jueves, 22 de septiembre de 2011

TENTACION Y CAIDA DE DINORA

Ensalada de aguacates
Ingredientes.

4 Aguacates.
1 Cucharada de alcaparras
250 gr. de camarones.
1 Lata de sucedáneo de caviar.
Mayonesa.
Sal y limón.

Preparación
Pelar los aguacates, retirarles el hueso, trocearlos en dados, salarlos y rociarlos con limón. Mezclarlos con la mayonesa y las alcaparras. Colocarlos en una fuente y adornarlos con los camarones y el sucedáneo de caviar. Acompañar con el resto de la mayonesa servida en salsera aparte.
Si no fuera por mis conocimientos de cocina habría muerto de hambre y aburrimiento haría ya muchos años. No recuerdo con precisión como me inicie en este mundo, ni cuando cuaje mi primera tortilla de patatas, ni donde me lance a la cocina preciosista, fue cuestión de tiempo, de cubrir las horas vacías de tantos sábados y domingos pasados en soledad, de agasajara amigos, de sorprender a incrédulas mujeres que, al saber que vivía solo, su pregunta inmediata era: "Entonces, quien te hace la comida?". "Pues me la hago yo", respondía, "Y seguro que me sale mejor que a ti". En la mayoría de los casos de ahí surgía una controversia dialéctica en la que, solía terminar como amanerado, afeminado o marica. Nadie entendía que me gustase guisar, que fuera al mercado, que no permitiera la entrada en mi cocina a las mujeres, que me desviviera por servirlas, que autocriticase con dureza la calidad de mis platos, no entendían que un europeo, ya maduro, tuviera esos gustos tan extraños.
Con el tiempo mis amigos superaron su estupor inicial y mi dominio del arte culinario les termino pareciendo de lo mejor. Sonia fue una excepción. Desde el primer día estuvo encantada de que alguien cocinara para ella, que la "chinease" en todo lo relativo al mundo de la cazuela y la cuchara. Ella ordenaba, insinuaba o proponía un determinado plato y yo le complacía. Lo hacia con amor, con cariño, poniendo en cada receta la imaginación que dimanaba de mi estómago y mi paladar. Pensando en ella reelabore menús, mezcle ingredientes, cuide las presentaciones, hice todo lo que en mi mano estaba para que siempre se olvidara de la preparación y se centrara en la degustación. Esta inversión de funciones nos proporcionaba mucho tiempo libre, con lo cual, las largas sobremesa podíamos utilizarlas para hablar, descansar, o hacer el amor.

Nuestra primera comida la hicimos en un restaurante. Casi no nos conocíamos y no tenía confianza para llevarla a casa. El hecho de que fuera a recogerla a su oficina creo un cierto alboroto. Amigas, compañeras y subordinadas se cebaron en mi. Para unas era bajo y gordo, para otra un tipo vulgar y para Dinora, curiosamente, un ser excepcional. Vestía bien, me movía con gracia, era, sin lugar a dudas, un caballero. Con el tiempo, esa veneración por mi persona, no solo se mantuvo, sino que fue creciendo. Cada vez que iba a recoger a Sonia y ella me veía, comentaba algo positivo: el perfume, la corbata, lo bien que me sentaba el bronceado. Sonia la picaba diciéndole que me invitara a salir, que fuéramos a bailar, a tomar una copa. Dinora siempre se negó.
La idea, la maligna idea de pervertir a Dinora, surgió de Sonia. Un buen día, en uno de nuestros excesos sensoriales, comento: " Y si participáramos a Dinora de nuestro erotismo?". "Bueno, dije, siempre que todo parezca normal". La cosa no paso de ahí, pero tanto en ella como en mi quedo el regusto de tentar a Dinora, de ver como reaccionaria ante una inusitada situación aparentemente fortuita.

Corvina con almejas.
Ingredientes

1 kilo de corvina en trozos.
1/2 kilo de almejas
1/2 kilo de patatas
1 Lata de guisantes
Aceite.
Ajos, cebollas, perejil y pimentón.
Harina.
Sal, pimienta negra y agua.

Preparación
En una cazuela de barro se pone el aceite y se reoga la cebolla, el ajo picado, el perejil y el pimentón. Cuando empieza a dorarse se sazona y se espolvorea la harina. Se añade, luego, el caldo de hervir las almejas, las patatas cocidas, peladas y cortadas en cuadradito y los guisantes. Se pone a fuego lento y, cuando empieza a hervir, se distribuye, por encima, los trozos de corvina y las almejas. Se deja cocinar de 4 a 5 minutos y se sirve adornándola con una ramita de perejil.

Conociendo mis aficiones no fue raro, ni ocasiono suspicacias, el que un viernes invitáramos a Dinora a almorzar a casa. Al no haber venido nunca quedo gratamente sorprendida por el orden, por la decoración, por la luminosidad y por lo mas importante, allí trabajaba el hombre y la mujer descansaba. Se sentaron en el jardín, les serví un aperitivo, abrí una botella de vino blanco y fui a cambiarme de ropa. Me vestí con una camiseta y un pantalón corto guatemalteco y volví a la cocina. Sonia, al verme, creyó conveniente imitarme, hacía mucho calor y estábamos en confianza. Se puso un atuendo similar al mío pero con una camiseta de tirantes. Dinora, que vestía faldita corta y blusa escotada, opino que a ella no le afectaba el calor y rechazo algo mas fresco que le ofrecía la anfitriona. Fue un almuerzo alegre regado con buen vino. Se hablo, como era de esperar, del trabajo, de los jefes, de las mujeres. Vaciadas tres botellas los temas cambiaron. Fueron ahora líos de faldas, amores frustrados, ilusiones perdidas. Sin quererlo, y sin decirlo, el sexo afloraba silenciosamente y las familiaridades entre ella y nosotros,
crecían.
Mousse de limón y kiwi
Ingredientes

1 Limón en zumo.
2 Kiwis.
150 gr. de azúcar.
Ralladura de 1/2 limón.
4 Huevos.
Un pellizco de sal.

Preparación

En un cazo se remueven, con cuchara de madera, las yemas, el azúcar, el zumo de limón y un kiwi triturado. Se pone la mezcla al baño de María y dándole vueltas constantemente se cocina durante 20 minutos. Se retira del fuego y se añade el medio limón rallado. Se baten las claras a punto de nieve, con el pellizco de sal y se incorporan a la crema. Se vierte el contenido en copas de champan y se enfría en la nevera un par de horas. Se sirve adornado con el otro kiwi y acompañado de lenguas de gato.
El ágape se cerró con un aromático café chorreado y una helada botella de champan. Recogimos los platos y volvimos a la terraza a finalizar las copas. Fue entonces, solo entonces, cuando la farsa comenzó. A mí, al atento anfitrión, al solícito servidor de las damas, le entró repentinamente, un profundo mareo. "No es nada, dijo Sonia, convenientemente aleccionada, debe ser una caída de tensión, lo recostamos un poco en la cama y enseguida se le pasará".
Apoyándome en ellas me fui arrastrando, con un profundo rictus de dolor en el rostro, hasta la cama, a cuyos pies caí, aparentemente, inconsciente. Con enorme esfuerzo me depositaron allí y ante mi continuada inmovilidad Sonia tomo la iniciativa. "Dinora, desnúdalo para darle unas friegas de colonia". Salió de la habitación hacia el baño, dejando a Dinora ante un hombre inconsciente al que había que desnudar. Se sentó en el borde y, púdicamente, empezó a quitarme la camiseta. Yo, más que impedimentos, allanaba el camino, con lo cual, esta operación, que podía parecer complicada, se facilito sobremanera. Quedo observándome indecisa, no se atrevía a continuar con el pantalón. Se cuestionaba si debía o no seguir, si sería suficiente con el pecho. Era, lo dicho, un mar de dudas. Sonia llego con el frasco de colonia y dos toallitas y siguió mandando. "Anda, mi amor termina de desnudarlo". Note las manos de Dinora sobre mi cintura incapaces, por pudor, miedo o respeto, de hacer descender el pantaloncillo. "No seas tonta, dijo Sonia, mientras con precisión matemática me lo sacaba dejándome totalmente desnudo, es solo un hombre, no te va a comer". Quede como vine al mundo ante las dos mujeres, una temerosa, la otra regocijada y las dos excitadas. "Venga, vamos a darle unas friegas", dijo Sonia apoyando la idea con la acción de empapar la toalla y distribuir el líquido sobre mis piernas. Por la posición a Dinora le correspondía el pecho, y sobre él extendió y masajeo la colonia. El encanto se había volatilizado. Estaba ante ellas con los ojos cerrados, sentía las manos de una que se desplazaban desde el cuello al estómago y las de la otra que me friccionaban las piernas rozando mi pene y mis genitales. "No lo querías ver y tocar, dijo Sonia, pues ahí lo tienes, aprovéchate". Note como sus manos se detenían en mi cintura y una de Sonia se cerraba sobre mi pene dormido. "No seas tonta, tómalo" comentó Sonia ofreciéndoselo a su amiga. Dudo. Podía percibir el sudor, el calor de su piel, su miedo, su deseo. Venció lo último y su mano descendió hasta desplazar, de su sitio, a la de Sonia, abarcando, con mimo, mi sexo. La una con mi pene y la otra jugueteando con mis genitales. Todos empezábamos a excitarnos. Lo que en un principio era un miembro flácido iba tomando forma y tamaño. Sonia quería forzar aun más el clímax. "Démosle la vuelta", dijo. Dicho y hecho. Me voltearon dejando mi culito al aire, abierto y a su disposición. "Juguemos con él", propuso la anfitriona apoyando su dedo en mi ano. Estaba frío y le era difícil introducirlo, por lo que se lo embadurnó de vaselina. Note como se perdía en su interior y como mi pene se endurecía. "Ahora tú Dinora, méteselo tú", dijo Sonia. Estaba lanzada. Distribuyo vaselina por sus dedos y sustituyeron, con avidez, a los de Sonia.
El juego, el maligno juego de perversiones se había iniciado y así, mientras Dinora tomaba posesión de mi culo, Sonia buscaba, con su boca, mi pene erecto y empezaba suavemente a chuparlo.
Debía despertarme. Era imposible que en tal situación me mantuviera inconsciente. Abrí los ojos. Vi a una entre mis piernas, sentí a otra a mi espalda. Mis manos descendieron hacia Sonia arrancándole la camiseta, a la vez que ella se desprendía del pantaloncillo. Olvidándome de todo la atraje hacia mí y la poseí. Dinora quedo al margen, mientras nosotros, desnudos, nos revolcábamos a su lado. Duro poco. Nos percatamos de su situación embarazosa y nos pusimos a desnudarla. No opuso resistencia. Con lentitud le desabroche la blusa, el sujetador, le acaricie los pezones, le baje la falda, las braguitas, note su coño caliente, mojado. Estaba ya como nosotros. La mire despacio. Era pequeña, casi sin pechos, con una abundante mata de pelo entre las piernas y un culito redondo y juguetón. Nos la colocamos entre los dos y la abrazamos yo, por delante, Sonia, por detrás. Formamos un magnifico sándwich con ella en el centro.
Como diría un castizo las cartas estaban echadas y había que jugarlas. La recostamos en la cama y, mientras Sonia se masturbaba, le fui acariciando lentamente con la lengua. Se poso en sus labios, descendió hasta sus senos, se recreo allí envolviendo y ensalivando los pezones, los succiono, los mordisqueo. Llegó, mas tarde, hasta su ombligo y de allí, a través de un bosque negro y tupido, se encontró con un clítoris sediento de placer que poco a poco iba humedeciéndose. Era ya fácil perder los dedos en su vagina, mojar la entrada de su culito, aun por descubrir. Le dimos la vuelta y Sonia se aventuro en aquel jugoso pozo, yo, por mi parte, me centre en su vagina. Sentimos sus espasmos de placer, sus gemidos callados, su respiración entrecortada. Cayó rendida. Sonia busco mi sexo con su boca y se cebo en él. Dinora a nuestro lado lo miraba y su atracción fue superior a su cansancio. Se arrodillo y acompaño a su amiga. Sus dedos lo aferraron, lo friccionaron. "Quiero verte correr aquí, en mi mano, dijo".Entre la una y la otra lo iban a conseguir. Mi placer aumento bruscamente hasta hacer brotar un chorro de semen blanco y caliente que se esparció entre ellas. Luego, ambas, con gula, absorbieron las últimas gotitas de aquel líquido sagrado. Caímos sobre la cama. Sonia tomo nuestras manos para que siguiéramos. Llevo la de Dinora a su pecho y la mía a su clítoris. Debíamos excitarla, hacerla gritar, conseguir que una cadena de orgasmos pulverizara sus piernas. Dinora empezó a pellizcarle los pezones y yo a masajearle rítmicamente el clítoris. Cambie la mano por la lengua y esta recorrió umbrosas cavidades abriéndose paso hacia la vagina. Su lubricación estaba al máximo y uno a uno todos mis dedos desaparecieron en su sexo, tremendamente dilatado. Me abalance sobre él y mi pene ocupo el divino lugar del placer. Introduje mis dedos en su boca, ella se acaricio el clítoris y Dinora dio placer a sus pechos. Ella, que parecía ausente, iba paulatinamente entrando en escena. Abandono su labor y se situó a mi espalda. Su lengua me recorrió desde la nuca al ano, acaricio mis testículos, jugo con mi culito hasta terminar perdiéndose en su interior. La sentía en mí. Notaba como sus dedos entraban y salían, como se endurecía mi pene, hundido aun en el coño de Sonia. Dinora empezó a masturbarse y así todos, llegamos a la vez al orgasmo. Quedamos agotados y felices sobre aquel amable campo de batalla, en el que, por aquello de las prisas, ni siquiera habíamos quitado el edredón.
A los pocos días Sonia me comunicó que Dinora estaba orgullosa de mis cualidades culinarias y estaría encantada de volver otro día a casa. Desde entonces cada dos semanas nos reunimos a almorzar, alargando la sobremesa hasta muy entrada la tarde hora en la que por motivos familiares, tiene que retirarse a su casa.

