domingo, 14 de agosto de 2011

QUE NEGRA ERA LA PLAYA

Los ecologistas, como los gorriones o las moscas, son seres distribuidos uniformemente por el planeta con ideas muy parecidas, aunque no iguales, sobre lo que se entiende por delito ecológico, contaminación o cualquier aspecto relacionado con el entorno natural. Por ello, para un ecologista africano es malo acabar con los elefantes, y en cambio, para el vulgar habitante de Zaire, es una tragedia que una estampida de esos animales arruine sus cosechas e inutilice, durante años, sus terrenos agrícolas. De igual forma, para uno costarricense la contaminación de las playas esta condicionada por la mayor o menor acumulación, en ellas, de residuos forestales, mientras que para uno asturiano, tal hecho no supone un problema y si la cantidad de polvo de carbón que, por un inadecuado tratamiento de los vertidos mineros, se envía a los ríos y estos lo terminan depositando en el mar. La problemática es aquí estética y se centran, exclusivamente, en la coloración negruzca de las playas que circundan los estuarios de los ríos mineros, en donde se entremezclan la arena blanca silícea con los finos negros del carbón.
Mi primer contacto con la playa del Bayon, máxima representación de esta problemática, no detecto el hecho y si la labor de limpieza superficial que las cuadrillas municipales realizaban. Estaba claro que la mala educación es patrimonio universal y que, al igual que en mi país, en las playas asturianas también se arrojan botellas, papeles, envoltorios y latas que son necesarias eliminar pues la naturaleza no esta capacitada para ello. Era un jueves por la mañana y los casi 5 Km. de costa aparecían cubiertos por una bruma baja que impedía apreciar su verdadera dimensión. El tiempo no acompañaba al baño y tras acomodarnos en el extremo mas oriental iniciamos un paseo por la orilla. Pescadores, alguna pareja como nosotros, dos o tres matrimonios con niños y poco mas sobre aquella acumulación de arena. Al regreso, en el macizo rocoso que cerraba la última cala, un letrero, rotulado en grandes caracteres blancos, anunciaba: "PLAYA NUDISTA". Por azar habíamos situado allí nuestros enseres pero, por desgracia, los únicos posibles nudistas, en aquellos instantes, éramos nosotros. Nos tumbamos a la espera de que algún rayo de sol se filtrara entre la masa nubosa y nos adormilamos. Estábamos, como tantas veces en mi país, solos en una playa. La diferencia radicaba en que allí teníamos la total seguridad de que nadie aparecería pues el hecho de estar desnudos estaba terminantemente prohibido. Aquí, al contrario, se aceptaba, por lo que no sería improbable que, de repente, alguien nos acompañase.
Nuestros cuerpos, como viejos conocidos, empezaron a investigarse. Sentí unos dedos que acariciaban mis pezones, descendían por mi cintura y finalmente reposaban en el clítoris. Note el crecimiento lento y continuo de su sexo, su erección maravillosa. Me volqué sobre él y lo aprecie vivo, caliente en mi boca. Veía la playa, el morir de las olas, los pescadores, una pareja que se acercaba. Cesaron las caricias. Quedamos tendidos .Los paseantes llegaron a nuestro lado, nos contemplaron desnudos y se alejaron. Otra vez mi boca succionó su pene, lo engrandeció y sin apenas esfuerzo lo introduje en mi vagina. Fue un acto lento, placentero, casi estético. Montada sobre él observe el mar, el andar cadencioso de la pareja que momentos antes paso por nuestro lado. Sentí en mi interior a José Luis, cada vez mas excitado, y ese conjunto de acciones mezclaron en la vagina su semen y mi flujo. Grite de placer y mis voces rebotaron contra el murmullo de las olas. La paz del ambiente y la relajación del amor nos adormilaron. Al despertarnos el sol abría grandes estelas luminosas sobre el cúmulo de nubes y la playa continuaba desierta. Prometimos volver.

Pasaron días, tal vez semanas, hasta que el sol confirmo, con su presencia, la llegada del verano. Una tarde, a la salida del trabajo, José Luis se empeño en regresar a la vieja playa negra. No estaba vacía. A medida que avanzábamos hacia la calita donde hicimos el amor, los bañistas iban perdiendo su vestuario, al final, la proporción de desnudos era total. Había, no obstante, mujeres en mono bikini o en traje de baño convencional, pero esta mezcla no parecía importarle a nadie. Nos situamos en el centro, extendimos las toallas y, en un alarde de delicadeza por su parte, me pregunto:"Quieres quitarte el bañador". Mi respuesta fue la acción inmediata de despojarme de tal prenda.
Me encontraba desnuda y rodeada de gente. En mi interior había acariciado muchas veces el vivir una experiencia como esta. Es verdad que por diferentes razones el desnudo, mi desnudo, no me preocupaba, que lo había lucido ante hombres y mujeres, pero siempre en grupos de amigos, en fiestas íntimas, animada por el alcohol, las drogas o la situación, pero tal como estaba ahora, en una playa rodeada de gente desconocida, nunca lo había hecho. Tumbada en la arena contemplaba a quienes, sin ningún pudor, paseaban, se bañaban o jugaban a la pelota.
"Caminemos", dijo José Luis. Nos levantamos y fuimos hacia el mar. Cubrió con su brazo mis hombros y mi mano se apoyo en sus nalgas. Llegamos a la orilla, nos mojamos los pies, seguimos las olas en su lenta agonía. Estaba feliz, libre, desnuda. Pensé en mis padres, en mis hermanas, en mis amigos. Cuantos de ellos harían lo mismo. Cuantos gozarían así con el sol sobre su piel. Había nudistas de todas las edades, de todas las formas y de todos los tamaños. Nadie se preocupaba de nadie, parecía que el pecado de la carne había desaparecido.
Regresamos a nuestro lugar. Observe mi entorno: un matrimonio con niños, un par de viejecitos, un grupo de chicos y chicas, dos gays. "Como disfrutaría Manguita con tanto pene suelto", pensé acordándome de mi querido amigo homosexual. De bruces en el suelo note como José Luis extendía, en mi espada, crema antisolar. Sus manos se desplazaban sobre los hombros, los brazos, la cintura, los glúteos. Abrí las piernas para favorecer la distribución, agradecí aquellos dedos que rozaban mi culito, deteniéndose en el ano, que bajaban, mas tarde, hasta mi sexo. Me relaje y permití que siguieran. Ante quienes nos rodeaban, que podían o no, fijarse en lo que José Luis hacia, el prosiguió su tarea. Sus dedos se olvidaron de todo y se centraron en mí. Sentí como hurgaban en mi culo, en mi vagina, en mi clítoris. El placer que me proporcionaban era enorme. Con los ojos abiertos notaba como me friccionaba el ano, lo circundaba, lo recorría de arriba a bajo. De repente hundió en él un dedo por completo. Fui penetrada desde atrás y mi vagina se empapo. Supe que otro se perdía en ella y que ambos iniciaban un ligero vaivén que termino por producirme un mudo y agradable orgasmo. "Rico" dijo recostándose a mi lado.
Pasamos tres horas envidiables. Roto el primer instante de turbación el resto: pasear desnudos, sentir la brisa del mar, revolcarse en la arena negra, eran sensaciones maravillosas.
En el coche, aparcado junto a varias decenas de vehículos, nos sacudimos la arena y nos cambiamos de ropa. Estábamos ardiendo. El sol, las nuevas experiencias, el ambiente hacían bullir nuestra sangre. José Luis se inclino sobre mi, me libero los pechos, los beso, lleno con su lengua mi boca, hundió sus dedos en mi vagina. Nada parecía importarnos, ni el hecho de tener abiertas las puertas, ni la gente que, como nosotros abandonaba la playa, ni la circulación de automóviles. "Vámonos" dije. Salimos por un camino de montaña y en la primera bifurcación volvió a detenerse. Fui sobre su pene. Lo avive, lo agrande, me lo engullí por completo. "No, aquí no", protesto débilmente. El sitio no era el adecuado pero yo estaba como una posesa. "Mastúrbate" me dijo, "Mastúrbate para mi". No me lo hice repetir. Me despoje del pantaloncillo, me abrí la blusa y empecé a acariciarme el clítoris, los senos, primero, con suavidad, luego, violentamente. Para sus ojos introduje mis los dedos en la vagina, los moví, contemple como un agricultor nos miraba atónito, y como un par de ciclistas nos sobrepasaban sin detenerse. Me sentía en el cielo. Me corrí chillando de placer, sintiéndome observada, querida y deseada. Volví a degustar su sexo y manteniéndolo constantemente en la mano, regresamos a Oviedo.
El agua de la ducha elimino la sal y la arena de nuestra piel, nos hidratamos y fuimos a encerrarnos en la sauna, creímos que un poco de calor seco nos beneficiaria. Esta claro que tanto a él como a mi el desnudo nos provoca. Cuando el sudor empezó a brotar, nuestros cuerpos, como imanes, se atrajeron. Sentí como recorría mi pecho, mi cintura, como yo acariciaba su barriguita, sus testículos. Hacia mucho calor. Salimos, nos duchamos y quedamos descansando sobre la mesa de masajes. Me tumbé al tiempo que él empezaba a acariciarme. Sus dedos descendieron desde mí frente a mis pies, circundaron mis ojos, contornearon mis labios, rozaron mis pezones, hurgaron con delicadeza en mi ombligo, juguetearon con mi pelo púbico, despertaron mi clítoris, sorprendieron mi vagina. Luego los labios sustituyeron a las manos. Note como su lengua hacia el mismo recorrido. El calor y la confortable sensación de ser acariciada activaron mis jugos vaginales. Cuando la lengua alcanzo ese punto su saliva y mi flujo se fundieron. Me senté, abrí las piernas y él, de pie como estaba, introdujo su pene en mi interior. Nos veíamos reflejados en el espejo y gozábamos viendo entrar y salir su sexo de mis entrañas. "Aquí me masturbo pensando en ti" dijo José Luis presa de una gran excitación. Sus palabras encendieron mi mente. Quería verle masturbarse, contemplar como surgía el semen de su interior. "Mastúrbate, dije, quiero verte". Se recostó, cerro la mano sobre su pene e inicio un rápido movimiento de subidas y bajadas. Cada poco tiempo mi boca ensalivaba su miembro lubrificándolo, sensibilizándolo al máximo. Estaba acostado con los ojos fijos en mis pechos. Le pedí que se penetrara por detrás y hundió su dedo en su culito. Una sacudida de placer convulsionó su cuerpo. Estaba a punto de correrse. Pase mi lengua por su pene, sentí el ritmo frenético de su mano y le oí murmurar:" Ya, ya..., ya.". Broto un chorro de semen blanco y caliente al tiempo que mi boca se inclinaba sobre él para beberlo, para absorber y saborear el gusto de su sexo, para gozar, para culminar su masturbación en mi cuerpo.
Volvimos a la ducha. El agua termino de eliminar los últimos vestigios de arena negra, los últimos recuerdos de aquella playa nudista que habíamos considerado como propia y que nos había empujado hacia el amor, hacia el placer y hacia el sexo. Recordé a la gente paseando por la orilla, pensé en lo que me gustaría volver allí otro año con amigos, con amigas, con gente que supieran apreciar la belleza del desnudo, que se olvidasen del pudor y mostraran a la naturaleza las bondades de su ser. Sin quererlo compare aquella playa nudista con el extraño mundo de la ecología. Sus adictos, al contrario que estos, no utilizaban a la naturaleza, la amaban, la comprendía, sabían que no era perfecta pero tampoco sus cuerpos lo eran y sin embargo los disfrutaban, los mostraban y nada ni nadie les importaba. La playa negra, la vilipendiada playa negra estaba cubierta de hombres y mujeres a los que el sol había hermanado con un bronceado estético y total.

