la cabeza. No tiene pudor y por lo que vi, Adriana tampoco. Siguió fumando y hablando mientras ella terminaba de secarse, se extendía crema hidratante por el cuerpo, se colocaba las braguitas y un mini-short, se coloreaba los ojos y los labios y por ultimo, olvidándose del sujetador, se enfundaba en una camiseta de tirantes. Adriana la miraba captando cada movimiento, cada oscilación de su cuerpo.
.- Puedo fumar otro, dijo, llevándose un nuevo cigarrillo a la boca.
Sus ojos brillaban ligeramente y las palabras se le amontonaban en los labios.: Que os divirtáis.", "Ir a desayunar al Café Central", "Procurad ved la cascada, y la corrida de lava y..., por la noche nos reuniremos aquí con Mariquita para tomar un trago, Chao."
Hicimos casi todo lo que nos indicó y, salvo la desagradable participación de la lluvia, el día transcurrió de forma excelente. A las seis, con una puntualidad germana, acarreando una caja de cervezas, una botella de guaro y dos bandejas de "boquitas" se presentaron acompañadas de su primo y una amiga común embarazada. Pese a la lluvia en la cabina reinaba un calor húmedo que provocaba una constante transpiración y la necesidad ineludible de beber.
El turismo, el mal estado de las carreteras, el descontrol en los precios de los servicios..., fueron temas analizados, discutidos y abandonados. De lo general se paso a lo particular: los políticos, los amigos comunes, los conocidos, pasaron a ser objeto de críticas o alabanzas. De ahí se recalo en lo íntimo, en lo más querido de cada uno. Se hablo de la educación en las zonas rurales, de la influencia de la religión, de la separación de sexos, del poder omnímodo del padre, de la libertad mal concebida, del amor, del cariño, de los éxitos, de las frustraciones, de las fantasías, de....
Sonia, Mariquita y Adriana llevaban la voz cantante. La amiga embarazada callaba, sin duda alguna de los temas esbozados habían sido la causa de su embarazo no querido, pero apoyado, al final, por todos. Ronald empezaba a sentir los efectos de las muchas cervezas y cabeceaba en un rincón. Yo hacía las veces de abogado del diablo.
Se atacó el tema de la sexualidad. Lo sensual, lo humano, lo soñado, los tabúes del sexo. Todo se rompió. Era una noche de brujas. El miedo a expresar lo que cada uno sentía se evaporo. Adriana defendía su lesbianismo activo. Ahora me daba cuenta del contraste entre la belleza morena de su cara y la masculinidad de su cuerpo. Mariquita, por razones religiosas, se oponía al mismo, pero reconocía que su instinto le llevaba al placer compartido, por amor, con personas de su mismo sexo. Le gustaba el cariño, la caricia suave, la amistad, la comprensión, el dialogo. No temía a los hombres pero se encontraba mejor con las mujeres. Sonia no entendía la homosexualidad y yo procuraba dar opiniones ambiguas, justificando ciertas tendencias por el contexto moral o religioso. Ni los indios de la Polinesia, ni los árabes, ni los chinos, tenían los mismos principios sexuales, ni los mismos tabúes, ni las mismas creencias y sin embargo, todos gozaban de una erótica sexual excelente.
El calor, el continuo golpeteo del agua y el alcohol ingerido, iban dando a la reunión un clímax más tierno, más íntimo. El dialogo fue convirtiéndose en monologo, cada cual defendió sus tesis, no había controversia, era una constante exposición de hechos. Un trueno, un fortísimo trueno vino a romper el encanto del momento. “El volcán, chilló Mariquita, esta noche se le oye muy fuerte, seguro que también esta arrojando lava." Vayamos a verlo, nuestro tío nos dejara utilizar una de sus cabinas para observarlo de cerca" dijo Adriana saliendo en su busca.
Todo se alteró. La embarazada se sentía mal y quería retirarse, Ronald estaba muy "tomado", por eso, cuando Adriana apareció con la llave, solo Sonia, Mariquita y yo, estábamos disponibles.
“El Mirador del Volcán " era el pomposo titulo del complejo hotelero al que nos dirigimos. Estaba en fase de construcción y únicamente tres, del las quince cabinas previstas, estaban terminadas. Situadas sobre la falda del Arenal mostraban la clásica disposición interior de toda construcción turística de bajo costo: un gran recinto con dos camas matrimoniales y un servicio sanitario al fondo; pero a diferencia de otras, el porche de entrada estaba acristalado, facilitando, desde él, la perfecta visión del volcán sin sufrir las inclemencias del tiempo. Sin mediar palabra nos acomodamos en él, Mariquita y Adriana en un balancín, Sonia y yo en un sofá biplaza, dispuestos todos a recrearnos con la actividad volcánica.
Las masas nubosas, que minutos antes cubrían el cielo, empezaron a desaparecer. La luna, en cuarto menguante, puso el toque luminoso y un silencio denso se apodero de nosotros. Lo dicho anteriormente paso a un segundo plano, permanecíamos mudos y absortos esperando ver como se iluminaba el cráter. Un chorro de luz, un ruido ensordecedor y una cascada de puntos brillantes surgieron tras los cristales. Fueron segundos de emoción, de intensa belleza. Luego la calma y la luna volvieron a adueñarse del ambiente. No hablábamos, sentíamos el placer de la noche, de la visión del volcán, de la proximidad humana, del calor. De nuevo rugió y otra vez la luz y el fuego nos iluminaron, luego el silencio, el clímax contenido. Vi como Adriana atraía hacia si a Mariquita, como esta apoyaba la cabeza en su hombro, como sus cuerpos se fundían en un abrazo tierno, prolongado. Me acerque a Sonia, la sentí caliente, febril. El ruido, el fuego, el silencio daban vida a la noche. Tras los cristales la pasión, el deseo y el sexo nos iban inundando. Vi la mano de Adriana perderse bajo la camiseta de Mariquita, como su blusa, que hasta entonces ocultaba, púdicamente, sus pechos, estaba desabrochada, como la mejilla de Mariquita descansaba sobre su potente seno. La noche y la luna empezaron a ser invitados de piedra, observadores anónimos. Adriana y Mariquita vivían el encanto de su sensualidad, Sonia y yo el de nuestra sexualidad. Note su boca en la mía, su mano aprisionando mis testículos. Vi a Mariquita y Adriana besarse, vi los inmensos pechos de Adriana, libres ya de toda vestimenta, prietos contra los de Mariquita, cubiertos aun por el niqui. Vi como Adriana le desembarazo de este y como ambas, semidesnudas, se fundían en un interminable beso. Vi los negros pezones de Sonia, sentí su dureza en mi boca. Mis manos pugnaban por desabrocharle el pantalón para vivir la humedad de su sexo. Oí un ruido a mi espalda y supe que Adriana y Mariquita habían entrado en la habitación. Nos quedamos en el porche amándonos, desnudándonos, viendo el brillo de la luna, el color del volcán.

Sobre la cama Mariquita recibía los cuidados de Adriana. Sus labios la recorrían, su lengua rozaba su piel, sus pechos, le acariciaba el rostro. Inmóvil lo aceptaba todo, lo vivía, lo sentía en su interior. Sonia y yo caímos en la cama. Su boca en mi sexo, mis manos en sus pechos, su sexo sobre el mío, su lengua entre mis dientes. La veía, aprisionaba sus tetitas con mis manos, hundía mi pene en su vagina. A nuestro lado, la cabeza de Adriana se perdía entre las piernas de Mariquita. Su lengua excitaba su clítoris, lo besaba con mimo, con deleite. Lentamente fue retorciéndose hasta que su sexo quedo sobre su cara, esta lo atrajo hacia si y lo engullo como un manjar caliente y sabroso. Ambas formaban un círculo perfecto unido por sus bocas y sus sexos.
Cambie de postura. Puse a Sonia de rodillas y lo penetre desde detrás. La oí gemir, sentí como su mano acariciaba su clítoris. Bese su culito, aspire su humedad, chupe sus jugos. Volví a penetrarla. Adriana y Mariquita se emparejaron. Sus bocas eran una continuación de la otra y sus sexos se atraían como dos ventosas. Me puse sobre Sonia, le acaricie la boca, el pecho, aprecie el vibrar de su orgasmo, las palpitaciones de su vulva, el ritmo de su cintura, oí sus gritos de placer y ambos caímos rendidos. Fuera el volcán seguía escupiendo lava, dentro, cuatro cuerpos enlazados dormían tras una noche de pasión.
El cuadro inicial ha ido transformándose. Contemplo la asimetría de Adriana y Mariquita, ambas boca arriba, ambas ofreciéndome sus cuerpos desnudos. Los pechos pequeños de una contrastan con los voluminosos de la otra, la mata de pelo negro, que Mariquita luce orgullosa entre sus piernas, es la antítesis del triángulo oscuro y ensortijado que cierra los muslos de Adriana. Los pezones claros de la una resaltan con la mancha negra de la aureola de la otra. Sonia duerme boca abajo ofreciéndome su culito, la apertura rosada de su ano, los gruesos labios vaginales. Me inclino y pierdo mi lengua en estas exquisiteces. Noto como se humedece, como abre sus piernas, como levanta el trasero mostrándome la entrada sagrada de su templo. Hundo en él mi lengua, siento como vibra, como despiertan sus instintos. Casi dormida me tumba sobre la cama, ensaliva mi sexo, se monta sobre él, me cabalga. Sus manos se aferran a las mías, sus pechos golpean en mi pecho. Me corro mientras ella observa a nuestras compañeras, mudas y ciegas participes de nuestro placer.
“Es muy tarde, dormilones, tenéis que levantaros." dice Adriana sentada a los pies de la cama, sacudiendo las piernas de Sonia en un vano intento de despejarla. Su mano pugna por acariciarle el muslo, por rozar, instintivamente, aquel culito provocar y complaciente. Voy hacia la ducha, ella sale, correctamente vestida, Mariquita. “Buenos días " murmura perdiendo sus ojos en el infinito. Sonia, bajo la mirada y la caricia de Adriana, se levanta y me acompaña. Nos besamos envueltos en jabón, sentimos nuestros cuerpos limpios, ardientes, cómplices.
Un volcán, una luna en menguante, unas horas de pasión, de fuego, de lujuria, una noche para olvidar o para recordar siempre, todo quedó entre aquellas paredes. En La Fortuna nos aguarda un sólido desayuno a base de "gallo pinto" y huevos, un paseo a caballo y algún que otro coloquio sobre el lesbianismo y las causas que lo condicionan.
¿Quien de los cuatro gozo mas?¿A quien le importó lo que hicimos? Todos guardaríamos para siempre aquella noche de fuego, de entrega total, de pecado. Los cuatro lo habíamos consentido y admitido y los cuatro nos sentíamos embebidos de amor, de carne, de placer.