jueves, 15 de septiembre de 2011

FOTOGRAFA AFICIONADA

La primera vez que José Luis me hizo una foto completamente desnuda tenía la cara cubierta por una mascarilla de barro volcánico. Cuando a él se le ocurrió hacerlo, ambos estábamos desnudos y embadurnados de un sustancia negruzca. Primero me tomo solo de cara, luego reflejada en un espejo y por último, de cuerpo entero. A mi, la idea me gusto y le hice a él otra serie, si bien es verdad que, como a los hombres, si no se les excita tienen el sexo dormido, su pene apenas si salió visible. Yo sentí, en aquellos momentos, un regusto interior, tanto cuando pose como cuando actué de fotógrafo.
Desde aquel día han sido muchas las ocasiones en las que nos hemos fotografiado de tal guisa en playas, saunas, piscinas y ríos. Debo reconocer que al principio me daba un poco de corte, por lo general uno imagina que lo van a ver, o, que quien las revele se regodeara con todas y cada una de las instantáneas. La realidad es que no. Revelan tantas y el proceso esta tan mecanizado, que ni cuenta se dan de lo que aparece en los positivos. A la larga todo me daba igual y no sentía ningún reparo en ir a recoger los revelados, o en solicitar ampliaciones de alguno de mis desnudos.
Ahora, cuando echo la vista atrás, pienso que siempre me gusto exhibirme. Nunca me dio miedo estar desnuda o me molesto mostrar mi cuerpo en público. Afortunadamente a José Luis también le encantan estas actitudes y, desde que estamos juntos, así paseamos, nos bañamos o dormimos. No nos asusta que nos vean y, a veces, tanto lo deseamos que forzamos la situación. Con el tiempo la desnudez ha dejado de ser un problema y la incitación a ella de los demás, un juego. A los dos nos gusta excitar, forzar las situaciones normales hasta límites extremos, ninguno nos detenemos cuando la acción, por la causa que sea, rebasa nuestro control y los acontecimientos cambian bruscamente de rumbo, ambos los sabemos manejar a la perfección.
Guardo celosamente en mi casa una hermosa colección de nuestros desnudos y cuando me encuentro triste o deprimida, los contemplo con lujuria, reviviendo los momentos en que las hicimos. A él le ocurre lo mismo, salvo que su soledad la adorna con ampliaciones de mis mejores retratos.

No me extrañó, por ello, cuando le visite la última vez, el verme reflejada por toda la casa, ni me obsesiono el hecho de poder ser admirada por quienes nos visitasen. Encima, mi espíritu crítico hizo que eliminase alguna y reclamo la presencia de otras que, por error u omisión, no habían sido incluidas. Fueron momentos divinos los empleados en la elección de los negativos, en la evaluación del tamaño de la ampliación, en la obtención de las mejores partes de mi anatomía. Pasamos días de excitación esperándolas retirar del laboratorio, o de duda por acertar en la elección de los marcos mas idóneos.
En un afán de dejar, para su goce lo mejor de mi, acudí cientos de veces al establecimiento fotográfico que nos hacia los trabajos y hable muchas veces con Viti, su encargada, intentaba dar, a cada foto, su contraste perfecto, el grado de luz necesario o la ampliación mas conveniente. Con los días fuimos intimando. Era natural. Iba por allí dos o tres veces por semana y pasaba el rato analizando sombras y colores. Verdaderamente yo no me di cuenta y tuvo que ser José Luis quien me comentase que tanto desnudo y tanta insinuación estaban alterando a nuestra querida dependienta. Empecé a notar que se sonrojaba, que al verme bajaba los ojos, que apenas si discutía mis indicaciones. Estaba, con mis fotos en la mano, nerviosa y excitada. Para suavizar esta situación cambie los temas de conversación y así me enteré de su afición por la fotografía, de los cursos en los que estaba matriculada, de sus incursiones en el mundo del reportaje gráfico. Casi sin quererlo los encuentros en el laboratorio dejaron de ser lo incómodos del principio para pasar a ser una agradable charla entre amigas.
No se de quien surgió la idea. Tal vez de Viti, con ánimo de obtener algún beneficio extra, o de mí, por insinuar que me gustaría posar para ella. El caso fue que acordamos aprovechar un sábado para que me tomase varios carretes y de entre ellos seleccionar, para futuras ampliaciones, las mejores instantáneas.
Con puntualidad germana apareció cargando cámaras, trípodes, luces, objetivos, lentes, en fin, todo lo necesario para obtener de mí algo digno de un novel profesional. Era un día luminoso de Julio en el que sol brillaba en todo su esplendor. Una mañana magnifica para ir a la playa, a la piscina, o, como en nuestro caso, aprovechar la luz natural para evitar sombras, brillos o reflejos. Cuando llego estábamos desayunando en un pequeño solario, anexo a la cocina y allí se vino a tomar un café y a planificar la sesión. A José Luis, dada su afición por estos temas, mi idea de pagar a alguien para que me retratase le hizo mucha gracia y mas aun, cuando supo que el aprendiz seleccionado era Viti, la gordita del laboratorio, la que ponía los ojos vidriosos cada vez que me daba la copia de alguno de mis desnudos. Le agrado el despliegue organizativo y la programación de tomas en la que se detallaban lugares, tipo y color de la ropa, adornos, etc. Le entusiasmo su sugerencia de utilizarlo como auxiliar en todo lo referente a iluminación y atrezo. Según lo previsto empezaríamos en el solario, con luz natural, y luego pasaríamos al interior con luz artificial.
Mientras distribuían sobre la terraza objetos y plantas fui a cambiarme de ropa. En las primeras tomas llevaría algo suelto y de color claro a fin de contrastar con el azul celeste dominante. Me maquille con exceso y me vestí con una blusita blanca y una minifalda roja. Al cuello me puse un collar típicamente tropical. Para posibles cambios prepare una camiseta amarilla, una blusa azul clarito y adornos para el pelo y el cuerpo. Regrese y, siguiendo las indicaciones de Viti, se inicio la sesión.
De cuerpo entero, de frente, recostada sobre las plantas, apoyada en la pared, con el pelo suelto, en movimiento, planos medios, primeros planos. Fue en ese momento cuando empezaron a surgir pequeños problemas. En estos encuadres, debido a la generosidad del escote y a mi constante movilidad, los tirantes del sujetador se veían, a menudo, sobre mis hombros. Ante las continuas observaciones de Viti me retire al interior y me despoje de mi ropa interior. Continuamos la sesión. Mis pechos se movían libremente bajo la blusa dejando ver, cada poco tiempo, la negra sombra de mis pezones. "Por favor, cámbiate de blusa, dijo Viti". Yo, de la forma mas natural me despoje de la que llevaba y así, con los pechos al aire, para gozo de José Luis y de algún vecino curioso que, desde la casa de enfrente seguía nuestro divertimiento, rebusque entre la ropa preguntándole cual era la mas adecuada. Note que se sonrojaba, que un cierto brillo afloraba en sus ojos. Tras segundos de indecisión escogió una camiseta larga de tirantes. Me la puse y al comprobar que deslucía con la falda, me la quite. Seguimos. Algunos primeros planos, tomas de cuerpo entero, detalles de ojos y labios. El sol alcanzaba su cenit y tanto la excesiva luminosidad como el agobiante calor invitaban a seguir en el interior. Entramos al salón y elegimos, como encuadres mas idóneos, los relativos al sofá y a dos grandes sillones con orejas. Mientras José Luis salió a buscar refrescos a la cocina, Viti y yo comentamos las posibilidades de la siguiente serie. Fuimos al dormitorio en busca de ropa apropiada y allí me pidió que si no tendría inconveniente en prestarle algo más ligero, pues su vestimenta le daba mucho calor. Desgraciadamente éramos, físicamente, muy diferentes. Yo, baja, muy morena y con el pecho pequeño, ella, grande, rubia y pechugona. Tras mucho revolver elegimos una camisa suelta, amplia para mi pero un poco ajustada para ella. Por esta razón, entre los primeros botones del escote asomaba parte de su prominente pecho. En principio este detalle no le importo, aunque supuse que a José Luis le molestaría ver los bordes blancos del sujetador entre la hilera de botones. Por mi parte me vestí con un blusón cuyos faldones morían en mis muslos. Volvió hacerme gracia la mirada de Viti cuando, de nuevo, quede desnuda ante sus ojos al quitarme el vestido que llevaba. No sabía si se excitaba o se asombraba de mi impudicia.
En el salón José Luis ya había dispuesto el escenario y nos esperaba saboreando una copita de vino blanco frío ya que, por una tremenda improvisación de su parte, no quedaban refrescos en la nevera. Nos sentamos con él y le acompañamos con sendas copas. Al iniciar las tomas me desabroche generosamente los botones superiores y empecé a posar. Allí en casa, los pocos cuidados tenidos en la terraza desaparecieron y así, de la forma mas natural del mundo, surgía, a veces, entre la ropa, uno de mis pechos, parte de mi culito o la sombra negra y esplendorosa de mi sexo. Nadie parecía darse por enterado. La botella de vino descendía, el calor era, cada vez, mas sofocante y nuestra confraternización seguía en aumento. Fue José Luis quien, aprovechando uno de los cambios de carrete, comento:"Viti, porque no le haces ahora una serie de desnudos". A mi, lógicamente, la proposición no me molestó en absoluto, casi hasta me alegró. Viti, empujada por el ambiente, nos miro y con un "Bueno, procuraré que salgas guapísima" se presto a continuar. Me despoje de la blusa y seguí posando. Me recosté, me puse de pie, me mostré sensual y lujuriosa. No se exactamente porque, pero la cámara fotográfica actúa como un poderoso imán sobre el ojo y sobre la mente de fotógrafo, en especial si es aprendiz. Oí como los disparos se multiplicaban, como Viti se movía excitada por la habitación, como José Luis observaba la escena con ojos picaruelos.
Sus continuos desplazamientos, sus posturas, a veces forzadas, y la estrechez de la camisa, hicieron que los botones superiores fueran desabrochándose. Ni ella ni yo nos dimos cuenta del hecho hasta que vi a José Luis mirándole, con ilusión, los pechos cubiertos por un antiestético sujetador y bordeados por una camisa totalmente abierta. "Venga, Viti, dije, quítatela del todo, así tienes una pinta horrible". Si una mujer, totalmente desnuda, te hace tal insinuación, los motivos de discusión suelen ser escasos. Dejo la cámara y quedo pensativa. No se decidía. Creo que interiormente lo deseaba, pero su educación religiosa le ponía una serie de impedimentos mentales. "Bueno, Viti, te decides o no", apuntillé sentándome en el sofá. Termino por despojarse de la camisa quedando vestida con un sujetador que, más que cubrir, resaltaba sus espléndidos pechos blancos y carnosos. "Venga, venga" volví a decir mientras me levantaba y me servia otra copa de vino, "Hazle ahora algunas a José Luis". "Que, también me desnudo", insinuó". No, aun no" conteste mientras él se colocaba en el sofá y ponía cara de foto. Viti empezó a disparar desde todos los ángulos, José Luis inicio un pequeño strip-tease y yo, desde mi posición de espectadora los animaba. "La camisa, la camisa, el pantalón...." sugería con grandes gritos. Casi sin quererlo nos encontrábamos yo, desnuda, José Luis en calzoncillos y Viti con sujetador y un pantaloncillo corto que le dibujaba una incipiente barriguita y un culo poderoso." Venga Viti", dije levantándome, "Haznos a los dos unas desnudos, seguro que nunca fotografiaste así a una pareja, y tu, José Luis, quítate esos calzoncillos". No se hizo de rogar y en un santiamén ambos quedamos sin ropa esperando que Viti hiciera su trabajo.
La buena de Viti estaba sonrojada, con la cámara entre las manos y la necesidad de ver a una pareja desnuda por el objetivo. Entre risas y bromas continuamos la sesión. Veía a Viti sudar, secarse constantemente las manos, beber, notaba su embarazosa situación y en mi fuero interno me reía. En uno de los múltiples cambios volví a intervenir."José Luis, haznos tú ahora unas fotos a Viti y a mi, quiero tener un recuerdo suyo". El tomó la cámara y yo la arrastre al sofá. "Quedáis fatal", dijo José Luis, "Una desnuda y otra medio vestida, pero si lo queréis así, adelante". Me acerque mas a Viti y mientras oía los sucesivos disparos intenté convencerla para que se desnudara. Sus protestas fueron breves. Bajo la mirada de José Luis que, interesado, asistía al último acto del espectáculo, se bajo los pantalones, se quito las braguitas, dejando ver la hermosa mata de pelo castaño que cubría su coñito, por último, sus pechos quedaron libres. Estábamos desnudas. Éramos opuestas. Lo que a mi me faltaba a ella le sobraba. José Luis seguía disparando mientras su sexo, hasta ahora flácido, empezaba a tener dureza y espesor. Como tres veteranos nudistas corríamos por el salón, nos rozábamos, ella y yo juntábamos nuestros pechos, nuestros culos, nos abrazábamos, hacíamos resaltar lo opuesto de nuestros atributos. Ambas quisimos tocarle el sexo, rozarlo por ver si aumentaba de tamaño. Inconscientemente nos íbamos excitando. Por instinto me acerque a José Luis y le acaricie el pene, los genitales. Note como crecía en mi mano, como los ojos de Viti estaban fijos en aquel instrumento de placer, ahora erecto y preparado. Lo seguí masturbando para ella, quería ver que haría ante tal insinuación. El me deseaba y no estaba ni para ella ni para nadie. Sin darme cuenta me tumbo en el sofá y me penetro. Note su pene en mi vagina y enloquecí. A nuestro lado, sentada en uno de los sillones, Viti nos miraba excitada. Se acariciaba los pechos, recorría nuestros cuerpos con la mirada. No quería que entrase en nuestro juego erótico pero deseaba que gozara. "Mastúrbate" le dije. La mire a los ojos. Vi su mano descender hasta su clítoris, perdiéndose allí con movimientos rítmicos. Así, ella sentada y José Luis y yo tumbados, nos corrimos. Luego él la recostó sobre el sofá y con delicadeza fue besando aquellos grandes pechos, acariciando su clítoris, masajeando la vagina empapada de líquidos. Vi como su cuerpo se convulsionaba de placer, mientras yo, como ella antes, perdía mis dedos en mi culito alcanzando, con ella, el cenit del placer.
José Luis y yo, cada uno en un sillón, contemplábamos el cuerpo de Viti tumbado en el sofá. Era una buena fotografía, salvo que no debía haberse obsesionado con mis desnudos, ni haber aceptado mi maligna proposición. De cualquier forma la sesión había sido un completo éxito.
Mientras recogía su equipo y José Luis abría una nueva botella de vino, contemple en un espejo nuestros cuerpos. El pudor había desaparecido y los tres brindamos porque las fotos hubieran salido bien y, porque, en caso contrario, repitiéramos la sesión la próxima semana.
Las fotos fueron magníficas y, o mejor, es que me salieron gratis, mejor dicho, me costaron dos orgasmos a mi otros dos a Viti y uno a José Luis, dado que, en estos menesteres, la capacidad del hombre es sensiblemente inferior a la de la mujer.