sábado, 6 de agosto de 2011

JUEGOS DE SALON

Desperdicie media vida. Mejor dicho, no tuve niñez ni juventud ni nada. Mis primeros 25 años pasaron sin dejar huella, sin haber tenido en ellos las alegrías, desilusiones y juegos de esos días dorados. Nunca lo lamente. A veces, en mis horas de depresión me susurraba: "José Luis, fuiste un raro", pero ahí finalizaba la historia. Cuando en libros, revistas o películas veía todo lo que a la juventud le sucede en ese período de su existencia, yo admitía que, a mi, eso nunca me sucedió, que no tuve amores prohibidos, ni goce del sexo, ni me emborrache, ni siquiera desobedecí a mis mayores. Fui, lo que se dice, un joven, un adolescente modelo.
Es lógico, por tanto, que todo el peso vivencial de mi generación fuera solo un ligero recuerdo, un comentario curioso o una anécdota intrascendente. Con el tiempo todo aquello fue solucionándose y hoy estoy viviendo mi juventud a los 50 años. Una maravillosa mujer es la culpable. Ella desencadenó mi sexualidad, avivo mi imaginación y elimino los tabúes que, en su opinión, debería tener. La verdad es que no los tengo, que soy así, que ni la dictadura del General Franco, ni mi prolongado celibato me produjeron traumas importantes. He tenido, por error del destino, un cambio en mi evolución. En mi vejez siento, amo y hago todo lo que en mi juventud no desee. Soy mayor, vivo con personas mayores y tengo, por dicha, las mismas emociones que un día, hace años, los jóvenes tuvieron.
En mi adolescencia no jugué, por eso ayer, cuando me propusieron jugar dije si, y lo dije sabiendo que podía ser el desencadenante de lo erótico, de lo sorprendente que pudiera haber tras el juego que estaban proponiendo.
Llevaba 10 días en Costa Rica, tras año y medio de ausencia. Había vuelto a recorrer sus mares, sus ríos, sus bosques. Me había reencontrado con amigos y enemigos y estaba con la mujer que amaba.
Aquel viernes Sonia fue la anfitriona yo cocine la cena y ambos programamos, con ilusión, una fiesta que podía considerarse como de bienvenida y despedida a la vez. Nidia, José Enrique, Mirella, Manguita, Gerardo y Marta nos acompañaron. Otros no pudieron llegar y se disculparon. Éramos un grupo jovial, homogéneo y con la sola excepción de la edad de José Enrique, todos habíamos superado la barrera mágica de los 40. Hacía calor. Los hombres usábamos camisas estampadas de manga corta y las mujeres blusas y niquis que dejaban al descubierto gran parte de su anatomía. Corría el guaro, la ginebra y el vino. Aparecían y desaparecían "boquitas", canapés y ensaladas. Al final un plato fuerte de carne y una sobremesa regada con champaña. Estábamos contentos, nadie había roto el espíritu de amistad y compañerismo. Bromas y risas se mezclaban con el merengue y la salsa.
Manguita, el único no bebedor, pidió permiso para encender un "purito". Se acepto su solicitud y, salvo yo, que no fumo, el resto se atiborró de una marihuana suave y aromática. Los cigarros pasaban de mano en mano y el ambiente se iba tornando dulzón, fraternal. De los problemas políticos se pasaba a los ecológicos, de estos a los personales. Se hablaba, se bailaba, se bebía, se fumaba. Sin apenas darnos cuenta las horas transcurrían.
Fue Nidia, quien otra podría ser, la que alegando trabajo el sábado por la mañana, anuncio su retirada. En su marcha arrastro a Manguita, algo aturdido por los "porros". El resto nos quedamos saboreando los últimos vapores del humo que recalentaba la habitación. No es que la reunión languideciera, al contrario. En un momento determinado el clímax se electrizo. Pareció, por instantes, que hombres y mujeres caíamos en un estado de ingravidez etérea e irreflexiva. Se contaban chistes, se hacían bromas, la risa se posesionó de todos y la imaginación se desato.
No se quien propuso el juego. Tal vez Mirella, por aquello de ser la más mundana, o Gerardo, por los problemas pseudo místicos de su esposa, pero la realidad es que apareció sobre la mesa una cassette en la que se proponía una sesión de relajación mental y corporal. "Hagámoslo, hagámoslo.", fue el grito unánime de la mujeres, seguro que con ello nos tranquilizamos antes de irnos a la cama.
Sonia encendió unos palitos de sándalo aromático, para dar mas ambiente al evento, apartamos los sillones, dejando un amplio espacio donde poderse mover y, tal como indicaba la carátula de la cinta, sorteamos las parejas y distribuimos aceite de aguacate en pequeños vasitos. El azar emparejó a Sonia conmigo, a Gerardo con Mirella y a José Enrique con Marta. Todos de acuerdo iniciamos el juego. Sonia colocó la cassette, apago las luces y empezamos la sesión. A través de los cristales los rayos de luna daban luz a la oscuridad permitiendo ver entre penumbras tanto a nuestra pareja, como al resto de los participantes.

Bienvenidos a esta sesión de relajación, de unión espiritual de vuestros cuerpos, de vuestras mentes. El azar os ha emparejado, él quiere que todo lo insano que mora en vosotros desaparezca. Bajad al mínimo la luz, sentíos cómodos en la oscuridad que os rodea, sentaos en el suelo, respirad profundamente, centrad vuestra mente en el estómago, sacad de él el aire viciado que lo inunda, respirad lentamente.
Una voz lenta, grave, cadenciosa, y sumamente agradable lleno la habitación. Empezó a escucharse una música mientras iniciábamos la concentración. Tenía gracia el jueguecito. Pensé que, al final, terminaríamos todos dormidos.
Esparciros el aceite entre las manos. Cerrad los ojos, tomad a vuestra pareja, intentad captar su energía, entrelazaros los dedos, juntad las palmas, frotároslas, dejadlas fluir lentamente, libremente.
Era curioso, pero con ayuda del aceite mis manos y las de Sonia se entremezclaban, se acariciaban. Mis dedos abarcaban los suyos, ella se dejaba hacer. Yo llevaba la dirección del juego, ella repetía mecánicamente mis actos y, a veces, los innovaba mejorándolos. Aprisioné sus manos, cosquillee sus palmas, friccioné sus muñecas, amalgamamos las cuatro extremidades en un racimo imposible.
Intentad comprender su mente, sus problemas, sus deseos. Conoced su piel, sus dedos, su textura.
Hubo otra pausa musical. Como decía la voz, quise leer su mente, tan conocida por mí, a través de sus manos, del tacto de su carne. Volví a recorrer sus dedos, a pellizcarle las yemas, a mantener las suyas entre las mías.
Juntad las palmas, dejadlas fluir, haced, sentid, olvidaros de todo, concentraros en las palmas, en las manos, en la mente de vuestra pareja, en sus problemas, os sentís bien, muy bien, relajados, felices, estáis solos, os pertenecéis, continuad, continuad...
Volvió a sonar la música. Entreabrí los ojos y vi que, tanto la pareja Marta-José Enrique como la de Gerardo y Mirella, estaban ensimismados masajeándose las manos. Se oía la música, el olor a sándalo lo inundaba todo. Seguí llevando la dirección: rodee sus dedos, los entremezclé con los míos, acaricie sus muñecas, sentí como se estremecía, como apretaba mis manos. Nuestras mentes empezaron a sintonizar. Abrí de nuevo los ojos y comprobé que tal sensación era generalizada. El resto sentía como nosotros. No sabía, en cada pareja, quien era el director escénico, pero, sin lugar a dudas, uno de los dos lo era.
Poneros de pie, continuad el conocimiento a través de los brazos, mantened los ojos cerrados, sentid vuestras extremidades, rozarlas, ascender por ellas
Mis manos se deslizaron por sus brazos. Estaban calientes, dejaban que, con la punta de las uñas, los fuera acariciando. Note sus manos aferradas a los míos. Mis dedos entraron por el hueco de la manga hasta llegar al sobaco. Estaba húmedo. Levanto los brazos y me dejo hacer. Llegue al hombro, lo rodee. Llevaba una blusa de manga corta. Extraje mis manos que bajaron hasta encontrarse con las suyas. Al llegar me las apretó.
Conoceos la cara, los labios, las orejas, la nariz, la boca, los ojos, el pelo. Recorred con vuestros dedos cada parte de su cara, lentamente, con mimo. Dar libertad a vuestras manos, continuad. Unificad, en un único movimiento, las manos, los brazos, la cara. Continuad. Seguid...
De nuevo sonó la música. Mis manos acariciaron su cara, contornearon su boca, sentí el frescor de la saliva sobre los labios. Moví mis dedos por sus orejas, recorrí sus lóbulos. Ella tenía las manos en mi cara y duplicaba mis movimientos, exploraba mis ojos, las aperturas de mi nariz, la raíz del pelo. Mis manos volvieron a entrar por los huecos de las mangas para reencontrarse con la carne caliente de su cuerpo. Apenas si nos movíamos. Abrí los ojos y vi como el resto de las parejas permanecían absortas acariciándose. Vi como Marta mandaba, como Mirella dominaba. Eran las mujeres quienes se aventuraban a explorar la sensibilidad de los hombres.
Conoceos el cuello, la barbilla, los hombros, sentid sus músculos, sus huesos, su piel, su calor.
Mis manos bajaron por el cuello, tropezaron con la blusa, dudaron. Ascendieron hacia la garganta, la acariciaron. Volvieron a descender, soltaron los primeros botones de la blusa, se desplazaron sobre su sujetador, lo bordearon, descansaron en la zona que cubría los pezones. No se movía, no protestaba. Sus manos habían abierto mi camisa y me acariciaban el pecho. Seguí aventurándome. Recorrí la estela del sujetador, caí de nuevo sobre sus sobacos, ascendí hasta los labios, los abrí buscando en su interior una lengua ansiosa de placer.
Conoced vuestro torso, el pecho, las costillas, notad su calor, sentid vuestras dorsales, la unión del pecho con los brazos. Unificad la cabeza, el pecho, los brazos. Identificaos con vuestra pareja, entrar en su cuerpo, notad su corazón, sus latidos, sus palpitaciones. Continuad... .
Ayudadas por la voz mis manos descendieron soltando, a su paso, todos los botones. La blusa quedo abierta. Mis dedos recorrieron su estómago, su espalda. Estaba inmersa en el juego. Sentí que me despojaba por completo de la camisa, que sus dedos recorrían mi cuerpo. La notaba relajada y tranquila. Me pellizcaba las tetillas, ensortijaba mi pelo. Me atreví a más. Introduje los dedos entre el sujetador y la carne. Sentí sus pezones endurecidos, sus manos aferradas a mis hombros. Lentamente, embriagado por la música, busque el broche y lo abrí. Cayo sobre su pecho. Estaba perplejo. Sonia aceptaba que la fuera desnudando, que la acariciara en presencia de sus amigos. Estábamos haciendo lo que siempre soñamos. Abrí los ojos y el espectáculo que vi me hizo comprender su actitud. Marta tenía el niqui arrollado en la cintura mientras José Enrique, sin camisa, le acariciaba los senos. Vi sus grandes tetas blancas, sus pezones rosados, su cara de placer. Mirella, al otro extremo de la habitación, exhibía orgullosa sus hermosos atributos morenos, duros y turgentes, cubiertos por las manos de Gerardo que, tan pronto aprisionaba sus pezones, como recorrían el canalillo de separación entre ambos. Todos, menos yo, mantenían los ojos cerrados, pero todos, al igual que yo, los habían abierto en algún momento. No sabía quien fue el primero en romper el fuego, pero estaba roto. Desprendí por completo el sujetador de Sonia y acaricie sus pechos. Bajo los brazos y dejo que mis dedos disfrutaran con el tacto de su piel. Era un ángel de placer que admitía todo, y que, en su fuero interno, pedía más. Todos estábamos medio vestidos y todos nos dedicábamos a dar satisfacción física a nuestra correspondiente pareja.
Acercaos, unid vuestros pechos, sentid los huesos de la columna, las vértebras, recorrerlas desde la nuca hasta el coxis, friccionarlas. Separaos, conjugad el conocimiento total del cuerpo, del pecho, de la espalda, del cuello, de la cara. Abarcarlo todo, sentid cada poro, cada músculo, cada una de sus partes. Continuad...
La música sustituyo a la voz. Sonia y yo nos abrazamos. Acaricie su espalda, sentí su mejilla, sus labios. Gozamos haciendo realidad en nuestros cuerpos una fantasía querida. Abrí los ojos. La boca de José Enrique se recreaba con los pezones de Marta, chupándolos, absorbiéndolos, mordisqueándolos. Gerardo y Mirella eran un solo bloque en el que era imposible saber donde terminaba la boca del uno y empezaba la del otro. Baje la cabeza. Mi lengua recorrió su cuello, sus pechos. Ella acariciaba mi cabeza, perdía sus dedos en mi pelo, evitaba que mi boca dejara de excitarla.
Conoced vuestro estómago, el nacimiento de las piernas, notad la redondez de las nalgas, abarcarlas. Conjugad el conocimiento del pecho con el de la espalda, sentid vuestros glúteos, sus formas, sus pliegues. Continuad... .
De nuevo la música. Entorne los ojos. Marta se desprendía del niqui y de la falda quedándose en braguitas. Gerardo hacía lo mismo con Mirella mientras esta le despojaba de sus pantalones. Sonia desabrocho mi cinturón, bajo mi bragueta. Sentí su mano bajo mis calzoncillos. Solté los botones de su falda. Cayo. Empecé a acariciarle la cintura, la barriguita, rodee su ombligo, el inicio de su vello púbico. Note su mano aprisionando mis testículos.
Conoced vuestras piernas, las rodillas, los gemelos. Conjugad la pierna como un todo uno, sentid la suavidad de la entrepierna, el inicio del estómago, la dureza de los músculos. Subid por ellas, bajad por su interior, por el exterior. Continuad... .
Nuestras manos actuaron al unísono. Ella bajo mis calzoncillos y yo sus bragas. Fruncí la mirada y comprobé que las tres parejas estábamos completamente desnudas. Marta y José Enrique tumbados en el sofá, Gerardo y Mirella abrazados, Sonia ante mi. Descanse mis manos en sus pechos y mediante un descenso lento y prolongado llegue hasta su sexo. Estaba húmedo, muy húmedo. Lo acaricie, sentí su mano en mi pene y sus labios en los míos. La volteé y apoyando su espalda en mi pecho le fui activando sus puntos eróticos. Endurecí sus pezones, roce su clítoris, introduje mis dedos en su vagina, los llevé, luego, hasta su boca, regresaron de nuevo a su sexo. Ella seguía friccionando mi pene. Continué masturbándola hasta que una sacudida y un "Si..,si..,si..."me indicaron que se había corrido. La abrace. José Enrique seguía acostado. A su lado Marta se recreaba con su sexo, duro, empalmado. Su boca se volcaba en él perdiéndolo en la profundidad de su garganta. Sus manos jugueteaban con sus testículos y sus dedos se deslizaban en la negra hendidura de su ano. Mirella, inclinada sobre un sillón ofrecía su sexo para que Gerardo la penetrara desde detrás apoyando sus manos en sus prodigiosos senos. Todo, absolutamente todo, en un silencio solo roto por la música y el lento ascender del humo de sándalo. Gire a Sonia sobre sus talones y la bese. Su lengua, con infinita lentitud, fue recorriendo mi cuerpo hasta cebarse en mi pene. Lo chupo, lo ensalivó, lo engrandeció. Me abalance sobre ella y caímos al suelo. Busque su vagina. Estaba húmeda, caliente. Abrimos los ojos, nos miramos. Una sonrisa de complicidad iluminó su rostro al ver como, a nuestro alrededor, todos hacían el amor, todos gozaban.
Acercaos, bajad vuestras manos desde la espalda a los talones, sentid vuestro cuerpo, sois un todo uno, unid vuestras carnes, vuestros pechos. Haced que se conozcan, que se entiendan. Unid vuestras energías. Continuad... .
De nuevo la música. Tenía a Sonia entre mis brazos, la besaba, acariciaba su culito. Marta, junto a José Enrique, lamía su sexo dormido. Mirella y Gerardo seguían abrazados. Nadie se movía, solo la música y la luna tenían entidad propia en el salón.
Iniciar el final, recorred todo el cuerpo extrayendo su energía. Las piernas, la cintura, el pecho, el cuello, la cara, los brazos, los dedos. Separaos, las manos juntas, respirad profundamente, concentraos, mantened los ojos cerrados. Continuad... .
Lentamente fuimos vistiéndonos. El revoltijo de prendas termino correctamente dispuesto sobre las parejas. Las tres manteníamos las manos unidas.
La sesión ha terminado, abrid los ojos, encended una luz suave. Estáis muy relajados, felices, todo ha sido un sueño del mas allá, un vivir en el reino de la mente, del cuerpo, del tacto, del espíritu. Descansad.
"Una copa" dijo alguien."Ha estado muy bien” apuntilló José Enrique."Habrá que repetirlo","Quien trajo el cassette" pregunto tímidamente Marta. "Yo quiero una copia" pidió Mirella. La relajación era total. Los cuerpos se desmadejaban por el salón y el sueño empezaba hacer mella en nuestras mentes. "Hay que irse" dijo Gerardo, y en un abrir y cerrar de ojos los cuatro desaparecieron
Sonia y yo nos abrazamos, nos besamos como locos. Fuimos a la cama. Queríamos poseernos, penetrarnos introducirnos el uno en el otro. Nuestro grado de excitación era máximo. La sesión nos había sensibilizado la mente y nuestros cuerpos eran volcanes de lujuria. Estaba sobre ella. Mi pene se perdía en su vagina y mis dedos acariciaban su boca, sus pechos, su clítoris. "Te he masturbado en público" susurraba, "He tenido tu pene en mi boca, he introducido mis dedos en tu culito. Me has acariciado, has chupado mis pechos, he sentido tus dedos en mi clítoris, me he mojado, he gozado y, todo ello, ante mis amigos". "Yo te he masturbado", le decía, "He sentido tus orgasmos, he pasado mi lengua por tu sexo, he besado tu boca, te he acariciado. Tú has jugado con mi pene, lo has endurecido,...".Los dos hablábamos de nuestras experiencias mientras el semen volvía a agolparse en mí y su vagina se inundaba de flujo. Nuestro orgasmo fue violentísimo. La cama se movió durante mucho tiempo y al final ambos caímos rendidos, juntos, abrazados.
Creo que esa noche no soñamos. La sesión de relajación había dejado nuestros cuerpos deshechos y felices. Habíamos participado en un juego de salón para mayores con palabras de niños, un juego que todos recordaríamos siempre y que jamás contaríamos a nadie.