viernes, 13 de mayo de 2011

EL CUADRO

Después de llamar al timbre, estoy nerviosa. Al mirar a José Luis y ver su expresión tensa y pálida, me doy cuenta de que él también lo está. Mientras veníamos en coche hemos hablado mil veces de ello, pero José Luis no hace más que repetir el mismo punto: lo que nos había convencido para hacer la escena.
.- De todas formas en casa lo hacemos todo el rato. ¿Porqué no conseguir el cuadro, o los cuadros que queramos, haciéndolo aquí?
¿Porqué no? ¿Qué cambiaría?¿No nos sentiríamos raros con alguien mirándonos, filmándonos, siguiéndonos de cerca?Bueno, si, tal vez...,pero estaba el hecho de que, a partir de una foto que él me hizo, llevamos casi dos años intentando tener un cuadro mío de la misma y aun no lo hemos conseguido.
Conozco a Manguita desde hace mucho tiempo, desde que era ingeniero civil y trabajaba conmigo. Luego lo dejó todo y se dedicó a la pintura. Es un artista atípico. Empezó dibujando sobre embalajes de cajas de banano, en la zona de Limón, se especializó, posteriormente, en rostros, por lo general de negros, y ahora, quería hacer una serie de grupos pornográficos, similares a las antiguas esculturas incas.
Cuando le pedí que me hiciera un cuadro de la foto, me dijo que tendría que posar desnuda, con las tetas y el culo al aire. Entonces no me pareció mal. Quería el cuadro y no me preocupaba posar desnuda para él. Ahora, sin embargo, deseaba poses pornográficas, de modo que, rápidamente me puse a su altura, subí el precio. Quería mi cuadro, las fotos que tomase, las cintas de video y algún cuadro de la nueva serie. Dijo que sí y acepté. Me aseguré de que no nos tocaría, aunque este extremo, dada su homosexualidad, estaba fuera de la lógica, sin embargo, era mejor aclararlo.
No es que Manguita tenga mal aspecto. Hemos pasado muchas aventuras juntos. Le he visto desnudo y él me ha visto a mí; en cierta ocasión, a causa del alcohol y de los porros, intentó seducirme. Solo me magreó los pechos, me acaricio el sexo y jugo con mi culito metiéndome el dedo por el ano, pero ahí terminó todo y eso, hace ya muchos años. Es bajo, como yo, tiene el rostro ancho, casi cuadrado, una piel tersa y limpia y unos ojos vivos e incisivos. Se mueve con lentitud y su pelo, muy corto, finaliza con una coletita que le da, unida a su vestimenta blanca, un aspecto muy llamativo.
Existe otra razón para acudir a él. Manguita ha conseguido, para esta sesión, una casa en la zona norte de Escazú. La conozco y es encantadora. Esta aislada y posee un lujurioso jardín de helechos, con un jacuzzi acristalado rodeado por una tupida pradera salpicada de fucsias rosas y calientes.
No sé porqué me ha llamado ahora. El no obtenía ninguna satisfacción física en mis anteriores sesiones, en las que posé desnuda y de las que únicamente hizo unos bocetos esquemáticos y pobres. Esta vez el trato era diferente. Quiere que vayamos José Luis y yo, que hagamos el amor ante él y que pueda filmarnos, fotografiarnos, observarnos. Dice José Luis que al principio se pasaría las noches, con algún amiguito, viendo mis dibujos. Tal vez tenga razón, pero lo dudo. Como buena nativa, medio indígena, tengo, al parecer, un aspecto agradable. Abundante pelo negro, ojos del mismo color, un cuerpo delgado y sin grasa, poco corriente en mujeres de mi edad, pezones enormes y una absoluta falta de pudor.
Pasos, esta a punto de abrirse la puerta y miro a José Luis por última vez mientras aun estamos solos. Parece asustado tiene los labios prietos. Es un hombre mayor, que, con ayuda del deporte aun se mantiene en forma. Pestañas y cejas muy negras y brillantes, pelo fino, plateado. Ah, si, casi me olvido, un culo divino. Solo con pensar en el me excito y se lo hago saber sacando la lengua para chuparme los labios. El abre la boca y deja caer las manos para tocarme el mió justo cuando se abre la puerta.

