sábado, 3 de septiembre de 2011

HOTEL OCOTAL

José Luis
Una de las ventajas, o inconvenientes, de mi cargo, son las múltiples invitaciones que recibo y la consiguiente obligación de asistir a ellas por muy aburridas que resulten. Cuando mi secretaria me recordó la presentación de un libro sobre Costa Rica, editado por una empresa española, la idea no me entusiasmo sobremanera, pero termine asistiendo. Entre canapé y canapé, el introductor comentó el impacto positivo que, determinados lugares del país, tienen sobre las personas. No dio explicaciones del porque, pero en mi mente quedaron grabadas las sensaciones beneficiosas de Playa Ocotal o del Volcán de la Vieja, y las negativas de Playa Dominical o del Cerro de la Muerte. Durante el coloquio lo único que se aclaro fue que tales hechos eran ciertos, y salvo la posible incidencia de emanaciones volcánicas, o la acción del polvo silíceo proveniente de la destrucción de los corales, no existía ninguna razón sólida para explicar tales fenómenos. Anote algunos nombres, con la esperanza de conocerlos y constatar, personalmente, la verdad de lo dicho y abandone, muy ufano, aquella actividad.
El Hotel Ocotal se asienta sobre una loma en la playa del mismo nombre y puede ser o no ser relajante, pero es, sin duda, un lugar maravilloso. Construido en una ladera marina, incluye dos niveles de habitaciones adosadas con piscina y jacuzzi en cada uno e independencia absoluta del resto de los servicios generales: comedor, sala de juegos, cafetería, etc. Cada habitáculo goza de espléndidas vistas sobre el océano y esta amueblado con dos camas matrimoniales, nevera, mesita y televisión, en la parte anterior, y servicio de baño y aseo, en la posterior. Un gran marco acristalado da paso a una pequeña terraza bordeada por el camino de acceso a la piscina, al jacuzzi y a los servicios centrales.

Sonia
El viaje ha sido pesado, sofocante, pero valió la pena. Acabamos de instalarnos en la habitación nº 33 y tanto la vista como su distribución, son excelentes; con razón José Luis tenía tanto interés en pasar aquí unos días. Son las cinco, el sol esta iniciando su caída sobre el horizonte y yo empiezo a enjabonarme. José Luis se dedica a distribuir correctamente la comida y la bebida en la mini-nevera. "Oye, cariño, le oigo decir, voy a pedir que nos suban hielo, aquí no hay". Termino de ducharme, con la toalla arrollada en la cabeza, salgo al aseo. Desde el fondo de la habitación veo, a través del cristal, el mar, el camino de acceso. Estoy completamente desnuda. Siento en mi estómago un extraño regusto ante la posibilidad de que aparezca por la puerta el camarero con el hielo y me vea así. Inconscientemente alargo la espera, anhelo que llegue, suspiro porque me sorprenda sin ropa. José Luis, ajeno a todo, deambula por el recinto, vuelve a llamar a la cafetería, sale a la terraza. El tiempo se me hace eterno. Regreso al baño y me siento a esperar. Fuera José Luis sigue moviéndose: coloca sillas, enciende y apaga la televisión. "Pase, llevamos mas de media hora esperándole". Salgo desnuda con la toalla como turbante. El camarero alza los ojos, me ve, se mantiene en la puerta. José Luis, de espalda, fuerza mas la situación."Espere un momento” dice, buscando algo suelto para darle una propina. Percibo sus ojos en mi cuerpo, siento el roce del lavabo en mi sexo. Son minutos larguísimos sintiéndome vista, observada, deseada por alguien desconocido. Se retira cuando mi excitación es máxima, cuando todo mi cuerpo arde de pasión y de celo. Salgo a la terraza. Mi piel recibe, al unísono, el aire fresco de la tarde y las pupilas de José Luis que la recorren con lujuria. Me arrastra al interior, medio corre las cortinas y ambos caemos en la cama. Me acaricia, su lengua pasa desde mi boca a mi sexo, tan pronto esta sobre mí como yo sobre él. "Quiero que nos vean” susurro. Se levanta y abre un poco más las cortinas. Estamos enlazados por el sexo, solo un cristal nos separa de un mundo en acción en donde la gente se desplaza. Siento sus dedos en mi boca, en mi clítoris. Me voltea y los introduce en mi culito, luego su pene me penetra desde detrás. Estoy de rodillas, miro hacia el mar, hacia el camino que discurre por delante de la habitación. José Luis sigue penetrándome. Yo solo tengo ojos para el exterior. Quiero ver a alguien. Oigo voces y una chica del servicio cruza por el sendero. Pasa por delante, regresa sobre sus pasos, nos mira y sigue. "Nos ha visto, pienso". Al poco vuelve con otra y se detienen junto al cristal. José Luis empieza febrilmente a moverse, siento como se corre en mi interior mientras cuatro ojos nos observan desde fuera. Se van. "Chúpame”, le digo. Sus labios y su lengua se funden con mi clítoris. Mi fuente de jade brota copiosamente. Ha anochecido
José Luis
Luce una mañana espléndida. Son las 7 y estoy en la piscina antes de bajar a desayunar.
Regreso a la habitación. A la luz del sol, el cuerpo moreno de Sonia, su culito, sus piernas, resaltan sobremanera contra el blanco de las sábanas. Me inclino sobre ella. Mis labios recorren su espalda. Se despierta, me ofrece la boca, después, casi como una autómata, engulle mi pene, lo ensaliva, lo agranda para introducírselo en ella. Esta sobre mí. Acaricio sus pechos. Mi excitación es máxima y un chorro de semen invade su vagina. Se tumba a mi lado. Jugueteo con sus pezones mientras se masturba. Se acaricia el clítoris, se penetra, le beso los labios, le susurro "Sigue, sigue masturbándote para mi". Un grito y un espasmo recorren su cuerpo. Se duerme.
El sol cae de plano sobre la piscina. Leemos apaciblemente. Al lado, otra pareja goza al igual, de las caricias del astro rey. Ella rubia y grande, él musculoso Pueden ser sajones, tal vez alemanes. Ella se embadurna de crema, cambia constantemente de postura, se mueve inquieta sobre la tumbona. Observo su cuerpazo blanco junto al pequeño y moreno de Sonia. Cada cierto tiempo nos bañamos y al cruzarnos con ellos nos sonreímos. Han pasado dos horas, hemos enrojecido y nuestra intimidad ha aumentado. En un inglés deficiente hablan con Sonia. Se llaman Helga y Ditter, son alemanes y están de vacaciones.
Escudado tras las gafas contemplo a las dos mujeres. Ambas lucen bikinis sin tirantes sujetos por la espalda, ambas se los desabrochan cuando toman el sol boca abajo, y ambas, cada cierto tiempo, se cubren el cuerpo de crema bajándose la parte superior del bañador hasta límites insospechados. Ninguna se recata, parece que compiten por ver quien será capaz de broncearse más, de dejar sin color la mínima parte de su cuerpo. Con el tiempo, el cuidado en la colocación de la parte superior de sus bañadores es cada vez más deficiente. Ambas se lo sujetan con los brazos y en cada movimiento desciende un poco más. Para mi deleite es Helga quien primero enseña su pecho. Su bikini termina resbalando y su seno derecho queda libre momentáneamente. Es muy blanco, con un pezón pequeño, rosado. Animada por ello y ante la nula observación de su pareja, se sienta sobre la tumbona, se desprende totalmente de él y se distribuye crema sobre sus pechos, luego se tumba boca arriba mostrando su turgencia, imaginando que esta en cualquier playa de la Costa Azul, donde esta forma de solearse es la mas natural. Sonia no le queda a la zaga. Viendo su comportamiento la imita y como ella queda tumbada con los pechos al aire. Desde hacía tiempo no veía un espectáculo como este: las dos con sus pechitos libres ante mis ojos. El calor es sofocante, y primero ellos y luego nosotros, nos retiramos a la habitación.
La puesta de sol es única. Sentados junto a la piscina vemos como el disco solar desciende sobre el mar. Sin él, la noche cae de repente. Una noche estrellada, cálida, alumbrada por una luna llena que, como un potente faro, ilumina nuestros cuerpos, dándoles brillos y sombras insospechadas. El agua actúa a nuestra espalda como un imán que nos atrae. Sin hablar caemos en su influjo. Esta tibia, abriga nuestros cuerpos. Nos retiramos a uno de los extremos de la piscina y nos fundimos en un beso. Mis manos buscan su cuerpo bajo el bañador, mientras ella me despoja del mío.
Estamos solos. La excitación hace que nos olvidemos del mundo.primero es la parte alta de su bikini la que desaparece, luego la inferior. Quedamos desnudos, nos besamos, nos acariciamos. No se cuando llegaron, pero frente a nosotros, en dos sillones, proximos a los que antes ocupabamos, estan Helga y Ditter. La luz de la piscina nos ilumina; lo sabemos, nos sentimos observados pero seguimos allí. Nos encontramos recostados sobre el borde, cubiertos exclusivamente por el agua. Ellos captan el reto. Con aparente indiferencia se despojan de sus bañadores. Veo el cuerpo integro de Helga, la mata de pelo rubio entre sus piernas, su culo poderoso. Entran en la piscina , pasan ante nosotros y ocupan el lado opuesto de la misma. Se abrazan. Sonia me toma entre sus brazos, siento sus pechos en mi pecho, su lengua en mi boca, noto como se me endurece el sexo. Ella lo fricciona con cariño hasta que un chorro de semen blanquecino se disuelve en el agua. La abrazo por detras. Mis dedos se hunden en su vagina, le pellizco los pezones. Vemos como nuestros amigos hacen el amor como nosotros. Oigo gritos de placer, veo el agua agitarse, siento los orgasmos de Sonia. Vestidos con los reflejos de la luna salimos de la piscina. Bajo la caricia de la brisa nocturna y la mirada agradecida de los alemanes nos dirigimos a la habitación.
Sonia
La mañana ha sido de ensueño. Hasta hoy nunca había estado al sol, en un sitio público, con los pechos al aire. Realmente o el sitio o nosotros tenemos un magnetismo especial. Ir a la piscina de un hotel, encontramos allí solos con otra pareja, ver como la mujer excita a José Luis poniéndose aceite, bajándose la parte superior del bikini, frotándose los pechos. Ver como se los broncea, como se pavonea por la piscina sin recato, fue algo que no pude soportar. Pese que al principio me dio algo de corte, empecé a imitarla. Me baje el sujetador, mostré mis negros pezones, me puse leche solar sobre mis pechos. Al final, cuando ya no pude mas me despoje por completo de la parte superior y como ella, pasee por delante de su pareja para que me viera bien. Tenía un cosquilleo interior al sentirme desnuda de medio cuerpo hacia arriba, ante los ojos de dos hombres que, en apariencia, apenas si me miraban. Sabía que José Luis si, que nos miraba a ambas, que se lo estaba pasando en grande. Lo peor, o lo mejor, fue cuando apareció un camarero con unas cervezas frías. Ni me moví de la tumbona. No quise saber si ella se había cubierto o no, lo cierto es que llego y me vio con mis tetitas al aire. Sentí que toda mi vagina se inundaba de placer. Hubiera querido hacer el amor allí mismo.
Pase el día nerviosa. Por la tarde, en el jacuzzi, me desvistió por completo, se quito su traje de baño y, en medio de un pasillo, hicimos el amor. Luego me fotografió desnuda contra los azulejos adornada de burbujas. Me gusto, me gusto muchísimo.
Por la noche, en la piscina, nos bañamos en compañía de los alemanes. Fuimos desnudos hasta nuestra habitación y allí, con las cortinas abiertas, volvimos a poseernos. La luna brillaba, José Luis empezó a besarme, a pasar su lengua por mi clítoris, a lubrificar mi vagina. Me levanto luego, me apoyo en el cristal de la ventana y así me penetro desde detrás. Veía el mar, el pasillo de acceso y sus manos sobre mis pechos mientras me masturbaba febrilmente. Volvimos a la cama, lo volteé y empecé a jugar con su culito. Lo engrase con la lengua, introduje por él mis dedos. Como yo antes lo levante y lo apoye sobre el cristal. Volví a introducir mis dedos en su culo, le acaricie el pene, regresamos a la cama. Nos entrecruzamos. Tome su sexo con mi boca y el hundió su cara entre mis piernas. Sentí su lengua en mi clítoris, sus dedos entrar y salir de mi vagina, de mi culito. Se coloco sobre mí y ambos empezamos a acariciarme. Puso sus dedos en mi boca, me pellizque los pezones, acompañé a su pene en mi cavidad vaginal. Daba gritos de gozo cuando me corrí. Estábamos muy calientes. Salimos a la terraza a refrescarnos. Como siempre, nadie turbo nuestro descanso. Por el pasillo no aparecieron ni huéspedes ni encargados. Veíamos las estrellas, el tintineo de las luces de los barcos, éramos dichosos, muy dichosos.
José Luis
La última ducha antes de partir. Sonia esta ya arreglada y anda recogiendo las maletas. Oigo su ir y venir, el abrir y cerrar la puerta acristalada, escucho su "Estas bien, cariño" mientras el agua discurre por mi cuerpo.
Ocotal, su bahía, sus habitaciones, sus vistas, su piscina, todo va quedando atrás. En el coche Sonia introduce su mano por los bajos del pantalón buscando mi sexo. Se desabrocha la blusa y saca sus pechos. Me masturba mientras conduzco. Reduzco la velocidad. Mi semen brota lentamente empapando su mano. Me susurra "Eres feliz?, somos muy felices"