martes, 26 de julio de 2011

UN BAÑO NOCTURNO

Por muy observador que se sea, por mucho que se crean conocer las reacciones de quienes nos rodean, siempre vivimos inmersos en un mundo de sorpresas, en un planeta móvil y cambiante que presenta, ante nuestros ojos, un universo en constate evolución. Los lugares se transforman con el paso de los días, las situaciones varían en segundos, condicionadas por el tiempo, el lugar o el clima y las personas, oh¡ las personas, estas no solo cambian sino que son impredecibles, mutantes, imposibles de entender.
Cuando vi por primera vez a Mariquita me pareció una mujer, mejor dicho, una jovencita callada, recatada en exceso, poco maliciosa, inserta en una problemática, para ella difícil y para mi desconocida. Hablaba con moderación, bebía pausadamente, sonreía con un rictus impersonal y lejano. Era un ser que no quería reflejar su interior, alguien que sabía mucho mas de mi que yo de ella. Era la amiga predilecta de Sonia, su confidente, su compañera de estudios. Fue un encuentro corto. “Nos veremos en La Fortuna " dijo al despedirse. Creo que en su fuero interno estaba convencida de que no iríamos, que tendríamos tanto que hacer que nos olvidaríamos del cantón de San Carlos y que su ofrecimiento se pospondría hasta mi próximo viaje, sin que por ello se enfriara su amistad o se resintiera su orgullo.
Se confundió. Pese a una leve oposición por mi parte, que recordaba La Fortuna como un lugar de paso en el que había que hacer extrañas maniobras para entrar y para salir, que casi siempre estaba cubierto de nieblas y que se extendía a escasos kilómetros del volcán Arenal, el 27 de Diciembre salimos hacía allí con la ilusión de pasar parte de la semana que va desde Navidad a Fin de Año. Siguiendo sus consejos alteramos el trayecto Naranjo-San Carlos-La Fortuna, por otro, en su opinión mas rápido y de mejor carretera, que discurría por San Ramón-Tigre y Piedras Blancas. Hasta San Ramón circulamos por la Panamericana, contemplando el verdor y la uniformidad de los extensos cafetales de la provincia de Grecia y los incipientes penachos floridos de las plantaciones de caña. Desde allí la carretera perdió anchura y de adentro en las estribaciones mas boscosas de la Meseta Central. Viajábamos sin prisa.
Como por encanto, una nube de algodón surgió de la profundidad del valle y el recorrido se convirtió en un viaje fantasmagórico. Había que sortear baches, adivinar el sentido de las curvas y evitar posibles colisiones, no ya con otros vehículos, apenas existentes, sino contra grupos de vacas que, sin previo aviso, surgían y desaparecían entre la niebla en busca de mejores pastos. Sonia redujo la velocidad y se dedicó circunvalar, a ritmo lento, los eventuales obstáculos que el azar pudiera interponer en nuestro camino.
En silencio disfrutábamos con aquel paisaje de bosque encantado, con la visión fugaz de los lugareños asentados en las márgenes de la carretera, con la lluvia suave que empañaba los cristales. Sonia movía el volante con una mano y con la otra me acariciaba la rodilla. Pese a la inclemencia climática exterior, vestíamos como para ir a la playa. Yo, con pantalón corto y camisa, ella con un suéter rojo de tirantes, que dejaba entrever parte de sus pechos, resaltando, de paso, sus pezones endurecidos por el frío y una lycra azul que se ceñía a sus muslos y a su culito, como un guante. Sabía que por debajo no llevaba nada y eso, como siempre, me excitaba. Su mano ascendió por mi pierna y sus dedos se perdieron bajo el pantalón atrapando mi sexo dormido. Lentamente fue creciendo hasta rebasar los límites del tejido que lo cubría. Sonia conducía y acariciaba mi pene, mis testículos. Sentí en ellos sus uñas, la presión de su palma. Íbamos muy despacio. Solté su cinturón de seguridad y hundí mi mano bajo su lycra. Su sexo rebosaba humedad. Ambos nos estábamos masturbando envueltos en una intimidad blanca, brumosa, excitante. Jugueteé con su clítoris, introduje mis dedos en su vagina, la oí susurrar, gritar de placer. Abandono, momentáneamente, mi sexo y se levanto el suéter hasta el cuello dejando libres sus pechos para mi deleite y para el de quienes cruzasen a nuestro lado y tuvieran la suerte de dirigir su mirada hacia el coche. Ella se acariciaba las tetas y yo le friccionaba el sexo. Grito al sentir una serie de orgasmos continuados y al contemplar, con placer, que algunos de quienes se cruzaban con nosotros, se extasiaban ante la contemplación de sus pechos desnudos. Luego se centró en mí y humedeciendo mi pene con parte de sus jugos vaginales hizo que de él surgiera un chorro de semen que restregó sobre mis piernas. Olíamos a sexo, a lujuria. Nos tranquilizamos y continuamos entre brumas, bajo una llovizna fina e insistente, hacia La Fortuna, lugar último de nuestro recorrido
“Deberíamos lavarnos ", dijo, "Olemos mucho”. No lo hicimos y así llegamos a casa de Mariquita. No nos esperaba y alguien de su familia fue a buscarla. Daba la impresión de no saber que hacer con nosotros. "¿Queréis ir al lago?, ¿A montar a caballo?, ¿A bañaros a las termas?”.Eran ideas sin concretar, opiniones dadas para que fuéramos nosotros quienes eligiéramos. " Hay mucho tiempo " dijo Sonia," Iremos a todos los sitios”.
Cruzamos el lago, bajo una pertinaz lluvia tropical, en dos lentos pedalones, recorrimos a caballo un bosque primario, fuimos por caminos de montaña, observamos el cielo gris tapizado por los árboles, hicimos fotos, nos mojamos, nos ensuciamos de barro. Al final uno de los caballos se negó a seguir y Mariquita terminó la excursión medio andando y medio a la grupa del caballo de Sonia.
Estaba oscureciendo. Mariquita propuso ir a las termas de Tabacón. La primera, la mejor y la más espaciosa, estaba abarrotada de gente. " Vámonos, dije, aquí no hay quien se quede."." No, respondió nuestra anfitriona, al lado hay otra mas rústica y menos concurrida.". En aquellos momentos la noche había caído por completo y la lluvia no era el típico "pelo de gato" costarricense sino un violento aguacero. Descendimos hacia un rellano del río y en un barracón cochambroso, húmedo y resbaladizo nos cambiamos de ropa.
El ambiente tenía una connotación extraña. Notaba la lluvia sobre mi espalda , el frío de la noche, los vapores del agua termal, el tapiz verde y brillante del césped, el brillo opaco de los focos de iluminación.. Dejamos la ropa a la intemperie y nos introducimos en el agua. Sentí el calor del termalismo y en el me guarecí. La enorme pradera de la margen derecha reflejaba el parpadeo lejano de los reflectores. Sobre el agua, quieta y humeante, se veían o imaginaban cabezas de bañistas que, como nosotros, se deleitaban con el baño cálido proveniente de las entrañas de la tierra. Grupos de personas se distribuían inmóviles sobre una extensión de unos 20 metros cuadrados siendo imposible distinguir el color, la forma y la naturaleza de los mismos. Sonia y Mariquita hablaban, yo contemplaba ensimismado la escena: el río humeante, el deambular borroso de la gente sobre el césped, cabezas humanas, como piedras móviles, emergiendo del agua, el chapoteó constante de una cascada, la lluvia atravesada por la luz de los reflectores.

“Acércate, dijo Sonia." y arrastrando mi cuerpo sobre el fondo me reuní con ellas. Vi sus caras sudorosas, su pelo mojado sobre el rostro, sus ojos brillantes, pequeñas gotas de agua deslizándose por los pómulos, cayendo por la nariz. "Esto es buenísimo para la piel, dijo Mariquita, y además dicen que excita la libido." .No estaba de acuerdo. En mi opinión no era el agua caliente la causa de la excitación, era la noche, el frescor del campo, las luces lejanas y perdidas, la sensación viva de soledad compartida. Eran hechos aislados que amalgamados ayudaban a la desinhibición, creando a la vez un ambiente único para la confidencias, para lo prohibido. Nos desplazamos a la zona de la cascada y allí, al arrullo del agua, volvimos hablar del aislamiento, del hecho de estar solos y rodeados de gente. Podríamos hacer lo que quisiéramos sin que nadie se enojara, enfadara o nos criticara. Por delante una pareja se fundía en un interminable abrazo, a nuestra espalda un par de homosexuales aprovechaban el calor y la quietud de la noche para el desahogo de sus instintos. Por una de esas conexiones astrales que unen las mentes, en aquel momento todos pensamos en lo mismo: desnudarnos. Fue Sonia quien en un desesperado intento de alcanzarlo empezó hablar de las playas nudistas españolas, del goce de sentir el sol sobre la piel, de andar desnudos entre la gente. Tuve la intención de despojarme de mi bañador y vi, en los ojos de Sonia y Mariquita, el mismo deseo, pero, por alguna extraña razón, nadie lo hizo. Nos mantuvimos aun un rato en el agua, hablamos del placer, del deseo de lo prohibido, pero el momento mágico de vivir un desnudo compartido en las aguas termales de Tabacón, había pasado.
Salimos. Íbamos calientes y la lluvia arreciaba sobre nuestras cabezas. Sonia, indiferente hacia los grupos que nos rodeaban, dijo: "Cambiémonos aquí, es mas rápido.". Fue ella la primera que se despojó de la parte superior del bañador, la primera que dejo al aire sus pechos, la que mientras se secaba, comentaba en inglés, con un turista, la agradable temperatura del agua. Yo quería ver la reacción de Mariquita. Pensé que su pudor, su aparente apocamiento, le impediría desnudarse. No fue así. Con una torpe rapidez de movimientos se bajo el bañador. Sus pechitos, sus pezones contraídos por el frío, quedaron ante mis ojos. Fue una visión fugaz, casi soñada. Me quite el mío y, en apenas segundos, me vestí. Sonia totalmente desnuda intentaba enfundarse en la lycra. Sus negros pezones bailaban, sin pudor, ante la atenta mirada de un curioso lejano.
Mariquita, mas recatada, dudaba si quitarse, o no, del todo. Al final lo hizo y una mata de pelo púbico surgió, negro y potente, entre sus piernas. Con la incapacidad que produce la necesidad de cubrirse y vestirse a la vez, hizo mil operaciones encaminadas a evitar la mirada del curioso, mostrándome a mi, en contra, todo el esplendor de su cuerpo.
Vestidos, mojados y nerviosos salimos de las termas hacia La Fortuna. De nuevo la charla oculto el conjunto de sentimientos que nos embargaban. Sonia y yo llegamos a nuestra cabaña y sin pasar por la ducha caímos abrazados en la cama. Fue un acto de amor violento, deseado, querido. Nos duchamos y, como tantas otras veces y en otros tantos lugares, nos pusimos dos copas. Estábamos solos, desnudos, tranquilos, felices.
Allí empecé a saber más de Mariquita, de sus luchas familiares, de sus crisis, de sus estudios. Supe de su amistad con Sonia, de su mutua ayuda y comprensión. Supe de su ofrecimiento a llevar una de nuestras fotos de desnudos para que la imprimieran en unas camisetas. Supe que conocía la existencia del albun con nuestros más eróticos recuerdos, de la serie de escritos sobre nuestras fantasías. Tuve la impresión de que pronto vería las fotos y leería los relatos.
Fue curioso, cuando la vi por primera vez pensé que reaccionaria de forma diferente y ahora estaba convencido de lo contrario. Si Sonia, en un momento dado de la noche, hubiera propuesto el bañarnos desnudos, ella habría dicho que si. Que si algún día le quería enseñar las fotos o los cuentos, ella estaría encantada con verlas y leerlos y que si, con los meses, le proponía ir a una playa nudista, no mostraría ninguna extrañeza. Fue algo que aquella noche intuí y de lo que ahora tengo la más absoluta certeza.
Salimos a cenar. Nos esperaba con su primo y una amiga de este, en uno de los múltiples restaurantes de La Fortuna. Adriana era su antítesis. Grande, habladora, con enormes pechos. Nos contó su vida, su trabajo, sus ilusiones. Se reía, bebía, comía. Me desconcentré. Eran opuestas. La locuacidad de una se contraponía al silencio de la otra. Lo aparentemente frívolo y mundano de Adriana chocaba frontalmente con el recato y el pudor de Mariquita; sin embargo en mi aun flotaba su figura descompuesta intentando taparse el culito mientras dejaba al descubierto sus pechos, aun recordaba sus ideas sobre la sexualidad y sobre todo el brillo de sus ojos cuando Sonia hablaba de las playas nudistas. Fue, como dije, un momento perdido. Aquel baño nocturno había traído a nuestras mentes la idea de lo prohibido, el deseo de desnudarnos sabiéndonos rodeados de gente aun teniendo la certeza de que nadie, ni nosotros mismos, vería nuestros cuerpos. Los tres, Mariquita, Sonia y yo, tuvimos el mismo deseo, y los tres lo reprimimos.
Tal vez nunca vuelva a surgir una noche mágica como aquella en la que se conjugaron la lluvia, el vapor, la luz y la escasez de gente; tal vez nunca volvamos a vivir un momento similar, pero si lo viviéramos, si otra vez nos recreásemos en un baño nocturno como el de aquel día, los tres nos despojaríamos de nuestros bañadores y gozaríamos desnudos del calor de las agua. Mas aun, tras haber leído estas impresiones transcritas, casi literalmente, de lo que entonces decían nuestras mentes y que, por desgracia, nuestros cuerpos fueron incapaces de realizar.