sábado, 3 de septiembre de 2011

HOTEL OCOTAL

José Luis
Una de las ventajas, o inconvenientes, de mi cargo, son las múltiples invitaciones que recibo y la consiguiente obligación de asistir a ellas por muy aburridas que resulten. Cuando mi secretaria me recordó la presentación de un libro sobre Costa Rica, editado por una empresa española, la idea no me entusiasmo sobremanera, pero termine asistiendo. Entre canapé y canapé, el introductor comentó el impacto positivo que, determinados lugares del país, tienen sobre las personas. No dio explicaciones del porque, pero en mi mente quedaron grabadas las sensaciones beneficiosas de Playa Ocotal o del Volcán de la Vieja, y las negativas de Playa Dominical o del Cerro de la Muerte. Durante el coloquio lo único que se aclaro fue que tales hechos eran ciertos, y salvo la posible incidencia de emanaciones volcánicas, o la acción del polvo silíceo proveniente de la destrucción de los corales, no existía ninguna razón sólida para explicar tales fenómenos. Anote algunos nombres, con la esperanza de conocerlos y constatar, personalmente, la verdad de lo dicho y abandone, muy ufano, aquella actividad.
El Hotel Ocotal se asienta sobre una loma en la playa del mismo nombre y puede ser o no ser relajante, pero es, sin duda, un lugar maravilloso. Construido en una ladera marina, incluye dos niveles de habitaciones adosadas con piscina y jacuzzi en cada uno e independencia absoluta del resto de los servicios generales: comedor, sala de juegos, cafetería, etc. Cada habitáculo goza de espléndidas vistas sobre el océano y esta amueblado con dos camas matrimoniales, nevera, mesita y televisión, en la parte anterior, y servicio de baño y aseo, en la posterior. Un gran marco acristalado da paso a una pequeña terraza bordeada por el camino de acceso a la piscina, al jacuzzi y a los servicios centrales.

Sonia
El viaje ha sido pesado, sofocante, pero valió la pena. Acabamos de instalarnos en la habitación nº 33 y tanto la vista como su distribución, son excelentes; con razón José Luis tenía tanto interés en pasar aquí unos días. Son las cinco, el sol esta iniciando su caída sobre el horizonte y yo empiezo a enjabonarme. José Luis se dedica a distribuir correctamente la comida y la bebida en la mini-nevera. "Oye, cariño, le oigo decir, voy a pedir que nos suban hielo, aquí no hay". Termino de ducharme, con la toalla arrollada en la cabeza, salgo al aseo. Desde el fondo de la habitación veo, a través del cristal, el mar, el camino de acceso. Estoy completamente desnuda. Siento en mi estómago un extraño regusto ante la posibilidad de que aparezca por la puerta el camarero con el hielo y me vea así. Inconscientemente alargo la espera, anhelo que llegue, suspiro porque me sorprenda sin ropa. José Luis, ajeno a todo, deambula por el recinto, vuelve a llamar a la cafetería, sale a la terraza. El tiempo se me hace eterno. Regreso al baño y me siento a esperar. Fuera José Luis sigue moviéndose: coloca sillas, enciende y apaga la televisión. "Pase, llevamos mas de media hora esperándole". Salgo desnuda con la toalla como turbante. El camarero alza los ojos, me ve, se mantiene en la puerta. José Luis, de espalda, fuerza mas la situación."Espere un momento” dice, buscando algo suelto para darle una propina. Percibo sus ojos en mi cuerpo, siento el roce del lavabo en mi sexo. Son minutos larguísimos sintiéndome vista, observada, deseada por alguien desconocido. Se retira cuando mi excitación es máxima, cuando todo mi cuerpo arde de pasión y de celo. Salgo a la terraza. Mi piel recibe, al unísono, el aire fresco de la tarde y las pupilas de José Luis que la recorren con lujuria. Me arrastra al interior, medio corre las cortinas y ambos caemos en la cama. Me acaricia, su lengua pasa desde mi boca a mi sexo, tan pronto esta sobre mí como yo sobre él. "Quiero que nos vean” susurro. Se levanta y abre un poco más las cortinas. Estamos enlazados por el sexo, solo un cristal nos separa de un mundo en acción en donde la gente se desplaza. Siento sus dedos en mi boca, en mi clítoris. Me voltea y los introduce en mi culito, luego su pene me penetra desde detrás. Estoy de rodillas, miro hacia el mar, hacia el camino que discurre por delante de la habitación. José Luis sigue penetrándome. Yo solo tengo ojos para el exterior. Quiero ver a alguien. Oigo voces y una chica del servicio cruza por el sendero. Pasa por delante, regresa sobre sus pasos, nos mira y sigue. "Nos ha visto, pienso". Al poco vuelve con otra y se detienen junto al cristal. José Luis empieza febrilmente a moverse, siento como se corre en mi interior mientras cuatro ojos nos observan desde fuera. Se van. "Chúpame”, le digo. Sus labios y su lengua se funden con mi clítoris. Mi fuente de jade brota copiosamente. Ha anochecido
José Luis
Luce una mañana espléndida. Son las 7 y estoy en la piscina antes de bajar a desayunar.
Regreso a la habitación. A la luz del sol, el cuerpo moreno de Sonia, su culito, sus piernas, resaltan sobremanera contra el blanco de las sábanas. Me inclino sobre ella. Mis labios recorren su espalda. Se despierta, me ofrece la boca, después, casi como una autómata, engulle mi pene, lo ensaliva, lo agranda para introducírselo en ella. Esta sobre mí. Acaricio sus pechos. Mi excitación es máxima y un chorro de semen invade su vagina. Se tumba a mi lado. Jugueteo con sus pezones mientras se masturba. Se acaricia el clítoris, se penetra, le beso los labios, le susurro "Sigue, sigue masturbándote para mi". Un grito y un espasmo recorren su cuerpo. Se duerme.
El sol cae de plano sobre la piscina. Leemos apaciblemente. Al lado, otra pareja goza al igual, de las caricias del astro rey. Ella rubia y grande, él musculoso Pueden ser sajones, tal vez alemanes. Ella se embadurna de crema, cambia constantemente de postura, se mueve inquieta sobre la tumbona. Observo su cuerpazo blanco junto al pequeño y moreno de Sonia. Cada cierto tiempo nos bañamos y al cruzarnos con ellos nos sonreímos. Han pasado dos horas, hemos enrojecido y nuestra intimidad ha aumentado. En un inglés deficiente hablan con Sonia. Se llaman Helga y Ditter, son alemanes y están de vacaciones.
Escudado tras las gafas contemplo a las dos mujeres. Ambas lucen bikinis sin tirantes sujetos por la espalda, ambas se los desabrochan cuando toman el sol boca abajo, y ambas, cada cierto tiempo, se cubren el cuerpo de crema bajándose la parte superior del bañador hasta límites insospechados. Ninguna se recata, parece que compiten por ver quien será capaz de broncearse más, de dejar sin color la mínima parte de su cuerpo. Con el tiempo, el cuidado en la colocación de la parte superior de sus bañadores es cada vez más deficiente. Ambas se lo sujetan con los brazos y en cada movimiento desciende un poco más. Para mi deleite es Helga quien primero enseña su pecho. Su bikini termina resbalando y su seno derecho queda libre momentáneamente. Es muy blanco, con un pezón pequeño, rosado. Animada por ello y ante la nula observación de su pareja, se sienta sobre la tumbona, se desprende totalmente de él y se distribuye crema sobre sus pechos, luego se tumba boca arriba mostrando su turgencia, imaginando que esta en cualquier playa de la Costa Azul, donde esta forma de solearse es la mas natural. Sonia no le queda a la zaga. Viendo su comportamiento la imita y como ella queda tumbada con los pechos al aire. Desde hacía tiempo no veía un espectáculo como este: las dos con sus pechitos libres ante mis ojos. El calor es sofocante, y primero ellos y luego nosotros, nos retiramos a la habitación.
La puesta de sol es única. Sentados junto a la piscina vemos como el disco solar desciende sobre el mar. Sin él, la noche cae de repente. Una noche estrellada, cálida, alumbrada por una luna llena que, como un potente faro, ilumina nuestros cuerpos, dándoles brillos y sombras insospechadas. El agua actúa a nuestra espalda como un imán que nos atrae. Sin hablar caemos en su influjo. Esta tibia, abriga nuestros cuerpos. Nos retiramos a uno de los extremos de la piscina y nos fundimos en un beso. Mis manos buscan su cuerpo bajo el bañador, mientras ella me despoja del mío.
Estamos solos. La excitación hace que nos olvidemos del mundo.primero es la parte alta de su bikini la que desaparece, luego la inferior. Quedamos desnudos, nos besamos, nos acariciamos. No se cuando llegaron, pero frente a nosotros, en dos sillones, proximos a los que antes ocupabamos, estan Helga y Ditter. La luz de la piscina nos ilumina; lo sabemos, nos sentimos observados pero seguimos allí. Nos encontramos recostados sobre el borde, cubiertos exclusivamente por el agua. Ellos captan el reto. Con aparente indiferencia se despojan de sus bañadores. Veo el cuerpo integro de Helga, la mata de pelo rubio entre sus piernas, su culo poderoso. Entran en la piscina , pasan ante nosotros y ocupan el lado opuesto de la misma. Se abrazan. Sonia me toma entre sus brazos, siento sus pechos en mi pecho, su lengua en mi boca, noto como se me endurece el sexo. Ella lo fricciona con cariño hasta que un chorro de semen blanquecino se disuelve en el agua. La abrazo por detras. Mis dedos se hunden en su vagina, le pellizco los pezones. Vemos como nuestros amigos hacen el amor como nosotros. Oigo gritos de placer, veo el agua agitarse, siento los orgasmos de Sonia. Vestidos con los reflejos de la luna salimos de la piscina. Bajo la caricia de la brisa nocturna y la mirada agradecida de los alemanes nos dirigimos a la habitación.
Sonia
La mañana ha sido de ensueño. Hasta hoy nunca había estado al sol, en un sitio público, con los pechos al aire. Realmente o el sitio o nosotros tenemos un magnetismo especial. Ir a la piscina de un hotel, encontramos allí solos con otra pareja, ver como la mujer excita a José Luis poniéndose aceite, bajándose la parte superior del bikini, frotándose los pechos. Ver como se los broncea, como se pavonea por la piscina sin recato, fue algo que no pude soportar. Pese que al principio me dio algo de corte, empecé a imitarla. Me baje el sujetador, mostré mis negros pezones, me puse leche solar sobre mis pechos. Al final, cuando ya no pude mas me despoje por completo de la parte superior y como ella, pasee por delante de su pareja para que me viera bien. Tenía un cosquilleo interior al sentirme desnuda de medio cuerpo hacia arriba, ante los ojos de dos hombres que, en apariencia, apenas si me miraban. Sabía que José Luis si, que nos miraba a ambas, que se lo estaba pasando en grande. Lo peor, o lo mejor, fue cuando apareció un camarero con unas cervezas frías. Ni me moví de la tumbona. No quise saber si ella se había cubierto o no, lo cierto es que llego y me vio con mis tetitas al aire. Sentí que toda mi vagina se inundaba de placer. Hubiera querido hacer el amor allí mismo.
Pase el día nerviosa. Por la tarde, en el jacuzzi, me desvistió por completo, se quito su traje de baño y, en medio de un pasillo, hicimos el amor. Luego me fotografió desnuda contra los azulejos adornada de burbujas. Me gusto, me gusto muchísimo.
Por la noche, en la piscina, nos bañamos en compañía de los alemanes. Fuimos desnudos hasta nuestra habitación y allí, con las cortinas abiertas, volvimos a poseernos. La luna brillaba, José Luis empezó a besarme, a pasar su lengua por mi clítoris, a lubrificar mi vagina. Me levanto luego, me apoyo en el cristal de la ventana y así me penetro desde detrás. Veía el mar, el pasillo de acceso y sus manos sobre mis pechos mientras me masturbaba febrilmente. Volvimos a la cama, lo volteé y empecé a jugar con su culito. Lo engrase con la lengua, introduje por él mis dedos. Como yo antes lo levante y lo apoye sobre el cristal. Volví a introducir mis dedos en su culo, le acaricie el pene, regresamos a la cama. Nos entrecruzamos. Tome su sexo con mi boca y el hundió su cara entre mis piernas. Sentí su lengua en mi clítoris, sus dedos entrar y salir de mi vagina, de mi culito. Se coloco sobre mí y ambos empezamos a acariciarme. Puso sus dedos en mi boca, me pellizque los pezones, acompañé a su pene en mi cavidad vaginal. Daba gritos de gozo cuando me corrí. Estábamos muy calientes. Salimos a la terraza a refrescarnos. Como siempre, nadie turbo nuestro descanso. Por el pasillo no aparecieron ni huéspedes ni encargados. Veíamos las estrellas, el tintineo de las luces de los barcos, éramos dichosos, muy dichosos.
José Luis
La última ducha antes de partir. Sonia esta ya arreglada y anda recogiendo las maletas. Oigo su ir y venir, el abrir y cerrar la puerta acristalada, escucho su "Estas bien, cariño" mientras el agua discurre por mi cuerpo.
Ocotal, su bahía, sus habitaciones, sus vistas, su piscina, todo va quedando atrás. En el coche Sonia introduce su mano por los bajos del pantalón buscando mi sexo. Se desabrocha la blusa y saca sus pechos. Me masturba mientras conduzco. Reduzco la velocidad. Mi semen brota lentamente empapando su mano. Me susurra "Eres feliz?, somos muy felices"