                                                            

domingo, 21 de agosto de 2011

LA NOCHE DE SAN JUAN

Aterricé en Madrid el 12 de Junio, un domingo caluroso en el que los españoles, y el resto de los ciudadanos de la Unión Europea, votaban para elegir a sus futuros eurodiputados. Tras casi 20 horas de vuelo, hambrienta, dolorida y sucia, aun tuve que recorrer 445 Km. en automóvil para poder llegar a Oviedo y allí ducharme, comer y descansar hasta que el cuerpo me dijera basta.
Tal vez mi reloj biológico sufrió el abusivo cambio de 8 horas, o el stress acumulado de los últimos meses hizo su aparición de repente, pero la cruda realidad fue que durante la primera semana un cansancio total me embargo. Caía rendida en la cama, me levantaba tarde, dormía siestas maratonianas y pese a todo, no reaccionaba.
El sol, que surgió con la entrada del verano, mis largas sesiones de amor y el deseo incontrolado de vivir situaciones excitantes, hizo milagros en mi organismo. El viernes 24, cuando José Luis salió a las 7 de la mañana a su oficina, murmurándome al oído:"Te llamaré cuando salga, para poder desayunar juntos". Una sensación de bienestar me invadió. Me acurruqué entre las sábanas, agradeciendo a la vida aquellas dos horas extras de vagueo y viendo, por fin, un cielo completamente azul. Instintivamente mis manos acariciaron mis pechos, descendieron hacía el sexo, aun seco y cerrado, para friccionarlo lentamente y sentirlo húmedo, suave, llevándome a un estado de relajación total. Frote mi clítoris, introduje mis dedos en la vagina, los hundí en mi culito, me masturbé desnuda y sola sobre la cama, viéndome reflejada en los cristales opacos de la ventana; luego, un sopor inconsciente se apoderó de mi.
El timbre del teléfono me devolvió a la realidad. Habían pasado dos horas y yo seguía tumbada ajena a todo lo que me rodeaba. Me levante y empecé hablar con José Luis. Sin motivo aparente, una extraña sensación recorrió mi columna, sentía como si se me crisparan los pelos de la nuca. Estaba de pie, desnuda, con el auricular en mi oreja y con un largo pasillo a mi espalda. La casa estaba vacía y no obstante, tenía la sensación de ser observada, notaba como si unos ojos recorrieran mi cuerpo saltando desde los hombros a las nalgas, descendieran por mis piernas, escudriñaran mi culito, se recreasen en mi piel. Era una experiencia nueva y placentera que esponjaba mis carnes. Nadie podía verme pero tenía la certeza de ser observada.
"Hola Sonita, vengo a desayunar con vosotros", oí decir a Manolo desde algún lugar de la casa. Colgué bruscamente, me puse un albornoz y salí a saludarle. Tuve la seguridad que me había visto y que, durante muchos minutos, había gozado con mi cuerpo. Ahora, mientras preparaba el café, percibía como el albornoz, excesivamente grande para mi tamaño, se desplazaba sobre mi, insinuando, sino mostrando veladamente, puntos íntimos de mi anatomía. Estaba feliz. Si él antes me había visto desnuda sin que yo lo supiera, ahora yo, con la misma impunidad, podía exhibirme cubierta exclusivamente por un ropaje con grandes aperturas frontales a través de las cuales se escapaban, sin querer, mis piernas hasta límites inverosímiles y con mangas tan amplias que, cada vez que levantaba los brazos, mis pechitos aparecían, como un regalo del cielo, al final del hueco de las mismas.
Llego José Luis, desayunamos y se marcharon dejándome nerviosa y excitada. El buen tiempo me animo a trasladar mi mesa de trabajo a la terraza, y sobre ella y varias sillas, distribuí apuntes, fotocopias, libros y mapas, tenía todo el tiempo del mundo por delante y la seguridad de que nadie me molestaría. A la 1 p.m. el sol caía de plano haciéndome imposible, no solo la concentración sino la simple lectura. Recogí el material didáctico, me puse un bikini, me embadurne de crema y me tendí. Estaba en España, sola y sobre una terraza que, por su ubicación, era difícil que pudiera ser observada. Me despoje de la parte superior del bañador y sentí la gratificante sensación del sol sobre el pecho y los pezones. Me adormilé con la inquietud de que, de nuevo, pudiera aparecer Manolo y que ahora, por mi situación, nada evitara que me viera medio desnuda. No llego. Si lo hizo José Luis que tras ponerse un bañador sirvió un aperitivo y descorchó una botella de vino rosado frío.
El sentirme acompañada, el vino y el calor me hicieron desinhibirme por completo. Si al principio me cubría los pechos cada vez que me levantaba, evitando posibles miradas indiscretas, ahora ese pudor se convirtió en morbo. Me ponía de pie, salía a la cocina a por comida o servilletas, paseaba libremente. Estaba convencida de ser admirada por alguno de los vecinos que tenían vista sobre la terraza y tal seguridad me excitaba. Mi cuerpo estaba caliente y nervioso, razón por la cual la comida se transformo en una escena de amor campestre sobre el suelo. Casi sin quererlo él y yo quedamos "chinguitos" sobre las toallas y al amparo del buen sol me poseyó. Goce como una loca intentando ver si alguien contemplaba nuestros cuerpos entrelazados, follando y follando para nuestra satisfacción y la suya.

Por la tarde, las nubes, típicas de la cornisa cantábrica, cubrieron el sol. No puede hablarse de la clásica calima propia de los climas continentales, sino del bochorno dominante en el trópico durante la estación seca. Me vestí, en consecuencia, como allí y salimos de compras Ni debajo de la camiseta, ni de la falda, llevaba nada, iba, como a los dos nos gustaba, "chinguita" por dentro. Oviedo era un bullicioso enjambre consumista que se volcaba, aquel primer día de autentico calor, sobre el comercio, con ánimo de adquirir su vestuario de verano. En las tiendas la gente entraba, revolvía las existencias, se las probaba, discutía, solicitaba tallas mas grandes o mas pequeña, eran auténticos zocos en donde solo interesaba comprar lo mejor al menor precio posible. Yo necesitaba zapatos, los que llevaba no encajaban ni con mi atuendo ni con la moda estival. Fuimos, primero, a unos grandes almacenes en los que una atenta y atareadísima dependiente no encontró nada que fuera de mi agrado. Luego a una tienda de moda juvenil en la que se luchaba a brazo partido por cada prenda y en donde el personal se desentendía por completo de los clientes. Por último, bajo la presión de José Luis, terminamos en una de las mejores zapaterías de Oviedo. En ella, el aire acondicionado, la escasez de compradores y el trato exquisito, eran signos inequívocos de variedad, calidad y alto precio. Tras solicitar diferentes modelos me senté y agradecí el ambiente fresco y la música relajante del local.
De verdad que no lo hice a propósito, que fue algo inconsciente fruto de la mañana, del calor y del momento. Sin desearlo me encontré sentada ante un joven que, a mis pies, se esforzaba en realzar la comodidad y belleza de los modelos. Solo cuando mire a José Luis y vi su sonrisa burlona empecé a darme cuente de lo que sucedía. No me acordaba que por debajo iba completamente desnuda y que la falda, cada vez que me probaba algo, ascendía ligeramente sobre mis muslos. Sentí un aire frío entre las piernas y asumí que mi sexo, sin nada que lo cubriera, era fácilmente visible desde la posición del dependiente. Hasta entonces desconocía si se había percatado o no del hecho, pero ahora empezaba a estar excitada y quería asombrarlo. Fue un juego erótico y perverso. Me hice probar un montón de zapatos, estire las piernas, mostré mis pies preguntando por el aspecto que cada uno le daban, abrí y cerré los muslos, me baje, y se subió, repetidamente la falda, al final tuve la certeza que él estaba contemplando mi sexo a placer, que José Luis lo sabia, que ambos nos excitábamos por el hecho y que el pobre muchachito era incapaz de reaccionar. Compramos un par bastante caro y salimos ante su incrédula sonrisa.
Íbamos muy alegres cuando entramos en el Truli. Tras la segunda copa, era ya tal el número de canapés que Francisco nos había servido, que decidimos suprimir la cena. Fuimos hacia el Oviedo antiguo donde, en la Plaza de la Catedral, se iniciaba la fiesta de San Juan con una enorme hoguera y la actuación de grupos folclóricos de las comarcas occidentales del Principado. El fulgor de las brasas, el relente de la noche y el paseo por las calles de la vieja Vetusta, apaciguaron nuestros ánimos y templaron nuestras mentes. De madrugada decidimos regresar al barrio, en él que, en contraposición con lo visto, la quietud era total. Calles y bares vacíos, pocos taxis, casi ningún paseante. La casa era un horno y nosotros ardíamos. "Cámbiate de ropa", dije mientras me despojaba del niqui y de la falda y los sustituía por una amplia camisa, que ni siquiera abotoné, y un pareo hindú con grandes aperturas laterales. Salimos de nuevo. Tuve una sensación de frío y placer al sentir el aire sobre mis pechos y los dedos de José Luis jugueteando con mis pezones. Nuestro descaro no tenía límites. Note su mano descender por mi espalda, llegar al borde de la falda, levantarla hasta la cintura. Mi culito quedo al aire y la emocionó de que pudiera ser visto por cualquier paseante nocturno, se convirtió en placer. Quería más. Deseaba acariciar, ver, absorber su pene. Empujándole contra una pared le baje los pantalones y me lance contra su sexo erecto. Lo sentí caliente en mi boca. Tenía los pechos fuera de la blusa, mi culito libre y mi garganta inundada de carne. Oí un coche a mi espalda y un espasmo me recorrió. Mi vagina se humedeció y desee, en vano, que alguien pasase, me viera y me envidiara. Vámonos, dijo, alzándome y cambiando en mi boca su sexo por su lengua.
Entramos en un bar. Tras la barra una jovencísima camarera charlaba con un apático y medio adormilado cliente. Fuimos a la parte alta y pedimos dos ginebras con tónica. Estábamos solos. Cuando la chica se fue saque, de nuevo, los pechos de la blusa y los labios de José Luis cayeron sobre ellos. Su mano se perdió entre mis piernas y mis líquidos vaginales volvieron a fluir copiosamente. Estaba excitadísima. Fui sobre su pene y lo chupe con deleite. Lo sentí crecer, pase mi lengua por sus pliegues, note sus palpitaciones. "Sigue, sigue."murmuro cuando mis dedos se perdieron en su culito y la tensión de poder ser sorprendidos se apodero de nosotros. "Levántate", dijo al tiempo que me volteaba inclinándome sobre la mesa. La falda se arremolinó en mi cintura y su sexo murió en la profundidad de mi vagina. Estaba muy mojada. Allí, en un bar de Oviedo, hacíamos el amor medio desnudos, sabedores del enorme riesgo que corríamos. Me termino de quitar la camisa, me acaricio los pechos, sentí en mi interior el ir y venir de su pene. No se cuanto tiempo nos mantuvimos así, se que en un momento determinado aquel sexo se derramo llenándome de semen. Tuve que morderme las manos para no gritar.
Caímos rendidos. Mis pechos al aire, mi coño abierto y palpitante, su pene flácido y mojado, las dos copas intactas.
Bebimos un trago, arrojamos el resto en unos tiestos de adorno y nos marchamos. Otra vez la noche volvió acariciar mis tetas y otra vez su mano juguetona dejo mi culito al descubierto para goce y relajo de los pocos taxistas que circulaban por la calle. El cansancio nos había hecho ya mella.
Que pena de copas, pensaba en la cama, esperando que el sueño acallase mi mente. Acariciaba su pene dormido e introducía mis dedos en mi coño intentando extraer de él los últimos suspiros de placer. Roce mi clítoris y con esa sensación de paz y bienestar me dormí. Era la noche del 24 de Junio, la noche de San Juan, la noche en la que se quema en la hoguera todo lo viejo del invierno, la noche con la que se inicia el verano, mi noche de sexo ardiente y desenfrenado.