viernes, 15 de julio de 2011

MARENCO: EL ERROR DE UNA ELECCION

El turismo es mi debilidad, mejor dicho, nuestra debilidad. A lo largo de los últimos años hemos recorrido el País en busca de sol, lujo, calor, mar o montaña; hemos descubierto parajes insólitos, playas inhabitadas o bosques primarios apenas si transitados por los propios lugareños; hemos vivido en albergues, cabinas u hoteles, pero siempre, o casi siempre, hemos compaginado lo placentero con lo erótico, lo normal con lo provocativo, lo abúlico con la excitación que produce el intentar forzar las normas de esta sociedad decadente y permisiva.
Sonia es una mujer maravillosa. Con el paso de los años nuestras mentes han sincronizado de tal forma que aún sin hablarnos nos compenetramos. Ella sabe lo que me gusta y sin decirlo lo realiza, lo fuerza. A ambos nos agrada lo mismo, sin embargo, es ella, quien pone los ingredientes necesarios para conseguirlo. Nuestros viajes turísticos son, en consecuencia, una mezcla irracional de belleza, erotismo, lujo, provocación, incitación y lujuria, un coctel explosivo que pocas veces falla. En ello influye una adecuada planificación, un estar al día de la evolución hotelera y un estudio detallado de lo que cada lugar puede dar de si. Hay veces, no obstante, que este encaje de bolillos, este castillo de naipes, se desmorona y lo que, en un principio, consideramos excelente, luego le realidad lo convierte el algo vulgar e inadecuado a nuestros gustos.
Marenco era, en opinión de quienes lo conocían, un lugar privilegiado de la naturaleza. Construido sobre el borde Norte del Parque Nacional de Corcovado, volcado hacia el Pacífico e inserto en el extremo de un bosque primario, presentaba todos los ingredientes para poder pasar en él un largo y agradable fin de semana. Sonia solicito la reserva con meses de antelación, preparo el viaje con esmero y ambos imaginamos lo que haríamos en aquel paraje alejado de la civilización, al que solo podía accederse por barca.
La cabina asignada debió ser magnífica en su inauguración, pero tras 10 años de uso, abuso y escaso mantenimiento, tenía ahora un aire destartalado, de total abandono; solo la paradisíaca visión del bosque y el mar, a través de la malla metálica que hacía las veces de cristal, daba al recinto un cierto sabor tropical. Dos camas matrimoniales, una mesa y un servicio sanitario, indigno de un hotel de tal categoría, completaban un cuadro surrealista en el que chocaba la belleza de lo exterior con la pobreza y el mal gusto del interior. Si el viaje, por una carretera descarnada y con múltiples deslizamientos, había sido horroroso, la visión de la cabina no aporto nada a mejorar nuestro estado de ánimo. Hacía calor, sudábamos, estábamos sucios y cansados
La ducha, en otros tiempos cargada de tipismo, consistía en un tubo metálico del que surgía un potente chorro de agua incontrolado. Nos desnudamos, bajo la atenta mirada del paisaje agreste que nos rodeaba, deshicimos la bolsa de viaje y Sonia se metió en el baño. Oí el golpeteo del agua, escuche sus peticiones y sugerencias, la vi aparecer, como siempre, con la toalla arrollada a modo de turbante sobre la cabeza, y así desnudita salio al porche a sentir sobre su piel el aire caliente de la tarde, sabiendo que nadie osaría profanar su intimidad. Entre en la ducha mientras ella seguía recibiendo las caricias del sol, ordenaba la ropa, lucia al mundo su belleza morena. Al yo salir y ella sustituirme para terminar su aseo, me encontré, de repente, con la mirada atenta de dos jovencitos que, desde la puerta, contemplaban absortos todo cuanto allí ocurría. "Quieren algo, dijeron ante mi sorpresa.", "Nada, gracias" respondí, procurando que la toalla anudada a mi cintura no cayera violentamente. "Pueden retirarse". No sabía cuanto tiempo llevaban allí pero estaba seguro que nos habían visto desnudos y que se habían excitado mucho más viéndola a ella que a mí.
Frescos y nerviosos por la inesperada aparición, caímos en la cama. La luz entraba a raudales y nuestros cuerpos se entremezclaron con fuerza. ¡Cuanto tiempo sin hacer el amor, sin gozar de nuestros sentidos! Fue una ceremonia larga, a veces apacible, a veces agresiva. Mis manos buscaban sus pechos, su sexo, su clítoris, su culito. Mis dedos se perdían en su boca, en su vagina. Sus labios se fundían con mi pene. Nos acoplábamos y desacoplábamos contemplados por un cielo azul, por una vegetación exuberante. Nos sentíamos libres, contentos. Por momentos creí ver la sombra de quienes momentos antes vigilaban nuestra puerta. Los imagine contemplar, ahora, como gozábamos, como llevábamos hasta el límite el placer sexual. Explote en su interior y caí rendido a su lado. Siguió su boca en mi sexo queriéndolo reavivar, absorbiendo de él las últimas gotas de semen. Volví a acariciarla. Busque su mano y, junto a la mía, se hundieron en su vagina. Ambas acariciaban, se juntaban, penetraban. Ambas querían conseguir, de nuevo, que su cuerpo vibrara, se inundara. Quedamos rendidos en la cama cuando el sol iniciaba su descenso sobre el horizonte, cuando el cielo cambiaba su tonalidad azul por la rojiza del atardecer.
Fue el momento hermoso preámbulo de una desilusión. En el bar no había hielo, ni tónicas, ni limones ni nada. La cena se servia, obligatoriamente, a las seis y había que alquilar linternas para circular por el recinto hotelero, pues la corriente producida por un generador portátil, se cortaba a las 8, por último las excursiones del próximo día se habían planificado para un grupo de turistas cuyo único deseo era el de no andar, justo lo contrario que nosotros, que anhelábamos hacer un recorrido de 20 kilómetros hasta llegar a Playa Llorona, en pleno corazón de la Península de Osa. Tras discutir con el gerente, explicándole las condiciones del paquete turístico adquirido en San José, negarnos a abonar el impuesto por el uso de las linternas y comer un desabrido plato de arroz con carne, conseguimos que nos adjudicaran un guía
A la luz de una vela, sin hielo, sin limón y medio desnudos nos sentamos en el porche a disfrutar de la quietud de la noche, del ambiente, de nuestro amor. La luna iluminaba el cielo recortando las copas de los árboles y cientos de luciérnagas aparecían y desaparecían intermitentemente. La poca ropa que nos cubría cayo a nuestros pies, sentimos el frescor de la noche, el gusto de lo imprevisto. Oímos el murmullo de las aves, el ruido agudo del bosque animado. Una grata excitación nos envolvió. De nuevo el placer cambiaba los malos presagios anteriores por la incierta aventura del futuro. La cama nos tomo de nuevo y sobre ella nuestros cuerpos volvieron a poseerse. Ninguna entrada era prohibida, ningún deseo insatisfecho. Nos amamos sobre el lecho, de pie en el porche ofreciéndole a la luna nuestros gritos de placer, nuestros sexos vibrantes. Al amparo de ella nos dormimos empapados de semen, de sudor, de deseo.

Consuelo, la guía asignada, tenía 25 años y había ascendido de pinche de cocina a "mesera", para pasar, por último, tras un año de estudios en San José, a guía ecológica. Morena, alta, de pelo negro rizado, sin apenas pecho, era la encargada de los itinerarios largos, y aunque, según nos dijo, hacía más de 40 días que no transitaba por aquella ruta interior no tendría ningún problema en orientarse, en especial en la última parte del camino cubierta por un deslizamiento reciente. Discreta, silenciosa y rápida, no tenía otra preocupación que la posible aparición de manadas de cerdos salvajes que, en su huida descontrolada, pudieran arrollarnos. En mi fuero interno estaba convencido de que no encontraríamos ni cerdos ni dantas ni serpientes ni nada.
Los primeros kilómetros discurrieron por el litoral marino, alternándose suelos de arena y roca en proporciones similares. Luego el camino entro zona de quebradas con constantes subidas y bajadas, ríos de montaña y alternancia de bosques primarios y secundarios. La excursión era preciosa. El cielo azul se filtraba entre las copas de las enormes secuoyas y cientos de plantas arborescentes mostraban gigantescas raíces colgantes. El suelo, típico de la alteración meteórica, lo formaban arcillas rojas muy plásticas y resbaladizas. El calor, en cuanto debíamos afrontar tramos de subida, hacia que nuestras frentes se perlaran de sudor y nuestras camisetas se empaparan por completo. Me caí varias veces, mis manos se llenaros de sangre y espinas y mis pantalones, al igual que mis zapatillas, tomaron el color rojizo del terreno. Dos horas y media después de transitar entre árboles y ríos, de descender, a pelo, sobre el talud suelto del deslizamiento, llegamos a Playa Llorona, una extensión de 17 Km. de arena blanca sobre la que morían infinidad de olas. En su extremo septentrional negras formaciones de rocas volcánicas conformaban una pequeña calita que, a través de un arco natural, daba paso a la gran playa de Corcovado. Por indicación de Consuelo fuimos hacia ella, a disfrutar de una gran caída de agua que, desde la parte alta de la montaña, se precipitaba sobre la playa. Era el punto último de la excursión. Debido a nuestro ritmo de marcha habíamos hecho el trayecto total en la mitad del tiempo normalmente utilizado y teníamos, en consecuencia, toda la mañana para disfrutarla. Dejamos las mochilas a la sombra y nos dirigimos a la cascada
** “Sonia se despojo de la camisa y del pantalón y entro bajo el chorro cristalino. Vi como el agua envolvía su cuerpo, como alzaba los brazos intentando contener su fuerza de caída, como abría y cerraba las manos, como, con total desinhibición, se desprendía de la parte superior de su bañador para que el agua enfriara sus pechos, endureciera sus pezones. Vi como, con igual desparpajo, se despojaba por completo del mismo ofreciendo su cuerpo desnudo al envite del agua. "No te preocupes Consuelo, dijo dirigiéndose a la guía, somos nudistas y no nos importa bañarnos así, ni que nos vean."Consuelo, empapada de sudor, contemplaba incrédula la escena dejando traslucir un rictus de envidia en su mirada. Yo la observaba queriendo adivinar si se desnudaría o no, si, al igual que Sonia, ofrecería su cuerpo desnudo a la cascada. Sonia seguía bajo el agua, espléndida, excitante. "Vamos José Luis, ven". No lo dude. Me desprendí del bañador y entre bajo el chorro. Sentí el agua dulce en mi piel, en mi boca, en mis manos. La note descender por mi pecho, mis piernas, mi sexo. Vi a Consuelo indecisa mirándonos. Supe que seria incapaz de desnudarse, de refrescarse, de eliminar de si el polvo y el sudor del camino. Nos daba lo mismo. Éramos felices. Salimos de la cascada y fuimos hacia el mar. El agua salada del Pacífico nos acogió. Sentí sus pezones en mi pecho, acaricie, bajo el agua, su culito, excite su clítoris, hundí mis dedos en su vagina, note la presión de su mano en mi pene y así continuamos hasta que uno y otro alcanzamos el orgasmo.
Al salir Consuelo había preparado el almuerzo y una vez secos y vestidos la acompañamos a comer. En sus pupilas aun bailaban nuestros cuerpos y en su mente la duda de no haber hecho ella lo mismo.” **
Si todo hubiera sucedido así habría sido magnifico, pero Marenco estaba maldito y el baño en la playa fue simplemente eso, un baño rápido y recatado, sin desnudos, ni provocaciones, ni sexo. Regresamos, pese a todo, contentos y salvo los últimos kilómetros, hechos sobre la rasa litoral inundada por la marea alta, la excursión pudo considerarse como aceptable. Sonia y yo hubiéramos deseado que fuera como la pensamos, como la soñamos, pero no fue posible.
El robo de nuestros billeteros puso la guinda amarga a la jornada. Se creo una situación difícil que nos enfrento al personal del hotel y a los anónimos ladrones acostumbrados a delinquir y a no ser denunciados. El mal trago lo mitigamos con otra noche de placer, de copas nocturnas, ahora ya con hielo, y con la ofrenda repetida de nuestros cuerpos a los dioses de la noche a quienes obsequiamos con nuestro amor sobre el suelo de la terraza, sintiendo en la piel la brisa nocturna y viendo, a nuestro alrededor, el bullir humano de las cabinas del entorno.
Un mal desayuno y el retraso en la salida de la lancha, nos permitió recorrer las calitas arenosas que circundaban la zona de embarque. Estábamos solos y nuestros deseos se hicieron entonces realidad. Paseamos desnudos por la playa, nos fotografiamos, gozamos de nuestros cuerpos, fuimos felices.
"No queremos mas "ticos" en Marenco", dijo el encargado de la cocina, al despedirnos. Efectivamente, haríamos lo posible por que nadie volviera allí. Sin duda el Parque Nacional de Corcovado, tenía un encanto especial, pero aquel hotel, bueno o muy bueno en su tiempo, había sido una completa desilusión, un lunar en nuestro turismo erótico-ecológico, algo a olvidar, o mas bien, algo a superar. Salimos para no volver, pero nos quedo la impronta del regreso, la idea de gozar, algún día, de lo que no pudimos gozar: desayunar gallo pinto con huevos, tomar gin-tónica fríos con limón, bañarnos desnudos en compañía de Consuelo, amarnos a la luz de la luna. Marenco había sido un error, un error elegido con premeditación, un error costoso, un error que debería, a la larga, dar pie a un viaje maravilloso, uno más de los muchos que habíamos hecho y de los muchos que aun nos quedaban por hacer.