.-Sonia...entra, entra. José Luis...pasa.
.-Gracias, responde José Luis en tono amistoso.
Rompo a reír con una risa mezcla de nervios y de excitación. José Luis no sabe en lo que se ha metido, pero ya que hemos llegado hasta aquí, pienso divertirme.
.-No he oído más que cosas buenas de ambos, solo secretos eróticos...bromeo burlándome de los dos.
Manguita aparta los ojos de José Luis y me sonríe. Veo que siente una especie de confianza mística hacia mí.
José Luis también sonríe, seguro en su interior de que no le he comentado a Manguita nada de él, lo cual es cierto. Viendo su reacción me pregunto si estará empezando a entender lo que quería decirle en el coche cuando le expliqué que este trabajo era para mí como un espectáculo: un drama improvisado en el que interpretaba cualquier parte del guión que se me pidiera.
Justo ahora necesitábamos a alguien que suavizara la tensión. Manguita interpreta su papel a la perfección.
.-Sonia. ¿Champaña, como siempre?
.-Gracias, cariño, le respondo.
.-Comenzaréis por el baño.¿No?La sala esta preparada. Ya sabes el camino. Yo llevaré las copas. No os molesta que fume un porrito.
.-Como quieras, le digo.
Me llevo a José Luis a la habitación acristalada con el jacuzzi hundido en el suelo de piedra. Manguita debe estar anticipando un día muy especial porque el agua esta salpicada de pétalos de rosa, blancos y amarillos, flotando en la superficie, perfumando el aire. José Luis recupera rápidamente el aplomo y se me acerca tocándome el culo a través del vestido. Doy media vuelta y le rodeo el cuello con los brazos. Nos besamos, yo de puntillas. José Luis hunde su lengua profundamente en mi boca. Esta caliente (no hay lugar para el miedo cuando nos besamos).Deslizo la mano por su camisa hasta los pantalones y meto un dedo por ellos, como un gusano entre la ropa, buscando su piel suave para acariciársela con las uñas.
.- ¿Lo deseas?, murmuro bromeando mientras me aparto.
Pongo los talones en el suelo y le desabrocho el botón de los pantalones.
.- Ssssiii.......gruñe y compruebo que se ha olvidado por completo de Manguita.
Esta bien, al fin y al cabo él solo quiere mirar. Le quito los pantalones mientras él se abre la camisa. Le encanta que le despoje de la ropa, de modo que me empleo a fondo pellizcándole los muslos, acariciando su sexo. Sus piernas son de oro, su piel muy bronceada por las sesiones de sol de la playa.
Alzo la vista decidida hacerle saltar.
.-Quiero tu pi-pi, digo apretándole ligeramente los testículos, presionando con un nudillo entre sus nalgas.
.- Pues cómetelo entonces, responde quitándose los calzoncillos, mostrando un falo en creciente erección. La cabeza tierna y roja, la piel retrocediendo como un telón rosa que subiera.
.- Empieza el espectáculo.
Me echo a reír y me levanto dándole una palmada en el culo mientras le agarro la erección con la otra mano.
.- Todavía no, querido, primero el baño.
José Luis me mira inclinarme para probar el agua con la mano. Se que soy observada. Me remango el vestido para ofrecer una encantadora visión de mis nalgas, de mis piernas. Sin duda Manguita estará gozando con la escena. Mi culito por un lado y José Luis frotándose el falo, haciéndolo crecer hasta el borde del agua.
.- Ya sabes que cuanto mejor lo hagamos Manguita nos dará luego todo lo que le pidamos, digo, así que tomémoslo con calma.
Los dos sonreímos. Se empieza a meter en el agua mientras murmura:
.- Cuando te coja te voy hacer ver las estrellas.
Veo como, bajo el agua, se lleva la mano a la verga. Me encanta que haga y que diga cosas así y él lo sabe. Me dirige una voluptuosa mirada de: Ya te enseñaré a ti luego.
Me quito el vestido por la cabeza y me quedo desnuda, excepto una braguita blanca que José Luis me regaló y que deja al aire por completo mi culito. Me agarró los pechos con las manos y extiendo las uñas alrededor de mis pezones, ya contraídos por el clímax. Siempre me excito cuando me toco las tetas. Me las aprieto para que José Luis sepa lo excitada que estoy. Sonríe. Me quito las braguitas y me meto en el jacuzzi. Manguita llegará pronto y no quiero
impresionarle.
.- ¿Que te parece el ambiente?, y Manguita?, le pregunto. Habíamos estado tan preocupados que hasta ahora hablábamos de ello.
.- Bueno, no esta mal, dice José Luis, aunque advierto una cierta tensión, un embarazo en su voz. Si, se siente violento.
Si fuera José Luis la presa de Manguita sería yo la espectadora. La idea me excita de tal forma que me asombra de no haberla pensado antes. Imagino el falo de José Luis en las manos de Manguita. Un hombre follando a otro hombre. Me imagino, sin decirlo, la delicia de algo totalmente nuevo y... oculto la idea.
.- Piensas que te gustaría ver como Manguita me masturba, dice José Luis como si leyera mi mente.
Oímos muy cercano el ruido de las copas y lo vemos entrar. Cuando se inclina para darme la mía se le abre la bata y veo un pecho sin vello con pequeños pezones de bronce. Se queda junto al cristal mirando hacia el jardín, de espalda a nosotros. Se quita el batín, parece que tenga una mano en el sexo. Los músculos de los glúteos le perfilan la suave hendidura del culo, terso, algo peludo. Pasan los minutos. ¿Se estará masturbando? Me vuelvo hacia José Luis para saber lo que piensa y veo que su mano se mueve bajo el agua trabajando en su verga palpitante. Esta en ello. Magnifico.
Pero cuando Manguita gira, la suya no esta dura en absoluto. Aunque tiene un falo de buen tamaño, no esta erecto. Probablemente estaría meditando el futuro. Se mete en el jacuzzi.
.- Me alegro mucho de que hayáis podido venir, dice, hace un día maravilloso. Se vuelve hacia José Luis: Confío que todo esto no os molestará. Sonia me dijo que podía contar con vosotros y bueno..., si después queréis algún otro cuadro, aparte del de ella, elegid el que mas os guste. Además, formáis una pareja muy fotogénica, o sea, la sesión de hoy será un éxito total.
Es una cuestión de negocios. Nos recuerda el trabajo que tenemos que hacer y apuramos las copas. Manguita sale del agua y nos las rellena; se pone el batín y se sienta a fumarse otro porrito.
Unos tragos más, un poco de charla intrascendente y ya estoy lista. Algo borracha, pero eso lo hará más fácil. Estoy pensando: ¿Y si en lugar de arquitecta me convierto en una modelo porno y me gano la vida posando? Suelto una risita mientras salimos del agua. Nos secamos y tal como estamos acompañamos a Manguita al estudio. José Luis me mira de reojo con lujuria, hay un nuevo aire de decisión en su rostro. Su sexo, flácido tras el baño, se esta preguntando si se pondrá duro delante de un extraño. Pero según me siento yo no tiene porque preocuparse.
Me tumbo boca abajo, en una enorme cama situada en el centro de la habitación con las piernas y los brazos abiertos. Manguita dice:
.- Adelante, imaginaos que estáis solos y en casa.
Le veo, por encima de mi hombro, ir hacia un rincón oscuro en el que se distinguen cámaras de fotos, videos, ojos vigilantes. Paso las manos por la colcha blanca de cachemira pensando:" Al menos tiene buen gusto, es casi tan suave como la piel de José Luis". Estoy caliente por el baño y la cama también lo está. Hay luces estratégicamente colocadas a las distancias justas. No es extraño que el rincón en el que esta Manguita este a oscuras. Apenas si puedo verle a contraluz. José Luis se hunde en la cama muy cerca de mí. Me doy la vuelta y quedamos frente a frente. Le lanzo los brazos al cuello mientras nos miramos a los ojos.
Ya estamos, pensamos en silencio preguntándonos como diablos hemos llegado hasta aquí, a esta cama, posando para un pintor.
De pronto siento en el muslo la cabeza de su creciente falo. Le miro a los ojos y veo que empieza el cambio, muy sutil al principio, pero claro, tangible. Es como si se preparase una tempestad en el mar del Norte, voraz y algo maligna, pero excitante y potente, un viento y un rugido que hacen que me sienta viva. Su boca me susurra:
.- Vamos, vida, cógeme.
Siento la ola como si fuera una piedrecita atrapada en la corriente, absorbida, devorada y devuelta al torbellino del mar.
.- Te voy a violar.
Oigo mi voz canturrear las palabras y le paso las manos por los hombros, tensos, sosteniendo su peso sobre mí. Le deseo siempre un poco más cada vez que hacemos el amor. Nunca se lo que va a ocurrir... pero cada vez es mejor. Alzo el culo para que la punta de su pi-pi alcance mi sexo, pero él también alza el suyo, travieso, al unísono conmigo, acariciando con su falo mi clítoris. Mis manos se arrastran por sus estrechas caderas hasta sus nalgas.
.- Vaya culo que tienes, le digo, lo que más me gusta.
Siento su pene golpeándome el abdomen como una piedra. Me excita y me froto contra él, arriba y abajo. Nos frotamos hasta que lo desliza sobre mi pubis. Esta mojado de sus propios jugos y siento su estela en mi muslo, en mi estómago, gozosamente entre los labios de mi vagina. Si, me esta abriendo, me hace saber lo que viene ahora. Lo guío con la mano, con ritmo perfecto. Siento que me voy a correr, me frota en el punto preciso. Nos detenemos y nos miramos a los ojos. Es tan hermoso en nuestro amor. La habitación ha desaparecido. ¿ Donde está Manguita ?. No me acuerdo de él, estamos los dos flotando en una cálida nube blanca sobre el mar.
Ah, por fin esta ocurriendo. Ha tomado mi coño con su falo. Embiste muy despacio, un poco mas hondo cada vez. Mi sexo lo chupa como un niño a un polo. Los sonidos emergen de mí como una bandada de gaviotas, suaves sonidos, luego gritos jadeantes.
.- Me lo haces tan bien le digo. El ríe suavemente.
Es tierno, tiene el control, pero siento que yo lo pierdo, lo siento muy hondo en mi vagina, donde me besa la punta de su sexo, dentro..., me gusta perder el control. Me gusta verle enloquecer. Comienza a empujar un poco más fuerte, un poco mas deprisa, respira pesadamente, le animo.