domingo, 14 de agosto de 2011

QUE NEGRA ERA LA PLAYA

Los ecologistas, como los gorriones o las moscas, son seres distribuidos uniformemente por el planeta con ideas muy parecidas, aunque no iguales, sobre lo que se entiende por delito ecológico, contaminación o cualquier aspecto relacionado con el entorno natural. Por ello, para un ecologista africano es malo acabar con los elefantes, y en cambio, para el vulgar habitante de Zaire, es una tragedia que una estampida de esos animales arruine sus cosechas e inutilice, durante años, sus terrenos agrícolas. De igual forma, para uno costarricense la contaminación de las playas esta condicionada por la mayor o menor acumulación, en ellas, de residuos forestales, mientras que para uno asturiano, tal hecho no supone un problema y si la cantidad de polvo de carbón que, por un inadecuado tratamiento de los vertidos mineros, se envía a los ríos y estos lo terminan depositando en el mar. La problemática es aquí estética y se centran, exclusivamente, en la coloración negruzca de las playas que circundan los estuarios de los ríos mineros, en donde se entremezclan la arena blanca silícea con los finos negros del carbón.
Mi primer contacto con la playa del Bayon, máxima representación de esta problemática, no detecto el hecho y si la labor de limpieza superficial que las cuadrillas municipales realizaban. Estaba claro que la mala educación es patrimonio universal y que, al igual que en mi país, en las playas asturianas también se arrojan botellas, papeles, envoltorios y latas que son necesarias eliminar pues la naturaleza no esta capacitada para ello. Era un jueves por la mañana y los casi 5 Km. de costa aparecían cubiertos por una bruma baja que impedía apreciar su verdadera dimensión. El tiempo no acompañaba al baño y tras acomodarnos en el extremo mas oriental iniciamos un paseo por la orilla. Pescadores, alguna pareja como nosotros, dos o tres matrimonios con niños y poco mas sobre aquella acumulación de arena. Al regreso, en el macizo rocoso que cerraba la última cala, un letrero, rotulado en grandes caracteres blancos, anunciaba: "PLAYA NUDISTA". Por azar habíamos situado allí nuestros enseres pero, por desgracia, los únicos posibles nudistas, en aquellos instantes, éramos nosotros. Nos tumbamos a la espera de que algún rayo de sol se filtrara entre la masa nubosa y nos adormilamos. Estábamos, como tantas veces en mi país, solos en una playa. La diferencia radicaba en que allí teníamos la total seguridad de que nadie aparecería pues el hecho de estar desnudos estaba terminantemente prohibido. Aquí, al contrario, se aceptaba, por lo que no sería improbable que, de repente, alguien nos acompañase.
Nuestros cuerpos, como viejos conocidos, empezaron a investigarse. Sentí unos dedos que acariciaban mis pezones, descendían por mi cintura y finalmente reposaban en el clítoris. Note el crecimiento lento y continuo de su sexo, su erección maravillosa. Me volqué sobre él y lo aprecie vivo, caliente en mi boca. Veía la playa, el morir de las olas, los pescadores, una pareja que se acercaba. Cesaron las caricias. Quedamos tendidos .Los paseantes llegaron a nuestro lado, nos contemplaron desnudos y se alejaron. Otra vez mi boca succionó su pene, lo engrandeció y sin apenas esfuerzo lo introduje en mi vagina. Fue un acto lento, placentero, casi estético. Montada sobre él observe el mar, el andar cadencioso de la pareja que momentos antes paso por nuestro lado. Sentí en mi interior a José Luis, cada vez mas excitado, y ese conjunto de acciones mezclaron en la vagina su semen y mi flujo. Grite de placer y mis voces rebotaron contra el murmullo de las olas. La paz del ambiente y la relajación del amor nos adormilaron. Al despertarnos el sol abría grandes estelas luminosas sobre el cúmulo de nubes y la playa continuaba desierta. Prometimos volver.

Pasaron días, tal vez semanas, hasta que el sol confirmo, con su presencia, la llegada del verano. Una tarde, a la salida del trabajo, José Luis se empeño en regresar a la vieja playa negra. No estaba vacía. A medida que avanzábamos hacia la calita donde hicimos el amor, los bañistas iban perdiendo su vestuario, al final, la proporción de desnudos era total. Había, no obstante, mujeres en mono bikini o en traje de baño convencional, pero esta mezcla no parecía importarle a nadie. Nos situamos en el centro, extendimos las toallas y, en un alarde de delicadeza por su parte, me pregunto:"Quieres quitarte el bañador". Mi respuesta fue la acción inmediata de despojarme de tal prenda.
Me encontraba desnuda y rodeada de gente. En mi interior había acariciado muchas veces el vivir una experiencia como esta. Es verdad que por diferentes razones el desnudo, mi desnudo, no me preocupaba, que lo había lucido ante hombres y mujeres, pero siempre en grupos de amigos, en fiestas íntimas, animada por el alcohol, las drogas o la situación, pero tal como estaba ahora, en una playa rodeada de gente desconocida, nunca lo había hecho. Tumbada en la arena contemplaba a quienes, sin ningún pudor, paseaban, se bañaban o jugaban a la pelota.
"Caminemos", dijo José Luis. Nos levantamos y fuimos hacia el mar. Cubrió con su brazo mis hombros y mi mano se apoyo en sus nalgas. Llegamos a la orilla, nos mojamos los pies, seguimos las olas en su lenta agonía. Estaba feliz, libre, desnuda. Pensé en mis padres, en mis hermanas, en mis amigos. Cuantos de ellos harían lo mismo. Cuantos gozarían así con el sol sobre su piel. Había nudistas de todas las edades, de todas las formas y de todos los tamaños. Nadie se preocupaba de nadie, parecía que el pecado de la carne había desaparecido.
Regresamos a nuestro lugar. Observe mi entorno: un matrimonio con niños, un par de viejecitos, un grupo de chicos y chicas, dos gays. "Como disfrutaría Manguita con tanto pene suelto", pensé acordándome de mi querido amigo homosexual. De bruces en el suelo note como José Luis extendía, en mi espada, crema antisolar. Sus manos se desplazaban sobre los hombros, los brazos, la cintura, los glúteos. Abrí las piernas para favorecer la distribución, agradecí aquellos dedos que rozaban mi culito, deteniéndose en el ano, que bajaban, mas tarde, hasta mi sexo. Me relaje y permití que siguieran. Ante quienes nos rodeaban, que podían o no, fijarse en lo que José Luis hacia, el prosiguió su tarea. Sus dedos se olvidaron de todo y se centraron en mí. Sentí como hurgaban en mi culo, en mi vagina, en mi clítoris. El placer que me proporcionaban era enorme. Con los ojos abiertos notaba como me friccionaba el ano, lo circundaba, lo recorría de arriba a bajo. De repente hundió en él un dedo por completo. Fui penetrada desde atrás y mi vagina se empapo. Supe que otro se perdía en ella y que ambos iniciaban un ligero vaivén que termino por producirme un mudo y agradable orgasmo. "Rico" dijo recostándose a mi lado.
Pasamos tres horas envidiables. Roto el primer instante de turbación el resto: pasear desnudos, sentir la brisa del mar, revolcarse en la arena negra, eran sensaciones maravillosas.
En el coche, aparcado junto a varias decenas de vehículos, nos sacudimos la arena y nos cambiamos de ropa. Estábamos ardiendo. El sol, las nuevas experiencias, el ambiente hacían bullir nuestra sangre. José Luis se inclino sobre mi, me libero los pechos, los beso, lleno con su lengua mi boca, hundió sus dedos en mi vagina. Nada parecía importarnos, ni el hecho de tener abiertas las puertas, ni la gente que, como nosotros abandonaba la playa, ni la circulación de automóviles. "Vámonos" dije. Salimos por un camino de montaña y en la primera bifurcación volvió a detenerse. Fui sobre su pene. Lo avive, lo agrande, me lo engullí por completo. "No, aquí no", protesto débilmente. El sitio no era el adecuado pero yo estaba como una posesa. "Mastúrbate" me dijo, "Mastúrbate para mi". No me lo hice repetir. Me despoje del pantaloncillo, me abrí la blusa y empecé a acariciarme el clítoris, los senos, primero, con suavidad, luego, violentamente. Para sus ojos introduje mis los dedos en la vagina, los moví, contemple como un agricultor nos miraba atónito, y como un par de ciclistas nos sobrepasaban sin detenerse. Me sentía en el cielo. Me corrí chillando de placer, sintiéndome observada, querida y deseada. Volví a degustar su sexo y manteniéndolo constantemente en la mano, regresamos a Oviedo.
El agua de la ducha elimino la sal y la arena de nuestra piel, nos hidratamos y fuimos a encerrarnos en la sauna, creímos que un poco de calor seco nos beneficiaria. Esta claro que tanto a él como a mi el desnudo nos provoca. Cuando el sudor empezó a brotar, nuestros cuerpos, como imanes, se atrajeron. Sentí como recorría mi pecho, mi cintura, como yo acariciaba su barriguita, sus testículos. Hacia mucho calor. Salimos, nos duchamos y quedamos descansando sobre la mesa de masajes. Me tumbé al tiempo que él empezaba a acariciarme. Sus dedos descendieron desde mí frente a mis pies, circundaron mis ojos, contornearon mis labios, rozaron mis pezones, hurgaron con delicadeza en mi ombligo, juguetearon con mi pelo púbico, despertaron mi clítoris, sorprendieron mi vagina. Luego los labios sustituyeron a las manos. Note como su lengua hacia el mismo recorrido. El calor y la confortable sensación de ser acariciada activaron mis jugos vaginales. Cuando la lengua alcanzo ese punto su saliva y mi flujo se fundieron. Me senté, abrí las piernas y él, de pie como estaba, introdujo su pene en mi interior. Nos veíamos reflejados en el espejo y gozábamos viendo entrar y salir su sexo de mis entrañas. "Aquí me masturbo pensando en ti" dijo José Luis presa de una gran excitación. Sus palabras encendieron mi mente. Quería verle masturbarse, contemplar como surgía el semen de su interior. "Mastúrbate, dije, quiero verte". Se recostó, cerro la mano sobre su pene e inicio un rápido movimiento de subidas y bajadas. Cada poco tiempo mi boca ensalivaba su miembro lubrificándolo, sensibilizándolo al máximo. Estaba acostado con los ojos fijos en mis pechos. Le pedí que se penetrara por detrás y hundió su dedo en su culito. Una sacudida de placer convulsionó su cuerpo. Estaba a punto de correrse. Pase mi lengua por su pene, sentí el ritmo frenético de su mano y le oí murmurar:" Ya, ya..., ya.". Broto un chorro de semen blanco y caliente al tiempo que mi boca se inclinaba sobre él para beberlo, para absorber y saborear el gusto de su sexo, para gozar, para culminar su masturbación en mi cuerpo.
Volvimos a la ducha. El agua termino de eliminar los últimos vestigios de arena negra, los últimos recuerdos de aquella playa nudista que habíamos considerado como propia y que nos había empujado hacia el amor, hacia el placer y hacia el sexo. Recordé a la gente paseando por la orilla, pensé en lo que me gustaría volver allí otro año con amigos, con amigas, con gente que supieran apreciar la belleza del desnudo, que se olvidasen del pudor y mostraran a la naturaleza las bondades de su ser. Sin quererlo compare aquella playa nudista con el extraño mundo de la ecología. Sus adictos, al contrario que estos, no utilizaban a la naturaleza, la amaban, la comprendía, sabían que no era perfecta pero tampoco sus cuerpos lo eran y sin embargo los disfrutaban, los mostraban y nada ni nadie les importaba. La playa negra, la vilipendiada playa negra estaba cubierta de hombres y mujeres a los que el sol había hermanado con un bronceado estético y total.