domingo, 10 de julio de 2011

PASION TRAS LOS CRISTALES

Es una visión maravillosa, sus cuerpos son un cántico a la sensualidad, al placer, a la vida. A mi derecha, en la cama que hasta hace unos segundos compartíamos, Sonia aparece tumbada boca arriba mostrando sus pechitos menudos, coronados por enormes pezones negros, su piel oscura, su pelo púvico resguardando un sexo caliente y húmedo, sus pies pequeños y cuadrados, su cara risueña. Adriana y Mariquita, en la cama contigua, duermen, como Sonia, desnudas. Adriana, apoyándose sobre su flanco izquierdo, es la expresión de la abundancia de la carne. Pechos exuberantes, caderas anchas, piernas largas, piel aceitunada, brillante. Mariquita, a su lado, muestra una espalda lisa, un culito redondo y respingón, una cintura estrecha y entre sus piernas asoma la vitalidad de su sexo, mas claro, mas en consonancia con su piel rosada. Las contemplo extasiado: dormidas, abandonadas, felices tras una noche de pasión, de amor, de lujuria.
Realmente aquello de " la planificación esta hecha para no cumplirse " podría aplicarse perfectamente a nuestro caso. Hacía apenas 24 horas que salíamos de La Fortuna con la idea de pasar unos días a la orilla del mar y ahora, por una serie de imponderables del destino, volvíamos a ella. La única razón fue la buena voluntad de Mariquita que consiguió, en uno de sus negocios familiares, alojamiento para tres días.
El complejo turístico del Guacamayo lo constituían 8 cabinas adosadas situadas en la parte posterior de la residencia familiar. Si por dentro podían considerarse como aceptables, la vista hacia el exterior moría, a pocos metros, contra una pared blanca e irregular, dando, al pequeño pasillo de acceso, la apariencia de un callejón barriobajero. Un baño amplio, una pequeña nevera, una cama matrimonial, una cómoda con espejo y una mesita, componían un conjunto coquetón y pueblerino. Claramente el interior era mucho mejor que el exterior. Si a esto uníamos la adversa climatología reinante y el cansancio acumulado, no fue extraño que la primera noche la pasáramos enclaustrados, oyendo el constante repiqueteo de la lluvia y los gritos esporádicos de la familia que ocupaba la cabaña contigua.
Como finalizó la noche continúo la mañana. Una lluvia insistente y un calor seco, impropio de la estación, mantenían nuestros cuerpos húmedos y sudorosos. Deje a Sonia mi sitio en la ducha, me puse un pantaloncillo guatemalteco y me acomode en la mesa pensando que podríamos hacer a lo largo del día.
.- Hola, como estáis, como habéis dormido.
Adriana, prima de Mariquita y encargada del mantenimiento de las cabinas, apareció, como un ciclón, por la puerta. La cerró y se sentó conmigo.
.- Tienes un cigarrillo, dijo, no te molesta que lo fume aquí, mi tío me tiene prohibido fumar.
Si, había cigarrillos y no me importaba que se sentara conmigo. La habíamos conocido anteriormente y era lo que podía considerarse como una hembra espectacular. Muy morena, de ojos negros, alta, con poca cintura, y con unos pechos grandes y redondos. Fumaba despacio, paladeando cada chupada, alargando el humo en sus pulmones. Sentada a mi vera dejaba entrever sus senos cubiertos por un sujetador y una camiseta incapaces, entre ambos, de abarcarlos perfectamente. Mientras hablaba a gritos con Sonia, yo me concentraba en ellos. Los imaginaba libres, sólidos, coronados por pezones duros como el acero. Estaba tan abstraído que apenas si me fije cuando ella salió de la ducha. Como siempre que venia de allí iba completamente desnuda con una toalla, a modo de turbante, anudada en la cabeza. No tiene pudor y por lo que vi, Adriana tampoco. Siguió fumando y hablando mientras ella terminaba de secarse, se extendía crema hidratante por el cuerpo, se colocaba las braguitas y un mini-short, se coloreaba los ojos y los labios y por ultimo, olvidándose del sujetador, se enfundaba en una camiseta de tirantes. Adriana la miraba captando cada movimiento, cada oscilación de su cuerpo.
.- Puedo fumar otro, dijo, llevándose un nuevo cigarrillo a la boca.
Sus ojos brillaban ligeramente y las palabras se le amontonaban en los labios.: Que os divirtáis.", "Ir a desayunar al Café Central", "Procurad ved la cascada, y la corrida de lava y..., por la noche nos reuniremos aquí con Mariquita para tomar un trago, Chao."
Hicimos casi todo lo que nos indicó y, salvo la desagradable participación de la lluvia, el día transcurrió de forma excelente. A las seis, con una puntualidad germana, acarreando una caja de cervezas, una botella de guaro y dos bandejas de "boquitas" se presentaron acompañadas de su primo y una amiga común embarazada. Pese a la lluvia en la cabina reinaba un calor húmedo que provocaba una constante transpiración y la necesidad ineludible de beber.
El turismo, el mal estado de las carreteras, el descontrol en los precios de los servicios..., fueron temas analizados, discutidos y abandonados. De lo general se paso a lo particular: los políticos, los amigos comunes, los conocidos, pasaron a ser objeto de críticas o alabanzas. De ahí se recalo en lo íntimo, en lo más querido de cada uno. Se hablo de la educación en las zonas rurales, de la influencia de la religión, de la separación de sexos, del poder omnímodo del padre, de la libertad mal concebida, del amor, del cariño, de los éxitos, de las frustraciones, de las fantasías, de....
Sonia, Mariquita y Adriana llevaban la voz cantante. La amiga embarazada callaba, sin duda alguna de los temas esbozados habían sido la causa de su embarazo no querido, pero apoyado, al final, por todos. Ronald empezaba a sentir los efectos de las muchas cervezas y cabeceaba en un rincón. Yo hacía las veces de abogado del diablo.
Se atacó el tema de la sexualidad. Lo sensual, lo humano, lo soñado, los tabúes del sexo. Todo se rompió. Era una noche de brujas. El miedo a expresar lo que cada uno sentía se evaporo. Adriana defendía su lesbianismo activo. Ahora me daba cuenta del contraste entre la belleza morena de su cara y la masculinidad de su cuerpo. Mariquita, por razones religiosas, se oponía al mismo, pero reconocía que su instinto le llevaba al placer compartido, por amor, con personas de su mismo sexo. Le gustaba el cariño, la caricia suave, la amistad, la comprensión, el dialogo. No temía a los hombres pero se encontraba mejor con las mujeres. Sonia no entendía la homosexualidad y yo procuraba dar opiniones ambiguas, justificando ciertas tendencias por el contexto moral o religioso. Ni los indios de la Polinesia, ni los árabes, ni los chinos, tenían los mismos principios sexuales, ni los mismos tabúes, ni las mismas creencias y sin embargo, todos gozaban de una erótica sexual excelente.
El calor, el continuo golpeteo del agua y el alcohol ingerido, iban dando a la reunión un clímax más tierno, más íntimo. El dialogo fue convirtiéndose en monologo, cada cual defendió sus tesis, no había controversia, era una constante exposición de hechos. Un trueno, un fortísimo trueno vino a romper el encanto del momento. “El volcán, chilló Mariquita, esta noche se le oye muy fuerte, seguro que también esta arrojando lava." Vayamos a verlo, nuestro tío nos dejara utilizar una de sus cabinas para observarlo de cerca" dijo Adriana saliendo en su busca.
Todo se alteró. La embarazada se sentía mal y quería retirarse, Ronald estaba muy "tomado", por eso, cuando Adriana apareció con la llave, solo Sonia, Mariquita y yo, estábamos disponibles.
“El Mirador del Volcán " era el pomposo titulo del complejo hotelero al que nos dirigimos. Estaba en fase de construcción y únicamente tres, del las quince cabinas previstas, estaban terminadas. Situadas sobre la falda del Arenal mostraban la clásica disposición interior de toda construcción turística de bajo costo: un gran recinto con dos camas matrimoniales y un servicio sanitario al fondo; pero a diferencia de otras, el porche de entrada estaba acristalado, facilitando, desde él, la perfecta visión del volcán sin sufrir las inclemencias del tiempo. Sin mediar palabra nos acomodamos en él, Mariquita y Adriana en un balancín, Sonia y yo en un sofá biplaza, dispuestos todos a recrearnos con la actividad volcánica.
Las masas nubosas, que minutos antes cubrían el cielo, empezaron a desaparecer. La luna, en cuarto menguante, puso el toque luminoso y un silencio denso se apodero de nosotros. Lo dicho anteriormente paso a un segundo plano, permanecíamos mudos y absortos esperando ver como se iluminaba el cráter. Un chorro de luz, un ruido ensordecedor y una cascada de puntos brillantes surgieron tras los cristales. Fueron segundos de emoción, de intensa belleza. Luego la calma y la luna volvieron a adueñarse del ambiente. No hablábamos, sentíamos el placer de la noche, de la visión del volcán, de la proximidad humana, del calor. De nuevo rugió y otra vez la luz y el fuego nos iluminaron, luego el silencio, el clímax contenido. Vi como Adriana atraía hacia si a Mariquita, como esta apoyaba la cabeza en su hombro, como sus cuerpos se fundían en un abrazo tierno, prolongado. Me acerque a Sonia, la sentí caliente, febril. El ruido, el fuego, el silencio daban vida a la noche. Tras los cristales la pasión, el deseo y el sexo nos iban inundando. Vi la mano de Adriana perderse bajo la camiseta de Mariquita, como su blusa, que hasta entonces ocultaba, púdicamente, sus pechos, estaba desabrochada, como la mejilla de Mariquita descansaba sobre su potente seno. La noche y la luna empezaron a ser invitados de piedra, observadores anónimos. Adriana y Mariquita vivían el encanto de su sensualidad, Sonia y yo el de nuestra sexualidad. Note su boca en la mía, su mano aprisionando mis testículos. Vi a Mariquita y Adriana besarse, vi los inmensos pechos de Adriana, libres ya de toda vestimenta, prietos contra los de Mariquita, cubiertos aun por el niqui. Vi como Adriana le desembarazo de este y como ambas, semidesnudas, se fundían en un interminable beso. Vi los negros pezones de Sonia, sentí su dureza en mi boca. Mis manos pugnaban por desabrocharle el pantalón para vivir la humedad de su sexo. Oí un ruido a mi espalda y supe que Adriana y Mariquita habían entrado en la habitación. Nos quedamos en el porche amándonos, desnudándonos, viendo el brillo de la luna, el color del volcán.