.- Córrete, susurro, sabiendo que al oírme me inundara de semen.
Noto un vaho, como sudor, brotar de su espalda. Me encanta. Me encanta sentir como me enviste mientras sus huevitos me golpean en el culo. Me doblo para unirme con él, para estar con él. La respiración rápida, jadeante.
.- Córrete, córrete ya.
Cierro los ojos, pierdo mi control. ¿Donde estoy? Es el ritmo, es la sensación, elevándome....Si, es como un latido..., tengo que moverme con el, llegar al clímax juntos, ahí, si, ahí.
.- Me voy a correr, lléname
Le aprieto y él me enviste mas fuerte, más duro, nos deslizamos por la cachemira. Vuelan mis piernas, mis dedos se hunden en su espalda. El sabe cuando parar, pero se queda ahí, hondo. Ambos sentimos las oleadas de mi arrebato, como olas alejándose de una gran piedra arrojada en un estanque. Presionamos el uno contra el otro, calientes. De nuevo siento que me fundo, que me disuelvo, el coño me palpita todavía con el primer ritmo. Me aparto y extiendo los brazos perezosamente sobre la cabeza. Me estiro sobre su pene, ya fuera de mi. Se lo miro con placer, esta grueso, empapado de mis jugos. Sonreímos. José Luis sigue mi mirada, se arrodilla, se lo coge y cierra con fuerza su puño. Hay dolor en su rostro mientras se agarra el miembro dolorido y de nuevo endurecido.
.- Por tu culpa, exclama, queriendo decir que yo le he hecho eso. Primero duro, luego blando y de nuevo duro.
Me llevo las manos al sexo y abro bien las piernas para que pueda verme la flor de la vulva. Su rostro se suaviza entre gemidos, la mano le vuela arriba y abajo trabajando para si mismo. Con el coño abierto me junto los pechos con las manos. Saco la lengua deseándomela llevar hasta ellos para lamerlos, chuparlos. José Luis se inclina, me acaricia los pezones, desliza sus labios entre mis senos, por mi vientre, deteniéndose para besar el suave montículo, sobre el punto en el que nace el deseo. Me alzo sobre los codos y le aparto la cabeza antes de que me alcance su lengua. Le cojo del pelo y le mantengo la cara cerca de mi sexo, se lo hago observar mientras uno de mis dedos desaparece en su interior. Su rostro es todo hambre y fascinación. Con el dedo empapado me acaricio ahora el culito, lo introduzco en él; José Luis se excita con su visión, lo saco y se lo doy a chupar, luego me lo chupo yo mientras su lengua acaricia mi clítoris.
Me levanto dejando que me empuje con su lengua. Pongo mis rodillas entre sus piernas, él sigue tendido. Una luz golpea mis ojos y me ciega, como si hubiera mirado directamente al sol. Pienso:" Manguita, a mi espalda, se esta haciendo con un buen botín de fotos". Aunque es algo muy vago se que José Luis y yo somos conscientes de su presencia. Estamos dando una representación, pero una de las mejores, diría yo.
.- Ahora te chuparé yo, le digo.
José Luis me pone las manos en los pechos y yo me inclino hacia delante dejando caer mis cabellos y mi lengua sobre sus tetillas, por las costillas, bajando centímetro a centímetro, mas y mas. Sus manos vuelan por mi cuerpo, presionan aquí, pellizcan allá, es fantástico, me encanta y quisiera arrojar mi boca contra él y engullirle..., pero no lo hago. Una buena mamada comienza lentamente y va creciendo. Le soplo con suavidad en la palpitante cabeza, los labios muy abiertos y ensalivados se acoplan a ella a la perfección. le lamo el pequeño agujero, paso la lengua por el borde, luego por la punta. José Luis suspira, gime débilmente, con una mano me pellizca el pezón, con la otra aparta mi pelo del rostro para verme acariciarle con la boca. Estoy de espaldas a la cámara, Manguita lo esta filmando todo. Vaya visión. Alzo bien el culo en el aire, se que le gusta ver como lo muevo, como se me abre para que pueda captarlo bien con su objetivo. Deslizo la lengua por los lados de su sexo, me lo meto mas hondo en la boca. Ahora me presiona la cabeza, echo hacia detrás los labios apretándolos....El se mueve, justo ahí, un poco mas hondo.
.- Tómame, tómame.
Tengo la mejilla enterrada en su vello sedoso, percibo el húmedo olor de sus testículos. Deseo tragármelo, tragármelo entero. Le cojo los huevos con la mano y le dejo salir de mi boca, para frotármelo por la cara. Sabe igual que yo y me encanta saborear mis propios jugos en él.
.- Quiero beber tu semen, murmuro con la mitad de su pi-pi en mi boca, dámelo.
Una mano me palmotea, juguetona, el culo. No es José Luis, lo se al instante, es demasiado grande, pero quien quiera que sea su propietario me esta metiendo un magnifico dedo en el ano. Me vuelvo y veo a Raúl, un atractivo negro que muchas veces hace de modelo para Manguita y que, para su desgracia, no es homosexual. ¿Que esta haciendo aquí.?.José Luis y yo nos quedamos quietos, mirándonos sorprendidos. Pero su pene todavía salta y se agita contra mi mejilla y yo no puedo quedarme quieta porque Raúl me abre el culo con una mano y con la otra me acaricia, hábilmente, el clítoris, deslizándose dentro, fuera..., alrededor....Comienzo a moverme al ritmo de sus manos y cierro los ojos. Que importa, de todas formas siempre he deseado follar con dos hombres a la vez, que más da que uno sea negro. Incluso a lo largo de mi vida he coqueteado con alguno. Miro el rostro de José Luis mientras él observa a Raúl entre mis piernas con las manos enterradas en mi vulva, piensa que esta bien. Y esta bien. Raúl gruñe de placer follándome con sus manos rápidas y fuertes y yo le chupo el pene a José Luis como si fuera lo ultimo que fuera a llevarme a la boca. Raúl me lleva hasta el borde, luego me deja retroceder hasta que enloquezco.
Estamos casi a punto, todos jadeando, corriéndonos juntos. Raúl acelera y yo me voy chillando. Dios mío, como lo hace.
Una mano en el coño, un dedo en el culo, es divino y yo, egoísta agitándome y gritando sobre la blanca cachemira. José Luis se coge el sexo y se lo frota, le fascina ver como me corro. Veo dos falos, uno blanco y otro negro. Nunca había visto algo parecido. Los dos se masturban ante mi cara, cojo uno con cada mano, son como lanzas y los utilizo para excitarme. Chupo uno, luego el otro. El sabor del de Raúl es algo que nunca había probado, delicioso, rojo-negro. Le hago gemir sacudiéndoselo, hundiéndomelo hasta la garganta, lo dejo y tomo el de José Luis .Intento metérmelos en la boca, pero no puedo, son demasiado grandes. Los froto uno contra otro, mi lengua entre ambos. José Luis no podrá resistirlo mucho mas, veo líneas tensas en su rostro:" Tiene que hacerlo ahora mismo". Saca su pene de mi boca, me empuja hasta tumbarme de espalda y me penetra con pasión.
.- Córrete en mí, le digo viendo el falo de Raúl sobre mi cara.
.- Aguanta, luego me inundas, susurro tomando aquel sexo negro e introduciéndomelo en la boca, chupándolo con fuerza.
Me excita ver las caras de José Luis y de Raúl. Siento a uno entre mis piernas y a otro entre mis dientes. José Luis me pellizca los pezones, se enerva, se le pierde la mirada. Es una sensación que siempre soñé y nunca tuve, dos penes en mi, para mi, llenándome por completo.
.- Córrete José Luis, le digo.
Siento como su eyaculación me invade, como cae desplomado a mi lado, como mis piernas desfallecen. Raúl nos observa mientras se masturba, José Luis descansa. Me giro y tomo de nuevo el falo negro que flota ante mis ojos. Lo chupo, disfruto del color de la noche entre sus muslos. Extiendo parte de mis jugos y de los de José Luis sobre el sexo de Raúl, lo paso por mis tetas, por mis pezones. Esta tenso, jadea, pero no grita. Le meto un dedo en el culo y como un rayo gime. Una blanca eyaculación brota de su negra erección.
.- En mi boca, en mis tetas, grito y su sabor agridulce me salpicar los labios, los pechos, me hace cosquillas al resbalar por mi cuello.
Se derrumba. Ahora me toca a mí reír. Todos descansamos vibrando como ecos en un valle. Me dejo caer entre los dos sin aliento. Oigo sus respiraciones entrecortadas intentando recobrarse. José Luis empieza a distribuir su semen en mi piel, acariciándome los pechos, el vientre. Raúl le imita, solo que él me toca la cara con sus dedos negros y salados. Me intriga lo rosado de sus yemas. Cuando me pasa el dedo por la mejilla lo cojo con los dientes y lo chupo, como un bebe mamando. El lo retira y lo pasa, mojado, por mi oreja, mi teta izquierda, mis costillas, hasta llegar al clítoris, húmedo e hinchado. Suspiro, abro las piernas y coloco una sobre cada cuerpo. Raúl no juega conmigo sino que reposa su mano en mi pubis. José Luis me acaricia los pechos. Nunca había sido poseída por dos hombres a la vez. Nunca había imaginado lo magnifico que sería tener unas manos en el pecho, otras en el coño, dos falos para jugar, pura magia. Mis suspiros son de felicidad.
Ahora solo oigo el latir de los corazones una y otra vez. Permanecemos silenciosos después de tanto movimiento. Pero hay algo mas, el sonido de la cámara, luego el clic y los destellos luminosos. Dios mío, pienso, nos estaban filmando, fotografiando. También recuerdo, con gran satisfacción, lo que vamos a conseguir con esto.
.- Increíble, grito a Manguita al otro lado de la habitación.
Oigo su risa lejana. Miro hacia Raúl, que tiene su mano en mi sexo, y a José Luis, que me cubre los pezones, ambos sonríen. Es curioso, pero no me siento incómoda ni extraña.
.- Supongo, Manguita, que cuando reveles todo este material podamos venir a verlo, vuelvo a gritar.
Me recreo ahora con lo que veré entonces y sueño con los cuadros que saldrán de esta sesión, hecha con el único interés de tener un desnudo mío. Ahora podré tener los que quiera y mas aun, si Manguita, después de esta primera experiencia, desea tener otras parecidas.
Mi clítoris vuelve a endurecerse y mis pezones toman de nuevo forma. Raúl y José Luis siguen complaciéndome en silencio