sábado, 6 de agosto de 2011

JUEGOS DE SALON

Desperdicie media vida. Mejor dicho, no tuve niñez ni juventud ni nada. Mis primeros 25 años pasaron sin dejar huella, sin haber tenido en ellos las alegrías, desilusiones y juegos de esos días dorados. Nunca lo lamente. A veces, en mis horas de depresión me susurraba: "José Luis, fuiste un raro", pero ahí finalizaba la historia. Cuando en libros, revistas o películas veía todo lo que a la juventud le sucede en ese período de su existencia, yo admitía que, a mi, eso nunca me sucedió, que no tuve amores prohibidos, ni goce del sexo, ni me emborrache, ni siquiera desobedecí a mis mayores. Fui, lo que se dice, un joven, un adolescente modelo.
Es lógico, por tanto, que todo el peso vivencial de mi generación fuera solo un ligero recuerdo, un comentario curioso o una anécdota intrascendente. Con el tiempo todo aquello fue solucionándose y hoy estoy viviendo mi juventud a los 50 años. Una maravillosa mujer es la culpable. Ella desencadenó mi sexualidad, avivo mi imaginación y elimino los tabúes que, en su opinión, debería tener. La verdad es que no los tengo, que soy así, que ni la dictadura del General Franco, ni mi prolongado celibato me produjeron traumas importantes. He tenido, por error del destino, un cambio en mi evolución. En mi vejez siento, amo y hago todo lo que en mi juventud no desee. Soy mayor, vivo con personas mayores y tengo, por dicha, las mismas emociones que un día, hace años, los jóvenes tuvieron.
En mi adolescencia no jugué, por eso ayer, cuando me propusieron jugar dije si, y lo dije sabiendo que podía ser el desencadenante de lo erótico, de lo sorprendente que pudiera haber tras el juego que estaban proponiendo.
Llevaba 10 días en Costa Rica, tras año y medio de ausencia. Había vuelto a recorrer sus mares, sus ríos, sus bosques. Me había reencontrado con amigos y enemigos y estaba con la mujer que amaba.
Aquel viernes Sonia fue la anfitriona yo cocine la cena y ambos programamos, con ilusión, una fiesta que podía considerarse como de bienvenida y despedida a la vez. Nidia, José Enrique, Mirella, Manguita, Gerardo y Marta nos acompañaron. Otros no pudieron llegar y se disculparon. Éramos un grupo jovial, homogéneo y con la sola excepción de la edad de José Enrique, todos habíamos superado la barrera mágica de los 40. Hacía calor. Los hombres usábamos camisas estampadas de manga corta y las mujeres blusas y niquis que dejaban al descubierto gran parte de su anatomía. Corría el guaro, la ginebra y el vino. Aparecían y desaparecían "boquitas", canapés y ensaladas. Al final un plato fuerte de carne y una sobremesa regada con champaña. Estábamos contentos, nadie había roto el espíritu de amistad y compañerismo. Bromas y risas se mezclaban con el merengue y la salsa.
Manguita, el único no bebedor, pidió permiso para encender un "purito". Se acepto su solicitud y, salvo yo, que no fumo, el resto se atiborró de una marihuana suave y aromática. Los cigarros pasaban de mano en mano y el ambiente se iba tornando dulzón, fraternal. De los problemas políticos se pasaba a los ecológicos, de estos a los personales. Se hablaba, se bailaba, se bebía, se fumaba. Sin apenas darnos cuenta las horas transcurrían.
Fue Nidia, quien otra podría ser, la que alegando trabajo el sábado por la mañana, anuncio su retirada. En su marcha arrastro a Manguita, algo aturdido por los "porros". El resto nos quedamos saboreando los últimos vapores del humo que recalentaba la habitación. No es que la reunión languideciera, al contrario. En un momento determinado el clímax se electrizo. Pareció, por instantes, que hombres y mujeres caíamos en un estado de ingravidez etérea e irreflexiva. Se contaban chistes, se hacían bromas, la risa se posesionó de todos y la imaginación se desato.
No se quien propuso el juego. Tal vez Mirella, por aquello de ser la más mundana, o Gerardo, por los problemas pseudo místicos de su esposa, pero la realidad es que apareció sobre la mesa una cassette en la que se proponía una sesión de relajación mental y corporal. "Hagámoslo, hagámoslo.", fue el grito unánime de la mujeres, seguro que con ello nos tranquilizamos antes de irnos a la cama.
Sonia encendió unos palitos de sándalo aromático, para dar mas ambiente al evento, apartamos los sillones, dejando un amplio espacio donde poderse mover y, tal como indicaba la carátula de la cinta, sorteamos las parejas y distribuimos aceite de aguacate en pequeños vasitos. El azar emparejó a Sonia conmigo, a Gerardo con Mirella y a José Enrique con Marta. Todos de acuerdo iniciamos el juego. Sonia colocó la cassette, apago las luces y empezamos la sesión. A través de los cristales los rayos de luna daban luz a la oscuridad permitiendo ver entre penumbras tanto a nuestra pareja, como al resto de los participantes.