Sobre la cama Mariquita recibía los cuidados de Adriana. Sus labios la recorrían, su lengua rozaba su piel, sus pechos, le acariciaba el rostro. Inmóvil lo aceptaba todo, lo vivía, lo sentía en su interior. Sonia y yo caímos en la cama. Su boca en mi sexo, mis manos en sus pechos, su sexo sobre el mío, su lengua entre mis dientes. La veía, aprisionaba sus tetitas con mis manos, hundía mi pene en su vagina. A nuestro lado, la cabeza de Adriana se perdía entre las piernas de Mariquita. Su lengua excitaba su clítoris, lo besaba con mimo, con deleite. Lentamente fue retorciéndose hasta que su sexo quedo sobre su cara, esta lo atrajo hacia si y lo engullo como un manjar caliente y sabroso. Ambas formaban un círculo perfecto unido por sus bocas y sus sexos.
Cambie de postura. Puse a Sonia de rodillas y lo penetre desde detrás. La oí gemir, sentí como su mano acariciaba su clítoris. Bese su culito, aspire su humedad, chupe sus jugos. Volví a penetrarla. Adriana y Mariquita se emparejaron. Sus bocas eran una continuación de la otra y sus sexos se atraían como dos ventosas. Me puse sobre Sonia, le acaricie la boca, el pecho, aprecie el vibrar de su orgasmo, las palpitaciones de su vulva, el ritmo de su cintura, oí sus gritos de placer y ambos caímos rendidos. Fuera el volcán seguía escupiendo lava, dentro, cuatro cuerpos enlazados dormían tras una noche de pasión.
El cuadro inicial ha ido transformándose. Contemplo la asimetría de Adriana y Mariquita, ambas boca arriba, ambas ofreciéndome sus cuerpos desnudos. Los pechos pequeños de una contrastan con los voluminosos de la otra, la mata de pelo negro, que Mariquita luce orgullosa entre sus piernas, es la antítesis del triángulo oscuro y ensortijado que cierra los muslos de Adriana. Los pezones claros de la una resaltan con la mancha negra de la aureola de la otra. Sonia duerme boca abajo ofreciéndome su culito, la apertura rosada de su ano, los gruesos labios vaginales. Me inclino y pierdo mi lengua en estas exquisiteces. Noto como se humedece, como abre sus piernas, como levanta el trasero mostrándome la entrada sagrada de su templo. Hundo en él mi lengua, siento como vibra, como despiertan sus instintos. Casi dormida me tumba sobre la cama, ensaliva mi sexo, se monta sobre él, me cabalga. Sus manos se aferran a las mías, sus pechos golpean en mi pecho. Me corro mientras ella observa a nuestras compañeras, mudas y ciegas participes de nuestro placer.
“Es muy tarde, dormilones, tenéis que levantaros." dice Adriana sentada a los pies de la cama, sacudiendo las piernas de Sonia en un vano intento de despejarla. Su mano pugna por acariciarle el muslo, por rozar, instintivamente, aquel culito provocar y complaciente. Voy hacia la ducha, ella sale, correctamente vestida, Mariquita. “Buenos días " murmura perdiendo sus ojos en el infinito. Sonia, bajo la mirada y la caricia de Adriana, se levanta y me acompaña. Nos besamos envueltos en jabón, sentimos nuestros cuerpos limpios, ardientes, cómplices.
Un volcán, una luna en menguante, unas horas de pasión, de fuego, de lujuria, una noche para olvidar o para recordar siempre, todo quedó entre aquellas paredes. En La Fortuna nos aguarda un sólido desayuno a base de "gallo pinto" y huevos, un paseo a caballo y algún que otro coloquio sobre el lesbianismo y las causas que lo condicionan.
¿Quien de los cuatro gozo mas?¿A quien le importó lo que hicimos? Todos guardaríamos para siempre aquella noche de fuego, de entrega total, de pecado. Los cuatro lo habíamos consentido y admitido y los cuatro nos sentíamos embebidos de amor, de carne, de placer.

viernes, 13 de mayo de 2011

EL CUADRO

Después de llamar al timbre, estoy nerviosa. Al mirar a José Luis y ver su expresión tensa y pálida, me doy cuenta de que él también lo está. Mientras veníamos en coche hemos hablado mil veces de ello, pero José Luis no hace más que repetir el mismo punto: lo que nos había convencido para hacer la escena.
.- De todas formas en casa lo hacemos todo el rato. ¿Porqué no conseguir el cuadro, o los cuadros que queramos, haciéndolo aquí?
¿Porqué no? ¿Qué cambiaría?¿No nos sentiríamos raros con alguien mirándonos, filmándonos, siguiéndonos de cerca?Bueno, si, tal vez...,pero estaba el hecho de que, a partir de una foto que él me hizo, llevamos casi dos años intentando tener un cuadro mío de la misma y aun no lo hemos conseguido.
Conozco a Manguita desde hace mucho tiempo, desde que era ingeniero civil y trabajaba conmigo. Luego lo dejó todo y se dedicó a la pintura. Es un artista atípico. Empezó dibujando sobre embalajes de cajas de banano, en la zona de Limón, se especializó, posteriormente, en rostros, por lo general de negros, y ahora, quería hacer una serie de grupos pornográficos, similares a las antiguas esculturas incas.
Cuando le pedí que me hiciera un cuadro de la foto, me dijo que tendría que posar desnuda, con las tetas y el culo al aire. Entonces no me pareció mal. Quería el cuadro y no me preocupaba posar desnuda para él. Ahora, sin embargo, deseaba poses pornográficas, de modo que, rápidamente me puse a su altura, subí el precio. Quería mi cuadro, las fotos que tomase, las cintas de video y algún cuadro de la nueva serie. Dijo que sí y acepté. Me aseguré de que no nos tocaría, aunque este extremo, dada su homosexualidad, estaba fuera de la lógica, sin embargo, era mejor aclararlo.
No es que Manguita tenga mal aspecto. Hemos pasado muchas aventuras juntos. Le he visto desnudo y él me ha visto a mí; en cierta ocasión, a causa del alcohol y de los porros, intentó seducirme. Solo me magreó los pechos, me acaricio el sexo y jugo con mi culito metiéndome el dedo por el ano, pero ahí terminó todo y eso, hace ya muchos años. Es bajo, como yo, tiene el rostro ancho, casi cuadrado, una piel tersa y limpia y unos ojos vivos e incisivos. Se mueve con lentitud y su pelo, muy corto, finaliza con una coletita que le da, unida a su vestimenta blanca, un aspecto muy llamativo.
Existe otra razón para acudir a él. Manguita ha conseguido, para esta sesión, una casa en la zona norte de Escazú. La conozco y es encantadora. Esta aislada y posee un lujurioso jardín de helechos, con un jacuzzi acristalado rodeado por una tupida pradera salpicada de fucsias rosas y calientes.
No sé porqué me ha llamado ahora. El no obtenía ninguna satisfacción física en mis anteriores sesiones, en las que posé desnuda y de las que únicamente hizo unos bocetos esquemáticos y pobres. Esta vez el trato era diferente. Quiere que vayamos José Luis y yo, que hagamos el amor ante él y que pueda filmarnos, fotografiarnos, observarnos. Dice José Luis que al principio se pasaría las noches, con algún amiguito, viendo mis dibujos. Tal vez tenga razón, pero lo dudo. Como buena nativa, medio indígena, tengo, al parecer, un aspecto agradable. Abundante pelo negro, ojos del mismo color, un cuerpo delgado y sin grasa, poco corriente en mujeres de mi edad, pezones enormes y una absoluta falta de pudor.
Pasos, esta a punto de abrirse la puerta y miro a José Luis por última vez mientras aun estamos solos. Parece asustado tiene los labios prietos. Es un hombre mayor, que, con ayuda del deporte aun se mantiene en forma. Pestañas y cejas muy negras y brillantes, pelo fino, plateado. Ah, si, casi me olvido, un culo divino. Solo con pensar en el me excito y se lo hago saber sacando la lengua para chuparme los labios. El abre la boca y deja caer las manos para tocarme el mió justo cuando se abre la puerta.