sábado, 30 de abril de 2011

LLAMADA INTERNACIONAL

José Luis
Puntualmente mi cerebro responde a mis instintos. Son las seis de la mañana del primer sábado de Febrero y aun reina una total oscuridad en el exterior. Me revuelvo en la cama, estoy desnudo, caliente, abrazado a mi almohada. Doy varias vueltas mientras se borran de mis ojos los últimos vestigios del sueño. Enciendo la lámpara de la mesilla y un chorro de luz ilumina sus fotos. Tres retratos me sonríen, me observan. Los tome en una playa, en el cuarto de baño y en la terraza, en todos aparece desnuda: los pechos al aire, la boca entreabierta, los ojos risueños, los pezones grandes y negros. Un pañuelo en una, un sombrero en otra y una toalla en la última, adornan su cabeza. Me siento en la cama. Mi mano acaricia mi sexo, lo frota, hace que tome vida, que gane grosor, turgencia. En San José serán las 11 de la noche del viernes y Sonia estará en la cama, desnuda, jugueteando con su clítoris. Marco...07-506-225..., un solo timbrazo.... su voz.
.- Mi vida, ¿como estas?
.- Muy bien, y ¿tu?
.- Esperando la llamada, un poquito dormida.
Mientras hablamos de nosotros, de nuestra vida, de lo que haríamos y de lo que hacemos, me voy excitando. Mis dedos se aferran a mi pene, lo friccionan, acarician mi culito, mis ojos se ceban en sus pechos.
.- ¿Que haces?
.- Acariciarme, pensar que eres tu quien recorre mi cuerpo.
.- Yo hago lo mismo, me toco, me excito para ti.
.- Me estoy metiendo los dedos en la vagina, en el culo. Estoy muy mojada. Ahora me llevo los dedos a la boca, son como si fuera tu pi-pi, como si te lo estuviera chupando, siento su sabor.... Me estoy tocando el clítoris, estoy empapada..., pienso que me penetras..., que te chupo..., que cubres todos mis huequitos....
.- Mi vida, yo también estoy nerviosismo, me ensalivo la mano, la paso por mi pene, como si fuera tu boca..., la subo, la bajo sobre él, es para ti, esta como a ti te gusta.
.- Me estoy tocando las tetitas, me pellizco los pezones, están duros....Necesito algo entre las piernas, en mi vagina, en mi boca.... Quiero tu sexo en mi coño, entre mis dientes, lo quiero todo a la vez.
.- Acabo de meterme el dedo en el culo. Quiero que me lo chupes, quiero chupar tu vagina.
. - Estoy encima de la cama, desnudita para ti, tocándome toda, a punto de correrme, estoy muy húmeda, deseo que me veas, que alguien vea como me estoy masturbando.
.- Si, mi vida, yo también estoy como tu y deseo que me mires, que veas como me hago cariñitos.
.- Piensa que me están viendo, que a mi alrededor hay gente y ven como me masturbo hablando contigo por teléfono, me ven sin poderme tocar, como si estuviera en un escenario, como si detrás de los cristales del dormitorio los ojos de mis amigos me mirasen. Me voy a correr.
.- Yo también, mi vida, ya, ya..., me estoy corriendo, restriego mi semen por mi cuerpo, por mi barriguita..., me chupo los dedos.
.- Y yo, mi amor, me corro, me corro para ti, me deshago.... Te adoro. ....... . ¿Como estas?
.- Muy bien, ¿y tú?
.- También. Duérmete muy rico.
.- Tú, sueña conmigo, con el amor que hemos hecho, con todo lo que gozamos.
.- Chiao
.- Chiao
Apago la luz y me duermo
Hace sol, estamos tumbados en la cama, desnudos, solos, sin nada que hacer. Llaman al teléfono y lo coge ella. No se quien es ni que quiere. Yo deseo, de pronto, jugar con su cuerpo, excitarla mientras habla .Esta sentada dándome la espalda. La abrazo, le cubro los pechos con las manos, le acaricio los pezones. Hace un movimiento para evitarme pero yo sigo. La quiero masturbar mientras habla, la quiero poseer, deseo oírla hablar mientras ambos nos corremos. La tumbo. Mi lengua recorre su cuerpo, degusta su clítoris.
.- Si, bueno, ya lo veré.... Déjame dice bajito mientras mis dedos se hunden en su vagina.
.- No, digo, voy a masturbarte.
Se deja. Abre las piernas y mi lengua absorbe de nuevo el jugo de su sexo. Esta húmeda, muy húmeda.
.- Mañana te lo daré, susurra al auricular.
Mis dedos entran, a la vez, en su coño y en su culo, los friccionan, siento el temblor de su cuerpo.
.- Te llamaré, te llamaré luego....
Su voz es un murmullo mientras un chorro de líquido discurre por mi boca. Cuelga y cierra sus piernas sobre mi cabeza.
.- Eres muy malo, muy perverso.
.- Tu eres maravillosa, mucho mas que Boo Derek cuando hacía lo mismo en la película: "10 La mujer perfecta", ella no se corría tan rico como tu, le digo.
No se con quien hablaba. Nos dormimos de nuevo.
Amanece. El sol empieza a iluminar la habitación, miro sus fotos y sonrió, se que ella, muy lejos, en su cama, hará lo mismo.
Sonia
Hace más de una hora que ha amanecido. Cualquier otro día estaría levantada preparando el desayuno, pero hoy es domingo y puedo "perecear" lo que quiera. Las siete y media, en Madrid serán la catorce treinta, habrá pasado ya casi medio día. Me arrebujó entre las sábanas. Estoy desnuda, soñolienta, sin ganas de hacer nada. Me acaricio el sexo y lo noto seco, como siempre a estas horas, como si le costase también empezar a sentir. José Luis habrá terminado de comer, habrá recogido los platos, la cocina, estará a punto de irse a dormir la siesta, esperará mi llamada. Marco: 0034 - 8 -223... .
.- Hola vida, ¿como estas. Aquí hace muy buen día, he ido a nadar por la mañana, he almorzado y ahora estaba en la cama.
.- Dormidita, aun estoy muy dormidita.
.- Y también desnudita.
.- Si, desnudita para "vos".
.- No tonta, para los dos, yo también estoy "chinguito" para que me comas.
.- Si mi vida, como todas las mañanas, tu tan activo y yo tan seca.
.- Ya te mojaras, mi vida, chúpame mucho.
.- Si mi amor, siente como mi boca te ensaliva para que puedas penetrarme.
.- Estoy muy excitado.
.- Angelito, quiero que te corras, mira mis fotos, piensa que te estoy chupando, que me estoy metiendo los deditos en la vagina, que luego me masturbaré en la ducha pensando en ti, tu córrete ahora muy rico, hazte muchos cariñitos, piensa que veo como te tocas, que te estoy fotografiando, que estoy ante ti para beberme tu semen.
.-Si, si,..., estas aquí, me estas viendo, me voy a correr..., me estoy corriendo....
.- Si, así, muy rico, todo para mi. Duérmete, sueña conmigo.... Chiao.
Empiezo a despejarme. Estoy febril. Salgo de la cama, me enfundo en una camiseta y voy a la cocina a preparar el café. Ayer salieron todos de casa, tengo toda la mañana para mí, para mis "matas", para mis orquídeas, para él. Desayuno. Lleno la bañera. Pongo aceite, esencia. El agua esta tibia, la espuma cubre mi cuerpo, mi cabeza descansa sobre el borde, me dejo ir, me relajo, empiezo a acariciarme. Mis pechos, mis pezones, mi clítoris.... Me adormezco, floto. Quito el tapón, la espuma se diluye, mi cuerpo aparece entre ella, cubierto por ella, oloroso, cálido. Dirijo hacia él el chorro de la ducha, al agua me acaricia, repiquetea en mi piel. Abro las piernas. Cientos de gotas rompen contra mi sexo, excitan mi clítoris. Estoy tumbada uso la ducha como un vibrador enorme. Siento mi humedad interior. No me toco, solo el agua tibia golpea mi coño, lo activa, abro mas las piernas el agua me excita, el placer me inunda, tiemblo, me corro dulcemente. Quedo sobre la bañera. El sol entra por la claraboya y me siento invadida de quietud.
Sigo ardiendo. Vestida con una camiseta, sin bragas ni sujetador, tentando al destino que, con un golpe de aire o con un movimiento brusco, pueda dejar al descubierto mi culito, salgo al jardín. Barro las hojas caídas, ordeno los tiestos, riego el césped, saco a la calle la basura, por último, me centro en las orquídeas. Debo "chinearlas", enseguida empezaran a florecer. Las abono, las fumigo con insecticida. Noto, al agacharme, como el sol calienta mis piernas, mis pantorrillas, el comienzo de los glúteos, sin duda la camiseta apenas si los tapa. No me importa, no hay nadie que pueda verme. Me estiro para regar las "matas" mas elevadas y compruebo que, efectivamente, mis nalguitas quedan al aire.
.- Buenos días, D.ª Sonia.
Giro y veo a mi espalda al jardinero. Es imprevisible. Cuando lo necesito no aparece y cuando deseo estar sola surge como por encanto.
.- Buenos días, respondo con desgana.
.- Pasaba por aquí y al verla trabajar pensé que tal vez podría necesitarme. Si quiere puedo empezar a cortarle el "zacate" y mañana se lo termino.
Lo normal es que al cruzar ante la puerta viera parte de mi culito, y ante tal visión se ofreciera gentilmente a ayudarme.
.- Bueno, pase, rastrille el jardín y saque la maleza, le digo.
Pensé que la eventual contemplación de mi cuerpo no le vendría mal a sus años. Pobre, después de tanto tiempo, un buen día tenía la posibilidad de ver a la señora de la casa medio vestida o mejor dicho, medio desnuda, porque no darle esta satisfacción. A mi, solo la idea que en un mal movimiento pudiera verme el trasero, ya me excitaba. En ese momento pienso enseñárselo, pero, como si no me diese cuenta.
Entro en casa, pongo dos tazas de café, le ofrezco una, lo dejo entre los arbustos rastrillando y vuelvo a centrarme en las orquídeas. Estoy indecisa. No sé si me mira o no, si rastrilla hacia mi o de espaldas a mi. Siento mi cuerpo desnudo bajo la camiseta, el aire fresco entre mis piernas. Quiero y no quiero estirarme para regar las "matas " mas elevadas. Se que si lo hago parte de mí quedará al descubierto, que mi culito será perfectamente visible. Varias veces inicio la elevación de mis brazos y varias veces me detengo. ¿Que dirá? ¿Que pensará? Me decido. Estiro las manos hacia arriba y la camiseta se levanta automáticamente. ¿Estará mirando? ¿Me verá? Me mantengo así unos segundos yluego vuelvo a mi posición normal. Me giro y lo veo de espaldas. ¿Me habrá visto? No parece alterado. Vuelvo a las orquídeas. Me agacho y de nuevo mi culito queda al descubierto. No me importa. Durante casi una hora me dedico a las flores y durante ese mismo tiempo trece o catorce veces noto que mis nalguitas son claramente visibles o sea que estoy, como quien dice, desnuda de cintura para bajo. Al terminar me dirijo a él.
.- Cuanto le debo, le digo, es tarde y hay que irse a almorzar.
.- Nada, nada, D.ª Sonia, he estado encantado ayudándola.
Esta nervioso, acalorado, torpe. Sin duda mis encantos le han alterado. Efectivamente, durante la última hora no ha hecho otra cosa que recrearse conmigo.
Me gustaría hablar con José Luis, estoy húmeda y necesito su voz para volver a masturbarme. Me desnudo y me tumbo en la cama. Suena el teléfono, lo cojo instintivamente.
.- Diga.
.-¿ Sonia? Soy Marta.
Vaya por Dios, pienso, quien menos necesitaba.
.- No te molesto, verdad.
.- No, no, que quieres.
Empiezo a acariciarme mientras ella habla de su casa, de Nidia, de sus hijos, del tiempo. Me masturbo oyendo su voz, escuchándola como si fuera un observador anónimo. Mi clítoris responde al instante, mi vagina se humedece permitiendo que la invada. Me pellizco los pezones, chupo mis dedos, oigo voz lejana y siento como mi cuerpo se enerva, se sacude de placer. Hubiera deseado tener un vibrador e introducírmelo entre las piernas, besarlo, metérmelo por el culo, sentir en el los espasmos de mi esfínter. Me corro violentamente.
.- Bueno Sonia, estas de acuerdo, quedamos mañana.
.- Si Marta, hasta mañana.
Cuelgo. No se de que hemos hablado pero estoy bien, muy bien. Me duermo al instante.
Nos separan casi 13.000 Km., vivimos horarios diferentes, climatologías distintas y sin embargo, seguimos amándonos. Intentamos gozar a distancia, recrearnos con nuestra voz, con nuestros cuerpos, con nuestras vivencias compartidas. Gozamos con un sexo frío, en el que, para ser real, solo falta el contacto. Es autentica la sincronización de nuestras mentes, los espasmos de placer, el cansancio, el clímax, pero,... falta algo : unos labios bebiendo en otros labios, un sexo entrando en el otro, un roce de cuerpos, un sudor, una humedad..- Hola, como estas?.- Muy bien, y tú?” Es el preludio de un momento de amor, el afrodisíaco que enciende nuestras mentes, la chispa que nos mantiene vivos, haciéndonos pensar en algo que se hará realidad cuando nos fundamos en un solo ser, cuando la carne del uno invada la del otro, cuando las palabras ya no sean necesarias y los hechos ocupen todo nuestro espacio vital.
                                                          