Bienvenidos a esta sesión de relajación, de unión espiritual de vuestros cuerpos, de vuestras mentes. El azar os ha emparejado, él quiere que todo lo insano que mora en vosotros desaparezca. Bajad al mínimo la luz, sentíos cómodos en la oscuridad que os rodea, sentaos en el suelo, respirad profundamente, centrad vuestra mente en el estómago, sacad de él el aire viciado que lo inunda, respirad lentamente.
Una voz lenta, grave, cadenciosa, y sumamente agradable lleno la habitación. Empezó a escucharse una música mientras iniciábamos la concentración. Tenía gracia el jueguecito. Pensé que, al final, terminaríamos todos dormidos.
Esparciros el aceite entre las manos. Cerrad los ojos, tomad a vuestra pareja, intentad captar su energía, entrelazaros los dedos, juntad las palmas, frotároslas, dejadlas fluir lentamente, libremente.
Era curioso, pero con ayuda del aceite mis manos y las de Sonia se entremezclaban, se acariciaban. Mis dedos abarcaban los suyos, ella se dejaba hacer. Yo llevaba la dirección del juego, ella repetía mecánicamente mis actos y, a veces, los innovaba mejorándolos. Aprisioné sus manos, cosquillee sus palmas, friccioné sus muñecas, amalgamamos las cuatro extremidades en un racimo imposible.
Intentad comprender su mente, sus problemas, sus deseos. Conoced su piel, sus dedos, su textura.
Hubo otra pausa musical. Como decía la voz, quise leer su mente, tan conocida por mí, a través de sus manos, del tacto de su carne. Volví a recorrer sus dedos, a pellizcarle las yemas, a mantener las suyas entre las mías.
Juntad las palmas, dejadlas fluir, haced, sentid, olvidaros de todo, concentraros en las palmas, en las manos, en la mente de vuestra pareja, en sus problemas, os sentís bien, muy bien, relajados, felices, estáis solos, os pertenecéis, continuad, continuad...
Volvió a sonar la música. Entreabrí los ojos y vi que, tanto la pareja Marta-José Enrique como la de Gerardo y Mirella, estaban ensimismados masajeándose las manos. Se oía la música, el olor a sándalo lo inundaba todo. Seguí llevando la dirección: rodee sus dedos, los entremezclé con los míos, acaricie sus muñecas, sentí como se estremecía, como apretaba mis manos. Nuestras mentes empezaron a sintonizar. Abrí de nuevo los ojos y comprobé que tal sensación era generalizada. El resto sentía como nosotros. No sabía, en cada pareja, quien era el director escénico, pero, sin lugar a dudas, uno de los dos lo era.
Poneros de pie, continuad el conocimiento a través de los brazos, mantened los ojos cerrados, sentid vuestras extremidades, rozarlas, ascender por ellas
Mis manos se deslizaron por sus brazos. Estaban calientes, dejaban que, con la punta de las uñas, los fuera acariciando. Note sus manos aferradas a los míos. Mis dedos entraron por el hueco de la manga hasta llegar al sobaco. Estaba húmedo. Levanto los brazos y me dejo hacer. Llegue al hombro, lo rodee. Llevaba una blusa de manga corta. Extraje mis manos que bajaron hasta encontrarse con las suyas. Al llegar me las apretó.
Conoceos la cara, los labios, las orejas, la nariz, la boca, los ojos, el pelo. Recorred con vuestros dedos cada parte de su cara, lentamente, con mimo. Dar libertad a vuestras manos, continuad. Unificad, en un único movimiento, las manos, los brazos, la cara. Continuad. Seguid...
De nuevo sonó la música. Mis manos acariciaron su cara, contornearon su boca, sentí el frescor de la saliva sobre los labios. Moví mis dedos por sus orejas, recorrí sus lóbulos. Ella tenía las manos en mi cara y duplicaba mis movimientos, exploraba mis ojos, las aperturas de mi nariz, la raíz del pelo. Mis manos volvieron a entrar por los huecos de las mangas para reencontrarse con la carne caliente de su cuerpo. Apenas si nos movíamos. Abrí los ojos y vi como el resto de las parejas permanecían absortas acariciándose. Vi como Marta mandaba, como Mirella dominaba. Eran las mujeres quienes se aventuraban a explorar la sensibilidad de los hombres.
Conoceos el cuello, la barbilla, los hombros, sentid sus músculos, sus huesos, su piel, su calor.
Mis manos bajaron por el cuello, tropezaron con la blusa, dudaron. Ascendieron hacia la garganta, la acariciaron. Volvieron a descender, soltaron los primeros botones de la blusa, se desplazaron sobre su sujetador, lo bordearon, descansaron en la zona que cubría los pezones. No se movía, no protestaba. Sus manos habían abierto mi camisa y me acariciaban el pecho. Seguí aventurándome. Recorrí la estela del sujetador, caí de nuevo sobre sus sobacos, ascendí hasta los labios, los abrí buscando en su interior una lengua ansiosa de placer.
Conoced vuestro torso, el pecho, las costillas, notad su calor, sentid vuestras dorsales, la unión del pecho con los brazos. Unificad la cabeza, el pecho, los brazos. Identificaos con vuestra pareja, entrar en su cuerpo, notad su corazón, sus latidos, sus palpitaciones. Continuad... .
Ayudadas por la voz mis manos descendieron soltando, a su paso, todos los botones. La blusa quedo abierta. Mis dedos recorrieron su estómago, su espalda. Estaba inmersa en el juego. Sentí que me despojaba por completo de la camisa, que sus dedos recorrían mi cuerpo. La notaba relajada y tranquila. Me pellizcaba las tetillas, ensortijaba mi pelo. Me atreví a más. Introduje los dedos entre el sujetador y la carne. Sentí sus pezones endurecidos, sus manos aferradas a mis hombros. Lentamente, embriagado por la música, busque el broche y lo abrí. Cayo sobre su pecho. Estaba perplejo. Sonia aceptaba que la fuera desnudando, que la acariciara en presencia de sus amigos. Estábamos haciendo lo que siempre soñamos. Abrí los ojos y el espectáculo que vi me hizo comprender su actitud. Marta tenía el niqui arrollado en la cintura mientras José Enrique, sin camisa, le acariciaba los senos. Vi sus grandes tetas blancas, sus pezones rosados, su cara de placer. Mirella, al otro extremo de la habitación, exhibía orgullosa sus hermosos atributos morenos, duros y turgentes, cubiertos por las manos de Gerardo que, tan pronto aprisionaba sus pezones, como recorrían el canalillo de separación entre ambos. Todos, menos yo, mantenían los ojos cerrados, pero todos, al igual que yo, los habían abierto en algún momento. No sabía quien fue el primero en romper el fuego, pero estaba roto. Desprendí por completo el sujetador de Sonia y acaricie sus pechos. Bajo los brazos y dejo que mis dedos disfrutaran con el tacto de su piel. Era un ángel de placer que admitía todo, y que, en su fuero interno, pedía más. Todos estábamos medio vestidos y todos nos dedicábamos a dar satisfacción física a nuestra correspondiente pareja.
Acercaos, unid vuestros pechos, sentid los huesos de la columna, las vértebras, recorrerlas desde la nuca hasta el coxis, friccionarlas. Separaos, conjugad el conocimiento total del cuerpo, del pecho, de la espalda, del cuello, de la cara. Abarcarlo todo, sentid cada poro, cada músculo, cada una de sus partes. Continuad...
La música sustituyo a la voz. Sonia y yo nos abrazamos. Acaricie su espalda, sentí su mejilla, sus labios. Gozamos haciendo realidad en nuestros cuerpos una fantasía querida. Abrí los ojos. La boca de José Enrique se recreaba con los pezones de Marta, chupándolos, absorbiéndolos, mordisqueándolos. Gerardo y Mirella eran un solo bloque en el que era imposible saber donde terminaba la boca del uno y empezaba la del otro. Baje la cabeza. Mi lengua recorrió su cuello, sus pechos. Ella acariciaba mi cabeza, perdía sus dedos en mi pelo, evitaba que mi boca dejara de excitarla.
Conoced vuestro estómago, el nacimiento de las piernas, notad la redondez de las nalgas, abarcarlas. Conjugad el conocimiento del pecho con el de la espalda, sentid vuestros glúteos, sus formas, sus pliegues. Continuad... .
De nuevo la música. Entorne los ojos. Marta se desprendía del niqui y de la falda quedándose en braguitas. Gerardo hacía lo mismo con Mirella mientras esta le despojaba de sus pantalones. Sonia desabrocho mi cinturón, bajo mi bragueta. Sentí su mano bajo mis calzoncillos. Solté los botones de su falda. Cayo. Empecé a acariciarle la cintura, la barriguita, rodee su ombligo, el inicio de su vello púbico. Note su mano aprisionando mis testículos.
Conoced vuestras piernas, las rodillas, los gemelos. Conjugad la pierna como un todo uno, sentid la suavidad de la entrepierna, el inicio del estómago, la dureza de los músculos. Subid por ellas, bajad por su interior, por el exterior. Continuad... .
Nuestras manos actuaron al unísono. Ella bajo mis calzoncillos y yo sus bragas. Fruncí la mirada y comprobé que las tres parejas estábamos completamente desnudas. Marta y José Enrique tumbados en el sofá, Gerardo y Mirella abrazados, Sonia ante mi. Descanse mis manos en sus pechos y mediante un descenso lento y prolongado llegue hasta su sexo. Estaba húmedo, muy húmedo. Lo acaricie, sentí su mano en mi pene y sus labios en los míos. La volteé y apoyando su espalda en mi pecho le fui activando sus puntos eróticos. Endurecí sus pezones, roce su clítoris, introduje mis dedos en su vagina, los llevé, luego, hasta su boca, regresaron de nuevo a su sexo. Ella seguía friccionando mi pene. Continué masturbándola hasta que una sacudida y un "Si..,si..,si..."me indicaron que se había corrido. La abrace. José Enrique seguía acostado. A su lado Marta se recreaba con su sexo, duro, empalmado. Su boca se volcaba en él perdiéndolo en la profundidad de su garganta. Sus manos jugueteaban con sus testículos y sus dedos se deslizaban en la negra hendidura de su ano. Mirella, inclinada sobre un sillón ofrecía su sexo para que Gerardo la penetrara desde detrás apoyando sus manos en sus prodigiosos senos. Todo, absolutamente todo, en un silencio solo roto por la música y el lento ascender del humo de sándalo. Gire a Sonia sobre sus talones y la bese. Su lengua, con infinita lentitud, fue recorriendo mi cuerpo hasta cebarse en mi pene. Lo chupo, lo ensalivó, lo engrandeció. Me abalance sobre ella y caímos al suelo. Busque su vagina. Estaba húmeda, caliente. Abrimos los ojos, nos miramos. Una sonrisa de complicidad iluminó su rostro al ver como, a nuestro alrededor, todos hacían el amor, todos gozaban.
Acercaos, bajad vuestras manos desde la espalda a los talones, sentid vuestro cuerpo, sois un todo uno, unid vuestras carnes, vuestros pechos. Haced que se conozcan, que se entiendan. Unid vuestras energías. Continuad... .
De nuevo la música. Tenía a Sonia entre mis brazos, la besaba, acariciaba su culito. Marta, junto a José Enrique, lamía su sexo dormido. Mirella y Gerardo seguían abrazados. Nadie se movía, solo la música y la luna tenían entidad propia en el salón.
Iniciar el final, recorred todo el cuerpo extrayendo su energía. Las piernas, la cintura, el pecho, el cuello, la cara, los brazos, los dedos. Separaos, las manos juntas, respirad profundamente, concentraos, mantened los ojos cerrados. Continuad... .
Lentamente fuimos vistiéndonos. El revoltijo de prendas termino correctamente dispuesto sobre las parejas. Las tres manteníamos las manos unidas.
La sesión ha terminado, abrid los ojos, encended una luz suave. Estáis muy relajados, felices, todo ha sido un sueño del mas allá, un vivir en el reino de la mente, del cuerpo, del tacto, del espíritu. Descansad.
"Una copa" dijo alguien."Ha estado muy bien” apuntilló José Enrique."Habrá que repetirlo","Quien trajo el cassette" pregunto tímidamente Marta. "Yo quiero una copia" pidió Mirella. La relajación era total. Los cuerpos se desmadejaban por el salón y el sueño empezaba hacer mella en nuestras mentes. "Hay que irse" dijo Gerardo, y en un abrir y cerrar de ojos los cuatro desaparecieron
Sonia y yo nos abrazamos, nos besamos como locos. Fuimos a la cama. Queríamos poseernos, penetrarnos introducirnos el uno en el otro. Nuestro grado de excitación era máximo. La sesión nos había sensibilizado la mente y nuestros cuerpos eran volcanes de lujuria. Estaba sobre ella. Mi pene se perdía en su vagina y mis dedos acariciaban su boca, sus pechos, su clítoris. "Te he masturbado en público" susurraba, "He tenido tu pene en mi boca, he introducido mis dedos en tu culito. Me has acariciado, has chupado mis pechos, he sentido tus dedos en mi clítoris, me he mojado, he gozado y, todo ello, ante mis amigos". "Yo te he masturbado", le decía, "He sentido tus orgasmos, he pasado mi lengua por tu sexo, he besado tu boca, te he acariciado. Tú has jugado con mi pene, lo has endurecido,...".Los dos hablábamos de nuestras experiencias mientras el semen volvía a agolparse en mí y su vagina se inundaba de flujo. Nuestro orgasmo fue violentísimo. La cama se movió durante mucho tiempo y al final ambos caímos rendidos, juntos, abrazados.
Creo que esa noche no soñamos. La sesión de relajación había dejado nuestros cuerpos deshechos y felices. Habíamos participado en un juego de salón para mayores con palabras de niños, un juego que todos recordaríamos siempre y que jamás contaríamos a nadie.



martes, 26 de julio de 2011

UN BAÑO NOCTURNO

Por muy observador que se sea, por mucho que se crean conocer las reacciones de quienes nos rodean, siempre vivimos inmersos en un mundo de sorpresas, en un planeta móvil y cambiante que presenta, ante nuestros ojos, un universo en constate evolución. Los lugares se transforman con el paso de los días, las situaciones varían en segundos, condicionadas por el tiempo, el lugar o el clima y las personas, oh¡ las personas, estas no solo cambian sino que son impredecibles, mutantes, imposibles de entender.
Cuando vi por primera vez a Mariquita me pareció una mujer, mejor dicho, una jovencita callada, recatada en exceso, poco maliciosa, inserta en una problemática, para ella difícil y para mi desconocida. Hablaba con moderación, bebía pausadamente, sonreía con un rictus impersonal y lejano. Era un ser que no quería reflejar su interior, alguien que sabía mucho mas de mi que yo de ella. Era la amiga predilecta de Sonia, su confidente, su compañera de estudios. Fue un encuentro corto. “Nos veremos en La Fortuna " dijo al despedirse. Creo que en su fuero interno estaba convencida de que no iríamos, que tendríamos tanto que hacer que nos olvidaríamos del cantón de San Carlos y que su ofrecimiento se pospondría hasta mi próximo viaje, sin que por ello se enfriara su amistad o se resintiera su orgullo.
Se confundió. Pese a una leve oposición por mi parte, que recordaba La Fortuna como un lugar de paso en el que había que hacer extrañas maniobras para entrar y para salir, que casi siempre estaba cubierto de nieblas y que se extendía a escasos kilómetros del volcán Arenal, el 27 de Diciembre salimos hacía allí con la ilusión de pasar parte de la semana que va desde Navidad a Fin de Año. Siguiendo sus consejos alteramos el trayecto Naranjo-San Carlos-La Fortuna, por otro, en su opinión mas rápido y de mejor carretera, que discurría por San Ramón-Tigre y Piedras Blancas. Hasta San Ramón circulamos por la Panamericana, contemplando el verdor y la uniformidad de los extensos cafetales de la provincia de Grecia y los incipientes penachos floridos de las plantaciones de caña. Desde allí la carretera perdió anchura y de adentro en las estribaciones mas boscosas de la Meseta Central. Viajábamos sin prisa.
Como por encanto, una nube de algodón surgió de la profundidad del valle y el recorrido se convirtió en un viaje fantasmagórico. Había que sortear baches, adivinar el sentido de las curvas y evitar posibles colisiones, no ya con otros vehículos, apenas existentes, sino contra grupos de vacas que, sin previo aviso, surgían y desaparecían entre la niebla en busca de mejores pastos. Sonia redujo la velocidad y se dedicó circunvalar, a ritmo lento, los eventuales obstáculos que el azar pudiera interponer en nuestro camino.
En silencio disfrutábamos con aquel paisaje de bosque encantado, con la visión fugaz de los lugareños asentados en las márgenes de la carretera, con la lluvia suave que empañaba los cristales. Sonia movía el volante con una mano y con la otra me acariciaba la rodilla. Pese a la inclemencia climática exterior, vestíamos como para ir a la playa. Yo, con pantalón corto y camisa, ella con un suéter rojo de tirantes, que dejaba entrever parte de sus pechos, resaltando, de paso, sus pezones endurecidos por el frío y una lycra azul que se ceñía a sus muslos y a su culito, como un guante. Sabía que por debajo no llevaba nada y eso, como siempre, me excitaba. Su mano ascendió por mi pierna y sus dedos se perdieron bajo el pantalón atrapando mi sexo dormido. Lentamente fue creciendo hasta rebasar los límites del tejido que lo cubría. Sonia conducía y acariciaba mi pene, mis testículos. Sentí en ellos sus uñas, la presión de su palma. Íbamos muy despacio. Solté su cinturón de seguridad y hundí mi mano bajo su lycra. Su sexo rebosaba humedad. Ambos nos estábamos masturbando envueltos en una intimidad blanca, brumosa, excitante. Jugueteé con su clítoris, introduje mis dedos en su vagina, la oí susurrar, gritar de placer. Abandono, momentáneamente, mi sexo y se levanto el suéter hasta el cuello dejando libres sus pechos para mi deleite y para el de quienes cruzasen a nuestro lado y tuvieran la suerte de dirigir su mirada hacia el coche. Ella se acariciaba las tetas y yo le friccionaba el sexo. Grito al sentir una serie de orgasmos continuados y al contemplar, con placer, que algunos de quienes se cruzaban con nosotros, se extasiaban ante la contemplación de sus pechos desnudos. Luego se centró en mí y humedeciendo mi pene con parte de sus jugos vaginales hizo que de él surgiera un chorro de semen que restregó sobre mis piernas. Olíamos a sexo, a lujuria. Nos tranquilizamos y continuamos entre brumas, bajo una llovizna fina e insistente, hacia La Fortuna, lugar último de nuestro recorrido
“Deberíamos lavarnos ", dijo, "Olemos mucho”. No lo hicimos y así llegamos a casa de Mariquita. No nos esperaba y alguien de su familia fue a buscarla. Daba la impresión de no saber que hacer con nosotros. "¿Queréis ir al lago?, ¿A montar a caballo?, ¿A bañaros a las termas?”.Eran ideas sin concretar, opiniones dadas para que fuéramos nosotros quienes eligiéramos. " Hay mucho tiempo " dijo Sonia," Iremos a todos los sitios”.
Cruzamos el lago, bajo una pertinaz lluvia tropical, en dos lentos pedalones, recorrimos a caballo un bosque primario, fuimos por caminos de montaña, observamos el cielo gris tapizado por los árboles, hicimos fotos, nos mojamos, nos ensuciamos de barro. Al final uno de los caballos se negó a seguir y Mariquita terminó la excursión medio andando y medio a la grupa del caballo de Sonia.
Estaba oscureciendo. Mariquita propuso ir a las termas de Tabacón. La primera, la mejor y la más espaciosa, estaba abarrotada de gente. " Vámonos, dije, aquí no hay quien se quede."." No, respondió nuestra anfitriona, al lado hay otra mas rústica y menos concurrida.". En aquellos momentos la noche había caído por completo y la lluvia no era el típico "pelo de gato" costarricense sino un violento aguacero. Descendimos hacia un rellano del río y en un barracón cochambroso, húmedo y resbaladizo nos cambiamos de ropa.
El ambiente tenía una connotación extraña. Notaba la lluvia sobre mi espalda , el frío de la noche, los vapores del agua termal, el tapiz verde y brillante del césped, el brillo opaco de los focos de iluminación.. Dejamos la ropa a la intemperie y nos introducimos en el agua. Sentí el calor del termalismo y en el me guarecí. La enorme pradera de la margen derecha reflejaba el parpadeo lejano de los reflectores. Sobre el agua, quieta y humeante, se veían o imaginaban cabezas de bañistas que, como nosotros, se deleitaban con el baño cálido proveniente de las entrañas de la tierra. Grupos de personas se distribuían inmóviles sobre una extensión de unos 20 metros cuadrados siendo imposible distinguir el color, la forma y la naturaleza de los mismos. Sonia y Mariquita hablaban, yo contemplaba ensimismado la escena: el río humeante, el deambular borroso de la gente sobre el césped, cabezas humanas, como piedras móviles, emergiendo del agua, el chapoteó constante de una cascada, la lluvia atravesada por la luz de los reflectores.