.-Sonia...entra, entra. José Luis...pasa.
.-Gracias, responde José Luis en tono amistoso.
Rompo a reír con una risa mezcla de nervios y de excitación. José Luis no sabe en lo que se ha metido, pero ya que hemos llegado hasta aquí, pienso divertirme.
.-No he oído más que cosas buenas de ambos, solo secretos eróticos...bromeo burlándome de los dos.
Manguita aparta los ojos de José Luis y me sonríe. Veo que siente una especie de confianza mística hacia mí.
José Luis también sonríe, seguro en su interior de que no le he comentado a Manguita nada de él, lo cual es cierto. Viendo su reacción me pregunto si estará empezando a entender lo que quería decirle en el coche cuando le expliqué que este trabajo era para mí como un espectáculo: un drama improvisado en el que interpretaba cualquier parte del guión que se me pidiera.
Justo ahora necesitábamos a alguien que suavizara la tensión. Manguita interpreta su papel a la perfección.
.-Sonia. ¿Champaña, como siempre?
.-Gracias, cariño, le respondo.
.-Comenzaréis por el baño.¿No?La sala esta preparada. Ya sabes el camino. Yo llevaré las copas. No os molesta que fume un porrito.
.-Como quieras, le digo.
Me llevo a José Luis a la habitación acristalada con el jacuzzi hundido en el suelo de piedra. Manguita debe estar anticipando un día muy especial porque el agua esta salpicada de pétalos de rosa, blancos y amarillos, flotando en la superficie, perfumando el aire. José Luis recupera rápidamente el aplomo y se me acerca tocándome el culo a través del vestido. Doy media vuelta y le rodeo el cuello con los brazos. Nos besamos, yo de puntillas. José Luis hunde su lengua profundamente en mi boca. Esta caliente (no hay lugar para el miedo cuando nos besamos).Deslizo la mano por su camisa hasta los pantalones y meto un dedo por ellos, como un gusano entre la ropa, buscando su piel suave para acariciársela con las uñas.
.- ¿Lo deseas?, murmuro bromeando mientras me aparto.
Pongo los talones en el suelo y le desabrocho el botón de los pantalones.
.- Ssssiii.......gruñe y compruebo que se ha olvidado por completo de Manguita.
Esta bien, al fin y al cabo él solo quiere mirar. Le quito los pantalones mientras él se abre la camisa. Le encanta que le despoje de la ropa, de modo que me empleo a fondo pellizcándole los muslos, acariciando su sexo. Sus piernas son de oro, su piel muy bronceada por las sesiones de sol de la playa.
Alzo la vista decidida hacerle saltar.
.-Quiero tu pi-pi, digo apretándole ligeramente los testículos, presionando con un nudillo entre sus nalgas.
.- Pues cómetelo entonces, responde quitándose los calzoncillos, mostrando un falo en creciente erección. La cabeza tierna y roja, la piel retrocediendo como un telón rosa que subiera.
.- Empieza el espectáculo.
Me echo a reír y me levanto dándole una palmada en el culo mientras le agarro la erección con la otra mano.
.- Todavía no, querido, primero el baño.
José Luis me mira inclinarme para probar el agua con la mano. Se que soy observada. Me remango el vestido para ofrecer una encantadora visión de mis nalgas, de mis piernas. Sin duda Manguita estará gozando con la escena. Mi culito por un lado y José Luis frotándose el falo, haciéndolo crecer hasta el borde del agua.
.- Ya sabes que cuanto mejor lo hagamos Manguita nos dará luego todo lo que le pidamos, digo, así que tomémoslo con calma.
Los dos sonreímos. Se empieza a meter en el agua mientras murmura:
.- Cuando te coja te voy hacer ver las estrellas.
Veo como, bajo el agua, se lleva la mano a la verga. Me encanta que haga y que diga cosas así y él lo sabe. Me dirige una voluptuosa mirada de: Ya te enseñaré a ti luego.
Me quito el vestido por la cabeza y me quedo desnuda, excepto una braguita blanca que José Luis me regaló y que deja al aire por completo mi culito. Me agarró los pechos con las manos y extiendo las uñas alrededor de mis pezones, ya contraídos por el clímax. Siempre me excito cuando me toco las tetas. Me las aprieto para que José Luis sepa lo excitada que estoy. Sonríe. Me quito las braguitas y me meto en el jacuzzi. Manguita llegará pronto y no quiero
impresionarle.
.- ¿Que te parece el ambiente?, y Manguita?, le pregunto. Habíamos estado tan preocupados que hasta ahora hablábamos de ello.
.- Bueno, no esta mal, dice José Luis, aunque advierto una cierta tensión, un embarazo en su voz. Si, se siente violento.
Si fuera José Luis la presa de Manguita sería yo la espectadora. La idea me excita de tal forma que me asombra de no haberla pensado antes. Imagino el falo de José Luis en las manos de Manguita. Un hombre follando a otro hombre. Me imagino, sin decirlo, la delicia de algo totalmente nuevo y... oculto la idea.
.- Piensas que te gustaría ver como Manguita me masturba, dice José Luis como si leyera mi mente.
Oímos muy cercano el ruido de las copas y lo vemos entrar. Cuando se inclina para darme la mía se le abre la bata y veo un pecho sin vello con pequeños pezones de bronce. Se queda junto al cristal mirando hacia el jardín, de espalda a nosotros. Se quita el batín, parece que tenga una mano en el sexo. Los músculos de los glúteos le perfilan la suave hendidura del culo, terso, algo peludo. Pasan los minutos. ¿Se estará masturbando? Me vuelvo hacia José Luis para saber lo que piensa y veo que su mano se mueve bajo el agua trabajando en su verga palpitante. Esta en ello. Magnifico.
Pero cuando Manguita gira, la suya no esta dura en absoluto. Aunque tiene un falo de buen tamaño, no esta erecto. Probablemente estaría meditando el futuro. Se mete en el jacuzzi.
.- Me alegro mucho de que hayáis podido venir, dice, hace un día maravilloso. Se vuelve hacia José Luis: Confío que todo esto no os molestará. Sonia me dijo que podía contar con vosotros y bueno..., si después queréis algún otro cuadro, aparte del de ella, elegid el que mas os guste. Además, formáis una pareja muy fotogénica, o sea, la sesión de hoy será un éxito total.
Es una cuestión de negocios. Nos recuerda el trabajo que tenemos que hacer y apuramos las copas. Manguita sale del agua y nos las rellena; se pone el batín y se sienta a fumarse otro porrito.
Unos tragos más, un poco de charla intrascendente y ya estoy lista. Algo borracha, pero eso lo hará más fácil. Estoy pensando: ¿Y si en lugar de arquitecta me convierto en una modelo porno y me gano la vida posando? Suelto una risita mientras salimos del agua. Nos secamos y tal como estamos acompañamos a Manguita al estudio. José Luis me mira de reojo con lujuria, hay un nuevo aire de decisión en su rostro. Su sexo, flácido tras el baño, se esta preguntando si se pondrá duro delante de un extraño. Pero según me siento yo no tiene porque preocuparse.
Me tumbo boca abajo, en una enorme cama situada en el centro de la habitación con las piernas y los brazos abiertos. Manguita dice:
.- Adelante, imaginaos que estáis solos y en casa.
Le veo, por encima de mi hombro, ir hacia un rincón oscuro en el que se distinguen cámaras de fotos, videos, ojos vigilantes. Paso las manos por la colcha blanca de cachemira pensando:" Al menos tiene buen gusto, es casi tan suave como la piel de José Luis". Estoy caliente por el baño y la cama también lo está. Hay luces estratégicamente colocadas a las distancias justas. No es extraño que el rincón en el que esta Manguita este a oscuras. Apenas si puedo verle a contraluz. José Luis se hunde en la cama muy cerca de mí. Me doy la vuelta y quedamos frente a frente. Le lanzo los brazos al cuello mientras nos miramos a los ojos.
Ya estamos, pensamos en silencio preguntándonos como diablos hemos llegado hasta aquí, a esta cama, posando para un pintor.
De pronto siento en el muslo la cabeza de su creciente falo. Le miro a los ojos y veo que empieza el cambio, muy sutil al principio, pero claro, tangible. Es como si se preparase una tempestad en el mar del Norte, voraz y algo maligna, pero excitante y potente, un viento y un rugido que hacen que me sienta viva. Su boca me susurra:
.- Vamos, vida, cógeme.
Siento la ola como si fuera una piedrecita atrapada en la corriente, absorbida, devorada y devuelta al torbellino del mar.
.- Te voy a violar.
Oigo mi voz canturrear las palabras y le paso las manos por los hombros, tensos, sosteniendo su peso sobre mí. Le deseo siempre un poco más cada vez que hacemos el amor. Nunca se lo que va a ocurrir... pero cada vez es mejor. Alzo el culo para que la punta de su pi-pi alcance mi sexo, pero él también alza el suyo, travieso, al unísono conmigo, acariciando con su falo mi clítoris. Mis manos se arrastran por sus estrechas caderas hasta sus nalgas.
.- Vaya culo que tienes, le digo, lo que más me gusta.
Siento su pene golpeándome el abdomen como una piedra. Me excita y me froto contra él, arriba y abajo. Nos frotamos hasta que lo desliza sobre mi pubis. Esta mojado de sus propios jugos y siento su estela en mi muslo, en mi estómago, gozosamente entre los labios de mi vagina. Si, me esta abriendo, me hace saber lo que viene ahora. Lo guío con la mano, con ritmo perfecto. Siento que me voy a correr, me frota en el punto preciso. Nos detenemos y nos miramos a los ojos. Es tan hermoso en nuestro amor. La habitación ha desaparecido. ¿ Donde está Manguita ?. No me acuerdo de él, estamos los dos flotando en una cálida nube blanca sobre el mar.
Ah, por fin esta ocurriendo. Ha tomado mi coño con su falo. Embiste muy despacio, un poco mas hondo cada vez. Mi sexo lo chupa como un niño a un polo. Los sonidos emergen de mí como una bandada de gaviotas, suaves sonidos, luego gritos jadeantes.
.- Me lo haces tan bien le digo. El ríe suavemente.
Es tierno, tiene el control, pero siento que yo lo pierdo, lo siento muy hondo en mi vagina, donde me besa la punta de su sexo, dentro..., me gusta perder el control. Me gusta verle enloquecer. Comienza a empujar un poco más fuerte, un poco mas deprisa, respira pesadamente, le animo.
.- Córrete, susurro, sabiendo que al oírme me inundara de semen.
Noto un vaho, como sudor, brotar de su espalda. Me encanta. Me encanta sentir como me enviste mientras sus huevitos me golpean en el culo. Me doblo para unirme con él, para estar con él. La respiración rápida, jadeante.
.- Córrete, córrete ya.
Cierro los ojos, pierdo mi control. ¿Donde estoy? Es el ritmo, es la sensación, elevándome....Si, es como un latido..., tengo que moverme con el, llegar al clímax juntos, ahí, si, ahí.
.- Me voy a correr, lléname
Le aprieto y él me enviste mas fuerte, más duro, nos deslizamos por la cachemira. Vuelan mis piernas, mis dedos se hunden en su espalda. El sabe cuando parar, pero se queda ahí, hondo. Ambos sentimos las oleadas de mi arrebato, como olas alejándose de una gran piedra arrojada en un estanque. Presionamos el uno contra el otro, calientes. De nuevo siento que me fundo, que me disuelvo, el coño me palpita todavía con el primer ritmo. Me aparto y extiendo los brazos perezosamente sobre la cabeza. Me estiro sobre su pene, ya fuera de mi. Se lo miro con placer, esta grueso, empapado de mis jugos. Sonreímos. José Luis sigue mi mirada, se arrodilla, se lo coge y cierra con fuerza su puño. Hay dolor en su rostro mientras se agarra el miembro dolorido y de nuevo endurecido.
.- Por tu culpa, exclama, queriendo decir que yo le he hecho eso. Primero duro, luego blando y de nuevo duro.
Me llevo las manos al sexo y abro bien las piernas para que pueda verme la flor de la vulva. Su rostro se suaviza entre gemidos, la mano le vuela arriba y abajo trabajando para si mismo. Con el coño abierto me junto los pechos con las manos. Saco la lengua deseándomela llevar hasta ellos para lamerlos, chuparlos. José Luis se inclina, me acaricia los pezones, desliza sus labios entre mis senos, por mi vientre, deteniéndose para besar el suave montículo, sobre el punto en el que nace el deseo. Me alzo sobre los codos y le aparto la cabeza antes de que me alcance su lengua. Le cojo del pelo y le mantengo la cara cerca de mi sexo, se lo hago observar mientras uno de mis dedos desaparece en su interior. Su rostro es todo hambre y fascinación. Con el dedo empapado me acaricio ahora el culito, lo introduzco en él; José Luis se excita con su visión, lo saco y se lo doy a chupar, luego me lo chupo yo mientras su lengua acaricia mi clítoris.
Me levanto dejando que me empuje con su lengua. Pongo mis rodillas entre sus piernas, él sigue tendido. Una luz golpea mis ojos y me ciega, como si hubiera mirado directamente al sol. Pienso:" Manguita, a mi espalda, se esta haciendo con un buen botín de fotos". Aunque es algo muy vago se que José Luis y yo somos conscientes de su presencia. Estamos dando una representación, pero una de las mejores, diría yo.
.- Ahora te chuparé yo, le digo.
José Luis me pone las manos en los pechos y yo me inclino hacia delante dejando caer mis cabellos y mi lengua sobre sus tetillas, por las costillas, bajando centímetro a centímetro, mas y mas. Sus manos vuelan por mi cuerpo, presionan aquí, pellizcan allá, es fantástico, me encanta y quisiera arrojar mi boca contra él y engullirle..., pero no lo hago. Una buena mamada comienza lentamente y va creciendo. Le soplo con suavidad en la palpitante cabeza, los labios muy abiertos y ensalivados se acoplan a ella a la perfección. le lamo el pequeño agujero, paso la lengua por el borde, luego por la punta. José Luis suspira, gime débilmente, con una mano me pellizca el pezón, con la otra aparta mi pelo del rostro para verme acariciarle con la boca. Estoy de espaldas a la cámara, Manguita lo esta filmando todo. Vaya visión. Alzo bien el culo en el aire, se que le gusta ver como lo muevo, como se me abre para que pueda captarlo bien con su objetivo. Deslizo la lengua por los lados de su sexo, me lo meto mas hondo en la boca. Ahora me presiona la cabeza, echo hacia detrás los labios apretándolos....El se mueve, justo ahí, un poco mas hondo.
.- Tómame, tómame.
Tengo la mejilla enterrada en su vello sedoso, percibo el húmedo olor de sus testículos. Deseo tragármelo, tragármelo entero. Le cojo los huevos con la mano y le dejo salir de mi boca, para frotármelo por la cara. Sabe igual que yo y me encanta saborear mis propios jugos en él.
.- Quiero beber tu semen, murmuro con la mitad de su pi-pi en mi boca, dámelo.
Una mano me palmotea, juguetona, el culo. No es José Luis, lo se al instante, es demasiado grande, pero quien quiera que sea su propietario me esta metiendo un magnifico dedo en el ano. Me vuelvo y veo a Raúl, un atractivo negro que muchas veces hace de modelo para Manguita y que, para su desgracia, no es homosexual. ¿Que esta haciendo aquí.?.José Luis y yo nos quedamos quietos, mirándonos sorprendidos. Pero su pene todavía salta y se agita contra mi mejilla y yo no puedo quedarme quieta porque Raúl me abre el culo con una mano y con la otra me acaricia, hábilmente, el clítoris, deslizándose dentro, fuera..., alrededor....Comienzo a moverme al ritmo de sus manos y cierro los ojos. Que importa, de todas formas siempre he deseado follar con dos hombres a la vez, que más da que uno sea negro. Incluso a lo largo de mi vida he coqueteado con alguno. Miro el rostro de José Luis mientras él observa a Raúl entre mis piernas con las manos enterradas en mi vulva, piensa que esta bien. Y esta bien. Raúl gruñe de placer follándome con sus manos rápidas y fuertes y yo le chupo el pene a José Luis como si fuera lo ultimo que fuera a llevarme a la boca. Raúl me lleva hasta el borde, luego me deja retroceder hasta que enloquezco.
Estamos casi a punto, todos jadeando, corriéndonos juntos. Raúl acelera y yo me voy chillando. Dios mío, como lo hace.
Una mano en el coño, un dedo en el culo, es divino y yo, egoísta agitándome y gritando sobre la blanca cachemira. José Luis se coge el sexo y se lo frota, le fascina ver como me corro. Veo dos falos, uno blanco y otro negro. Nunca había visto algo parecido. Los dos se masturban ante mi cara, cojo uno con cada mano, son como lanzas y los utilizo para excitarme. Chupo uno, luego el otro. El sabor del de Raúl es algo que nunca había probado, delicioso, rojo-negro. Le hago gemir sacudiéndoselo, hundiéndomelo hasta la garganta, lo dejo y tomo el de José Luis .Intento metérmelos en la boca, pero no puedo, son demasiado grandes. Los froto uno contra otro, mi lengua entre ambos. José Luis no podrá resistirlo mucho mas, veo líneas tensas en su rostro:" Tiene que hacerlo ahora mismo". Saca su pene de mi boca, me empuja hasta tumbarme de espalda y me penetra con pasión.
.- Córrete en mí, le digo viendo el falo de Raúl sobre mi cara.
.- Aguanta, luego me inundas, susurro tomando aquel sexo negro e introduciéndomelo en la boca, chupándolo con fuerza.
Me excita ver las caras de José Luis y de Raúl. Siento a uno entre mis piernas y a otro entre mis dientes. José Luis me pellizca los pezones, se enerva, se le pierde la mirada. Es una sensación que siempre soñé y nunca tuve, dos penes en mi, para mi, llenándome por completo.
.- Córrete José Luis, le digo.
Siento como su eyaculación me invade, como cae desplomado a mi lado, como mis piernas desfallecen. Raúl nos observa mientras se masturba, José Luis descansa. Me giro y tomo de nuevo el falo negro que flota ante mis ojos. Lo chupo, disfruto del color de la noche entre sus muslos. Extiendo parte de mis jugos y de los de José Luis sobre el sexo de Raúl, lo paso por mis tetas, por mis pezones. Esta tenso, jadea, pero no grita. Le meto un dedo en el culo y como un rayo gime. Una blanca eyaculación brota de su negra erección.
.- En mi boca, en mis tetas, grito y su sabor agridulce me salpicar los labios, los pechos, me hace cosquillas al resbalar por mi cuello.
Se derrumba. Ahora me toca a mí reír. Todos descansamos vibrando como ecos en un valle. Me dejo caer entre los dos sin aliento. Oigo sus respiraciones entrecortadas intentando recobrarse. José Luis empieza a distribuir su semen en mi piel, acariciándome los pechos, el vientre. Raúl le imita, solo que él me toca la cara con sus dedos negros y salados. Me intriga lo rosado de sus yemas. Cuando me pasa el dedo por la mejilla lo cojo con los dientes y lo chupo, como un bebe mamando. El lo retira y lo pasa, mojado, por mi oreja, mi teta izquierda, mis costillas, hasta llegar al clítoris, húmedo e hinchado. Suspiro, abro las piernas y coloco una sobre cada cuerpo. Raúl no juega conmigo sino que reposa su mano en mi pubis. José Luis me acaricia los pechos. Nunca había sido poseída por dos hombres a la vez. Nunca había imaginado lo magnifico que sería tener unas manos en el pecho, otras en el coño, dos falos para jugar, pura magia. Mis suspiros son de felicidad.
Ahora solo oigo el latir de los corazones una y otra vez. Permanecemos silenciosos después de tanto movimiento. Pero hay algo mas, el sonido de la cámara, luego el clic y los destellos luminosos. Dios mío, pienso, nos estaban filmando, fotografiando. También recuerdo, con gran satisfacción, lo que vamos a conseguir con esto.
.- Increíble, grito a Manguita al otro lado de la habitación.
Oigo su risa lejana. Miro hacia Raúl, que tiene su mano en mi sexo, y a José Luis, que me cubre los pezones, ambos sonríen. Es curioso, pero no me siento incómoda ni extraña.
.- Supongo, Manguita, que cuando reveles todo este material podamos venir a verlo, vuelvo a gritar.
Me recreo ahora con lo que veré entonces y sueño con los cuadros que saldrán de esta sesión, hecha con el único interés de tener un desnudo mío. Ahora podré tener los que quiera y mas aun, si Manguita, después de esta primera experiencia, desea tener otras parecidas.
Mi clítoris vuelve a endurecerse y mis pezones toman de nuevo forma. Raúl y José Luis siguen complaciéndome en silencio