sábado, 23 de abril de 2011

EL REGALO DE HULDA

Soy una mujer detallista, siempre lo he sido. Pese a que mi familia considera el regalo solo como una obligación social conectada invariablemente a ciertos días fijos del calendario, para mí, desde muy niña, fue algo diferente, fue una manifestación de cariño, un acto de gratitud, amor o recuerdo. Hoy, pasados los años, aquella actitud infantil se ha acrecentado, puede decirse que, en mi fuero interno, la he institucionalizado
Hay regalos, como los que me hacía de niña mi madre, que están ligados a fechas concretas: cumpleaños, santos, aniversarios, fiestas religiosas, otros, a sentimientos y algunos a deberes. Hay, por otro lado, dentro del gran abanico de obsequios, los que tienden a cubrir una necesidad. Quien no ha regalado un pequeño electrodoméstico o una prenda de vestir. Otros, complementan los sentimientos hacia amigos, parientes o seres queridos y por último, algunos se sitúan en el marco puramente humano de las relaciones laborales. Es el pequeño recuerdo, el detalle sin valor.
Finalmente, desde mi modesto punto de vista, hay regalos útiles y regalos inútiles pero bellos. Estos últimos están, por lo general, unidos al amor. Hay obsequios que se dan para el goce de dos personas y que normalmente nadie los contemplará. Son aquellos como el picardías diminuto y transparente, las braguitas sexys, minúsculas y con puntillas o las batas de seda vaporosas y traslucidas, que recibimos las mujeres para el disfrute del hombre que nos las regala, pero que desearíamos, en muchas ocasiones, poderlas lucir en sociedad.
Cuantas veces he deseado, como se ve en las películas, desayunar en un hotel cubierta exclusivamente con ese leve batín semitransparente que todo lo muestra y todo lo tapa, o recibir al botones o al servicio ataviada con el grácil picardías que realza al máximo mis encantos naturales. Son aquellos bellos regalos que siempre se mantienen guardados, que se utilizan una o dos veces en la vida y que solo sirven para crear a su alrededor ilusiones y deseos imposibles.
Las Navidades son fechas ideales para poder practicar el hermoso deporte del regalo. Yo, como la madre de un amigo mío, estoy más atenta a lo que he de entregar que a lo que voy a recibir. Paso el mes anterior evaluando lo más idóneo para cada persona, comprándolo, empaquetándolo con esmero, escribiendo notas cariñosas. Mas tarde, cuando recibo los míos, apenas si los miro, los agradezco y almaceno, para, días mas tarde, olvidarme de ellos. Lo mío, en aquellos momentos, es analizar las reacciones de los agasajados, sentir que he acertado, comprobar que cada cual ha recibido, en mi opinión, lo que más le sugestiona.
"De parte de Hulda", dijo mi hija entregándome un pequeño paquete y una tarjeta, muchos días después de Navidad. Lo abrí y, para mi sorpresa y la de ella, unas mallas negras y un par de ligueros rojos surgieron entre los pliegues del envoltorio. “Que los disfrutes y que seas muy feliz en 1995" rezaba la tarjeta en la que un orondo Papa Noel surcaba los cielos nórdicos en un trineo arrastrado por alces. “Que cosas tiene Hulda" comente con mi hija intentando explicarle la utilidad de tan atrevido regalo. Era uno de aquellos presentes bellos e inútiles impropios de ser lucidos en público por muy hermosos y sugerentes que fueran. Rehice el paquete y lo guarde en el armario. "Algún día, como dice Hulda, tal vez lo disfrute" comente para mi.
Por primera vez en mi vida iba hacer un largo viaje sin apenas equipaje. Después de muchísimos años había decidido comprarme en España todo mi vestuario aprovechando las grandes rebajas que allí se promueven en verano. Salvo algo de ropa interior, tres blusas, una falda y un par de pantaloncillos, la maleta aparecía como mi nevera a finales de mes: totalmente vacía. Fue entonces y casi por azar cuando observe aquel lejano regalo de Hulda e instintivamente lo coloque en mi equipaje junto a algunos presentes útiles: café, semillas de marañón, una pantaloneta de deportes, colonia; e inútiles: un trípode para fotos, unos abrecartas y dos rascadores. Así, unas mallas y un trípode cruzaron el Atlántico desde San José a Oviedo. También, como suele ocurrir con este tipo de regalos, pasaron los primeros 15 días de mi estancia en Asturias olvidados en uno de los armarios de casa.
Ayer, con tristeza y un poquito de enfado, celebramos o mejor dicho, certificamos nuestra despedida. Faltaban poco para mi partida y decidimos ofrecernos una cena regada con cava, en la que, a la luz de las velas, el salmón, el caviar y los langostinos, fueran nuestros únicos invitados. Las frías burbujas disiparon nuestra melancolía. Comíamos, hablábamos, brindábamos y preparábamos el próximo encuentro.
“Hagámonos fotos y de paso estrenas el trípode que te regale, pues da la impresión de no haberte gustado nada", comente. Mientras abría la segunda botella José Luis cargo las cámaras, armo el trípode y lo coloco en uno de extremos de la estancia de modo que el campo visual del objetivo abarcase la totalidad del recinto en el que nos encontrábamos.