“Acércate, dijo Sonia." y arrastrando mi cuerpo sobre el fondo me reuní con ellas. Vi sus caras sudorosas, su pelo mojado sobre el rostro, sus ojos brillantes, pequeñas gotas de agua deslizándose por los pómulos, cayendo por la nariz. "Esto es buenísimo para la piel, dijo Mariquita, y además dicen que excita la libido." .No estaba de acuerdo. En mi opinión no era el agua caliente la causa de la excitación, era la noche, el frescor del campo, las luces lejanas y perdidas, la sensación viva de soledad compartida. Eran hechos aislados que amalgamados ayudaban a la desinhibición, creando a la vez un ambiente único para la confidencias, para lo prohibido. Nos desplazamos a la zona de la cascada y allí, al arrullo del agua, volvimos hablar del aislamiento, del hecho de estar solos y rodeados de gente. Podríamos hacer lo que quisiéramos sin que nadie se enojara, enfadara o nos criticara. Por delante una pareja se fundía en un interminable abrazo, a nuestra espalda un par de homosexuales aprovechaban el calor y la quietud de la noche para el desahogo de sus instintos. Por una de esas conexiones astrales que unen las mentes, en aquel momento todos pensamos en lo mismo: desnudarnos. Fue Sonia quien en un desesperado intento de alcanzarlo empezó hablar de las playas nudistas españolas, del goce de sentir el sol sobre la piel, de andar desnudos entre la gente. Tuve la intención de despojarme de mi bañador y vi, en los ojos de Sonia y Mariquita, el mismo deseo, pero, por alguna extraña razón, nadie lo hizo. Nos mantuvimos aun un rato en el agua, hablamos del placer, del deseo de lo prohibido, pero el momento mágico de vivir un desnudo compartido en las aguas termales de Tabacón, había pasado.
Salimos. Íbamos calientes y la lluvia arreciaba sobre nuestras cabezas. Sonia, indiferente hacia los grupos que nos rodeaban, dijo: "Cambiémonos aquí, es mas rápido.". Fue ella la primera que se despojó de la parte superior del bañador, la primera que dejo al aire sus pechos, la que mientras se secaba, comentaba en inglés, con un turista, la agradable temperatura del agua. Yo quería ver la reacción de Mariquita. Pensé que su pudor, su aparente apocamiento, le impediría desnudarse. No fue así. Con una torpe rapidez de movimientos se bajo el bañador. Sus pechitos, sus pezones contraídos por el frío, quedaron ante mis ojos. Fue una visión fugaz, casi soñada. Me quite el mío y, en apenas segundos, me vestí. Sonia totalmente desnuda intentaba enfundarse en la lycra. Sus negros pezones bailaban, sin pudor, ante la atenta mirada de un curioso lejano.
Mariquita, mas recatada, dudaba si quitarse, o no, del todo. Al final lo hizo y una mata de pelo púbico surgió, negro y potente, entre sus piernas. Con la incapacidad que produce la necesidad de cubrirse y vestirse a la vez, hizo mil operaciones encaminadas a evitar la mirada del curioso, mostrándome a mi, en contra, todo el esplendor de su cuerpo.
Vestidos, mojados y nerviosos salimos de las termas hacia La Fortuna. De nuevo la charla oculto el conjunto de sentimientos que nos embargaban. Sonia y yo llegamos a nuestra cabaña y sin pasar por la ducha caímos abrazados en la cama. Fue un acto de amor violento, deseado, querido. Nos duchamos y, como tantas otras veces y en otros tantos lugares, nos pusimos dos copas. Estábamos solos, desnudos, tranquilos, felices.
Allí empecé a saber más de Mariquita, de sus luchas familiares, de sus crisis, de sus estudios. Supe de su amistad con Sonia, de su mutua ayuda y comprensión. Supe de su ofrecimiento a llevar una de nuestras fotos de desnudos para que la imprimieran en unas camisetas. Supe que conocía la existencia del albun con nuestros más eróticos recuerdos, de la serie de escritos sobre nuestras fantasías. Tuve la impresión de que pronto vería las fotos y leería los relatos.
Fue curioso, cuando la vi por primera vez pensé que reaccionaria de forma diferente y ahora estaba convencido de lo contrario. Si Sonia, en un momento dado de la noche, hubiera propuesto el bañarnos desnudos, ella habría dicho que si. Que si algún día le quería enseñar las fotos o los cuentos, ella estaría encantada con verlas y leerlos y que si, con los meses, le proponía ir a una playa nudista, no mostraría ninguna extrañeza. Fue algo que aquella noche intuí y de lo que ahora tengo la más absoluta certeza.
Salimos a cenar. Nos esperaba con su primo y una amiga de este, en uno de los múltiples restaurantes de La Fortuna. Adriana era su antítesis. Grande, habladora, con enormes pechos. Nos contó su vida, su trabajo, sus ilusiones. Se reía, bebía, comía. Me desconcentré. Eran opuestas. La locuacidad de una se contraponía al silencio de la otra. Lo aparentemente frívolo y mundano de Adriana chocaba frontalmente con el recato y el pudor de Mariquita; sin embargo en mi aun flotaba su figura descompuesta intentando taparse el culito mientras dejaba al descubierto sus pechos, aun recordaba sus ideas sobre la sexualidad y sobre todo el brillo de sus ojos cuando Sonia hablaba de las playas nudistas. Fue, como dije, un momento perdido. Aquel baño nocturno había traído a nuestras mentes la idea de lo prohibido, el deseo de desnudarnos sabiéndonos rodeados de gente aun teniendo la certeza de que nadie, ni nosotros mismos, vería nuestros cuerpos. Los tres, Mariquita, Sonia y yo, tuvimos el mismo deseo, y los tres lo reprimimos.
Tal vez nunca vuelva a surgir una noche mágica como aquella en la que se conjugaron la lluvia, el vapor, la luz y la escasez de gente; tal vez nunca volvamos a vivir un momento similar, pero si lo viviéramos, si otra vez nos recreásemos en un baño nocturno como el de aquel día, los tres nos despojaríamos de nuestros bañadores y gozaríamos desnudos del calor de las agua. Mas aun, tras haber leído estas impresiones transcritas, casi literalmente, de lo que entonces decían nuestras mentes y que, por desgracia, nuestros cuerpos fueron incapaces de realizar.

viernes, 15 de julio de 2011

MARENCO: EL ERROR DE UNA ELECCION

El turismo es mi debilidad, mejor dicho, nuestra debilidad. A lo largo de los últimos años hemos recorrido el País en busca de sol, lujo, calor, mar o montaña; hemos descubierto parajes insólitos, playas inhabitadas o bosques primarios apenas si transitados por los propios lugareños; hemos vivido en albergues, cabinas u hoteles, pero siempre, o casi siempre, hemos compaginado lo placentero con lo erótico, lo normal con lo provocativo, lo abúlico con la excitación que produce el intentar forzar las normas de esta sociedad decadente y permisiva.
Sonia es una mujer maravillosa. Con el paso de los años nuestras mentes han sincronizado de tal forma que aún sin hablarnos nos compenetramos. Ella sabe lo que me gusta y sin decirlo lo realiza, lo fuerza. A ambos nos agrada lo mismo, sin embargo, es ella, quien pone los ingredientes necesarios para conseguirlo. Nuestros viajes turísticos son, en consecuencia, una mezcla irracional de belleza, erotismo, lujo, provocación, incitación y lujuria, un coctel explosivo que pocas veces falla. En ello influye una adecuada planificación, un estar al día de la evolución hotelera y un estudio detallado de lo que cada lugar puede dar de si. Hay veces, no obstante, que este encaje de bolillos, este castillo de naipes, se desmorona y lo que, en un principio, consideramos excelente, luego le realidad lo convierte el algo vulgar e inadecuado a nuestros gustos.
Marenco era, en opinión de quienes lo conocían, un lugar privilegiado de la naturaleza. Construido sobre el borde Norte del Parque Nacional de Corcovado, volcado hacia el Pacífico e inserto en el extremo de un bosque primario, presentaba todos los ingredientes para poder pasar en él un largo y agradable fin de semana. Sonia solicito la reserva con meses de antelación, preparo el viaje con esmero y ambos imaginamos lo que haríamos en aquel paraje alejado de la civilización, al que solo podía accederse por barca.
La cabina asignada debió ser magnífica en su inauguración, pero tras 10 años de uso, abuso y escaso mantenimiento, tenía ahora un aire destartalado, de total abandono; solo la paradisíaca visión del bosque y el mar, a través de la malla metálica que hacía las veces de cristal, daba al recinto un cierto sabor tropical. Dos camas matrimoniales, una mesa y un servicio sanitario, indigno de un hotel de tal categoría, completaban un cuadro surrealista en el que chocaba la belleza de lo exterior con la pobreza y el mal gusto del interior. Si el viaje, por una carretera descarnada y con múltiples deslizamientos, había sido horroroso, la visión de la cabina no aporto nada a mejorar nuestro estado de ánimo. Hacía calor, sudábamos, estábamos sucios y cansados
La ducha, en otros tiempos cargada de tipismo, consistía en un tubo metálico del que surgía un potente chorro de agua incontrolado. Nos desnudamos, bajo la atenta mirada del paisaje agreste que nos rodeaba, deshicimos la bolsa de viaje y Sonia se metió en el baño. Oí el golpeteo del agua, escuche sus peticiones y sugerencias, la vi aparecer, como siempre, con la toalla arrollada a modo de turbante sobre la cabeza, y así desnudita salio al porche a sentir sobre su piel el aire caliente de la tarde, sabiendo que nadie osaría profanar su intimidad. Entre en la ducha mientras ella seguía recibiendo las caricias del sol, ordenaba la ropa, lucia al mundo su belleza morena. Al yo salir y ella sustituirme para terminar su aseo, me encontré, de repente, con la mirada atenta de dos jovencitos que, desde la puerta, contemplaban absortos todo cuanto allí ocurría. "Quieren algo, dijeron ante mi sorpresa.", "Nada, gracias" respondí, procurando que la toalla anudada a mi cintura no cayera violentamente. "Pueden retirarse". No sabía cuanto tiempo llevaban allí pero estaba seguro que nos habían visto desnudos y que se habían excitado mucho más viéndola a ella que a mí.
Frescos y nerviosos por la inesperada aparición, caímos en la cama. La luz entraba a raudales y nuestros cuerpos se entremezclaron con fuerza. ¡Cuanto tiempo sin hacer el amor, sin gozar de nuestros sentidos! Fue una ceremonia larga, a veces apacible, a veces agresiva. Mis manos buscaban sus pechos, su sexo, su clítoris, su culito. Mis dedos se perdían en su boca, en su vagina. Sus labios se fundían con mi pene. Nos acoplábamos y desacoplábamos contemplados por un cielo azul, por una vegetación exuberante. Nos sentíamos libres, contentos. Por momentos creí ver la sombra de quienes momentos antes vigilaban nuestra puerta. Los imagine contemplar, ahora, como gozábamos, como llevábamos hasta el límite el placer sexual. Explote en su interior y caí rendido a su lado. Siguió su boca en mi sexo queriéndolo reavivar, absorbiendo de él las últimas gotas de semen. Volví a acariciarla. Busque su mano y, junto a la mía, se hundieron en su vagina. Ambas acariciaban, se juntaban, penetraban. Ambas querían conseguir, de nuevo, que su cuerpo vibrara, se inundara. Quedamos rendidos en la cama cuando el sol iniciaba su descenso sobre el horizonte, cuando el cielo cambiaba su tonalidad azul por la rojiza del atardecer.
Fue el momento hermoso preámbulo de una desilusión. En el bar no había hielo, ni tónicas, ni limones ni nada. La cena se servia, obligatoriamente, a las seis y había que alquilar linternas para circular por el recinto hotelero, pues la corriente producida por un generador portátil, se cortaba a las 8, por último las excursiones del próximo día se habían planificado para un grupo de turistas cuyo único deseo era el de no andar, justo lo contrario que nosotros, que anhelábamos hacer un recorrido de 20 kilómetros hasta llegar a Playa Llorona, en pleno corazón de la Península de Osa. Tras discutir con el gerente, explicándole las condiciones del paquete turístico adquirido en San José, negarnos a abonar el impuesto por el uso de las linternas y comer un desabrido plato de arroz con carne, conseguimos que nos adjudicaran un guía
A la luz de una vela, sin hielo, sin limón y medio desnudos nos sentamos en el porche a disfrutar de la quietud de la noche, del ambiente, de nuestro amor. La luna iluminaba el cielo recortando las copas de los árboles y cientos de luciérnagas aparecían y desaparecían intermitentemente. La poca ropa que nos cubría cayo a nuestros pies, sentimos el frescor de la noche, el gusto de lo imprevisto. Oímos el murmullo de las aves, el ruido agudo del bosque animado. Una grata excitación nos envolvió. De nuevo el placer cambiaba los malos presagios anteriores por la incierta aventura del futuro. La cama nos tomo de nuevo y sobre ella nuestros cuerpos volvieron a poseerse. Ninguna entrada era prohibida, ningún deseo insatisfecho. Nos amamos sobre el lecho, de pie en el porche ofreciéndole a la luna nuestros gritos de placer, nuestros sexos vibrantes. Al amparo de ella nos dormimos empapados de semen, de sudor, de deseo.