                                                            

domingo, 21 de agosto de 2011

LA NOCHE DE SAN JUAN

Aterricé en Madrid el 12 de Junio, un domingo caluroso en el que los españoles, y el resto de los ciudadanos de la Unión Europea, votaban para elegir a sus futuros eurodiputados. Tras casi 20 horas de vuelo, hambrienta, dolorida y sucia, aun tuve que recorrer 445 Km. en automóvil para poder llegar a Oviedo y allí ducharme, comer y descansar hasta que el cuerpo me dijera basta.
Tal vez mi reloj biológico sufrió el abusivo cambio de 8 horas, o el stress acumulado de los últimos meses hizo su aparición de repente, pero la cruda realidad fue que durante la primera semana un cansancio total me embargo. Caía rendida en la cama, me levantaba tarde, dormía siestas maratonianas y pese a todo, no reaccionaba.
El sol, que surgió con la entrada del verano, mis largas sesiones de amor y el deseo incontrolado de vivir situaciones excitantes, hizo milagros en mi organismo. El viernes 24, cuando José Luis salió a las 7 de la mañana a su oficina, murmurándome al oído:"Te llamaré cuando salga, para poder desayunar juntos". Una sensación de bienestar me invadió. Me acurruqué entre las sábanas, agradeciendo a la vida aquellas dos horas extras de vagueo y viendo, por fin, un cielo completamente azul. Instintivamente mis manos acariciaron mis pechos, descendieron hacía el sexo, aun seco y cerrado, para friccionarlo lentamente y sentirlo húmedo, suave, llevándome a un estado de relajación total. Frote mi clítoris, introduje mis dedos en la vagina, los hundí en mi culito, me masturbé desnuda y sola sobre la cama, viéndome reflejada en los cristales opacos de la ventana; luego, un sopor inconsciente se apoderó de mi.
El timbre del teléfono me devolvió a la realidad. Habían pasado dos horas y yo seguía tumbada ajena a todo lo que me rodeaba. Me levante y empecé hablar con José Luis. Sin motivo aparente, una extraña sensación recorrió mi columna, sentía como si se me crisparan los pelos de la nuca. Estaba de pie, desnuda, con el auricular en mi oreja y con un largo pasillo a mi espalda. La casa estaba vacía y no obstante, tenía la sensación de ser observada, notaba como si unos ojos recorrieran mi cuerpo saltando desde los hombros a las nalgas, descendieran por mis piernas, escudriñaran mi culito, se recreasen en mi piel. Era una experiencia nueva y placentera que esponjaba mis carnes. Nadie podía verme pero tenía la certeza de ser observada.
"Hola Sonita, vengo a desayunar con vosotros", oí decir a Manolo desde algún lugar de la casa. Colgué bruscamente, me puse un albornoz y salí a saludarle. Tuve la seguridad que me había visto y que, durante muchos minutos, había gozado con mi cuerpo. Ahora, mientras preparaba el café, percibía como el albornoz, excesivamente grande para mi tamaño, se desplazaba sobre mi, insinuando, sino mostrando veladamente, puntos íntimos de mi anatomía. Estaba feliz. Si él antes me había visto desnuda sin que yo lo supiera, ahora yo, con la misma impunidad, podía exhibirme cubierta exclusivamente por un ropaje con grandes aperturas frontales a través de las cuales se escapaban, sin querer, mis piernas hasta límites inverosímiles y con mangas tan amplias que, cada vez que levantaba los brazos, mis pechitos aparecían, como un regalo del cielo, al final del hueco de las mismas.
Llego José Luis, desayunamos y se marcharon dejándome nerviosa y excitada. El buen tiempo me animo a trasladar mi mesa de trabajo a la terraza, y sobre ella y varias sillas, distribuí apuntes, fotocopias, libros y mapas, tenía todo el tiempo del mundo por delante y la seguridad de que nadie me molestaría. A la 1 p.m. el sol caía de plano haciéndome imposible, no solo la concentración sino la simple lectura. Recogí el material didáctico, me puse un bikini, me embadurne de crema y me tendí. Estaba en España, sola y sobre una terraza que, por su ubicación, era difícil que pudiera ser observada. Me despoje de la parte superior del bañador y sentí la gratificante sensación del sol sobre el pecho y los pezones. Me adormilé con la inquietud de que, de nuevo, pudiera aparecer Manolo y que ahora, por mi situación, nada evitara que me viera medio desnuda. No llego. Si lo hizo José Luis que tras ponerse un bañador sirvió un aperitivo y descorchó una botella de vino rosado frío.
El sentirme acompañada, el vino y el calor me hicieron desinhibirme por completo. Si al principio me cubría los pechos cada vez que me levantaba, evitando posibles miradas indiscretas, ahora ese pudor se convirtió en morbo. Me ponía de pie, salía a la cocina a por comida o servilletas, paseaba libremente. Estaba convencida de ser admirada por alguno de los vecinos que tenían vista sobre la terraza y tal seguridad me excitaba. Mi cuerpo estaba caliente y nervioso, razón por la cual la comida se transformo en una escena de amor campestre sobre el suelo. Casi sin quererlo él y yo quedamos "chinguitos" sobre las toallas y al amparo del buen sol me poseyó. Goce como una loca intentando ver si alguien contemplaba nuestros cuerpos entrelazados, follando y follando para nuestra satisfacción y la suya.