sábado, 30 de abril de 2011

LLAMADA INTERNACIONAL

José Luis
Puntualmente mi cerebro responde a mis instintos. Son las seis de la mañana del primer sábado de Febrero y aun reina una total oscuridad en el exterior. Me revuelvo en la cama, estoy desnudo, caliente, abrazado a mi almohada. Doy varias vueltas mientras se borran de mis ojos los últimos vestigios del sueño. Enciendo la lámpara de la mesilla y un chorro de luz ilumina sus fotos. Tres retratos me sonríen, me observan. Los tome en una playa, en el cuarto de baño y en la terraza, en todos aparece desnuda: los pechos al aire, la boca entreabierta, los ojos risueños, los pezones grandes y negros. Un pañuelo en una, un sombrero en otra y una toalla en la última, adornan su cabeza. Me siento en la cama. Mi mano acaricia mi sexo, lo frota, hace que tome vida, que gane grosor, turgencia. En San José serán las 11 de la noche del viernes y Sonia estará en la cama, desnuda, jugueteando con su clítoris. Marco...07-506-225..., un solo timbrazo.... su voz.
.- Mi vida, ¿como estas?
.- Muy bien, y ¿tu?
.- Esperando la llamada, un poquito dormida.
Mientras hablamos de nosotros, de nuestra vida, de lo que haríamos y de lo que hacemos, me voy excitando. Mis dedos se aferran a mi pene, lo friccionan, acarician mi culito, mis ojos se ceban en sus pechos.
.- ¿Que haces?
.- Acariciarme, pensar que eres tu quien recorre mi cuerpo.
.- Yo hago lo mismo, me toco, me excito para ti.
.- Me estoy metiendo los dedos en la vagina, en el culo. Estoy muy mojada. Ahora me llevo los dedos a la boca, son como si fuera tu pi-pi, como si te lo estuviera chupando, siento su sabor.... Me estoy tocando el clítoris, estoy empapada..., pienso que me penetras..., que te chupo..., que cubres todos mis huequitos....
.- Mi vida, yo también estoy nerviosismo, me ensalivo la mano, la paso por mi pene, como si fuera tu boca..., la subo, la bajo sobre él, es para ti, esta como a ti te gusta.
.- Me estoy tocando las tetitas, me pellizco los pezones, están duros....Necesito algo entre las piernas, en mi vagina, en mi boca.... Quiero tu sexo en mi coño, entre mis dientes, lo quiero todo a la vez.
.- Acabo de meterme el dedo en el culo. Quiero que me lo chupes, quiero chupar tu vagina.
. - Estoy encima de la cama, desnudita para ti, tocándome toda, a punto de correrme, estoy muy húmeda, deseo que me veas, que alguien vea como me estoy masturbando.
.- Si, mi vida, yo también estoy como tu y deseo que me mires, que veas como me hago cariñitos.
.- Piensa que me están viendo, que a mi alrededor hay gente y ven como me masturbo hablando contigo por teléfono, me ven sin poderme tocar, como si estuviera en un escenario, como si detrás de los cristales del dormitorio los ojos de mis amigos me mirasen. Me voy a correr.
.- Yo también, mi vida, ya, ya..., me estoy corriendo, restriego mi semen por mi cuerpo, por mi barriguita..., me chupo los dedos.
.- Y yo, mi amor, me corro, me corro para ti, me deshago.... Te adoro. ....... . ¿Como estas?
.- Muy bien, ¿y tú?
.- También. Duérmete muy rico.
.- Tú, sueña conmigo, con el amor que hemos hecho, con todo lo que gozamos.
.- Chiao
.- Chiao
Apago la luz y me duermo
Hace sol, estamos tumbados en la cama, desnudos, solos, sin nada que hacer. Llaman al teléfono y lo coge ella. No se quien es ni que quiere. Yo deseo, de pronto, jugar con su cuerpo, excitarla mientras habla .Esta sentada dándome la espalda. La abrazo, le cubro los pechos con las manos, le acaricio los pezones. Hace un movimiento para evitarme pero yo sigo. La quiero masturbar mientras habla, la quiero poseer, deseo oírla hablar mientras ambos nos corremos. La tumbo. Mi lengua recorre su cuerpo, degusta su clítoris.
.- Si, bueno, ya lo veré.... Déjame dice bajito mientras mis dedos se hunden en su vagina.
.- No, digo, voy a masturbarte.
Se deja. Abre las piernas y mi lengua absorbe de nuevo el jugo de su sexo. Esta húmeda, muy húmeda.
.- Mañana te lo daré, susurra al auricular.
Mis dedos entran, a la vez, en su coño y en su culo, los friccionan, siento el temblor de su cuerpo.
.- Te llamaré, te llamaré luego....
Su voz es un murmullo mientras un chorro de líquido discurre por mi boca. Cuelga y cierra sus piernas sobre mi cabeza.
.- Eres muy malo, muy perverso.
.- Tu eres maravillosa, mucho mas que Boo Derek cuando hacía lo mismo en la película: "10 La mujer perfecta", ella no se corría tan rico como tu, le digo.
No se con quien hablaba. Nos dormimos de nuevo.
Amanece. El sol empieza a iluminar la habitación, miro sus fotos y sonrió, se que ella, muy lejos, en su cama, hará lo mismo.
Sonia
Hace más de una hora que ha amanecido. Cualquier otro día estaría levantada preparando el desayuno, pero hoy es domingo y puedo "perecear" lo que quiera. Las siete y media, en Madrid serán la catorce treinta, habrá pasado ya casi medio día. Me arrebujó entre las sábanas. Estoy desnuda, soñolienta, sin ganas de hacer nada. Me acaricio el sexo y lo noto seco, como siempre a estas horas, como si le costase también empezar a sentir. José Luis habrá terminado de comer, habrá recogido los platos, la cocina, estará a punto de irse a dormir la siesta, esperará mi llamada. Marco: 0034 - 8 -223... .
.- Hola vida, ¿como estas. Aquí hace muy buen día, he ido a nadar por la mañana, he almorzado y ahora estaba en la cama.
.- Dormidita, aun estoy muy dormidita.
.- Y también desnudita.
.- Si, desnudita para "vos".
.- No tonta, para los dos, yo también estoy "chinguito" para que me comas.
.- Si mi vida, como todas las mañanas, tu tan activo y yo tan seca.
.- Ya te mojaras, mi vida, chúpame mucho.
.- Si mi amor, siente como mi boca te ensaliva para que puedas penetrarme.
.- Estoy muy excitado.
.- Angelito, quiero que te corras, mira mis fotos, piensa que te estoy chupando, que me estoy metiendo los deditos en la vagina, que luego me masturbaré en la ducha pensando en ti, tu córrete ahora muy rico, hazte muchos cariñitos, piensa que veo como te tocas, que te estoy fotografiando, que estoy ante ti para beberme tu semen.
.-Si, si,..., estas aquí, me estas viendo, me voy a correr..., me estoy corriendo....
.- Si, así, muy rico, todo para mi. Duérmete, sueña conmigo.... Chiao.
Empiezo a despejarme. Estoy febril. Salgo de la cama, me enfundo en una camiseta y voy a la cocina a preparar el café. Ayer salieron todos de casa, tengo toda la mañana para mí, para mis "matas", para mis orquídeas, para él. Desayuno. Lleno la bañera. Pongo aceite, esencia. El agua esta tibia, la espuma cubre mi cuerpo, mi cabeza descansa sobre el borde, me dejo ir, me relajo, empiezo a acariciarme. Mis pechos, mis pezones, mi clítoris.... Me adormezco, floto. Quito el tapón, la espuma se diluye, mi cuerpo aparece entre ella, cubierto por ella, oloroso, cálido. Dirijo hacia él el chorro de la ducha, al agua me acaricia, repiquetea en mi piel. Abro las piernas. Cientos de gotas rompen contra mi sexo, excitan mi clítoris. Estoy tumbada uso la ducha como un vibrador enorme. Siento mi humedad interior. No me toco, solo el agua tibia golpea mi coño, lo activa, abro mas las piernas el agua me excita, el placer me inunda, tiemblo, me corro dulcemente. Quedo sobre la bañera. El sol entra por la claraboya y me siento invadida de quietud.
Sigo ardiendo. Vestida con una camiseta, sin bragas ni sujetador, tentando al destino que, con un golpe de aire o con un movimiento brusco, pueda dejar al descubierto mi culito, salgo al jardín. Barro las hojas caídas, ordeno los tiestos, riego el césped, saco a la calle la basura, por último, me centro en las orquídeas. Debo "chinearlas", enseguida empezaran a florecer. Las abono, las fumigo con insecticida. Noto, al agacharme, como el sol calienta mis piernas, mis pantorrillas, el comienzo de los glúteos, sin duda la camiseta apenas si los tapa. No me importa, no hay nadie que pueda verme. Me estiro para regar las "matas" mas elevadas y compruebo que, efectivamente, mis nalguitas quedan al aire.
.- Buenos días, D.ª Sonia.
Giro y veo a mi espalda al jardinero. Es imprevisible. Cuando lo necesito no aparece y cuando deseo estar sola surge como por encanto.
.- Buenos días, respondo con desgana.
.- Pasaba por aquí y al verla trabajar pensé que tal vez podría necesitarme. Si quiere puedo empezar a cortarle el "zacate" y mañana se lo termino.
Lo normal es que al cruzar ante la puerta viera parte de mi culito, y ante tal visión se ofreciera gentilmente a ayudarme.
.- Bueno, pase, rastrille el jardín y saque la maleza, le digo.
Pensé que la eventual contemplación de mi cuerpo no le vendría mal a sus años. Pobre, después de tanto tiempo, un buen día tenía la posibilidad de ver a la señora de la casa medio vestida o mejor dicho, medio desnuda, porque no darle esta satisfacción. A mi, solo la idea que en un mal movimiento pudiera verme el trasero, ya me excitaba. En ese momento pienso enseñárselo, pero, como si no me diese cuenta.
Entro en casa, pongo dos tazas de café, le ofrezco una, lo dejo entre los arbustos rastrillando y vuelvo a centrarme en las orquídeas. Estoy indecisa. No sé si me mira o no, si rastrilla hacia mi o de espaldas a mi. Siento mi cuerpo desnudo bajo la camiseta, el aire fresco entre mis piernas. Quiero y no quiero estirarme para regar las "matas " mas elevadas. Se que si lo hago parte de mí quedará al descubierto, que mi culito será perfectamente visible. Varias veces inicio la elevación de mis brazos y varias veces me detengo. ¿Que dirá? ¿Que pensará? Me decido. Estiro las manos hacia arriba y la camiseta se levanta automáticamente. ¿Estará mirando? ¿Me verá? Me mantengo así unos segundos yluego vuelvo a mi posición normal. Me giro y lo veo de espaldas. ¿Me habrá visto? No parece alterado. Vuelvo a las orquídeas. Me agacho y de nuevo mi culito queda al descubierto. No me importa. Durante casi una hora me dedico a las flores y durante ese mismo tiempo trece o catorce veces noto que mis nalguitas son claramente visibles o sea que estoy, como quien dice, desnuda de cintura para bajo. Al terminar me dirijo a él.
.- Cuanto le debo, le digo, es tarde y hay que irse a almorzar.
.- Nada, nada, D.ª Sonia, he estado encantado ayudándola.
Esta nervioso, acalorado, torpe. Sin duda mis encantos le han alterado. Efectivamente, durante la última hora no ha hecho otra cosa que recrearse conmigo.
Me gustaría hablar con José Luis, estoy húmeda y necesito su voz para volver a masturbarme. Me desnudo y me tumbo en la cama. Suena el teléfono, lo cojo instintivamente.
.- Diga.
.-¿ Sonia? Soy Marta.
Vaya por Dios, pienso, quien menos necesitaba.
.- No te molesto, verdad.
.- No, no, que quieres.
Empiezo a acariciarme mientras ella habla de su casa, de Nidia, de sus hijos, del tiempo. Me masturbo oyendo su voz, escuchándola como si fuera un observador anónimo. Mi clítoris responde al instante, mi vagina se humedece permitiendo que la invada. Me pellizco los pezones, chupo mis dedos, oigo voz lejana y siento como mi cuerpo se enerva, se sacude de placer. Hubiera deseado tener un vibrador e introducírmelo entre las piernas, besarlo, metérmelo por el culo, sentir en el los espasmos de mi esfínter. Me corro violentamente.
.- Bueno Sonia, estas de acuerdo, quedamos mañana.
.- Si Marta, hasta mañana.
Cuelgo. No se de que hemos hablado pero estoy bien, muy bien. Me duermo al instante.
Nos separan casi 13.000 Km., vivimos horarios diferentes, climatologías distintas y sin embargo, seguimos amándonos. Intentamos gozar a distancia, recrearnos con nuestra voz, con nuestros cuerpos, con nuestras vivencias compartidas. Gozamos con un sexo frío, en el que, para ser real, solo falta el contacto. Es autentica la sincronización de nuestras mentes, los espasmos de placer, el cansancio, el clímax, pero,... falta algo : unos labios bebiendo en otros labios, un sexo entrando en el otro, un roce de cuerpos, un sudor, una humedad..- Hola, como estas?.- Muy bien, y tú?” Es el preludio de un momento de amor, el afrodisíaco que enciende nuestras mentes, la chispa que nos mantiene vivos, haciéndonos pensar en algo que se hará realidad cuando nos fundamos en un solo ser, cuando la carne del uno invada la del otro, cuando las palabras ya no sean necesarias y los hechos ocupen todo nuestro espacio vital.