Juntos, comiendo, bebiendo, brindando. Con inusitada precisión la máquina, como un fotógrafo frío, impersonal y silencioso, nos iba inmortalizando. De las tomas iniciales, reflejo continuado de una celebración, pasamos a otra mas íntimas, menos recatadas. Nadie podía evitar que nos besáramos, nos acariciáramos y que la cámara, fiel testigo de todo, lo fuera perpetuando. Siempre he dicho que el sentirse observado por la lente de un objetivo, es algo que activa la sexualidad, mas aun, cuando no hay nadie en el entorno que nos intimide o coarte. Así los besos fueron mas cálidos y osados, las caricias mas íntimas, los pudores desaparecieron. Mis pechos afloraron bajo la blusa, luego esta desapareció a la par que la camisa y los pantalones de José Luis. El clic repetido de la máquina y los destellos azulados de los flases inmortalizaron sus labios en mis pechos, mi boca sobre su sexo endurecido y vibrante, nuestros cuerpos desnudos entrelazados por la pasión y la excitación del momento. Estas tomas, captadas al calor del cava y en base a un regalo aparentemente inútil y deseado, nos excitaron al máximo. “Ponte las mallas que te regalo Hulda" dijo José Luis queriendo recrearse con adornos atípicos y sugerentes.
Me enfunde en aquellos leotardos negros, ceñí sobre los muslos los ligueros rojos y medio me cubrí los pechos con un deshabille de seda negro semitransparente. Luego me recosté sobre el sofá, me aposente sobre los sillones isabelinos del salón, pose vestida exclusivamente con las mallas: de frente, boca abajo, recostada. Veía los destellos de la cámara y mi libido crecía. Fue una noche memorable, maravillosa e irrepetible. Impresionamos los tres carretes que teníamos y, olvidándonos del trípode, la ropa, el cava y la comida, terminamos nuestra pequeña orgía de sexo sobre la cama.
Hoy, pasados los días, tengo las fotos en mis manos. Es una serie que va desde lo recatado del principio de la cena hasta los desnudos eróticos sobre la cama, pasando por semidesnudos enmarcados en ambientes mas propios de una película de Emmanuel que de una apacible velada en Oviedo. De entre todas entresaco las que aparezco con las mallas que Hulda me regalo y que pensé que nunca utilizaría. Son ocho magnificas tomas. Unas pudorosas, otras cargadas de erotismo, algunas rayando lo pornográfico. En las primeras cubro mis pechos con el deshabille de seda negro, en las siguientes tal prenda ha desaparecido y los muestro libres contrastando mis negros pezones con el rojo vivo de los ligueros. En algunas mi pubis medio asoma entre mis piernas y en otras es mi culito quien muestra su redondez y dureza. La inexistencia de las bragas bajo los mallas hace que mis formas, mas que imaginarse, se aprecien en su autentica dimensión; sin lugar a dudas me gustan. Las contemplo y me acuerdo de la nota de Hulda: " Que las disfrutes". Ahora la comprendo. Parece mentira. Da la impresión que sabía lo que terminaríamos haciendo, como las utilizaríamos y como gozaríamos con ellas. Por mi mente cruza la idea de enviárselas, de agradecerles, con las fotos, el regalo, de hacerle saber que acertó con plenamente.
Hulda, la buena de Hulda. Se alegrará de verlas o se escandalizará. Se las enviaré todas o solo aquellas en las que aparezco correctamente vestida. Bien pensado ella me ha visto desnuda en múltiples ocasiones, hemos dormido juntas, utilizado a veces el mismo baño, tomado saunas, solas y en compañía, conoce mis amores, mis romances, mis gustos, mi cuerpo. Es nórdica y no tiene perjuicios. Voy a enviárselas todas. Que me observe así, vistiendo su hermoso regalo, como deseé que me viera cuando me las tomé. Tal vez se anime algún día y nos tomemos otra serie las dos juntas luciendo idénticos atuendos y riéndonos de nuestros cuerpos ajados. ¿Habrá querido con su regalo incitarme a ello?
Pienso que, con el tiempo, sería excitante que ella participase en una sesión como la que José Luis y yo tuvimos. Entonces todos podríamos ser a la vez fotógrafos y modelos. Con ella como compañera, José Luis y yo tendríamos a alguien que nos plasmase haciendo el amor, gozando, penetrándonos, corriéndonos de gusto. Creo que Hulda participaría encantada. Sin duda al comprarme el regalo y al escribir la nota lo pensó, lo idealizó, lo imaginó, lo deseó.
Se las remitiré todas. Las decentes, las eróticas y las pornográficas. Irán con un mensaje subliminal de invitación a que participe con nosotros en el juego perverso del erotismo. “Querida Hulda, le escribiré, te agradezco el regalo de Navidad. Admira lo bien que me queda e imagina, por las fotos, lo que hemos gozado. Fue, tal como decías, algo maravilloso. Quiero pensar que tú también has tenido idénticas experiencias y esperamos, José Luis y yo, que algún día podamos disfrutarlas en unión. Ambos te enviamos muchísimos recuerdos y confiamos vernos pronto bien en tu país, en Oviedo o en Costa Rica. Guarda para nosotras el secreto."
Mañana le enviaré las fotos con la carta y dejaré España. Estos 15 días han quedado en el recuerdo, en las fotos y en muchas noches de amor. Aquel regalo bello pero inútil, regresa conmigo. El trípode, desencadenante de la noche de placer, queda en Oviedo. El testimonio de lo vivido vuela hacia Suecia. La ilusión de una nueva aventura prohibida y erótica salió de Asturias vía Copenhague con destino último en San José. Durante meses esperaré noticias de mi amiga y sobre todo aguardaré con ansias el nuevo regalo que sin duda me enviara para las Navidades de 1995.

miércoles, 6 de abril de 2011

NO ME ARREPIENTO

De nuevo vuelvo a estar sobre la arena negra de la playa de "Sablon de Bayas". Otra vez el sol acaricia mi cuerpo en esta zona nudista de la costa asturiana. Tumbada boca abajo contemplo el ambiente apacible que me rodea y espero que José Luis, de rodillas a mi lado, empiece a distribuirme crema solar por la espalda. Hace apenas unos minutos yo misma la extendí por los brazos, las piernas, el pecho, el estómago. He sentido idéntico gusto que hace un año al ir desnudándome en publico, al ordenar luego la ropa, al sentarme en la arena y aplicar en mi cuerpo la leche bronceadora. Ahora aguardo con impaciencia que él me la de por detrás. Se, pues lo hemos hablado muchas veces, que al hacerlo jugara con mi cuerpo, que sus manos serán instrumentos de placer. Siento una agradable contracción en la boca del estómago e instintivamente separo las piernas. Espero, mientras contemplo el sexo flácido de un hombre situado a pocos metros de mí y la escasa mata de pelo púbico de la mujer que le acompaña, que empiece. Ambos están tumbados exponiendo a mi mirada sus dormidos atributos sexuales.
Un reguero de crema se extiende por mi espalda, su frío contacto estimula mi epidermis. La siento descender sobre mi cintura, mis glúteos, mis muslos. Cierro los ojos cuando un nuevo chorro me cae, de improviso, sobre el ano. Lo esperaba. Quería que allí, sobre todo allí, fuera la crema. Mi trasero se rellena de una sustancia gelatinosa, tibia y resbaladiza que fluye hacia mi sexo empapándolo, lubrificándolo. Abro más las piernas, elevo el culito y me relajo.
Sus manos me masajean distribuyéndola homogéneamente; bajan desde el cuello hasta los pies, por un lateral, por el otro. Las siento por el interior de los muslos, sobre los glúteos, se mueven con suavidad sobre mi cuerpo. Mi estómago sigue en tensión. Lo que debería ser un acto mecánico e impersonal no lo es, pero desconozco cuando se desencadenará. Vuelvo a elevar mi culo, tapizado aun por esa capa de crema blanquecina y me acomodo las manos bajo la barbilla. Contemplo el sexo de la mujer ligeramente abierto, veo su raja vaginal apenas encubierta, su clítoris abultado. Me excito. Las manos ascienden por mis piernas; una rodea un glúteo y se apoya sobre el coxis, la otra, me abandona. Se que esta sobre mi, me esponjo. Baja de repente hacia mi sexo, lo acaricia, sube hasta mi ano. Noto la suave sensación de la crema, los dedos friccionando mi negra cavidad. Miro su sexo, esta ligeramente empalmado. Nadie nos mira. Cierro los ojos cuando un dedo se hunde en la profundidad de mí ser. Me esta sodomizando en publico, como yo quería, como deseaba. Su índice entra y sale de mí con mimo. Mi vagina se inunda de líquidos y empiezo a jadear. Abro mas las piernas, quiero sentirme invadida por completo. Uno en el culo, dos en la vagina y el meñique sobre el clítoris. Su mano armoniosamente me masturba bajo el sol.