Por la tarde, las nubes, típicas de la cornisa cantábrica, cubrieron el sol. No puede hablarse de la clásica calima propia de los climas continentales, sino del bochorno dominante en el trópico durante la estación seca. Me vestí, en consecuencia, como allí y salimos de compras Ni debajo de la camiseta, ni de la falda, llevaba nada, iba, como a los dos nos gustaba, "chinguita" por dentro. Oviedo era un bullicioso enjambre consumista que se volcaba, aquel primer día de autentico calor, sobre el comercio, con ánimo de adquirir su vestuario de verano. En las tiendas la gente entraba, revolvía las existencias, se las probaba, discutía, solicitaba tallas mas grandes o mas pequeña, eran auténticos zocos en donde solo interesaba comprar lo mejor al menor precio posible. Yo necesitaba zapatos, los que llevaba no encajaban ni con mi atuendo ni con la moda estival. Fuimos, primero, a unos grandes almacenes en los que una atenta y atareadísima dependiente no encontró nada que fuera de mi agrado. Luego a una tienda de moda juvenil en la que se luchaba a brazo partido por cada prenda y en donde el personal se desentendía por completo de los clientes. Por último, bajo la presión de José Luis, terminamos en una de las mejores zapaterías de Oviedo. En ella, el aire acondicionado, la escasez de compradores y el trato exquisito, eran signos inequívocos de variedad, calidad y alto precio. Tras solicitar diferentes modelos me senté y agradecí el ambiente fresco y la música relajante del local.
De verdad que no lo hice a propósito, que fue algo inconsciente fruto de la mañana, del calor y del momento. Sin desearlo me encontré sentada ante un joven que, a mis pies, se esforzaba en realzar la comodidad y belleza de los modelos. Solo cuando mire a José Luis y vi su sonrisa burlona empecé a darme cuente de lo que sucedía. No me acordaba que por debajo iba completamente desnuda y que la falda, cada vez que me probaba algo, ascendía ligeramente sobre mis muslos. Sentí un aire frío entre las piernas y asumí que mi sexo, sin nada que lo cubriera, era fácilmente visible desde la posición del dependiente. Hasta entonces desconocía si se había percatado o no del hecho, pero ahora empezaba a estar excitada y quería asombrarlo. Fue un juego erótico y perverso. Me hice probar un montón de zapatos, estire las piernas, mostré mis pies preguntando por el aspecto que cada uno le daban, abrí y cerré los muslos, me baje, y se subió, repetidamente la falda, al final tuve la certeza que él estaba contemplando mi sexo a placer, que José Luis lo sabia, que ambos nos excitábamos por el hecho y que el pobre muchachito era incapaz de reaccionar. Compramos un par bastante caro y salimos ante su incrédula sonrisa.
Íbamos muy alegres cuando entramos en el Truli. Tras la segunda copa, era ya tal el número de canapés que Francisco nos había servido, que decidimos suprimir la cena. Fuimos hacia el Oviedo antiguo donde, en la Plaza de la Catedral, se iniciaba la fiesta de San Juan con una enorme hoguera y la actuación de grupos folclóricos de las comarcas occidentales del Principado. El fulgor de las brasas, el relente de la noche y el paseo por las calles de la vieja Vetusta, apaciguaron nuestros ánimos y templaron nuestras mentes. De madrugada decidimos regresar al barrio, en él que, en contraposición con lo visto, la quietud era total. Calles y bares vacíos, pocos taxis, casi ningún paseante. La casa era un horno y nosotros ardíamos. "Cámbiate de ropa", dije mientras me despojaba del niqui y de la falda y los sustituía por una amplia camisa, que ni siquiera abotoné, y un pareo hindú con grandes aperturas laterales. Salimos de nuevo. Tuve una sensación de frío y placer al sentir el aire sobre mis pechos y los dedos de José Luis jugueteando con mis pezones. Nuestro descaro no tenía límites. Note su mano descender por mi espalda, llegar al borde de la falda, levantarla hasta la cintura. Mi culito quedo al aire y la emocionó de que pudiera ser visto por cualquier paseante nocturno, se convirtió en placer. Quería más. Deseaba acariciar, ver, absorber su pene. Empujándole contra una pared le baje los pantalones y me lance contra su sexo erecto. Lo sentí caliente en mi boca. Tenía los pechos fuera de la blusa, mi culito libre y mi garganta inundada de carne. Oí un coche a mi espalda y un espasmo me recorrió. Mi vagina se humedeció y desee, en vano, que alguien pasase, me viera y me envidiara. Vámonos, dijo, alzándome y cambiando en mi boca su sexo por su lengua.
Entramos en un bar. Tras la barra una jovencísima camarera charlaba con un apático y medio adormilado cliente. Fuimos a la parte alta y pedimos dos ginebras con tónica. Estábamos solos. Cuando la chica se fue saque, de nuevo, los pechos de la blusa y los labios de José Luis cayeron sobre ellos. Su mano se perdió entre mis piernas y mis líquidos vaginales volvieron a fluir copiosamente. Estaba excitadísima. Fui sobre su pene y lo chupe con deleite. Lo sentí crecer, pase mi lengua por sus pliegues, note sus palpitaciones. "Sigue, sigue."murmuro cuando mis dedos se perdieron en su culito y la tensión de poder ser sorprendidos se apodero de nosotros. "Levántate", dijo al tiempo que me volteaba inclinándome sobre la mesa. La falda se arremolinó en mi cintura y su sexo murió en la profundidad de mi vagina. Estaba muy mojada. Allí, en un bar de Oviedo, hacíamos el amor medio desnudos, sabedores del enorme riesgo que corríamos. Me termino de quitar la camisa, me acaricio los pechos, sentí en mi interior el ir y venir de su pene. No se cuanto tiempo nos mantuvimos así, se que en un momento determinado aquel sexo se derramo llenándome de semen. Tuve que morderme las manos para no gritar.
Caímos rendidos. Mis pechos al aire, mi coño abierto y palpitante, su pene flácido y mojado, las dos copas intactas.
Bebimos un trago, arrojamos el resto en unos tiestos de adorno y nos marchamos. Otra vez la noche volvió acariciar mis tetas y otra vez su mano juguetona dejo mi culito al descubierto para goce y relajo de los pocos taxistas que circulaban por la calle. El cansancio nos había hecho ya mella.
Que pena de copas, pensaba en la cama, esperando que el sueño acallase mi mente. Acariciaba su pene dormido e introducía mis dedos en mi coño intentando extraer de él los últimos suspiros de placer. Roce mi clítoris y con esa sensación de paz y bienestar me dormí. Era la noche del 24 de Junio, la noche de San Juan, la noche en la que se quema en la hoguera todo lo viejo del invierno, la noche con la que se inicia el verano, mi noche de sexo ardiente y desenfrenado.

domingo, 14 de agosto de 2011

QUE NEGRA ERA LA PLAYA

Los ecologistas, como los gorriones o las moscas, son seres distribuidos uniformemente por el planeta con ideas muy parecidas, aunque no iguales, sobre lo que se entiende por delito ecológico, contaminación o cualquier aspecto relacionado con el entorno natural. Por ello, para un ecologista africano es malo acabar con los elefantes, y en cambio, para el vulgar habitante de Zaire, es una tragedia que una estampida de esos animales arruine sus cosechas e inutilice, durante años, sus terrenos agrícolas. De igual forma, para uno costarricense la contaminación de las playas esta condicionada por la mayor o menor acumulación, en ellas, de residuos forestales, mientras que para uno asturiano, tal hecho no supone un problema y si la cantidad de polvo de carbón que, por un inadecuado tratamiento de los vertidos mineros, se envía a los ríos y estos lo terminan depositando en el mar. La problemática es aquí estética y se centran, exclusivamente, en la coloración negruzca de las playas que circundan los estuarios de los ríos mineros, en donde se entremezclan la arena blanca silícea con los finos negros del carbón.
Mi primer contacto con la playa del Bayon, máxima representación de esta problemática, no detecto el hecho y si la labor de limpieza superficial que las cuadrillas municipales realizaban. Estaba claro que la mala educación es patrimonio universal y que, al igual que en mi país, en las playas asturianas también se arrojan botellas, papeles, envoltorios y latas que son necesarias eliminar pues la naturaleza no esta capacitada para ello. Era un jueves por la mañana y los casi 5 Km. de costa aparecían cubiertos por una bruma baja que impedía apreciar su verdadera dimensión. El tiempo no acompañaba al baño y tras acomodarnos en el extremo mas oriental iniciamos un paseo por la orilla. Pescadores, alguna pareja como nosotros, dos o tres matrimonios con niños y poco mas sobre aquella acumulación de arena. Al regreso, en el macizo rocoso que cerraba la última cala, un letrero, rotulado en grandes caracteres blancos, anunciaba: "PLAYA NUDISTA". Por azar habíamos situado allí nuestros enseres pero, por desgracia, los únicos posibles nudistas, en aquellos instantes, éramos nosotros. Nos tumbamos a la espera de que algún rayo de sol se filtrara entre la masa nubosa y nos adormilamos. Estábamos, como tantas veces en mi país, solos en una playa. La diferencia radicaba en que allí teníamos la total seguridad de que nadie aparecería pues el hecho de estar desnudos estaba terminantemente prohibido. Aquí, al contrario, se aceptaba, por lo que no sería improbable que, de repente, alguien nos acompañase.
Nuestros cuerpos, como viejos conocidos, empezaron a investigarse. Sentí unos dedos que acariciaban mis pezones, descendían por mi cintura y finalmente reposaban en el clítoris. Note el crecimiento lento y continuo de su sexo, su erección maravillosa. Me volqué sobre él y lo aprecie vivo, caliente en mi boca. Veía la playa, el morir de las olas, los pescadores, una pareja que se acercaba. Cesaron las caricias. Quedamos tendidos .Los paseantes llegaron a nuestro lado, nos contemplaron desnudos y se alejaron. Otra vez mi boca succionó su pene, lo engrandeció y sin apenas esfuerzo lo introduje en mi vagina. Fue un acto lento, placentero, casi estético. Montada sobre él observe el mar, el andar cadencioso de la pareja que momentos antes paso por nuestro lado. Sentí en mi interior a José Luis, cada vez mas excitado, y ese conjunto de acciones mezclaron en la vagina su semen y mi flujo. Grite de placer y mis voces rebotaron contra el murmullo de las olas. La paz del ambiente y la relajación del amor nos adormilaron. Al despertarnos el sol abría grandes estelas luminosas sobre el cúmulo de nubes y la playa continuaba desierta. Prometimos volver.