Consuelo, la guía asignada, tenía 25 años y había ascendido de pinche de cocina a "mesera", para pasar, por último, tras un año de estudios en San José, a guía ecológica. Morena, alta, de pelo negro rizado, sin apenas pecho, era la encargada de los itinerarios largos, y aunque, según nos dijo, hacía más de 40 días que no transitaba por aquella ruta interior no tendría ningún problema en orientarse, en especial en la última parte del camino cubierta por un deslizamiento reciente. Discreta, silenciosa y rápida, no tenía otra preocupación que la posible aparición de manadas de cerdos salvajes que, en su huida descontrolada, pudieran arrollarnos. En mi fuero interno estaba convencido de que no encontraríamos ni cerdos ni dantas ni serpientes ni nada.
Los primeros kilómetros discurrieron por el litoral marino, alternándose suelos de arena y roca en proporciones similares. Luego el camino entro zona de quebradas con constantes subidas y bajadas, ríos de montaña y alternancia de bosques primarios y secundarios. La excursión era preciosa. El cielo azul se filtraba entre las copas de las enormes secuoyas y cientos de plantas arborescentes mostraban gigantescas raíces colgantes. El suelo, típico de la alteración meteórica, lo formaban arcillas rojas muy plásticas y resbaladizas. El calor, en cuanto debíamos afrontar tramos de subida, hacia que nuestras frentes se perlaran de sudor y nuestras camisetas se empaparan por completo. Me caí varias veces, mis manos se llenaros de sangre y espinas y mis pantalones, al igual que mis zapatillas, tomaron el color rojizo del terreno. Dos horas y media después de transitar entre árboles y ríos, de descender, a pelo, sobre el talud suelto del deslizamiento, llegamos a Playa Llorona, una extensión de 17 Km. de arena blanca sobre la que morían infinidad de olas. En su extremo septentrional negras formaciones de rocas volcánicas conformaban una pequeña calita que, a través de un arco natural, daba paso a la gran playa de Corcovado. Por indicación de Consuelo fuimos hacia ella, a disfrutar de una gran caída de agua que, desde la parte alta de la montaña, se precipitaba sobre la playa. Era el punto último de la excursión. Debido a nuestro ritmo de marcha habíamos hecho el trayecto total en la mitad del tiempo normalmente utilizado y teníamos, en consecuencia, toda la mañana para disfrutarla. Dejamos las mochilas a la sombra y nos dirigimos a la cascada
** “Sonia se despojo de la camisa y del pantalón y entro bajo el chorro cristalino. Vi como el agua envolvía su cuerpo, como alzaba los brazos intentando contener su fuerza de caída, como abría y cerraba las manos, como, con total desinhibición, se desprendía de la parte superior de su bañador para que el agua enfriara sus pechos, endureciera sus pezones. Vi como, con igual desparpajo, se despojaba por completo del mismo ofreciendo su cuerpo desnudo al envite del agua. "No te preocupes Consuelo, dijo dirigiéndose a la guía, somos nudistas y no nos importa bañarnos así, ni que nos vean."Consuelo, empapada de sudor, contemplaba incrédula la escena dejando traslucir un rictus de envidia en su mirada. Yo la observaba queriendo adivinar si se desnudaría o no, si, al igual que Sonia, ofrecería su cuerpo desnudo a la cascada. Sonia seguía bajo el agua, espléndida, excitante. "Vamos José Luis, ven". No lo dude. Me desprendí del bañador y entre bajo el chorro. Sentí el agua dulce en mi piel, en mi boca, en mis manos. La note descender por mi pecho, mis piernas, mi sexo. Vi a Consuelo indecisa mirándonos. Supe que seria incapaz de desnudarse, de refrescarse, de eliminar de si el polvo y el sudor del camino. Nos daba lo mismo. Éramos felices. Salimos de la cascada y fuimos hacia el mar. El agua salada del Pacífico nos acogió. Sentí sus pezones en mi pecho, acaricie, bajo el agua, su culito, excite su clítoris, hundí mis dedos en su vagina, note la presión de su mano en mi pene y así continuamos hasta que uno y otro alcanzamos el orgasmo.
Al salir Consuelo había preparado el almuerzo y una vez secos y vestidos la acompañamos a comer. En sus pupilas aun bailaban nuestros cuerpos y en su mente la duda de no haber hecho ella lo mismo.” **
Si todo hubiera sucedido así habría sido magnifico, pero Marenco estaba maldito y el baño en la playa fue simplemente eso, un baño rápido y recatado, sin desnudos, ni provocaciones, ni sexo. Regresamos, pese a todo, contentos y salvo los últimos kilómetros, hechos sobre la rasa litoral inundada por la marea alta, la excursión pudo considerarse como aceptable. Sonia y yo hubiéramos deseado que fuera como la pensamos, como la soñamos, pero no fue posible.
El robo de nuestros billeteros puso la guinda amarga a la jornada. Se creo una situación difícil que nos enfrento al personal del hotel y a los anónimos ladrones acostumbrados a delinquir y a no ser denunciados. El mal trago lo mitigamos con otra noche de placer, de copas nocturnas, ahora ya con hielo, y con la ofrenda repetida de nuestros cuerpos a los dioses de la noche a quienes obsequiamos con nuestro amor sobre el suelo de la terraza, sintiendo en la piel la brisa nocturna y viendo, a nuestro alrededor, el bullir humano de las cabinas del entorno.
Un mal desayuno y el retraso en la salida de la lancha, nos permitió recorrer las calitas arenosas que circundaban la zona de embarque. Estábamos solos y nuestros deseos se hicieron entonces realidad. Paseamos desnudos por la playa, nos fotografiamos, gozamos de nuestros cuerpos, fuimos felices.
"No queremos mas "ticos" en Marenco", dijo el encargado de la cocina, al despedirnos. Efectivamente, haríamos lo posible por que nadie volviera allí. Sin duda el Parque Nacional de Corcovado, tenía un encanto especial, pero aquel hotel, bueno o muy bueno en su tiempo, había sido una completa desilusión, un lunar en nuestro turismo erótico-ecológico, algo a olvidar, o mas bien, algo a superar. Salimos para no volver, pero nos quedo la impronta del regreso, la idea de gozar, algún día, de lo que no pudimos gozar: desayunar gallo pinto con huevos, tomar gin-tónica fríos con limón, bañarnos desnudos en compañía de Consuelo, amarnos a la luz de la luna. Marenco había sido un error, un error elegido con premeditación, un error costoso, un error que debería, a la larga, dar pie a un viaje maravilloso, uno más de los muchos que habíamos hecho y de los muchos que aun nos quedaban por hacer.