Abro los ojos. Veo el mar, la arena, los bañistas paseando a lo lejos. La pareja próxima a nosotros esta ahora boca abajo mostrándome la redondez de sus culos. José Luis sigue entrando y saliendo de mi cuerpo. Sus falanges me perforan llevándome hasta un estado de felicidad física absoluta. Jadeo..., me corro. Una serie de espasmos agitan mis piernas. Noto las palpitaciones de mi ano y mi vagina sobre esos dedos que, poco a poco, abandonan la gruta dorada. "Gracias" susurro. Al hacerlo veo su pene pidiéndome ser devorado pero sabiendo que esa posibilidad, allí, es imposible. Le miro levantarse y dirigirse al mar a refrescarse. Una apacible relajación me invade. Duermo al amparo del sol, bajo su calor protector. Siento entre las piernas la humedad gratificante de mi sexo. Mi estómago esta completamente relajado.
Lo que ayer le propuse en la playa, lo va ha ejecutar. Cuando sobre la arena sentí sus dedos en mi cuerpo pensé en mi aseo personal matutino, en como me recorte los pelitos del pubis y en la idea de afeitármelos, mejor dicho, de que el me los afeitara al igual que se afeita la barba. Entonces se lo pedí y ahora lo va a efectuar.
Estoy desnuda, atada sobre la cama. Tengo los pies amarrados a las patas del somier, para mantener así mis piernas abiertas y las manos enlazadas al cabecero. Bajo mi cuerpo ha extendido la toalla y ha colocado en la mesilla de noche las tijeras, la rasuradora, la crema de afeitar, un cuenco con agua caliente y un frasquito de colonia. Le observo mientra se desnuda. Tiene el pene caído, pequeño. Esta nervioso. Entre mis piernas, contemplo la mata de pelo que me cubre el sexo, ese tapiz oscuro que dentro de poco habrá desaparecido.
Se acomoda a mi lado. Me acaricia suavemente el pelo que va a eliminar y roza apenas mi clítoris al hacerlo. Con el peine lo va desenmarañando mientras con las tijeras lo recorta. Siento caer pelitos entre mis piernas. Lentamente la masa negra va clarificándose. Lo que antes era tupido es ahora un campo erizado. Deja las tijeras y una blanca capa de espuma se extiende por mi sexo. Mi clítoris se contrae y, como en la playa, se me endurece el estómago. La maquinilla inicia su recorrido desde las ingles eliminando, a la vez, la espuma y el pelo. Es agradable sentir el frío del acero en la piel, ver como, bajo la espuma, surge la carne blanquecina, cierro los ojos mientras continua su labor. Al abrirlos mi sexo esta casi rasurado, ha eliminado la totalidad del pelo y lo esta lavando para culminar luego el afeitado de los bordes. De nuevo la espuma me cubre y otra vez la maquinilla, con mimo, borra todo vestigio capilar. Veo a José Luis centrarse en la tarea, siento el filo de la cuchilla sobre esa zona tan sensible y un hormigueo me recorre el estómago. Ha terminado. El agua tibia me limpia. Mi coño queda liso, rasurado, impúdico. José Luis lo seca, lo acaricia, lo besa. Retira el instrumental y me contempla con lujuria. Toma el frasco de colonia y con ella fricciona la zona recién afeitada. Siento un calor y una picazón enorme. La piel reacciona, desearía rascarme pero mis ligaduras lo impiden. Veo como empieza a excitarse. Si hasta entonces su sexo había permanecido inerte ahora se despierta. El fuego que arde entre mis piernas va remitiendo, el dolor se transforma en placer. Su mano no solo fricciona la zona afeitada sino que juega con mi clítoris, mi vagina, mi culito. En mi posición soy incapaz de hacer nada. Se vuelca y con su sexo empalmado me acaricia. Ahora, sin el pelo protector, veo nítidamente como golpetea mi botón de placer. Su carne y la mía se confunden. Me pellizca el clítoris, se introduce en mi vagina, me penetra por el culo. Estoy totalmente abierta de piernas y todos mis orificios son para su goce, para nuestro placer.
Esta sobre mi clítoris. Una y otra vez lo golpea con su pene. No puedo más. Me corro. Cuando no han concluido aun las contracciones de mi sexo el suyo me perfora. Como un émbolo lo veo subir y bajar. Sus brazos le flexionan el cuerpo haciéndolo entrar y salir de mí sin ninguna consideración. Es maravilloso sentirse poseída sin poder hacer nada por evitarlo. Su cara se transfigura, las ballestas que le sustentaban flaquean derrumbándose sobre mi. El semen se mezcla con mi flujo, la colonia y algo de espuma de afeitar.
Otra vez el sol sobre mi cuerpo. Torimbia es una cala preciosa de muy difícil acceso ubicada al oeste de Llanes. La bajada ha sido horrible y peligrosa. Dos veces me caí y mil recrimine a José Luis su desmedida afición por ir a playas nudistas. En ellas, la llegada es, por lo general, complicada, aunque luego, como esta, sean maravillosas. La arena es blanca y el mar transparente. Tras mi enfado inicial empiezo a tranquilizarme. Al contrario que el Playón de Bayas, es una concha recoleta y limpia, pero, al igual que aquella, los bañistas son escasos distribuyéndose, sin agobios, sobre la franja arenosa. Al nuestro lado un matrimonio con dos hijos, a la espalda el monte, en frente del mar.
Me embadurno con loción antisolar y me tumbo en la arena. Parezco mas desnuda que nunca. Miro entre mis piernas y veo mi rajita, mi clítoris achocolatado. Ayer lo afeite y ahora lo presento en publico. Vuelvo a percibir ese hormigueo típico de lo prohibido. No solo estoy desnuda sino que mi coño aparece rasurado ofreciendo mi sexo nítido para la observación de los paseantes. José Luis me anima a caminar. Creo que, como yo, quiere que me luzca ante la gente. Recorremos la orilla. Muy morena, casi india, y entre el color de mi piel y el afeitado de mi sexo soy el punto de atención de todos los nudistas. Estoy orgullosa. Constato que las miradas de los hombres se orientan hacia el centro de mis piernas, casi noto sus ojos en mi clítoris. Entramos en el agua, nos detenemos, nos fotografiamos. Los bañistas que nos cruzan se detienen a verme.
Regresamos. Los ojos del hombre de nuestra derecha están fijos en mi sexo. Lo se. Vuelvo a esparcirme crema sobre el cuerpo y ahora me protejo con ella la zona afeitada. Esta suave, húmeda en su centro. Me masturbo, meto mi dedo en la vagina y allí lo mantengo. Se que soy observada pero no me importa. José Luis a mi lado, ignora mi maldad. Se levanta y parte hacia la mar. Me tumbo y espero. El macho de mi lado no deja de observarme. Presiento que su mujer y sus hijos están al margen de lo que sucede. Me levanto, contemplo el nadar acompasado de José Luis, su salida del agua, su llegada junto a mí. Tomo la crema y otra vez me embadurno. Repito todos y cada uno de los movimientos anteriores. Se que me miran. Mis manos se deslizan sobre mis hombros, mi cintura, mis pechos; bajan hasta mi vientre y se pierden entre mis piernas. El tibio Monte de Venus las atrae como un imán. Esta caliente, untoso, lo protejo con crema. Me acaricio el clítoris y se endurece. Meto los dedos en la vagina, rozo los labios mayores, me recreo en el dulce deporte de la masturbación. Me estoy excitando en público para un solo observador que ni siquiera conozco, se que, como yo, estará gozando y que mantendrá para el su placer. Me encuentro mas desnuda que nunca exhibiéndome impúdicamente, como actuando en una especie de espectáculo pornográfico. Se que al final nadie aplaudirá pero esto es algo que, en mis noches de insomnio, soñé con realizar, no así, en una playa como esta, sino en una cabina de sexo vivo, con publico expectante tras las ventanas de observación. Mis dedos siguen trabajando con precisión, mis piernas se relajan y una serie de espasmos en cascada recorren mi cuerpo. Noto la humedad viscosa de mi flujo y caigo de espaldas dejando mi raja, crecida, abierta y palpitante, al amparo del sol, bajo la atenta y lujuriosa mirada del anónimo turista que no ha perdido detalle de mi buen hacer.
El coño me arde. Entre el afeitado y la sesión de sol de la mañana, toda mi zona baja esta en carne viva. El incipiente pelo, la erosión de la arena y el roce de la ropa interior han hecho que ahora, tras la ducha, sienta una horrible picazón. José Luis me dio una fricción con colonia que si bien al principio me escoció, luego apaciguo mis terminaciones nerviosas. Para colmo, tengo muchísima hambre. Con mi afición a desayunar fuerte y no almorzar, a las 8 de la noche mi organismo demanda comida. Me visto, o mejor dicho, me medio visto con una amplia camiseta sin nada por debajo, para evitar mas rozaduras y salimos a cenar. Llanes es un pueblecito del oriente asturiano con un prometedor desarrollo turístico. Su apogeo coincide con la ultima semana de Julio y la primera quincena de Agosto, razón por la cual en estos momentos las aglomeraciones son pequeñas. Hay gente, si, pero no molesta. Paseamos, bebemos sidra, comemos pulpo, calamares, queso; recorremos chiringuitos, bares, sidrerías. Recibo entre las piernas la brisa marina del Cantábrico e instintivamente las abro para aplacar sus picores. Mis pechos bailotean libres bajo el vestido y el sentirme de nuevo observada, ahora por la oscura coloración de mi piel, hace que camine alegre, excitada. Si no fuera por el malestar de mi coño haría el amor nada mas llegar al hotel. Seria, sin duda, otra bacanal de sexo y perversión, pero en mi estado es imposible.
Mi deseo es mas fuerte que mi lógica, mejor dicho, es mas sabio y busca para el lo mejor. Hoy José Luis no me penetrara, pero haremos el amor. Lo haremos muy rico, como ambos sabemos. Desnudo sobre la cama empiezo a excitarlo. No le ato, como el hizo conmigo, pero le pido que no ofrezca resistencia a nada de lo que le haga. Con la lengua recorro su anatomía: su pecho, su tripita, su pene, que chupo y agrando. Le doy la vuelta. Contemplo embelesada su culo, quiero sodomizarlo. Le ensalivo el ano e intento meter por el mis dedos, la lubrificación es insuficiente. Tomo su crema hidratante antisolar y la aplico en su orificio. Ahora si, mi dedo se hunde en su cuerpo hasta los nudillos. Noto la rugosidad de su esfínter, la consistencia de su contenido. Me giro hacia su polla y la introduzco en mi boca. Así, con su sexo en mi garganta y mis dedos en su culo inicio una sesión de felación y enculamiento que termina cuando un chorro tibio de semen se mezcla con mi saliva. Lo dejo y uno mi boca con la suya fundiéndonos en un beso largo, sensual, erótico en el que ambos gozamos del agridulce sabor de su semen.
Queda rendido. Yo sigo muy caliente. Mi coño vuelve a escocerme y mi vagina se encabrita. Con muchísima suavidad aplaco mi furor. Mi clítoris se dulcifica mientras un estado de total placidez me envuelve.
No me arrepiento de nada, pienso. Ni de haberme afeitado el sexo, con los picores que me ha ocasionado, ni de masturbarme en publico, ni de haber permitido que me sodomizara en la playa. Estoy feliz. En poco tiempo mi pelo habrá vuelto a crecer y será suave y sedoso como antes. Habré tenido la experiencia de un afeitado, no como el que tuve durante el parto de mi hijo, sino para obtener del placer. Lo he lucido, enseñado. Me lo he fotografiado y quedará así, para siempre, constancia del hecho. Tal vez algún día vuelva hacerlo, seguro que lo haré. Entonces tendré a la mano polvos de talco y me rasuraré diariamente para evitar este picor. No, no me arrepiento de nada.
Hoy percibo de nuevo la suavidad del nuevo pelo, añoro, no obstante, los días en los que me lo afeite, pues entonces tenía un peluquero que me lo cuidaba y ahora, para mi desgracia, no lo tengo, debiendo ser mi propia mano quien lo "chinee".

viernes, 1 de abril de 2011

INTERMEDIO

Cuando empecé a redactar estas fantasías no había leído a la poetisa nicaragüense Ana María Rodas que, en plena Revolución Sandinista, escribía “Hago el amor y después lo cuento”, ni tampoco la última novela de Vargas Llosa en la que dice “Escribir lo no vivido para hacerse la idea de haberlo vivido es, uno mas, de los caminos de la
imaginación para crear nuestras fantasías”.


Ahora, al entrar en la primera parte de las mismas, en las que idealizo los años más estables de la relación musa-escritor, no se si decantarme por la poetisa o por Premio Nobel.
Sin duda, como expuse en el Preámbulo, al llegar al final-principio estará claro que yo seré mucho más viejo y podré, sin problemas, parodiar a Martín Amis y decir “En la vida nadie inventa nada, todo sucede normalmente”, todo, hasta nuestras vivencias y fantasías