Pasaron días, tal vez semanas, hasta que el sol confirmo, con su presencia, la llegada del verano. Una tarde, a la salida del trabajo, José Luis se empeño en regresar a la vieja playa negra. No estaba vacía. A medida que avanzábamos hacia la calita donde hicimos el amor, los bañistas iban perdiendo su vestuario, al final, la proporción de desnudos era total. Había, no obstante, mujeres en mono bikini o en traje de baño convencional, pero esta mezcla no parecía importarle a nadie. Nos situamos en el centro, extendimos las toallas y, en un alarde de delicadeza por su parte, me pregunto:"Quieres quitarte el bañador". Mi respuesta fue la acción inmediata de despojarme de tal prenda.
Me encontraba desnuda y rodeada de gente. En mi interior había acariciado muchas veces el vivir una experiencia como esta. Es verdad que por diferentes razones el desnudo, mi desnudo, no me preocupaba, que lo había lucido ante hombres y mujeres, pero siempre en grupos de amigos, en fiestas íntimas, animada por el alcohol, las drogas o la situación, pero tal como estaba ahora, en una playa rodeada de gente desconocida, nunca lo había hecho. Tumbada en la arena contemplaba a quienes, sin ningún pudor, paseaban, se bañaban o jugaban a la pelota.
"Caminemos", dijo José Luis. Nos levantamos y fuimos hacia el mar. Cubrió con su brazo mis hombros y mi mano se apoyo en sus nalgas. Llegamos a la orilla, nos mojamos los pies, seguimos las olas en su lenta agonía. Estaba feliz, libre, desnuda. Pensé en mis padres, en mis hermanas, en mis amigos. Cuantos de ellos harían lo mismo. Cuantos gozarían así con el sol sobre su piel. Había nudistas de todas las edades, de todas las formas y de todos los tamaños. Nadie se preocupaba de nadie, parecía que el pecado de la carne había desaparecido.
Regresamos a nuestro lugar. Observe mi entorno: un matrimonio con niños, un par de viejecitos, un grupo de chicos y chicas, dos gays. "Como disfrutaría Manguita con tanto pene suelto", pensé acordándome de mi querido amigo homosexual. De bruces en el suelo note como José Luis extendía, en mi espada, crema antisolar. Sus manos se desplazaban sobre los hombros, los brazos, la cintura, los glúteos. Abrí las piernas para favorecer la distribución, agradecí aquellos dedos que rozaban mi culito, deteniéndose en el ano, que bajaban, mas tarde, hasta mi sexo. Me relaje y permití que siguieran. Ante quienes nos rodeaban, que podían o no, fijarse en lo que José Luis hacia, el prosiguió su tarea. Sus dedos se olvidaron de todo y se centraron en mí. Sentí como hurgaban en mi culo, en mi vagina, en mi clítoris. El placer que me proporcionaban era enorme. Con los ojos abiertos notaba como me friccionaba el ano, lo circundaba, lo recorría de arriba a bajo. De repente hundió en él un dedo por completo. Fui penetrada desde atrás y mi vagina se empapo. Supe que otro se perdía en ella y que ambos iniciaban un ligero vaivén que termino por producirme un mudo y agradable orgasmo. "Rico" dijo recostándose a mi lado.
Pasamos tres horas envidiables. Roto el primer instante de turbación el resto: pasear desnudos, sentir la brisa del mar, revolcarse en la arena negra, eran sensaciones maravillosas.
En el coche, aparcado junto a varias decenas de vehículos, nos sacudimos la arena y nos cambiamos de ropa. Estábamos ardiendo. El sol, las nuevas experiencias, el ambiente hacían bullir nuestra sangre. José Luis se inclino sobre mi, me libero los pechos, los beso, lleno con su lengua mi boca, hundió sus dedos en mi vagina. Nada parecía importarnos, ni el hecho de tener abiertas las puertas, ni la gente que, como nosotros abandonaba la playa, ni la circulación de automóviles. "Vámonos" dije. Salimos por un camino de montaña y en la primera bifurcación volvió a detenerse. Fui sobre su pene. Lo avive, lo agrande, me lo engullí por completo. "No, aquí no", protesto débilmente. El sitio no era el adecuado pero yo estaba como una posesa. "Mastúrbate" me dijo, "Mastúrbate para mi". No me lo hice repetir. Me despoje del pantaloncillo, me abrí la blusa y empecé a acariciarme el clítoris, los senos, primero, con suavidad, luego, violentamente. Para sus ojos introduje mis los dedos en la vagina, los moví, contemple como un agricultor nos miraba atónito, y como un par de ciclistas nos sobrepasaban sin detenerse. Me sentía en el cielo. Me corrí chillando de placer, sintiéndome observada, querida y deseada. Volví a degustar su sexo y manteniéndolo constantemente en la mano, regresamos a Oviedo.
El agua de la ducha elimino la sal y la arena de nuestra piel, nos hidratamos y fuimos a encerrarnos en la sauna, creímos que un poco de calor seco nos beneficiaria. Esta claro que tanto a él como a mi el desnudo nos provoca. Cuando el sudor empezó a brotar, nuestros cuerpos, como imanes, se atrajeron. Sentí como recorría mi pecho, mi cintura, como yo acariciaba su barriguita, sus testículos. Hacia mucho calor. Salimos, nos duchamos y quedamos descansando sobre la mesa de masajes. Me tumbé al tiempo que él empezaba a acariciarme. Sus dedos descendieron desde mí frente a mis pies, circundaron mis ojos, contornearon mis labios, rozaron mis pezones, hurgaron con delicadeza en mi ombligo, juguetearon con mi pelo púbico, despertaron mi clítoris, sorprendieron mi vagina. Luego los labios sustituyeron a las manos. Note como su lengua hacia el mismo recorrido. El calor y la confortable sensación de ser acariciada activaron mis jugos vaginales. Cuando la lengua alcanzo ese punto su saliva y mi flujo se fundieron. Me senté, abrí las piernas y él, de pie como estaba, introdujo su pene en mi interior. Nos veíamos reflejados en el espejo y gozábamos viendo entrar y salir su sexo de mis entrañas. "Aquí me masturbo pensando en ti" dijo José Luis presa de una gran excitación. Sus palabras encendieron mi mente. Quería verle masturbarse, contemplar como surgía el semen de su interior. "Mastúrbate, dije, quiero verte". Se recostó, cerro la mano sobre su pene e inicio un rápido movimiento de subidas y bajadas. Cada poco tiempo mi boca ensalivaba su miembro lubrificándolo, sensibilizándolo al máximo. Estaba acostado con los ojos fijos en mis pechos. Le pedí que se penetrara por detrás y hundió su dedo en su culito. Una sacudida de placer convulsionó su cuerpo. Estaba a punto de correrse. Pase mi lengua por su pene, sentí el ritmo frenético de su mano y le oí murmurar:" Ya, ya..., ya.". Broto un chorro de semen blanco y caliente al tiempo que mi boca se inclinaba sobre él para beberlo, para absorber y saborear el gusto de su sexo, para gozar, para culminar su masturbación en mi cuerpo.
Volvimos a la ducha. El agua termino de eliminar los últimos vestigios de arena negra, los últimos recuerdos de aquella playa nudista que habíamos considerado como propia y que nos había empujado hacia el amor, hacia el placer y hacia el sexo. Recordé a la gente paseando por la orilla, pensé en lo que me gustaría volver allí otro año con amigos, con amigas, con gente que supieran apreciar la belleza del desnudo, que se olvidasen del pudor y mostraran a la naturaleza las bondades de su ser. Sin quererlo compare aquella playa nudista con el extraño mundo de la ecología. Sus adictos, al contrario que estos, no utilizaban a la naturaleza, la amaban, la comprendía, sabían que no era perfecta pero tampoco sus cuerpos lo eran y sin embargo los disfrutaban, los mostraban y nada ni nadie les importaba. La playa negra, la vilipendiada playa negra estaba cubierta de hombres y mujeres a los que el sol había hermanado con un bronceado estético y total.

sábado, 6 de agosto de 2011

JUEGOS DE SALON

Desperdicie media vida. Mejor dicho, no tuve niñez ni juventud ni nada. Mis primeros 25 años pasaron sin dejar huella, sin haber tenido en ellos las alegrías, desilusiones y juegos de esos días dorados. Nunca lo lamente. A veces, en mis horas de depresión me susurraba: "José Luis, fuiste un raro", pero ahí finalizaba la historia. Cuando en libros, revistas o películas veía todo lo que a la juventud le sucede en ese período de su existencia, yo admitía que, a mi, eso nunca me sucedió, que no tuve amores prohibidos, ni goce del sexo, ni me emborrache, ni siquiera desobedecí a mis mayores. Fui, lo que se dice, un joven, un adolescente modelo.
Es lógico, por tanto, que todo el peso vivencial de mi generación fuera solo un ligero recuerdo, un comentario curioso o una anécdota intrascendente. Con el tiempo todo aquello fue solucionándose y hoy estoy viviendo mi juventud a los 50 años. Una maravillosa mujer es la culpable. Ella desencadenó mi sexualidad, avivo mi imaginación y elimino los tabúes que, en su opinión, debería tener. La verdad es que no los tengo, que soy así, que ni la dictadura del General Franco, ni mi prolongado celibato me produjeron traumas importantes. He tenido, por error del destino, un cambio en mi evolución. En mi vejez siento, amo y hago todo lo que en mi juventud no desee. Soy mayor, vivo con personas mayores y tengo, por dicha, las mismas emociones que un día, hace años, los jóvenes tuvieron.
En mi adolescencia no jugué, por eso ayer, cuando me propusieron jugar dije si, y lo dije sabiendo que podía ser el desencadenante de lo erótico, de lo sorprendente que pudiera haber tras el juego que estaban proponiendo.
Llevaba 10 días en Costa Rica, tras año y medio de ausencia. Había vuelto a recorrer sus mares, sus ríos, sus bosques. Me había reencontrado con amigos y enemigos y estaba con la mujer que amaba.
Aquel viernes Sonia fue la anfitriona yo cocine la cena y ambos programamos, con ilusión, una fiesta que podía considerarse como de bienvenida y despedida a la vez. Nidia, José Enrique, Mirella, Manguita, Gerardo y Marta nos acompañaron. Otros no pudieron llegar y se disculparon. Éramos un grupo jovial, homogéneo y con la sola excepción de la edad de José Enrique, todos habíamos superado la barrera mágica de los 40. Hacía calor. Los hombres usábamos camisas estampadas de manga corta y las mujeres blusas y niquis que dejaban al descubierto gran parte de su anatomía. Corría el guaro, la ginebra y el vino. Aparecían y desaparecían "boquitas", canapés y ensaladas. Al final un plato fuerte de carne y una sobremesa regada con champaña. Estábamos contentos, nadie había roto el espíritu de amistad y compañerismo. Bromas y risas se mezclaban con el merengue y la salsa.
Manguita, el único no bebedor, pidió permiso para encender un "purito". Se acepto su solicitud y, salvo yo, que no fumo, el resto se atiborró de una marihuana suave y aromática. Los cigarros pasaban de mano en mano y el ambiente se iba tornando dulzón, fraternal. De los problemas políticos se pasaba a los ecológicos, de estos a los personales. Se hablaba, se bailaba, se bebía, se fumaba. Sin apenas darnos cuenta las horas transcurrían.
Fue Nidia, quien otra podría ser, la que alegando trabajo el sábado por la mañana, anuncio su retirada. En su marcha arrastro a Manguita, algo aturdido por los "porros". El resto nos quedamos saboreando los últimos vapores del humo que recalentaba la habitación. No es que la reunión languideciera, al contrario. En un momento determinado el clímax se electrizo. Pareció, por instantes, que hombres y mujeres caíamos en un estado de ingravidez etérea e irreflexiva. Se contaban chistes, se hacían bromas, la risa se posesionó de todos y la imaginación se desato.
No se quien propuso el juego. Tal vez Mirella, por aquello de ser la más mundana, o Gerardo, por los problemas pseudo místicos de su esposa, pero la realidad es que apareció sobre la mesa una cassette en la que se proponía una sesión de relajación mental y corporal. "Hagámoslo, hagámoslo.", fue el grito unánime de la mujeres, seguro que con ello nos tranquilizamos antes de irnos a la cama.
Sonia encendió unos palitos de sándalo aromático, para dar mas ambiente al evento, apartamos los sillones, dejando un amplio espacio donde poderse mover y, tal como indicaba la carátula de la cinta, sorteamos las parejas y distribuimos aceite de aguacate en pequeños vasitos. El azar emparejó a Sonia conmigo, a Gerardo con Mirella y a José Enrique con Marta. Todos de acuerdo iniciamos el juego. Sonia colocó la cassette, apago las luces y empezamos la sesión. A través de los cristales los rayos de luna daban luz a la oscuridad permitiendo ver entre penumbras tanto a nuestra pareja, como al resto de los participantes.