domingo, 10 de julio de 2011

PASION TRAS LOS CRISTALES

Es una visión maravillosa, sus cuerpos son un cántico a la sensualidad, al placer, a la vida. A mi derecha, en la cama que hasta hace unos segundos compartíamos, Sonia aparece tumbada boca arriba mostrando sus pechitos menudos, coronados por enormes pezones negros, su piel oscura, su pelo púvico resguardando un sexo caliente y húmedo, sus pies pequeños y cuadrados, su cara risueña. Adriana y Mariquita, en la cama contigua, duermen, como Sonia, desnudas. Adriana, apoyándose sobre su flanco izquierdo, es la expresión de la abundancia de la carne. Pechos exuberantes, caderas anchas, piernas largas, piel aceitunada, brillante. Mariquita, a su lado, muestra una espalda lisa, un culito redondo y respingón, una cintura estrecha y entre sus piernas asoma la vitalidad de su sexo, mas claro, mas en consonancia con su piel rosada. Las contemplo extasiado: dormidas, abandonadas, felices tras una noche de pasión, de amor, de lujuria.
Realmente aquello de " la planificación esta hecha para no cumplirse " podría aplicarse perfectamente a nuestro caso. Hacía apenas 24 horas que salíamos de La Fortuna con la idea de pasar unos días a la orilla del mar y ahora, por una serie de imponderables del destino, volvíamos a ella. La única razón fue la buena voluntad de Mariquita que consiguió, en uno de sus negocios familiares, alojamiento para tres días.
El complejo turístico del Guacamayo lo constituían 8 cabinas adosadas situadas en la parte posterior de la residencia familiar. Si por dentro podían considerarse como aceptables, la vista hacia el exterior moría, a pocos metros, contra una pared blanca e irregular, dando, al pequeño pasillo de acceso, la apariencia de un callejón barriobajero. Un baño amplio, una pequeña nevera, una cama matrimonial, una cómoda con espejo y una mesita, componían un conjunto coquetón y pueblerino. Claramente el interior era mucho mejor que el exterior. Si a esto uníamos la adversa climatología reinante y el cansancio acumulado, no fue extraño que la primera noche la pasáramos enclaustrados, oyendo el constante repiqueteo de la lluvia y los gritos esporádicos de la familia que ocupaba la cabaña contigua.
Como finalizó la noche continúo la mañana. Una lluvia insistente y un calor seco, impropio de la estación, mantenían nuestros cuerpos húmedos y sudorosos. Deje a Sonia mi sitio en la ducha, me puse un pantaloncillo guatemalteco y me acomode en la mesa pensando que podríamos hacer a lo largo del día.
.- Hola, como estáis, como habéis dormido.
Adriana, prima de Mariquita y encargada del mantenimiento de las cabinas, apareció, como un ciclón, por la puerta. La cerró y se sentó conmigo.
.- Tienes un cigarrillo, dijo, no te molesta que lo fume aquí, mi tío me tiene prohibido fumar.
Si, había cigarrillos y no me importaba que se sentara conmigo. La habíamos conocido anteriormente y era lo que podía considerarse como una hembra espectacular. Muy morena, de ojos negros, alta, con poca cintura, y con unos pechos grandes y redondos. Fumaba despacio, paladeando cada chupada, alargando el humo en sus pulmones. Sentada a mi vera dejaba entrever sus senos cubiertos por un sujetador y una camiseta incapaces, entre ambos, de abarcarlos perfectamente. Mientras hablaba a gritos con Sonia, yo me concentraba en ellos. Los imaginaba libres, sólidos, coronados por pezones duros como el acero. Estaba tan abstraído que apenas si me fije cuando ella salió de la ducha. Como siempre que venia de allí iba completamente desnuda con una toalla, a modo de turbante, anudada en la cabeza. No tiene pudor y por lo que vi, Adriana tampoco. Siguió fumando y hablando mientras ella terminaba de secarse, se extendía crema hidratante por el cuerpo, se colocaba las braguitas y un mini-short, se coloreaba los ojos y los labios y por ultimo, olvidándose del sujetador, se enfundaba en una camiseta de tirantes. Adriana la miraba captando cada movimiento, cada oscilación de su cuerpo.
.- Puedo fumar otro, dijo, llevándose un nuevo cigarrillo a la boca.
Sus ojos brillaban ligeramente y las palabras se le amontonaban en los labios.: Que os divirtáis.", "Ir a desayunar al Café Central", "Procurad ved la cascada, y la corrida de lava y..., por la noche nos reuniremos aquí con Mariquita para tomar un trago, Chao."
Hicimos casi todo lo que nos indicó y, salvo la desagradable participación de la lluvia, el día transcurrió de forma excelente. A las seis, con una puntualidad germana, acarreando una caja de cervezas, una botella de guaro y dos bandejas de "boquitas" se presentaron acompañadas de su primo y una amiga común embarazada. Pese a la lluvia en la cabina reinaba un calor húmedo que provocaba una constante transpiración y la necesidad ineludible de beber.
El turismo, el mal estado de las carreteras, el descontrol en los precios de los servicios..., fueron temas analizados, discutidos y abandonados. De lo general se paso a lo particular: los políticos, los amigos comunes, los conocidos, pasaron a ser objeto de críticas o alabanzas. De ahí se recalo en lo íntimo, en lo más querido de cada uno. Se hablo de la educación en las zonas rurales, de la influencia de la religión, de la separación de sexos, del poder omnímodo del padre, de la libertad mal concebida, del amor, del cariño, de los éxitos, de las frustraciones, de las fantasías, de....
Sonia, Mariquita y Adriana llevaban la voz cantante. La amiga embarazada callaba, sin duda alguna de los temas esbozados habían sido la causa de su embarazo no querido, pero apoyado, al final, por todos. Ronald empezaba a sentir los efectos de las muchas cervezas y cabeceaba en un rincón. Yo hacía las veces de abogado del diablo.
Se atacó el tema de la sexualidad. Lo sensual, lo humano, lo soñado, los tabúes del sexo. Todo se rompió. Era una noche de brujas. El miedo a expresar lo que cada uno sentía se evaporo. Adriana defendía su lesbianismo activo. Ahora me daba cuenta del contraste entre la belleza morena de su cara y la masculinidad de su cuerpo. Mariquita, por razones religiosas, se oponía al mismo, pero reconocía que su instinto le llevaba al placer compartido, por amor, con personas de su mismo sexo. Le gustaba el cariño, la caricia suave, la amistad, la comprensión, el dialogo. No temía a los hombres pero se encontraba mejor con las mujeres. Sonia no entendía la homosexualidad y yo procuraba dar opiniones ambiguas, justificando ciertas tendencias por el contexto moral o religioso. Ni los indios de la Polinesia, ni los árabes, ni los chinos, tenían los mismos principios sexuales, ni los mismos tabúes, ni las mismas creencias y sin embargo, todos gozaban de una erótica sexual excelente.
El calor, el continuo golpeteo del agua y el alcohol ingerido, iban dando a la reunión un clímax más tierno, más íntimo. El dialogo fue convirtiéndose en monologo, cada cual defendió sus tesis, no había controversia, era una constante exposición de hechos. Un trueno, un fortísimo trueno vino a romper el encanto del momento. “El volcán, chilló Mariquita, esta noche se le oye muy fuerte, seguro que también esta arrojando lava." Vayamos a verlo, nuestro tío nos dejara utilizar una de sus cabinas para observarlo de cerca" dijo Adriana saliendo en su busca.
Todo se alteró. La embarazada se sentía mal y quería retirarse, Ronald estaba muy "tomado", por eso, cuando Adriana apareció con la llave, solo Sonia, Mariquita y yo, estábamos disponibles.
“El Mirador del Volcán " era el pomposo titulo del complejo hotelero al que nos dirigimos. Estaba en fase de construcción y únicamente tres, del las quince cabinas previstas, estaban terminadas. Situadas sobre la falda del Arenal mostraban la clásica disposición interior de toda construcción turística de bajo costo: un gran recinto con dos camas matrimoniales y un servicio sanitario al fondo; pero a diferencia de otras, el porche de entrada estaba acristalado, facilitando, desde él, la perfecta visión del volcán sin sufrir las inclemencias del tiempo. Sin mediar palabra nos acomodamos en él, Mariquita y Adriana en un balancín, Sonia y yo en un sofá biplaza, dispuestos todos a recrearnos con la actividad volcánica.
Las masas nubosas, que minutos antes cubrían el cielo, empezaron a desaparecer. La luna, en cuarto menguante, puso el toque luminoso y un silencio denso se apodero de nosotros. Lo dicho anteriormente paso a un segundo plano, permanecíamos mudos y absortos esperando ver como se iluminaba el cráter. Un chorro de luz, un ruido ensordecedor y una cascada de puntos brillantes surgieron tras los cristales. Fueron segundos de emoción, de intensa belleza. Luego la calma y la luna volvieron a adueñarse del ambiente. No hablábamos, sentíamos el placer de la noche, de la visión del volcán, de la proximidad humana, del calor. De nuevo rugió y otra vez la luz y el fuego nos iluminaron, luego el silencio, el clímax contenido. Vi como Adriana atraía hacia si a Mariquita, como esta apoyaba la cabeza en su hombro, como sus cuerpos se fundían en un abrazo tierno, prolongado. Me acerque a Sonia, la sentí caliente, febril. El ruido, el fuego, el silencio daban vida a la noche. Tras los cristales la pasión, el deseo y el sexo nos iban inundando. Vi la mano de Adriana perderse bajo la camiseta de Mariquita, como su blusa, que hasta entonces ocultaba, púdicamente, sus pechos, estaba desabrochada, como la mejilla de Mariquita descansaba sobre su potente seno. La noche y la luna empezaron a ser invitados de piedra, observadores anónimos. Adriana y Mariquita vivían el encanto de su sensualidad, Sonia y yo el de nuestra sexualidad. Note su boca en la mía, su mano aprisionando mis testículos. Vi a Mariquita y Adriana besarse, vi los inmensos pechos de Adriana, libres ya de toda vestimenta, prietos contra los de Mariquita, cubiertos aun por el niqui. Vi como Adriana le desembarazo de este y como ambas, semidesnudas, se fundían en un interminable beso. Vi los negros pezones de Sonia, sentí su dureza en mi boca. Mis manos pugnaban por desabrocharle el pantalón para vivir la humedad de su sexo. Oí un ruido a mi espalda y supe que Adriana y Mariquita habían entrado en la habitación. Nos quedamos en el porche amándonos, desnudándonos, viendo el brillo de la luna, el color del volcán.

Sobre la cama Mariquita recibía los cuidados de Adriana. Sus labios la recorrían, su lengua rozaba su piel, sus pechos, le acariciaba el rostro. Inmóvil lo aceptaba todo, lo vivía, lo sentía en su interior. Sonia y yo caímos en la cama. Su boca en mi sexo, mis manos en sus pechos, su sexo sobre el mío, su lengua entre mis dientes. La veía, aprisionaba sus tetitas con mis manos, hundía mi pene en su vagina. A nuestro lado, la cabeza de Adriana se perdía entre las piernas de Mariquita. Su lengua excitaba su clítoris, lo besaba con mimo, con deleite. Lentamente fue retorciéndose hasta que su sexo quedo sobre su cara, esta lo atrajo hacia si y lo engullo como un manjar caliente y sabroso. Ambas formaban un círculo perfecto unido por sus bocas y sus sexos.
Cambie de postura. Puse a Sonia de rodillas y lo penetre desde detrás. La oí gemir, sentí como su mano acariciaba su clítoris. Bese su culito, aspire su humedad, chupe sus jugos. Volví a penetrarla. Adriana y Mariquita se emparejaron. Sus bocas eran una continuación de la otra y sus sexos se atraían como dos ventosas. Me puse sobre Sonia, le acaricie la boca, el pecho, aprecie el vibrar de su orgasmo, las palpitaciones de su vulva, el ritmo de su cintura, oí sus gritos de placer y ambos caímos rendidos. Fuera el volcán seguía escupiendo lava, dentro, cuatro cuerpos enlazados dormían tras una noche de pasión.
El cuadro inicial ha ido transformándose. Contemplo la asimetría de Adriana y Mariquita, ambas boca arriba, ambas ofreciéndome sus cuerpos desnudos. Los pechos pequeños de una contrastan con los voluminosos de la otra, la mata de pelo negro, que Mariquita luce orgullosa entre sus piernas, es la antítesis del triángulo oscuro y ensortijado que cierra los muslos de Adriana. Los pezones claros de la una resaltan con la mancha negra de la aureola de la otra. Sonia duerme boca abajo ofreciéndome su culito, la apertura rosada de su ano, los gruesos labios vaginales. Me inclino y pierdo mi lengua en estas exquisiteces. Noto como se humedece, como abre sus piernas, como levanta el trasero mostrándome la entrada sagrada de su templo. Hundo en él mi lengua, siento como vibra, como despiertan sus instintos. Casi dormida me tumba sobre la cama, ensaliva mi sexo, se monta sobre él, me cabalga. Sus manos se aferran a las mías, sus pechos golpean en mi pecho. Me corro mientras ella observa a nuestras compañeras, mudas y ciegas participes de nuestro placer.
“Es muy tarde, dormilones, tenéis que levantaros." dice Adriana sentada a los pies de la cama, sacudiendo las piernas de Sonia en un vano intento de despejarla. Su mano pugna por acariciarle el muslo, por rozar, instintivamente, aquel culito provocar y complaciente. Voy hacia la ducha, ella sale, correctamente vestida, Mariquita. “Buenos días " murmura perdiendo sus ojos en el infinito. Sonia, bajo la mirada y la caricia de Adriana, se levanta y me acompaña. Nos besamos envueltos en jabón, sentimos nuestros cuerpos limpios, ardientes, cómplices.
Un volcán, una luna en menguante, unas horas de pasión, de fuego, de lujuria, una noche para olvidar o para recordar siempre, todo quedó entre aquellas paredes. En La Fortuna nos aguarda un sólido desayuno a base de "gallo pinto" y huevos, un paseo a caballo y algún que otro coloquio sobre el lesbianismo y las causas que lo condicionan.
¿Quien de los cuatro gozo mas?¿A quien le importó lo que hicimos? Todos guardaríamos para siempre aquella noche de fuego, de entrega total, de pecado. Los cuatro lo habíamos consentido y admitido y los cuatro nos sentíamos embebidos de amor, de carne, de placer.