Bienvenidos a esta sesión de relajación, de unión espiritual de vuestros cuerpos, de vuestras mentes. El azar os ha emparejado, él quiere que todo lo insano que mora en vosotros desaparezca. Bajad al mínimo la luz, sentíos cómodos en la oscuridad que os rodea, sentaos en el suelo, respirad profundamente, centrad vuestra mente en el estómago, sacad de él el aire viciado que lo inunda, respirad lentamente.
Una voz lenta, grave, cadenciosa, y sumamente agradable lleno la habitación. Empezó a escucharse una música mientras iniciábamos la concentración. Tenía gracia el jueguecito. Pensé que, al final, terminaríamos todos dormidos.
Esparciros el aceite entre las manos. Cerrad los ojos, tomad a vuestra pareja, intentad captar su energía, entrelazaros los dedos, juntad las palmas, frotároslas, dejadlas fluir lentamente, libremente.
Era curioso, pero con ayuda del aceite mis manos y las de Sonia se entremezclaban, se acariciaban. Mis dedos abarcaban los suyos, ella se dejaba hacer. Yo llevaba la dirección del juego, ella repetía mecánicamente mis actos y, a veces, los innovaba mejorándolos. Aprisioné sus manos, cosquillee sus palmas, friccioné sus muñecas, amalgamamos las cuatro extremidades en un racimo imposible.
Intentad comprender su mente, sus problemas, sus deseos. Conoced su piel, sus dedos, su textura.
Hubo otra pausa musical. Como decía la voz, quise leer su mente, tan conocida por mí, a través de sus manos, del tacto de su carne. Volví a recorrer sus dedos, a pellizcarle las yemas, a mantener las suyas entre las mías.
Juntad las palmas, dejadlas fluir, haced, sentid, olvidaros de todo, concentraros en las palmas, en las manos, en la mente de vuestra pareja, en sus problemas, os sentís bien, muy bien, relajados, felices, estáis solos, os pertenecéis, continuad, continuad...
Volvió a sonar la música. Entreabrí los ojos y vi que, tanto la pareja Marta-José Enrique como la de Gerardo y Mirella, estaban ensimismados masajeándose las manos. Se oía la música, el olor a sándalo lo inundaba todo. Seguí llevando la dirección: rodee sus dedos, los entremezclé con los míos, acaricie sus muñecas, sentí como se estremecía, como apretaba mis manos. Nuestras mentes empezaron a sintonizar. Abrí de nuevo los ojos y comprobé que tal sensación era generalizada. El resto sentía como nosotros. No sabía, en cada pareja, quien era el director escénico, pero, sin lugar a dudas, uno de los dos lo era.
Poneros de pie, continuad el conocimiento a través de los brazos, mantened los ojos cerrados, sentid vuestras extremidades, rozarlas, ascender por ellas
Mis manos se deslizaron por sus brazos. Estaban calientes, dejaban que, con la punta de las uñas, los fuera acariciando. Note sus manos aferradas a los míos. Mis dedos entraron por el hueco de la manga hasta llegar al sobaco. Estaba húmedo. Levanto los brazos y me dejo hacer. Llegue al hombro, lo rodee. Llevaba una blusa de manga corta. Extraje mis manos que bajaron hasta encontrarse con las suyas. Al llegar me las apretó.
Conoceos la cara, los labios, las orejas, la nariz, la boca, los ojos, el pelo. Recorred con vuestros dedos cada parte de su cara, lentamente, con mimo. Dar libertad a vuestras manos, continuad. Unificad, en un único movimiento, las manos, los brazos, la cara. Continuad. Seguid...
De nuevo sonó la música. Mis manos acariciaron su cara, contornearon su boca, sentí el frescor de la saliva sobre los labios. Moví mis dedos por sus orejas, recorrí sus lóbulos. Ella tenía las manos en mi cara y duplicaba mis movimientos, exploraba mis ojos, las aperturas de mi nariz, la raíz del pelo. Mis manos volvieron a entrar por los huecos de las mangas para reencontrarse con la carne caliente de su cuerpo. Apenas si nos movíamos. Abrí los ojos y vi como el resto de las parejas permanecían absortas acariciándose. Vi como Marta mandaba, como Mirella dominaba. Eran las mujeres quienes se aventuraban a explorar la sensibilidad de los hombres.
Conoceos el cuello, la barbilla, los hombros, sentid sus músculos, sus huesos, su piel, su calor.
Mis manos bajaron por el cuello, tropezaron con la blusa, dudaron. Ascendieron hacia la garganta, la acariciaron. Volvieron a descender, soltaron los primeros botones de la blusa, se desplazaron sobre su sujetador, lo bordearon, descansaron en la zona que cubría los pezones. No se movía, no protestaba. Sus manos habían abierto mi camisa y me acariciaban el pecho. Seguí aventurándome. Recorrí la estela del sujetador, caí de nuevo sobre sus sobacos, ascendí hasta los labios, los abrí buscando en su interior una lengua ansiosa de placer.
Conoced vuestro torso, el pecho, las costillas, notad su calor, sentid vuestras dorsales, la unión del pecho con los brazos. Unificad la cabeza, el pecho, los brazos. Identificaos con vuestra pareja, entrar en su cuerpo, notad su corazón, sus latidos, sus palpitaciones. Continuad... .
Ayudadas por la voz mis manos descendieron soltando, a su paso, todos los botones. La blusa quedo abierta. Mis dedos recorrieron su estómago, su espalda. Estaba inmersa en el juego. Sentí que me despojaba por completo de la camisa, que sus dedos recorrían mi cuerpo. La notaba relajada y tranquila. Me pellizcaba las tetillas, ensortijaba mi pelo. Me atreví a más. Introduje los dedos entre el sujetador y la carne. Sentí sus pezones endurecidos, sus manos aferradas a mis hombros. Lentamente, embriagado por la música, busque el broche y lo abrí. Cayo sobre su pecho. Estaba perplejo. Sonia aceptaba que la fuera desnudando, que la acariciara en presencia de sus amigos. Estábamos haciendo lo que siempre soñamos. Abrí los ojos y el espectáculo que vi me hizo comprender su actitud. Marta tenía el niqui arrollado en la cintura mientras José Enrique, sin camisa, le acariciaba los senos. Vi sus grandes tetas blancas, sus pezones rosados, su cara de placer. Mirella, al otro extremo de la habitación, exhibía orgullosa sus hermosos atributos morenos, duros y turgentes, cubiertos por las manos de Gerardo que, tan pronto aprisionaba sus pezones, como recorrían el canalillo de separación entre ambos. Todos, menos yo, mantenían los ojos cerrados, pero todos, al igual que yo, los habían abierto en algún momento. No sabía quien fue el primero en romper el fuego, pero estaba roto. Desprendí por completo el sujetador de Sonia y acaricie sus pechos. Bajo los brazos y dejo que mis dedos disfrutaran con el tacto de su piel. Era un ángel de placer que admitía todo, y que, en su fuero interno, pedía más. Todos estábamos medio vestidos y todos nos dedicábamos a dar satisfacción física a nuestra correspondiente pareja.
Acercaos, unid vuestros pechos, sentid los huesos de la columna, las vértebras, recorrerlas desde la nuca hasta el coxis, friccionarlas. Separaos, conjugad el conocimiento total del cuerpo, del pecho, de la espalda, del cuello, de la cara. Abarcarlo todo, sentid cada poro, cada músculo, cada una de sus partes. Continuad...
La música sustituyo a la voz. Sonia y yo nos abrazamos. Acaricie su espalda, sentí su mejilla, sus labios. Gozamos haciendo realidad en nuestros cuerpos una fantasía querida. Abrí los ojos. La boca de José Enrique se recreaba con los pezones de Marta, chupándolos, absorbiéndolos, mordisqueándolos. Gerardo y Mirella eran un solo bloque en el que era imposible saber donde terminaba la boca del uno y empezaba la del otro. Baje la cabeza. Mi lengua recorrió su cuello, sus pechos. Ella acariciaba mi cabeza, perdía sus dedos en mi pelo, evitaba que mi boca dejara de excitarla.
Conoced vuestro estómago, el nacimiento de las piernas, notad la redondez de las nalgas, abarcarlas. Conjugad el conocimiento del pecho con el de la espalda, sentid vuestros glúteos, sus formas, sus pliegues. Continuad... .
De nuevo la música. Entorne los ojos. Marta se desprendía del niqui y de la falda quedándose en braguitas. Gerardo hacía lo mismo con Mirella mientras esta le despojaba de sus pantalones. Sonia desabrocho mi cinturón, bajo mi bragueta. Sentí su mano bajo mis calzoncillos. Solté los botones de su falda. Cayo. Empecé a acariciarle la cintura, la barriguita, rodee su ombligo, el inicio de su vello púbico. Note su mano aprisionando mis testículos.
Conoced vuestras piernas, las rodillas, los gemelos. Conjugad la pierna como un todo uno, sentid la suavidad de la entrepierna, el inicio del estómago, la dureza de los músculos. Subid por ellas, bajad por su interior, por el exterior. Continuad... .
Nuestras manos actuaron al unísono. Ella bajo mis calzoncillos y yo sus bragas. Fruncí la mirada y comprobé que las tres parejas estábamos completamente desnudas. Marta y José Enrique tumbados en el sofá, Gerardo y Mirella abrazados, Sonia ante mi. Descanse mis manos en sus pechos y mediante un descenso lento y prolongado llegue hasta su sexo. Estaba húmedo, muy húmedo. Lo acaricie, sentí su mano en mi pene y sus labios en los míos. La volteé y apoyando su espalda en mi pecho le fui activando sus puntos eróticos. Endurecí sus pezones, roce su clítoris, introduje mis dedos en su vagina, los llevé, luego, hasta su boca, regresaron de nuevo a su sexo. Ella seguía friccionando mi pene. Continué masturbándola hasta que una sacudida y un "Si..,si..,si..."me indicaron que se había corrido. La abrace. José Enrique seguía acostado. A su lado Marta se recreaba con su sexo, duro, empalmado. Su boca se volcaba en él perdiéndolo en la profundidad de su garganta. Sus manos jugueteaban con sus testículos y sus dedos se deslizaban en la negra hendidura de su ano. Mirella, inclinada sobre un sillón ofrecía su sexo para que Gerardo la penetrara desde detrás apoyando sus manos en sus prodigiosos senos. Todo, absolutamente todo, en un silencio solo roto por la música y el lento ascender del humo de sándalo. Gire a Sonia sobre sus talones y la bese. Su lengua, con infinita lentitud, fue recorriendo mi cuerpo hasta cebarse en mi pene. Lo chupo, lo ensalivó, lo engrandeció. Me abalance sobre ella y caímos al suelo. Busque su vagina. Estaba húmeda, caliente. Abrimos los ojos, nos miramos. Una sonrisa de complicidad iluminó su rostro al ver como, a nuestro alrededor, todos hacían el amor, todos gozaban.
Acercaos, bajad vuestras manos desde la espalda a los talones, sentid vuestro cuerpo, sois un todo uno, unid vuestras carnes, vuestros pechos. Haced que se conozcan, que se entiendan. Unid vuestras energías. Continuad... .
De nuevo la música. Tenía a Sonia entre mis brazos, la besaba, acariciaba su culito. Marta, junto a José Enrique, lamía su sexo dormido. Mirella y Gerardo seguían abrazados. Nadie se movía, solo la música y la luna tenían entidad propia en el salón.
Iniciar el final, recorred todo el cuerpo extrayendo su energía. Las piernas, la cintura, el pecho, el cuello, la cara, los brazos, los dedos. Separaos, las manos juntas, respirad profundamente, concentraos, mantened los ojos cerrados. Continuad... .
Lentamente fuimos vistiéndonos. El revoltijo de prendas termino correctamente dispuesto sobre las parejas. Las tres manteníamos las manos unidas.
La sesión ha terminado, abrid los ojos, encended una luz suave. Estáis muy relajados, felices, todo ha sido un sueño del mas allá, un vivir en el reino de la mente, del cuerpo, del tacto, del espíritu. Descansad.
"Una copa" dijo alguien."Ha estado muy bien” apuntilló José Enrique."Habrá que repetirlo","Quien trajo el cassette" pregunto tímidamente Marta. "Yo quiero una copia" pidió Mirella. La relajación era total. Los cuerpos se desmadejaban por el salón y el sueño empezaba hacer mella en nuestras mentes. "Hay que irse" dijo Gerardo, y en un abrir y cerrar de ojos los cuatro desaparecieron
Sonia y yo nos abrazamos, nos besamos como locos. Fuimos a la cama. Queríamos poseernos, penetrarnos introducirnos el uno en el otro. Nuestro grado de excitación era máximo. La sesión nos había sensibilizado la mente y nuestros cuerpos eran volcanes de lujuria. Estaba sobre ella. Mi pene se perdía en su vagina y mis dedos acariciaban su boca, sus pechos, su clítoris. "Te he masturbado en público" susurraba, "He tenido tu pene en mi boca, he introducido mis dedos en tu culito. Me has acariciado, has chupado mis pechos, he sentido tus dedos en mi clítoris, me he mojado, he gozado y, todo ello, ante mis amigos". "Yo te he masturbado", le decía, "He sentido tus orgasmos, he pasado mi lengua por tu sexo, he besado tu boca, te he acariciado. Tú has jugado con mi pene, lo has endurecido,...".Los dos hablábamos de nuestras experiencias mientras el semen volvía a agolparse en mí y su vagina se inundaba de flujo. Nuestro orgasmo fue violentísimo. La cama se movió durante mucho tiempo y al final ambos caímos rendidos, juntos, abrazados.
Creo que esa noche no soñamos. La sesión de relajación había dejado nuestros cuerpos deshechos y felices. Habíamos participado en un juego de salón para mayores con palabras de niños, un juego que todos recordaríamos siempre y que jamás contaríamos a nadie.



martes, 26 de julio de 2011

UN BAÑO NOCTURNO

Por muy observador que se sea, por mucho que se crean conocer las reacciones de quienes nos rodean, siempre vivimos inmersos en un mundo de sorpresas, en un planeta móvil y cambiante que presenta, ante nuestros ojos, un universo en constate evolución. Los lugares se transforman con el paso de los días, las situaciones varían en segundos, condicionadas por el tiempo, el lugar o el clima y las personas, oh¡ las personas, estas no solo cambian sino que son impredecibles, mutantes, imposibles de entender.
Cuando vi por primera vez a Mariquita me pareció una mujer, mejor dicho, una jovencita callada, recatada en exceso, poco maliciosa, inserta en una problemática, para ella difícil y para mi desconocida. Hablaba con moderación, bebía pausadamente, sonreía con un rictus impersonal y lejano. Era un ser que no quería reflejar su interior, alguien que sabía mucho mas de mi que yo de ella. Era la amiga predilecta de Sonia, su confidente, su compañera de estudios. Fue un encuentro corto. “Nos veremos en La Fortuna " dijo al despedirse. Creo que en su fuero interno estaba convencida de que no iríamos, que tendríamos tanto que hacer que nos olvidaríamos del cantón de San Carlos y que su ofrecimiento se pospondría hasta mi próximo viaje, sin que por ello se enfriara su amistad o se resintiera su orgullo.
Se confundió. Pese a una leve oposición por mi parte, que recordaba La Fortuna como un lugar de paso en el que había que hacer extrañas maniobras para entrar y para salir, que casi siempre estaba cubierto de nieblas y que se extendía a escasos kilómetros del volcán Arenal, el 27 de Diciembre salimos hacía allí con la ilusión de pasar parte de la semana que va desde Navidad a Fin de Año. Siguiendo sus consejos alteramos el trayecto Naranjo-San Carlos-La Fortuna, por otro, en su opinión mas rápido y de mejor carretera, que discurría por San Ramón-Tigre y Piedras Blancas. Hasta San Ramón circulamos por la Panamericana, contemplando el verdor y la uniformidad de los extensos cafetales de la provincia de Grecia y los incipientes penachos floridos de las plantaciones de caña. Desde allí la carretera perdió anchura y de adentro en las estribaciones mas boscosas de la Meseta Central. Viajábamos sin prisa.
Como por encanto, una nube de algodón surgió de la profundidad del valle y el recorrido se convirtió en un viaje fantasmagórico. Había que sortear baches, adivinar el sentido de las curvas y evitar posibles colisiones, no ya con otros vehículos, apenas existentes, sino contra grupos de vacas que, sin previo aviso, surgían y desaparecían entre la niebla en busca de mejores pastos. Sonia redujo la velocidad y se dedicó circunvalar, a ritmo lento, los eventuales obstáculos que el azar pudiera interponer en nuestro camino.
En silencio disfrutábamos con aquel paisaje de bosque encantado, con la visión fugaz de los lugareños asentados en las márgenes de la carretera, con la lluvia suave que empañaba los cristales. Sonia movía el volante con una mano y con la otra me acariciaba la rodilla. Pese a la inclemencia climática exterior, vestíamos como para ir a la playa. Yo, con pantalón corto y camisa, ella con un suéter rojo de tirantes, que dejaba entrever parte de sus pechos, resaltando, de paso, sus pezones endurecidos por el frío y una lycra azul que se ceñía a sus muslos y a su culito, como un guante. Sabía que por debajo no llevaba nada y eso, como siempre, me excitaba. Su mano ascendió por mi pierna y sus dedos se perdieron bajo el pantalón atrapando mi sexo dormido. Lentamente fue creciendo hasta rebasar los límites del tejido que lo cubría. Sonia conducía y acariciaba mi pene, mis testículos. Sentí en ellos sus uñas, la presión de su palma. Íbamos muy despacio. Solté su cinturón de seguridad y hundí mi mano bajo su lycra. Su sexo rebosaba humedad. Ambos nos estábamos masturbando envueltos en una intimidad blanca, brumosa, excitante. Jugueteé con su clítoris, introduje mis dedos en su vagina, la oí susurrar, gritar de placer. Abandono, momentáneamente, mi sexo y se levanto el suéter hasta el cuello dejando libres sus pechos para mi deleite y para el de quienes cruzasen a nuestro lado y tuvieran la suerte de dirigir su mirada hacia el coche. Ella se acariciaba las tetas y yo le friccionaba el sexo. Grito al sentir una serie de orgasmos continuados y al contemplar, con placer, que algunos de quienes se cruzaban con nosotros, se extasiaban ante la contemplación de sus pechos desnudos. Luego se centró en mí y humedeciendo mi pene con parte de sus jugos vaginales hizo que de él surgiera un chorro de semen que restregó sobre mis piernas. Olíamos a sexo, a lujuria. Nos tranquilizamos y continuamos entre brumas, bajo una llovizna fina e insistente, hacia La Fortuna, lugar último de nuestro recorrido
“Deberíamos lavarnos ", dijo, "Olemos mucho”. No lo hicimos y así llegamos a casa de Mariquita. No nos esperaba y alguien de su familia fue a buscarla. Daba la impresión de no saber que hacer con nosotros. "¿Queréis ir al lago?, ¿A montar a caballo?, ¿A bañaros a las termas?”.Eran ideas sin concretar, opiniones dadas para que fuéramos nosotros quienes eligiéramos. " Hay mucho tiempo " dijo Sonia," Iremos a todos los sitios”.
Cruzamos el lago, bajo una pertinaz lluvia tropical, en dos lentos pedalones, recorrimos a caballo un bosque primario, fuimos por caminos de montaña, observamos el cielo gris tapizado por los árboles, hicimos fotos, nos mojamos, nos ensuciamos de barro. Al final uno de los caballos se negó a seguir y Mariquita terminó la excursión medio andando y medio a la grupa del caballo de Sonia.
Estaba oscureciendo. Mariquita propuso ir a las termas de Tabacón. La primera, la mejor y la más espaciosa, estaba abarrotada de gente. " Vámonos, dije, aquí no hay quien se quede."." No, respondió nuestra anfitriona, al lado hay otra mas rústica y menos concurrida.". En aquellos momentos la noche había caído por completo y la lluvia no era el típico "pelo de gato" costarricense sino un violento aguacero. Descendimos hacia un rellano del río y en un barracón cochambroso, húmedo y resbaladizo nos cambiamos de ropa.
El ambiente tenía una connotación extraña. Notaba la lluvia sobre mi espalda , el frío de la noche, los vapores del agua termal, el tapiz verde y brillante del césped, el brillo opaco de los focos de iluminación.. Dejamos la ropa a la intemperie y nos introducimos en el agua. Sentí el calor del termalismo y en el me guarecí. La enorme pradera de la margen derecha reflejaba el parpadeo lejano de los reflectores. Sobre el agua, quieta y humeante, se veían o imaginaban cabezas de bañistas que, como nosotros, se deleitaban con el baño cálido proveniente de las entrañas de la tierra. Grupos de personas se distribuían inmóviles sobre una extensión de unos 20 metros cuadrados siendo imposible distinguir el color, la forma y la naturaleza de los mismos. Sonia y Mariquita hablaban, yo contemplaba ensimismado la escena: el río humeante, el deambular borroso de la gente sobre el césped, cabezas humanas, como piedras móviles, emergiendo del agua, el chapoteó constante de una cascada, la lluvia atravesada por la luz de los reflectores.

“Acércate, dijo Sonia." y arrastrando mi cuerpo sobre el fondo me reuní con ellas. Vi sus caras sudorosas, su pelo mojado sobre el rostro, sus ojos brillantes, pequeñas gotas de agua deslizándose por los pómulos, cayendo por la nariz. "Esto es buenísimo para la piel, dijo Mariquita, y además dicen que excita la libido." .No estaba de acuerdo. En mi opinión no era el agua caliente la causa de la excitación, era la noche, el frescor del campo, las luces lejanas y perdidas, la sensación viva de soledad compartida. Eran hechos aislados que amalgamados ayudaban a la desinhibición, creando a la vez un ambiente único para la confidencias, para lo prohibido. Nos desplazamos a la zona de la cascada y allí, al arrullo del agua, volvimos hablar del aislamiento, del hecho de estar solos y rodeados de gente. Podríamos hacer lo que quisiéramos sin que nadie se enojara, enfadara o nos criticara. Por delante una pareja se fundía en un interminable abrazo, a nuestra espalda un par de homosexuales aprovechaban el calor y la quietud de la noche para el desahogo de sus instintos. Por una de esas conexiones astrales que unen las mentes, en aquel momento todos pensamos en lo mismo: desnudarnos. Fue Sonia quien en un desesperado intento de alcanzarlo empezó hablar de las playas nudistas españolas, del goce de sentir el sol sobre la piel, de andar desnudos entre la gente. Tuve la intención de despojarme de mi bañador y vi, en los ojos de Sonia y Mariquita, el mismo deseo, pero, por alguna extraña razón, nadie lo hizo. Nos mantuvimos aun un rato en el agua, hablamos del placer, del deseo de lo prohibido, pero el momento mágico de vivir un desnudo compartido en las aguas termales de Tabacón, había pasado.
Salimos. Íbamos calientes y la lluvia arreciaba sobre nuestras cabezas. Sonia, indiferente hacia los grupos que nos rodeaban, dijo: "Cambiémonos aquí, es mas rápido.". Fue ella la primera que se despojó de la parte superior del bañador, la primera que dejo al aire sus pechos, la que mientras se secaba, comentaba en inglés, con un turista, la agradable temperatura del agua. Yo quería ver la reacción de Mariquita. Pensé que su pudor, su aparente apocamiento, le impediría desnudarse. No fue así. Con una torpe rapidez de movimientos se bajo el bañador. Sus pechitos, sus pezones contraídos por el frío, quedaron ante mis ojos. Fue una visión fugaz, casi soñada. Me quite el mío y, en apenas segundos, me vestí. Sonia totalmente desnuda intentaba enfundarse en la lycra. Sus negros pezones bailaban, sin pudor, ante la atenta mirada de un curioso lejano.
Mariquita, mas recatada, dudaba si quitarse, o no, del todo. Al final lo hizo y una mata de pelo púbico surgió, negro y potente, entre sus piernas. Con la incapacidad que produce la necesidad de cubrirse y vestirse a la vez, hizo mil operaciones encaminadas a evitar la mirada del curioso, mostrándome a mi, en contra, todo el esplendor de su cuerpo.
Vestidos, mojados y nerviosos salimos de las termas hacia La Fortuna. De nuevo la charla oculto el conjunto de sentimientos que nos embargaban. Sonia y yo llegamos a nuestra cabaña y sin pasar por la ducha caímos abrazados en la cama. Fue un acto de amor violento, deseado, querido. Nos duchamos y, como tantas otras veces y en otros tantos lugares, nos pusimos dos copas. Estábamos solos, desnudos, tranquilos, felices.
Allí empecé a saber más de Mariquita, de sus luchas familiares, de sus crisis, de sus estudios. Supe de su amistad con Sonia, de su mutua ayuda y comprensión. Supe de su ofrecimiento a llevar una de nuestras fotos de desnudos para que la imprimieran en unas camisetas. Supe que conocía la existencia del albun con nuestros más eróticos recuerdos, de la serie de escritos sobre nuestras fantasías. Tuve la impresión de que pronto vería las fotos y leería los relatos.
Fue curioso, cuando la vi por primera vez pensé que reaccionaria de forma diferente y ahora estaba convencido de lo contrario. Si Sonia, en un momento dado de la noche, hubiera propuesto el bañarnos desnudos, ella habría dicho que si. Que si algún día le quería enseñar las fotos o los cuentos, ella estaría encantada con verlas y leerlos y que si, con los meses, le proponía ir a una playa nudista, no mostraría ninguna extrañeza. Fue algo que aquella noche intuí y de lo que ahora tengo la más absoluta certeza.
Salimos a cenar. Nos esperaba con su primo y una amiga de este, en uno de los múltiples restaurantes de La Fortuna. Adriana era su antítesis. Grande, habladora, con enormes pechos. Nos contó su vida, su trabajo, sus ilusiones. Se reía, bebía, comía. Me desconcentré. Eran opuestas. La locuacidad de una se contraponía al silencio de la otra. Lo aparentemente frívolo y mundano de Adriana chocaba frontalmente con el recato y el pudor de Mariquita; sin embargo en mi aun flotaba su figura descompuesta intentando taparse el culito mientras dejaba al descubierto sus pechos, aun recordaba sus ideas sobre la sexualidad y sobre todo el brillo de sus ojos cuando Sonia hablaba de las playas nudistas. Fue, como dije, un momento perdido. Aquel baño nocturno había traído a nuestras mentes la idea de lo prohibido, el deseo de desnudarnos sabiéndonos rodeados de gente aun teniendo la certeza de que nadie, ni nosotros mismos, vería nuestros cuerpos. Los tres, Mariquita, Sonia y yo, tuvimos el mismo deseo, y los tres lo reprimimos.
Tal vez nunca vuelva a surgir una noche mágica como aquella en la que se conjugaron la lluvia, el vapor, la luz y la escasez de gente; tal vez nunca volvamos a vivir un momento similar, pero si lo viviéramos, si otra vez nos recreásemos en un baño nocturno como el de aquel día, los tres nos despojaríamos de nuestros bañadores y gozaríamos desnudos del calor de las agua. Mas aun, tras haber leído estas impresiones transcritas, casi literalmente, de lo que entonces decían nuestras mentes y que, por desgracia, nuestros cuerpos fueron incapaces de realizar.